CAPÍTULO 1 #3
Giana Orsini se apartó del ventanal de la oficina del rascacielos ubicado en el distrito financiero de Chicago.
Alejó el tema de Ethan de su mente y con soltura y paso firme se sentó de nuevo en su puesto y volvió a concentrarse en la reunión con la famosa empresa inmobiliaria que la ayudaría a buscar un terreno o propiedad para que Joyas Miccelatti abriera una sucursal en la ciudad.
La expansión la había comenzado con la apertura dos meses atrás de la primera tienda en Los Ángeles, la segunda se abriría en Houston en tres meses y la de Chicago esperaba inaugurarla en el primer trimestre del siguiente año.
Era un proyecto ambicioso en el que llevaba trabajando dos años.
Laboraba en la empresa desde que era una adolescente, había pasado por cada departamento: conocía desde los talleres hasta el último rincón de las oficinas administrativas, cada local, cada vitrina y cada colección, y esperaba el día en el que su padre la pusiera al frente del negocio.
Se había esforzado más que nadie para que Cesare se diera cuenta de su valía.
Cuando la reunión concluyó, se percató de que tenía tiempo más que suficiente para ir a su hotel a cambiarse antes de tomar el vuelo a París.
Se había negado a viajar en el avión de la empresa, le parecía un gasto inoficioso.
Su viaje tenía una doble connotación, además de las reuniones pautadas, esperaba trabar amistad con Mathew King, el menor de los socios de la empresa rival que compartía con la suya la mina de Sarabi, para obtener información sobre lo sucedido en realidad, ya que por más de que la responsabilidad del terrible accidente apuntara a los King, el nombre de su empresa también podría salir muy perjudicado.
A ella le afectaba sobremanera la muerte de los obreros y de Meriem Bakary la trabajadora social de la empresa, a la que no había llegado a conocer más que por fotografías: una hermosa mujer de raza negra que, según el informe recolectado, parecía ser la reencarnación de la madre Teresa de Calcuta.
Según sus fuentes, Mathew King estaría en la feria que se celebraría ese fin de semana, por lo que el viaje le caía como anillo al dedo: se le acercaría y lograría sacarle alguna confirmación de culpabilidad.
Joyerías King tendría que asumir su responsabilidad y Joyas Miccelatti podría quedar como único accionista extranjero en la mina.
Ethan conocía sus intenciones, porque ella se lo había insinuado en una conversación, a lo que él, furioso, le había respondido: “No tienes nada que hablar con el hijo de puta de Mathew King”.
Después habían intercambiado una serie de correos y mensajes discutiendo al respecto y ella había fingido transigir en sus intenciones.
Por supuesto, él no tenía idea de que King coincidiría con su prometida en París.
Durante el trayecto al aeropuerto, una extraña sensación de desasosiego la asaltó y no supo a qué achacarlo.
Las reuniones habían sido un éxito. Se había identificado con la manera eficiente de laborar de los ejecutivos de la inmobiliaria, admiraba su deseo de comerse al mundo, porque era el mismo que ella sentía respecto a su empresa.
Claro, era la bendita junta, que no se le salía de la cabeza.
Repasó el nombre de los miembros que la apoyarían sin dudar porque habían visto su capacidad de trabajo y sabían que el éxito en la expansión se debía en gran parte a ella.
Le preocupaba que Ethan la presionara por el compromiso en esos delicados momentos.
Si la propuesta la hubiera hecho dos años antes, en esos momentos ya estaría casada, pero ahora, llevaba meses dándole vueltas a la relación.
No sabía cómo decirle que su adoración infantil había dado paso a un sentimiento vestido de desencanto.
El príncipe había perdido el lustre o, a lo mejor, ella había madurado y quería otra cosa.
Él había sido un consuelo cuando perdió a su hermano, con apenas quince años.
Al comienzo del noviazgo, cuando cumplió veintitrés años, le había parecido un sueño y confió en que Ethan viera en ella a su igual, pero al paso de los meses, se dio cuenta de que la trataba con una velada condescendencia, como si fuera una chica consentida a la que había que darle la razón de dientes para afuera.
No obstante, se había dejado llevar y ahora el siguiente paso era el jodido anillo en su dedo, pero algo en su interior se rebelaba ante la idea de atarse a él.
Rogaba por que su padre no le pusiera el matrimonio como condición para legarle el negocio.
Un nudo ataba su estómago cada vez que consideraba la posibilidad: sabía que haría lo que fuera por hacerse con el control de la empresa.
—Hemos llegado, señorita Orsini.
Se bajó enseguida, el chofer se ofreció a llevarle el equipaje hasta la aerolínea, pero ella se limitó a darle una propina y lo despidió presurosa.
En cuanto atravesó la puerta del aeropuerto, el desasosiego experimentado en el auto volvió con más fuerza.
Después del check-in y como faltaban un par de horas para tomar el vuelo, trabajó un rato sentada en una mesa de la sala vip, habló con Mia, su asistente, envió una serie de correos, y después paseó por los diferentes negocios hasta que llegó a una librería.
Entre los diversos libros de romance y suspenso, encontró un volumen llamado Las más bellas cartas de amor, lo ojeó unos segundos y pagó con rapidez al escuchar por el altoparlante la llamada a su vuelo.