HERMANOS KING CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Cuando se percató de que él se aclaraba la garganta, volvió la cabeza para comprobar que estaba dudoso de aceptar la invitación.

Sintió un nudo de descontento en el estómago, no tenía mucha experiencia, pero no recordaba que alguien la hubiera rechazado alguna vez.

Enrojeció al instante ya que el hombre la atraía y esa atracción beneficiaba sus intereses, pero no sabía qué camino seguir si él no estaba interesado.

Giana había experimentado dos reacciones opuestas.

Su cuerpo se excitó en un santiamén. Bien por el deseo, se dijo, ya que pensaba que a lo mejor tenía un problema, como lo insinuó Ethan la última vez que estuvieron juntos y ella se mostró desmotivada.

Se había sentido tan humillada, se alegraba de que no fuera así, de poder responder al atractivo de un hombre, pero su cabeza insistía en que corría peligro.

Aunque la oportunidad de poder acercarse estaba servida en bandeja, Mathew King era inteligente, atractivo y peligroso para sus emociones.

Debía conservar el control y la cabeza clara.

Estaba segura de que para él solo sería un interés fugaz, una respuesta cortés a su propuesta, si la aceptaba.

Cruzó los brazos y entornó los ojos como preparándose para una negociación.

Mathew, a pesar de sus miradas apreciativas, no parecía tentado por la propuesta.

—Es solo una cena —insistió ella mientras sentía que se le enredaba el alma ante la chispa de sonrisa en su rostro—. La vida es corta y el mundo es grande.

La voz del capitán diciendo que en minutos aterrizarían le dio un margen de tiempo para pensarlo.

—No sé si sea buena idea —contestó él. Su voz bajó varios decibeles y fue como si un trozo de hielo surcara su piel

Ella trataba de dominar su cabello alisándolo. No entendía por qué se hacía el difícil, sus ojos mostraban otra cosa. Se imaginaba que a ese hombre las mujeres no le negaban nada, aunque tal vez le costara aceptar que ellas tomaran la iniciativa.

—No somos enemigos, podremos intercambiar conocimientos —insistió ella—. Mentí antes, sí conozco tu trabajo.

Él sonrió como si le hubiera hecho un regalo.

—Está bien —claudicó, convenciéndose de que sería una simple cena, y, además, podría sonsacar algo de información—. Pero sigo queriendo los wafles.

Mathew notó que ella había contenido la respiración el tiempo en que él deliberó si aceptaba su invitación a cenar o no, porque ahora la soltó, relajada.

—Con lo que quieras, dame tus datos, graba mi número y yo grabaré el tuyo.

El aterrizaje, minutos después, no fue poco traumático para Giana, sin embargo, hubiera querido que ese espacio de tiempo se prolongara para compartir más tiempo con él.

Se dijo que la vida tenía millones de momentos vacíos, situaciones planas que transcurrían sin que se recordaran en el futuro, viajaba a menudo, decenas de horas huecas transcurridas sin pena ni gloria, pero ese tiempo con Mathew le había brindado la posibilidad de vivir un momento agradable.

Volvió a pensar en las casualidades y también en los peligros que ese encuentro encerraba, la atracción estaba sobre el tapete, sería de tontos negarlo, aunque no había sido su intención coquetear cuando decidió acercarse a él.

Se acompañaron mientras hacían los trámites de entrada al país. A la salida, los esperaba a cada uno un chofer que esgrimía sus respectivos nombres en sendos carteles.

Se quedaron mirándose un rato y sonriendo. La gente con su equipaje pasaba por su lado, de pronto, Giana deseó volver a la intimidad del avión.

—Mathew…

Escuchar su nombre en los labios de ella se sintió como una caricia y se dijo que la altura sí lo había afectado.

—¿Sí?

—En cuanto llegue a mi casa y me cambie, haré la reserva para esta noche y te haré llegar los datos del restaurante.

—Bien.

Se acercó, tomó su mano, jaló de ella y le dio un beso en la mejilla. Se alejó y con un guiño, le dijo:

—Nos veremos luego.

Mathew se concentró en sus correos electrónicos mientras el auto rodaba por la carretera rumbo al Ritz.

La suite de tres ambientes estaba decorada con el lujo que caracterizaba la cadena hotelera.

Después de dormir una siesta, comer algo ligero y darse una larga ducha, se paseó por la habitación mientras se frotaba el cabello con firmeza.

Se asomó a la ventana, eran las cinco de la tarde, caminó por delante de las ventanas que daban a la plaza Vendôme.

Mientras rememoraba el tiempo transcurrido con Giana en el avión, escuchó el sonido del móvil.

Era una videollamada de Brandon. Al contestar, la imagen de su hermano se materializó en el aparato, estaba en el estudio de su casa.

—¿Qué haces aún en pijama? —Observó su reloj, en Chicago serían las nueve de la mañana, su hermano mayor lucía cansado y con ojeras.

—Apenas hemos podido dormir, Gregory no nos ha dado tregua. Solo tiene tres meses, pero parece que hace años que no duermo una noche completa.

—Las delicias de la paternidad.

—No te burles, ¿qué tal el viaje?

—Bien, normal.

—Hablé con Tony McCabe, está en Sarabi visitando al grupo y necesita hablar contigo con urgencia.

Mathew frunció el ceño.

—Puede llamarme. —El rostro de su hermano lucía preocupado, además de agotado—. ¿Qué ocurre? ¿La investigación arrojó algún resultado?

—Dice que prefiere dar un informe de manera personal, va a confirmar una serie de datos y se reunirá con nosotros en cuanto regreses, pero está dispuesto a encontrarse contigo el domingo o lunes, si aún estás en Francia.

Él tiene un viaje a París el domingo, una reunión con antiguos compañeros, aunque no sé si sea verdad o una tapadera, sabes cómo trabajan ellos —concluyó emitiendo un bostezo.

El rostro de Giana se paseó por su mente, a lo mejor para el lunes, ya estaría de vuelta en Nueva York. Se envaró, molesto consigo mismo. ¿Qué tenía que ver ella con su trabajo?

—Sí, está bien, dile que se comunique conmigo tan pronto llegue a París.

Al fondo, Mathew escuchó el llanto de un bebé y vio a Eva acercarse y entregarle el bultito a su hermano.

El rostro de Brandon se transformó y todo el agotamiento desapareció de su expresión para ser sustituido por una mirada arrobada. Eva tomó el móvil, lucía igual de cansada que su hermano.

—Hola, querido —saludó Eva—, ¿cómo te trata París?

—Bien, acabo de llegar.

—Diviértete —señaló ella—, que no todo sea trabajo. Pasea, bebe vino, liga una linda chica y suelta lo demás.

—Ey —adujo Brandon—, fue a trabajar, no a vivir la vida en rosa.

Eva se alejó de Brandon y se sentó en una poltrona.

—No le hagas caso a tu hermano, haz una locura. —Luego le habló a Brandon—: Parece que no recuerdas nuestro viaje a París.

—Como no lo voy a recordar —escuchó Mathew a Brandon—, bautizamos esa suite. El sofá rosado, la tina…, es más, en la cama donde dormirás fue concebido el primogénito de la siguiente generación King.

—¡Oh, por Dios! —exclamó Mathew—. Voy a colgar, demasiada información, hermano, no quiero esas imágenes en mi cabeza.

Ambos se despidieron. Mathew encendió la televisión y se puso a zapear sin mucho interés.

Volvía a quedarse dormido cuando unos mensajes entraron a su móvil.

Miró sin abrirlos y eran de Giana. Pensó que no sería buena idea cenar con ella, ¿para qué?

¿Qué esperaba de ese encuentro? Sus hermanos le dirían que estaba loco, se imaginó a Nathan aconsejándole que se diera la oportunidad y que llevara la mujer a la cama.

Y si fuera cualquier otra mujer, una completa desconocida, tal vez, pero ella no, sería un problema a la larga, la única vez que había mezclado negocios con placer las cosas terminaron muy mal.

Otra vez los recuerdos lo golpearon. ¿Cuándo desaparecería esa sensación de pena, de falta de aire en el medio del pecho?

¿Cuándo? Aunque ya que estuvieran regresando era una muestra de que se habían ido al menos por un tiempo, de hecho, no pensó en eso en todo el vuelo, lo cual era un récord.

Entró otro mensaje de texto. Decidió apagar el aparato y acostarse a dormir.