HERMANOS KING CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Comieron en silencio. Ella aún sorprendida por la respuesta a su comentario; si no tuviera su propia agenda, ni loca demostraría que el hombre le atraía.

Después de comer, no se sintió con ánimos de retomar la lectura del libro, entonces, ojeó una de las revistas que había en el compartimento de la silla delantera, observando los anuncios de las diferentes joyerías.

Esperaba que su equipo de publicidad cristalizara las ideas de lo que ella quería para la campaña de apertura en Houston.

Observó de reojo a Mathew, que, con los audífonos puestos, parecía concentrado en lo que escuchaba.

En ese momento, apareció la azafata con el carro de bebidas y se dirigió a él con una sonrisa.

Giana se sorprendió al experimentar un extraño sentimiento de posesión.

De pronto, se sintió agobiada y muy acalorada mientras él pedía un café a la azafata.

—¿Le apetece un café o un té, señora?

Giana contestó en un francés fluido que le apetecía un café y volvió a bajar la mesa para dejar en ella la taza que le sirvió la azafata.

—Me imagino que tu padre estará muy orgulloso de tus logros y ansioso de que tomes el liderazgo de las joyerías —señaló él en tono intimista.

La chica soltó un resoplido y se quedó mirándolo unos instantes. No era mujer de andar soltando intimidades familiares a extraños en un avión, mucho menos a alguien que conocía de su negocio.

—No tienes idea —contestó con un dejo de sarcasmo—. ¿A qué vas a París? —preguntó de golpe con la esperanza de que fuera de esos hombres a los que les gusta hablar de sí mismos.

Mathew advirtió que quiso rehuir el tema del padre, pero decidió seguirle la cuerda, no sin algo de curiosidad. Aunque, si era honesto, no le simpatizaba Cesare Orsini, le parecía prepotente, intransigente, con un líder así la imaginaba luchando palmo a palmo para hacer valer sus ideas.

—Les Journeés des Joailliers Créateur —pronunció él.

—Buena pronunciación.

—Gracias. ¿Te veré en la feria?

—Sí, tengo un par de reuniones.

—Yo también.

El avión descendió de manera algo brusca de nuevo, pero ella trató de controlar su temor, solo aferró un poco más fuerte los reposabrazos.

—Háblame de tu madre —pidió Mathew—, solo si te sientes cómoda al hacerlo.

Ella sonrió con nostalgia.

—Era alocada, aventurera y muy hermosa.

—Como la hija.

Ella lo miró sorprendida.

—Gracias, era veinte años más joven que mi padre y deseaba hacerse un lugar en el mundo de la fotografía, algo que no le gustaba mucho a él, que la deseaba en casa o atendiendo sus compromisos sociales.

—Conozco a tu padre en su faceta de negocios y es algo… implacable.

Giana soltó una carcajada musical.

—Te quedas corto en tu apreciación. Se llevaban muy mal antes de su muerte y hubieran acabado divorciados.

El día del accidente, mi madre estaba tomando unas fotografías de un viñedo, buscaba independencia económica, era rebelde y no se iba a conformar con la pensión de divorcio, quería hacer su vida.

Me decía que deseaba ser un ejemplo para mí y que debía atar mi vida a un sueño o a una meta, nunca a una persona.

—Creo que Einstein dijo eso —señaló él.

—Seguramente —sonrió—, le gustaba citar a diferentes autores o personalidades inspiradoras.

—¿Cuántos años tenías cuando falleció?

—Trece.

—Lo siento, me imagino lo difícil que fue.

—Ya lo he superado, fue una época muy difícil, pero es cierto que el tiempo sana las heridas o, por lo menos, las enmascara.

—Lo sé.

—Háblame de tus hermanos.

—Son un incordio como todos los hermanos, pero quiero a los cabrones.

—Conocí a una de tus cuñadas en la semana de la moda en Nueva York. La diseñadora.

—Elizabeth, la esposa de mi hermano Nathan.

—Una mujer vibrante, me agradó mucho.

—Elizabeth es muy talentosa, es un gran acierto que trabaje para nosotros. Eva, la esposa de mi hermano mayor, también es muy inteligente. Mis cuñadas son buenas mujeres.

Mathew respetaba que el par de mujeres no anduvieran presentándole chicas o presionándolo para que conociera a alguien, como ocurría en otras familias.

—A Eva no la conozco. —Ella se volteó y quedó frente a él—. ¿Qué me dices de ti? ¿No hay una futura señora King en el panorama?

—No, soy soltero —bajó el tono de voz—. Y tú, ¿tienes novio?

—Digamos que estoy atravesando el fin de una relación. —Solo que su novio aún no lo sabía, pero no le pareció inteligente precisarlo tanto.

—Lo siento.

—No, no lo sientas, estoy bien, no funciona para mí en estos momentos —inspiró profundo—. Se siente bien decirlo en voz alta. Echo en falta el tener hermanos —señaló con nostalgia—, ser hija única apesta.

Mathew se percató de que había cambiado de tema otra vez, pasándole la pelota, y no supo por qué eso le molestó, no supo por qué tuvo una apremiante necesidad de saber todo de ella, de crear algún tipo de conexión.

Sí, el par de tragos bebidos y la altura lo estaban afectando, o a lo mejor era el estrés de semanas anteriores que le pasaba factura.

—Mi padre murió cuando yo era muy chico. —Se sorprendió de soltar esa información a una extraña, negó con la cabeza, pero decidió seguir hablando—. Brandon, mi hermano mayor, se tomó el papel de padre muy a pecho cuando no debió hacerlo.

Giana contuvo la respiración, al ver cómo se suavizaba su expresión al hablar de su hermano.

—Tu madre ha hecho una buena labor, los tres tienen una buena reputación en el medio.

Mathew soltó una carcajada con tintes irónicos.

—Oh, créeme, no todo fue labor de mi madre, tuvimos una nana que fue quien nos crio, la amábamos, fue como un general, ¿conoces ese dicho “guante de seda, mano de hierro”?

—Sí.

—Ella fue eso y más, y también nuestra conciencia —expuso con solemnidad.

La señorita Selma había fallecido de neumonía una semana después de que naciera Gregory, el hijo de Brandon.

Aún era reciente y la pena estaba allí como el día de su muerte, pero él y sus hermanos sabían que ella estaba en un lugar mejor y no en la nebulosa mental que había sido su vida en sus últimos años.

—Nunca había escuchado hablar de que una persona fuera la conciencia de otra. Interesante.

El cabello de Giana se soltó de su amarre, seguro por el tiempo que llevaba la cabeza apoyada a la silla, ella se echó hacia adelante y dejó caer la cabellera por los hombros y la espalda esponjándola, fue un gesto simple y ausente de coquetería que llevó a las fosas nasales de Mathew un aroma que asoció a naranjas, a desayunos en la cama, a miel, a sexo ardiente y voraz.

Se estremeció por su reacción y fue salvado por la azafata, que aprovechó ese instante para recoger la basura, interrumpiendo el momento.

Mathew se dio cuenta de lo que hacía. ¿Estaba abriendo su vida a una mujer, desconocida, además?

¿Solo porque lo había extasiado con sus ojos de lapislázuli, su cabello rojizo, sus pecas y su silueta esbelta?

No era solo eso, era una mujer cálida y de carácter firme, se la podía imaginar llevando las riendas de la empresa con autoridad e inteligencia, y eso, en vez de asustarlo, como le ocurría a la mayoría de los hombres, lo excitó.

Cuando la azafata se marchó, Mathew vio que ella se estaba desabrochando el cinturón.

—Tengo que ir al lavabo, por favor.

Él se desabrochó el suyo y se puso en pie.

Giana lo rozó a propósito cuando pasó por su lado.

Se tensó, pero ella no le hizo las cosas fáciles, quiso sentirla y percatarse de si lo experimentado cuando extendió su cabello había sido una ilusión por culpa de la falta de sueño.

Se centró de nuevo y minutos después la sintió de nuevo, se levantó y, como todo un caballero, le dio suficiente espacio para que pasara.

Charlaron de trivialidades hasta que se apagaron las luces del avión. Dormitaron algunas horas, hasta que los despertó la azafata para que ordenaran el desayuno. Ninguno de los dos tenía hambre, como suele pasar en esos vuelos nocturnos, y solo pidieron café.

—¿Dónde te hospedas? —preguntó él una hora después al ver que se encendía la señal de abrochar el cinturón.

—La empresa tiene un departamento en el Cuarto Distrito. ¿Dónde te hospedas tú?

Le gustó que dijera “la empresa”, no soportaba a los esnobs o engreídos de su círculo que iban enumerando posesiones como si de cualidades se tratara.

—En el Ritz.

Giana se aclaró la garganta y se atrevió a aventurar:

—Te invito a almorzar o a cenar.

Nada en ella delataba las horas de viaje y las pocas horas de sueño. Él, en cambio, estaba seguro de que tenía ojeras. Rastrilló su mejilla y el mentón ensombrecido, le gustó que ella siguiera su gesto. Miró su reloj, que seguía teniendo la hora de Chicago.

—Técnicamente sería a desayunar, en casa son ahora las 6 de la mañana —contestó él con una enigmática y graciosa sonrisa y observó por la ventana el lecho de nubes y que el cielo estaba despejado.

—Bien, almorzaremos tostadas, wafles, café, lo que quieras —susurró ella como una caricia—. O, si lo prefieres, cenamos, a la hora que en casa equivaldría a un almuerzo.