CAPÍTULO 1 #2
Sonrió al leerlo y ese simple gesto llevó a Mathew por el sendero de las cavilaciones.
Sus dos hermanos estaban bien cogidos de las bolas, por mujeres maravillosas, eso sí, pero cogidos, al fin y al cabo.
No creía que algo así le llegara a pasar a él.
Las mujeres con las que se relacionaba no eran del tipo común a un joven millonario.
A él le gustaban bohemias, libres, intelectuales, mujeres que no se desvivían por marcas y que eran indiferentes a las joyas.
Y ninguna de ellas le había despertado un instinto de posesión tan marcado como el que veía en sus hermanos respecto a sus esposas.
Ni siquiera Meriem. Quizás de haber continuado la relación…
Pero ya no valía la pena cuestionarse eso.
Sacudió la cabeza para espantar el tema amoroso de sus pensamientos.
—Mañana tengo cita con Aaron Lobstein —anunció en referencia a un gemólogo de origen judío que negociaba todo tipo de piedras—, y pasado mañana volaré a París.
—¿Vas a utilizar el jet de la familia? —Otro mensaje de texto llegó al móvil de Nathan y una sonrisa surcó de nuevo su rostro. Escribió algo y volvió a prestarle atención a su hermano.
—No —contestó Mathew serio—, voy a hacerle un favor al medio ambiente, tomaré un vuelo comercial.
—Me alegra que te preocupes por la huella de carbono.
El menor de los hermanos dejó el plato y la taza en la superficie del escritorio.
—Ojalá pudiera ayudar en todos los ámbitos. A veces me siento hipócrita, negándome a usar un jodido avión, cuando la minería causa más estragos que un trayecto a otro país.
Nathan lo miró sorprendido y lo señaló con el móvil.
—Hacemos lo que tenemos que hacer, no te des más látigo, hermano, si no somos nosotros, lo hará alguien más, por lo menos tratamos de hacer las cosas bien en el gremio, aunque alguien quiera jodernos la vida. Buena suerte en la feria.
La razón del viaje a París de Mathew era asistir a Les Journeés des Joailliers Créateurs, una muestra de alto standing para empresarios del gremio de la joyería, celebrada en Place Vendôme.
El evento duraba cuatro días. Se reunían diversos proveedores de la industria y también algunos diseñadores que participaban en una selección a nivel mundial para presentar propuestas innovadoras.
—Estoy cubriendo tu trasero, no me gustan esas ferias.
—¿Qué día tienes la reunión con Park Jim Goo? —preguntó Nathan mordaz.
Mathew sonrió.
—¿Celoso todavía? —preguntó recordando la debilidad que el joven empresario coreano tenía por su cuñada Elizabeth. De hecho, deseaba asociarse con Joyerías Diamond para distribuir la línea de joyas creada por ella en todo el este asiático.
Las diversas atenciones que tenía con la esposa de su hermano cuando se reunían en Chicago ponían celoso a Nathan, aunque Elizabeth le recalcaba a su marido que era un joven muy respetuoso y que nunca haría nada por hacerla sentir incómoda.
Sin embargo, él no bajaba la guardia en presencia del empresario, que, además, era tan apuesto como cualquier actor de esas telenovelas coreanas que tanto gustaban a las jóvenes.
—El sábado en la mañana tenemos una cita para desayunar en Le Ciel.
—Bien.
Ethan Colton observaba a su suegro mientras este discutía por teléfono con uno de los directivos de la mina de diamantes ubicada en Sarabi, de la que Joyas Miccelatti era accionista.
Por el tono de la llamada, no eran buenas noticias.
En cuanto Cesare Orsini interrumpió la conversación con un abrupto despido al pobre diablo que hacía de interlocutor, Ethan se encogió de hombros y esperó a que el hombre se desahogara.
—Otra vez ese bastardo de Nigels tiene problemas con la nueva seguridad impuesta por los King —comentó el anciano—.
Quiero a esos bastardos fuera de la mina.
Quiero que, en la próxima reunión de junta, quede muy claro que Joyerías Diamond, y específicamente Mathew King, tiene la culpa del accidente.
Porque asumo que tienen la culpa. Y quiero a Giana lejos de los tejemanejes de la mina.
—No te preocupes, tu hija está concentrada en el tema de la expansión.
—Lo que ha sido una suerte.
—Pero sabes cómo es ella, le gusta estar enterada de todo lo que ocurre en la empresa y ha sido un poco difícil mantenerla alejada del tema, la muerte de la trabajadora social y de los obreros la afectó bastante.
—Ethan observó el gesto preocupado de su suegro y decidió dar por concluido de tema—.
Los King venderán su participación en la mina, no te preocupes, será lo más rentable para ellos, ya verás.
—Eso espero —arremetió Orsini—. Quiero verlos destruidos.
Los King prácticamente me arrebataron un mayor porcentaje de la mina de diamantes, el maldito cincuenta por ciento de la sociedad era nuestro y el nuevo contrato con la comercializadora de oro me obligó a pagar mucho más por el metal.
Entraron con pie derecho en Europa, lo que ha ocasionado una baja en nuestras líneas de siempre, se llevaron a mi mejor tallador y perdimos una transacción con los tailandeses que prácticamente era nuestra.
Si esto hubiera venido de los grandes conglomerados de joyas, lo aceptaría, pero de ellos, no.
No acepto la derrota entre empresarios de mi nivel.
“Eres mal perdedor”, caviló Ethan.
—Cesare, no alcanzamos a reunir el dinero para cuando la transacción de la mina fue un hecho, pudieron ser ellos u otros, últimamente te demoras mucho en tomar una decisión y eso no es propio de ti. Los King son agresivos y van por lo que quieren sin contemplaciones de ningún tipo.
Orsini lo miró con un gesto de obstinación.
—No necesito que los defiendas.
—Sabes que mi lealtad está contigo. He hecho cosas por ti que, si llegaran a oídos de Giana, vería en serios aprietos nuestra relación.
Cesare lo desestimó con un gesto.
—Asegúrate de casarte con ella y dejarla embarazada en un santiamén, no me opongo a que tenga su lugar en la empresa, pero es mujer en un mundo de chacales, la destrozarán y con ella mi legado, por eso te he preparado a ti, no me decepciones, Ethan.
—No, señor.
—¿Cómo va lo demás? —insistió el más viejo.
—Perfectamente.
—Bien.
Ethan observó el semblante y porte de su suegro.
De alrededor de setenta años, mirada inteligente, nariz patricia que había heredado su hija, alto y acuerpado, todavía se conservaba en forma.
Giana era producto de su segundo matrimonio con una joven veinte años menor.
Cesare había sido el típico playboy descendiente de una familia joyera italiana, millonario y siempre rodeado de mujeres mucho más jóvenes.
Su última esposa, una mujer treinta y cinco años más joven que él, a instancias de Ethan, lo había convencido de retirarse y dejar el mando en manos más jóvenes —después de un preinfarto ocurrido seis meses atrás— para dedicarse a viajar por el mundo, aunque su yerno sospechaba que el hombre no aguantaría ni un año antes de querer recuperar la dirección de la empresa y eso no les convenía a sus intereses.
Giana era la única hija de Orsini, desde que Marco, su hermano mayor, había muerto en un absurdo accidente nueve años atrás.
Ethan tenía a su favor la veta machista de Cesare, que pensaba que su hija debía estar dedicada a los eventos sociales de la firma y a formar una familia, de preferencia con descendencia masculina, a quien poder heredar su legado.
La joven había trabajado duro durante años con la esperanza de heredar algún día la dirección de Joyas Miccelatti, pero Ethan no había estado girando alrededor de la órbita Orsini tantos años para que su prometida acabara frustrando sus ambiciones.
Ella se había negado a comprometerse hasta que la expansión fuera un hecho, pero ninguno de los dos hombres tenía dudas sobre el futuro matrimonio.
De regreso a su oficina, el móvil de Ethan vibró en su bolsillo. Miró la pantalla y se apresuró a responder.
—Amor mío… Estoy ansioso por verte.
—Ethan —respondió del otro lado la voz de Giana—, no podré viajar sino hasta el lunes, tendré que pasar el fin de semana en París, tengo dos reuniones pactadas para el sábado y otra el domingo en la mañana.
—Te acompañaría, pero no puedo viajar, debo preparar una serie de informes para nuestra junta trimestral.
—Entonces volveré el domingo en la noche. Estoy nerviosa por esa junta —agregó casi en un susurro.
—Pero si aún faltan dos meses…
—Sí, pero quiero estar bien preparada.
—Tu padre hará lo mejor, no te preocupes, cariño, el próximo mes podríamos pasar unos días en la playa. —Bajó el tono de voz a uno íntimo—. Debemos retomar nuestra charla sobre el compromiso.
El silencio siguió al otro lado de la línea y luego un suspiro.
—Hablaremos de ello cuando vuelva, cariño —capituló ella.
Ethan se negó a sentirse preocupado. Giana era suya desde que la había conocido cuando aún era una adolescente.
Los diez años de diferencia entre ellos eran notorios en esa época, en la que se dedicó a ser su amigo y a apoyarla después de la muerte de su hermano.
Ella lo había adorado desde el instante en que se conocieron y él se había aprovechado de esa adoración para lograr sus fines.
Ahora estaba a muy poco de lograr el objetivo de su vida y nada ni nadie se lo impediría: conocía la mente de Giana, sabía cómo manejarla.
Aunque la notaba distante desde hacía meses, lo achacaba a la apertura de la firma en Chicago y en la costa oeste.
Ella tenía motivos para estar preocupada por la próxima reunión, pero él no sería el mensajero de las malas noticias, esa era labor de Cesare.