HERMANOS KING CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Mathew King observaba al detalle una muestra del último lote de rubíes procedentes de Tailandia adquirido por Joyerías Diamond.

Las piedras, extendidas en un lienzo blanco, ostentaban un rico color rojo vivo que rivalizaba en intensidad con el de los rubíes de Birmania.

Había llegado el día anterior, después de una intensa negociación en Chanthahuri —Tailandia era el centro comercial del rubí más importante del mundo—.

Mientras observaba con una lupa los destellos de los diferentes pedruscos, se felicitó por la adquisición, el lote era de excelente calidad.

La alarma de Google vibró en su teléfono móvil, como siempre que alguna noticia de las joyerías saltaba a la red.

Interrumpió su labor y abrió el artículo enseguida.

—¡Mierda! —maldijo entre dientes.

Desde hacía unas semanas, Joyerías Diamond era blanco de ataques por parte de un periodista que escribía sus columnas en un blog con el seudónimo de D’Artagnan.

Las publicaciones en contra de la empresa habían empezado después del éxito obtenido en la exhibición de la última colección, que había llevado a las joyerías y a Elizabeth King, su cuñada y diseñadora, al podio del diseño más original de joyas presentadas en la temporada, muy por encima de la competencia.

Se concentró en la lectura.

Al evaluar las políticas y prácticas de abastecimiento en diferentes empresas joyeras del sector, algunas de ellas han dado pasos importantes hacia un suministro responsable de metales y piedras, no así Joyerías Diamond.

Mi equipo periodístico no entiende cómo esta empresa logró la certificación de RJC (Consejo de Joyería Responsable), ya que el gremio sabe del accidente ocurrido en la mina de diamantes de Sarabi, en la que dicha joyería tiene un importante porcentaje de participación.

Human Rights Watch documentó preocupaciones ambientales y abusos violentos de toda clase por parte de la seguridad privada de la mina.

Si bien la empresa se ha preocupado por identificar y abordar los diferentes problemas en la cadena de suministro, parece que Mathew King, geólogo y socio de Joyerías Diamond, encargado del abastecimiento de las minas para las joyerías, no ha logrado introducir una línea de diamantes, trazables desde el momento de la extracción, que brinden a los clientes absoluta confianza.

Joyerías Diamond debe establecer políticas justas de trabajo, de lo contrario, corren el riesgo de contribuir a la violación de los derechos humanos.

—¡Hijo de puta! —farfulló un poco más fuerte y tuvo que recurrir a la respiración para lograr el balance.

El día que salió el primer artículo citando el nombre de la empresa, a Brandon casi le da una apoplejía.

Había miles de artículos en la red que hablaban sobre el tema, para nadie era un secreto lo que había detrás del negocio de los metales y las piedras preciosas, pero todos, absolutamente todos, se cuidaban de nombrar a alguna joyería: esa era la no tan sutil diferencia con el artículo publicado por D’Artagnan, quien hasta entonces nunca había infringido aquella norma tácita.

Ni sus hermanos ni él podían saber qué o quién había originado el cambio en su columna.

Ningún periodista tenía derecho a nombrar a Joyerías Diamond unida a ese tipo de especulaciones o a cualquier otro artículo de esa índole, y más con las medidas ambientales y sociales que implementaba la empresa.

En el transcurso del siguiente mes habían aparecido tres artículos más en el citado blog atacando la marca por diversos frentes.

La cuestión era ya personal, caviló Mathew, pero, escondido en el anonimato que da el Internet, cualquiera podía decir lo que le viniera en gana sin ser identificado.

Quería retorcerle el cuello al maldito periodista.

Ninguna persona que lo observara diría que Mathew King estaba alterado de una forma u otra.

Era un hombre de talante serio y circunspecto, que no mostraba en ningún momento el calibre de sus emociones.

Nathan se burlaba cada tanto, diciendo que su hermano menor parecía un monje tibetano, pues nada lo perturbaba.

Y en parte era cierto, pues había logrado controlar su fuerte temperamento a base de meditación, ejercicios de respiración y la disciplina oriental que practicaba desde hacía más de diez años.

Pero el artículo de ese día lo había sacado por segundos de su eje, pues atacaba directamente su área de trabajo y, por supuesto, a él.

Guardó las piedras en la caja de seguridad y salió del lugar rumbo a la oficina de su hermano mayor.

La secretaria le dijo que Brandon estaba en una reunión y no podía interrumpirlo, a lo mejor no había visto aún la publicación.

Se dirigió a la oficina de Nathan. Su asistente, Verónica, lo hizo seguir.

Su hermano estaba revisando unos papeles y levantó la mirada en cuanto se sentó frente a él.

—¿Lo leíste? —preguntó Mathew.

—Acabo de hacerlo y no sabes las ganas que tengo de llamar a mi equipo de mercenarios para que le den una lección al hijo de puta que nos quiere joder la vida.

Nathan se refería al grupo de militares retirados comandados por Tony McCabe, que habían ido con él el año anterior a Colombia a rescatar a su esposa de manos de un narcotraficante. Desde ese evento, los hombres eran parte de la nómina de la compañía.

—Hay que investigar quién diablos se beneficia de todo esto. Deja a Tony y sus hombres en Sarabi, han hecho una buena labor con la nueva empresa de seguridad. Debí tenerlos en cuenta desde el comienzo —señaló Mathew con gesto consternado.

—No te culpes, hermano, fue un accidente.

—Claro que tengo la culpa —interrumpió él enseguida.

Mark Cooper, el jefe de seguridad de las joyerías y Brandon habían sugerido en una reunión que Tony y sus hombres estuvieran a cargo desde que la empresa comenzó su participación de la mina y Mathew no les prestó atención.

Estaba convencido de que tenía todo bajo control y, gracias a su terquedad, Meriem y un grupo de inocentes habían perdido la vida.

El corazón le sangraba cada vez que recordaba lo sucedido.

—Debes superarlo, hermano —señaló Nathan adivinando lo que le pasaba por la mente—. No podemos llorar sobre la leche derramada, se han tomado acciones, es lo más importante. Ahora lo que nos interesa es agarrar al cabrón que quiere jodernos.

Nathan notó el ceño de su hermano más fruncido que de costumbre, una de las pocas señales capaces de revelar que algo lo alteraba.

—El hacker que trabaja para Tony no ha podido aún establecer la dirección IP, el maldito se escabulle como liebre, la dirección cambia cada cierto tiempo.

—Lo sé —afirmó Nathan—. Esperemos que la información no llegue a tantos.

Mathew soltó una risa carente de humor.

—Ambos sabemos que la competencia lo leerá con satisfacción y más después del éxito de la última colección, estoy seguro de que lo replicarán enseguida a todo el mundo.

—Me niego a preocuparme más por ello. —Nathan se levantó de la silla y se acercó a su sofisticada máquina de hacer café—. La mayoría de la gente sabe que un gran porcentaje de las noticias que circulan en la red son puras mentiras.

—Pero hacen daño —insistió Mathew—, además, el último artículo tiene un párrafo que no es del todo falso. ¡Me equivoqué, maldita sea!

Nathan negó con la cabeza mientras preparaba la bebida como a su hermano le gustaba. Se acercó a él y le brindó la taza humeante.

—Asúmelo y sigue adelante. —Sorbió de su bebida y decidió cambiar de tema—.

Elizabeth está entusiasmada por hincarle el diente al lote de rubíes.

Anoche, durante la cena, no hizo sino hablar de colores, densidades y los metales y piedras que complementen el color de las piedras.

Cuando mi mujer se obsesiona con algo… A propósito, Joyas Miccelatti abrirá una sucursal en Chicago, entrarán con pie grande y serán nuestra competencia.

Están buscando un terreno sobre la avenida Michigan o uno de los edificios circundantes.

—Algo escuché, pero no lo tendrán tan fácil, la oferta es escasa. Creo que la hija del viejo Orsini está a cargo de todo. No me simpatiza el padre y más con las trabas que nos ha puesto en la mina.

—¿Conoces a Giana Orsini? —preguntó Nathan dando otro sorbo a su café.

—No, aún no. —Mathew frunció el ceño recordando un reportaje leído un par de meses atrás.

—Es una mujer de un temperamento algo fuerte. Elizabeth la conoció en la semana de la moda y quedó impactada con ella, creo que compartieron un almuerzo.

—Si es parecida al cabrón de su padre, paso.

—Lidiar con el viejo Orsini no es fácil. Por lo que he leído de su hija, parece que está haciendo una buena labor y será una competencia a tener en cuenta cuando se instalen aquí en Chicago.

—A lo mejor es igual a Orsini, lo que me lleva a meditar, ¿tú crees que él podría estar detrás de este ataque tan frontal?

—No lo creo, se perjudicaría a sí mismo.

—Al viejo no le gustó ni un poco que hubiéramos logrado la participación en la mina, no nos hizo las cosas fáciles. Quería nuestra parte del negocio para él.

Nathan se quedó pensativo un rato.

—Pienso que a la larga ellos podrían verse perjudicados. Sería una acción arriesgada y muy estúpida.

—A no ser que quieran nuestra participación. El periodista no los nombra a ellos, ni al Gobierno de Sarabi, que tiene el cincuenta por ciento de participación.

—Alguien nos quiere joder solo a nosotros, eso es evidente.

—Tony descubrirá quién está detrás, no te preocupes más —concluyó Nathan al tiempo que entraba un mensaje a su móvil.