CAPÍTULO 2 #2
—Me disculparás si no me extiendo en el tema, por aquello de la competencia, ya sabes. Yo, en cambio, no conozco nada de tu trabajo —mintió ella con una sonrisa.
—¡Vaya! —exclamó fingiendo decepción—. Eso es un golpe a mi ego, di por hecho que habrías escuchado hablar de mí.
La azafata pasó recogiendo las bebidas, ya que el vuelo iba a iniciar.
—Quizás sí y no lo recuerdo bien —mintió ella con una enigmática y graciosa sonrisa—. Pero podrías ponerme al día.
Y al instante siguiente cambió de conversación.
Las comisuras de la boca de Mathew se elevaron un par de centímetros más y ese gesto fue suficiente para que a Giana se le alteraran las pulsaciones, se percató de que era un hombre de talante serio, poco dado a la risa.
Ella era más alegre y ruidosa, sus risas eran francas y frecuentes.
Recordó una fotografía de los tres hermanos que había visto en alguna publicación, Mathew era el más alto y su estilo de vestimenta más informal.
—Mejor volvamos a las cartas de amor. Te deseo muchos éxitos, estoy seguro de que lo harás increíble.
Ella frunció el ceño. La conversación la distraía del temor a volar y también de su deseo de sonsacarle información, la que fuera.
—¿Por qué estás seguro de que lo haré increíble? No me conoces.
—El hecho de que no te haya reconocido no quiere decir que no haya escuchado hablar de ti. Sé que eres inteligente, talentosa, creo que estuviste en el listado de millenials inspiradores, alrededor del mundo, en la revista Forbes del año pasado. Y déjame decirte que las fotos no te hacen justicia.
Se sorprendió al ver cómo se le sonrojaban las mejillas.
¿Cuándo había visto sonrojarse a una mujer por última vez?
Estudió de nuevo su rostro y observó una pequeña cicatriz en la frente, delgada y en zigzag, como la de Harry Potter, y que terminaba en el cuero cabelludo.
Ella se ruborizó todavía más. La mujer le causaba una viva curiosidad.
—Siento mucho lo ocurrido en la mina —dijo ella, cambiando de tema y aprovechando para tirar el anzuelo, pero supo que había cometido un error cuando lo sintió tensarse. Su mirada era inquietante.
—Son gajes del oficio. Deberías saberlo. No deseo hablar del tema, mis disculpas.
Mathew tomó de nuevo los audífonos y cerró los ojos dando por concluida la conversación.
A Giana le molestó su respuesta, insensible y grosera.
Recordó los artículos de un periodista independiente que responsabilizaba a Joyerías Diamond, y a él, del derrumbe ocurrido en la mina y de las muertes de los mineros, y volvió a lo que había encontrado en los informes recolectados.
A Ethan le molestaba sobremanera que ella metiera las narices en los asuntos de la mina, pero no podía evitarlo.
Le causaba curiosidad que Joyas Miccelatti no fuera nombrada para nada, cuando ambas empresas tenían idéntica participación.
También recordó otro reportaje que versaba sobre la labor social de Joyerías Diamond a pocos kilómetros de la mina, un centro médico que ayudaba a la población cercana y otro centro de ayuda a pobladores en distintas áreas.
Cuando le había pedido a su padre hacer algo parecido, él y Ethan se habían reído de ella.
Le vino a la mente una fotografía de Mathew jugando a la pelota con un grupo de chiquillos y se propuso investigar más sobre el tema.
Se dedicó a leer un rato, meditando en la manera de volver a acercarse a él.
Le parecía un desperdicio de tiempo estar sentada al lado del hombre que deseaba investigar y no poder hacer nada.
Los informes del derrumbe eran pocos concluyentes y ella estaba molesta por la calificación negativa que se llevaría la empresa ante las aseguradoras de riesgo, que subirían las pólizas a precios exorbitantes.
Necesitaba un responsable para que eso no ocurriera.
Hasta el momento, Mathew King era el perfecto chivo expiatorio para sacar a Joyas Miccelatti de ese lío, pero necesitaba más pruebas.
Dormitó otro tanto y, de pronto, el avión comenzó a moverse. Giana se agarró a los brazos del asiento antes de mirar por la ventana. El aparato descendió ocasionándole un nudo en el estómago.
—¡Oh, Dios!
Mathew se enderezó, sorprendido, y observó a la chica que se aferraba a los reposabrazos de la silla con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Se quitó los audífonos.
—Es una turbulencia nada más.
—Parece más que eso —insistió ella nerviosa.
Él le aferró la mano y ese gesto le transmitió tranquilidad.
—¿Sucedió algo alguna vez que te asustara? —preguntó con gesto preocupado.
Giana respiró profundo.
—¿Cómo? —preguntó en un murmullo de voz, meditando si confiar o no en un extraño que, además, era su competencia en los negocios—. ¿Quieres decir aparte del hecho de que mi madre falleciera en un absurdo accidente en una avioneta mientras paseaba por La Toscana?
—Lo siento mucho, Giana. —Mathew no supo por qué tuvo el impulso de abrazarla, de consolarla de alguna forma, a lo mejor era la altura que estaba afectando su cerebro. Se limitó a acariciarle el dorso de la mano.
El avión seguía tambaleándose y lo único que se le ocurrió a Mathew fue empezar a tararear una canción para calmarla.
The moment I wake upBefore I put on my makeupI say a little prayer for you
Giana sonrió ante el tono utilizado por Mathew, igual al de Rupert Everett, uno de los personajes de La boda de mi mejor amigo y que canta I say a little prayer.
El alivio descolló en sus facciones al ver la sonrisa de la chica y se acercó más mientras cantaba por lo bajo.
Se llevó el puño a la boca imitando un micrófono:
Forever, forever, you'll stay in my heartAnd I will love you
Giana decidió acompañarlo en la última estrofa y luego soltó una carcajada. Él le devolvió una mirada intensa mientras continuaba cantando el estribillo un par de veces más.
Retiró la mano y forzó una sonrisa.
—Estaré bien, pero gracias.
—Tienes una voz terrible —alegó él.
Ella levantó una ceja.
—Te perdono solo porque me distrajiste de un eventual ataque de pánico o ataque al corazón.
—¿Tanto así? —inquirió Mathew cuando apareció la señal de que podían desabrochar los cinturones de seguridad.
—No tienes idea. Gracias —repitió—. Fuiste muy amable.
Mathew no iba por ahí en modo salvador de damiselas en apuros, pero algo en Giana lo impulsó a ello y no le gustó la sensación. No quería que nada de aquella mujer lo afectara.
—No fue nada, hubiera sido desagradable que el avión diera la vuelta por una crisis de nervios o un ataque al corazón. Tengo una agenda que cumplir —aseveró con talante serio, ya todo rastro de amabilidad ausente.
La mueca y la expresión neutra no quitaban que hubiera tenido un gesto amable con ella, se dijo Giana, a pesar de que en ese momento había erigido un escudo, como si se arrepintiera de él.
Le notaba cierta expresión triste en los ojos, como un dejo de melancolía.
Eso le causó curiosidad. El hombre cerró los ojos y ella decidió ignorarlo y sumergirse en la lectura del libro, pero al cabo de unos minutos desistió, al darse cuenta de que podía observarlo tranquilamente.
Su mentón estaba recubierto por una fina capa de barba incipiente.
El aleteo del deseo se paseó por su vientre, estaba segura de que era culpa de su boca sensual, algo le decía que aquel hombre sabía cómo hacer sentir a una mujer.
¿Hacía cuánto no se acostaba con Ethan? Un par de meses y las últimas ocasiones no habían sido nada memorables.
—Es de mala educación quedarse mirando a la gente.
Giana se echó para atrás rápidamente. Se sonrojó de nuevo. Él había abierto un ojo y la miraba fijamente.
—¿Cómo te has dado cuenta?
La miró con los ojos entrecerrados y estiró las piernas, negándose a responder. En ese momento, la azafata se acercó y les pasó el menú.
Giana se decantó por una pasta y Mathew por un sándwich. Ella le dio una serie de especificaciones a la azafata sobre cómo debería servirle la pasta. Él la miró con un gesto parecido a una sonrisa, como si estuviera divirtiéndose mucho.
—No creo que hagas muchos viajes en primera clase, sabes que la cocina del avión no es un restaurante y ya todo está preparado, no le hagas las cosas difíciles a la pobre chica.
—¡Ja! Sé lo que haces…
Mathew la miró con un falso gesto de inocencia.
—¿Qué es lo que hago? Han pasado dos horas —señaló el reloj con sarcasmo—, ya que pareces conocerme tan profundamente, ilumíname, por favor.
—Tengo de ti una primera impresión, no soy imbécil, se necesita de tiempo y cercanía para llegar a conocer la verdadera naturaleza de una persona, pero estoy segura de que tienes más gestos amables de los que quieres admitir.
Subes y bajas tu escudo para ayudar a los demás, tienes semblante serio, pero no te importó cantarme una canción para calmar mis nervios.
—¿Sabes qué creo?
—¿Qué?
—Quieres justificar algún tipo de atracción, no necesitas hacerlo, estoy disponible. —Se arrepintió al momento de su comentario. Involucrarse con ella sería una pésima idea, eran competencia y, además, no le simpatizaban ni su padre ni el encargado de la empresa en Sarabi.
Giana se revolvió indignada en su silla.
—¡No acabas de decir eso! ¿En serio? Es lo más engreído que he escuchado en mucho tiempo y, créeme, estoy rodeada de hombres engreídos. —Negó varias veces la cabeza—. Rompiste mi corazón, diablos —concluyó con talante burlón.
—¿Ves? Soy un desastre, te lo advierto —contestó él en un tono que no supo si fue de burla o de advertencia.
La auxiliar de vuelo interrumpió la conversación, mientras la mujer les pasaba la comida que, como dijo Mathew, ya estaba empacada y lista para consumir.