HERMANOS KING CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

La reunión con Aaron Lobstein, celebrada el día anterior, había sido productiva, meditó Mathew mientras se dirigía al aeropuerto.

Mientras el auto que lo llevaba sorteaba el caótico tráfico de la ciudad, una enorme valla que anunciaba lencería femenina —la modelo figuraba en la lista de conquistas de su hermano Nathan en su época de soltero— lo llevó a destinar un par de minutos de su pensamiento a su ausente vida sexual.

Llevaba unos meses de celibato que empezaban a hacerse notar, pero aún no tenía ánimos de ligar con ninguna mujer.

Después de haber crecido en el hogar King, Mathew había desarrollado un sagaz instinto de conservación cuando se relacionaba con mujeres.

Solía tratarlas de manera cortés pero distante, porque era a lo que estaba acostumbrado.

Cuando alguna mujer esperaba demasiado de él, un sentimiento de claustrofobia lo embargaba, con lo que se tornaba más introvertido y frío de lo que era habitualmente.

No se imaginaba llevado de las narices como sus hermanos, era desconfiado, él nunca hubiera perdonado la mentira de Elizabeth, su cuñada, sobre su verdadera identidad, lo que había causado que Nathan fuera a Colombia a rescatarla.

Aunque se había suavizado al ver la genuina felicidad de ambos, debía reconocer que esa clase de amor no era para él.

Nunca, antes de conocer a Meriem, había sentido la necesidad de tener algún tipo de estabilidad en su vida y cuando ella no respondió a sus expectativas, él de inmediato se sintió en desventaja y estuvo de acuerdo en terminar la relación.

Comenzaba a recuperarse, cuando sucedió el accidente, que lo sorprendió aún con los sentimientos a flor de piel, así que le estaba tomando su tiempo procesar el luto. Pero ya era hora de dejarlo atrás.

Por otro lado, contrario a sus hermanos en sus tiempos de solteros, él no iba de donjuán por la vida, necesitaba algún tipo de conexión antes de intimar con una mujer. Así que tampoco se daría prisa.

Se puso unas gafas de sol, ahuyentó sus reflexiones y esperó a que el chofer detuviera el vehículo frente a la puerta de la terminal aérea. Obvió cómo un grupo de mujeres lo miraba de arriba abajo antes de acercarse al mostrador de la aerolínea.

Giana subió al avión y mientras una azafata la guiaba hasta su asiento en primera clase, rogaba porque la silla acompañante estuviera desocupada.

No podía descansar un solo instante si había alguien extraño sentado a su lado.

No tuvo tanta suerte, un hombre, muy guapo, por cierto, ocupaba la silla de pasillo.

Llevaba un par de audífonos puestos, tenía los ojos cerrados y las piernas estiradas.

Le incomodaba tener que sacarlo de su descanso para poder pasar.

Dejó su maleta de mano en el compartimento. La azafata lo tocó a él en el hombro.

—Señor King…

Giana volvió a mirarlo en detalle y se quedó de piedra al comprender de quién se trataba.

“Cuanto más planifique el hombre su proceder, más fácil le será a la casualidad encontrarle”, recordó la frase leída en Internet, que se acomodaba a la actual circunstancia.

El hombre levantó la vista y frunció levemente el ceño al verla, aunque nada en su semblante le dijo que la hubiera reconocido.

Se levantó de la silla y le cedió el paso.

Giana musitó un simple “gracias”, que él desestimó con un gesto, y se acomodó en su lugar.

Observó por la ventanilla del avión que ya había anochecido, aunque al ser verano oscurecía más tarde.

Se acomodó el cinturón y respiró hondo, tratando de disipar la tensión que se había concentrado en su vientre.

Comprendió que lo que la desasosegaba antes era precisamente aquel propósito de su viaje que incluía a su ahora vecino de asiento.

Le preocupaba la manera de abordarlo. No era ninguna seductora, más bien tenía poca experiencia romántica, aparte de Ethan y algún que otro escarceo en la universidad que no había llegado a más.

Pero era una mujer de decisiones firmes, se había propuesto investigar lo sucedido y eso haría.

Si el destino había gestado aquella coincidencia, la aprovecharía a su favor.

Cómo, aún no lo sabía, pero tenía varias horas de vuelo por delante.

Sacó de su bolso el libro que había comprado en el aeropuerto y le pidió algo de licor a la azafata.

—“Las más bellas cartas de amor” —leyó su vecino señalando el libro en su regazo.

Giana dio un respingo ante el tono de su voz, grueso y profundo, que le retumbó en la base del estómago.

Tragó saliva y se amonestó en silencio por ser tan ridícula.

Lo miró de frente. Tenía la mirada más bella que había visto en su vida.

Sus ojos eran del color de un buen expreso italiano, marrones oscuros con algunas vetas doradas, y las pestañas, envidiables.

Se negó a volver el rostro, quería que se percatara de que lo encontraba atractivo.

Eso era un punto a favor para sus planes, que ahora se le hacían incluso más apetecibles—.

¿Te interesa la vida romántica de las celebridades?

—insistió Mathew observando cómo las manos de la chica acariciaban la tapa del libro.

Ella sonrió.

—No, estoy lejos de eso, contrario a lo que puedas pensar, me conmueven mucho más las cavilaciones o preocupaciones que hacen de ellos personas normales, como el relato de algún achaque de salud, las incomodidades de algún viaje, la falta de agua limpia en alguna otra circunstancia o un simple saludo a algún familiar es lo que a mis ojos hace humano a un personaje al que otros admiran por sus talentos.

—Tienes razón, es bueno saber que Beethoven, Homero o Hemingway tenían las mismas necesidades de los hombres del común.

—Así es. ¿Has escrito alguna carta de amor?

Mathew sonrió algo sarcástico.

—Si los mensajes de texto cuentan, entonces sí.

Ella sonrió y movió la cabeza.

—Ya… ¿Y has leído alguna?

En ese momento llegó la azafata con una copa de vino para Giana y Mathew aprovechó para observarla.

En un primer momento, la mujer no le había llamado mucho la atención.

Vestía pantalón oscuro de mezclilla, camiseta negra y chaqueta de cuero.

El cabello rojizo lo llevaba recogido en un moño bajo.

Él no pudo evitar preguntarse cómo lo tendría de largo cuando se lo soltara.

No llevaba maquillaje, pero cuando lo miró a los ojos, advirtió que eran del mismo color de un lapislázuli que había negociado semanas atrás, aunque su mirada era más cálida que la piedra.

Un trío de pecas coronaba su nariz. Se tocó un mechón de cabello y lo llevó detrás de la oreja, gesto que denotaba nerviosismo en contradicción con la serena expresión de su mirada.

Al principio le pareció una joven bonita y nada más.

Era de una belleza rara, no llegaría a los veinticinco o veintiséis años, sus gestos eran armónicos y firmes.

Recibió una copa de vino tinto de la que bebió un par de sorbos y lo miró, esperando su respuesta.

No, él no había leído nunca cartas de amor de ningún tipo, pero no supo por qué quiso ocultarle esa información.

—¿Cuál es tu carta favorita? —preguntó a su vez. Ya se estaba arrepintiendo de haber iniciado la conversación. Quería seguir durmiendo.

Ella sonrió, pasó las hojas y buscó en el libro un índice que recorrió con el dedo, luego encontró la página y empezó a leer:

Te extraño, John. 27 años han pasado y todavía deseo poder regresar el tiempo hasta aquel verano de 1980.

Recuerdo todo, compartiendo nuestro café matutino, caminando juntos en el parque en un hermoso día, y ver tu mano tomando la mía, que me aseguraba que no debía preocuparme de nada porque nuestra vida era buena.

No tenía idea de que la vida estaba a punto de enseñarme la lección más dura de todas.

Aprendí el intenso dolor de perder un ser amado de repente, sin previo aviso, y sin tener el tiempo para un último abrazo y la oportunidad de decir “te amo” por última vez.

Ella levantó la mirada para observar la reacción de Mathew a lo leído.

—Guau. —No supo que más decir, lo leído por la chica rasgaba la herida que aún trataba de cerrar y se quedó callado unos momentos con el ceño fruncido.

—¿La habías leído? —Giana observó de reojo la reacción de Mathew a la lectura del texto, se notaba afectado de alguna forma y de pronto tuvo curiosidad por saber más de su vida.

Él carraspeó antes de volver a hablar.

—La leí en una ocasión, la muerte de John Lennon fue una gran pérdida para el mundo de la música. Fue un hermoso homenaje por parte de Yoko. No me he presentado, soy Mathew King. —Le tendió la mano.

—Sé quién eres. Yo soy Giana Orsini. —Le devolvió el gesto, con un apretón firme.

Mathew se quedó un momento pensativo hasta que el reconocimiento vistió sus facciones. La chica era la heredera de Joyas Miccelatti. Recordó su charla con Nathan y se dijo que la chica no era precisamente fotogénica. Las fotos en la revista no habían logrado que retuviera su imagen.

—Vaya, vaya, el mundo es un pañuelo. ¿Dónde dejaste tu avión?

—Me imagino que en el mismo lugar donde tú dejaste el tuyo —dijo mirando al frente.

Mathew se echó hacia atrás y se fijó en que, de perfil, sus labios parecían suaves y apetitosos. Desestimó el pensamiento enseguida; era un hecho: la abstinencia le empezaba a pasar factura.

—No lo uso para vuelos largos, me parece un desperdicio de recursos.

—Estoy de acuerdo contigo —afirmó ella.

—Me extraña no haberte conocido antes, conozco a tu padre y a su colaborador cercano de las reuniones de junta de la mina de Sarabi.

—Laboramos en diferentes áreas. Estoy encargada de la expansión aquí en Chicago.

Mathew era un hombre poco dado a las sonrisas. Levantó una ceja y la miró unos instantes.

—Lo sé, has hecho algo de ruido en el medio.