PRELUDIO
—Meriem… —murmuró Mathew con los ojos cerrados, mientras acariciaba el tupido y suave cabello oscuro de la mujer que dormía a su lado.
—Mmmm. —Ella abrió los ojos y los fijó en él unos segundos antes de levantar las sábanas que cubrían sus cuerpos.
La impactaba el contraste del color de sus pieles, la trigueña de Mathew y la oscura de ella, le gustaba imaginar que al unirse generaban un prisma que formaba todo un espectro de colores, creando nuevas luces y sombras—.
Tengo que estar en la mina en veinte minutos.
—Demórate un poco más, nadie se atreverá a decirte nada, soy uno de los dueños. —Mathew se percató de su error tan pronto pronunció las palabras y se espabiló enseguida—. No quise que sonara así…
—Nepotismo en su máxima expresión —soltó un resoplido—. No me sorprende.
Meriem Bakary se levantó de la cama y, desnuda, caminó hasta el baño. Mathew observó con deleite su figura alta y delgada, sus nalgas prietas. Se levantó y fue tras ella.
—Lo siento, sé lo estricta que eres con tu labor.
Ella abrió la ducha. Su cuerpo era elástico y hermoso. Mathew podría durar horas perdido en él.
—Si lo sabes no deberías hacer ese tipo de comentarios.
—La mujer se mojó el cabello y se refregó el cuerpo con su jabón líquido.
A Mathew le gustó el gesto, todo el jodido día olería a él.
La arrinconó contra la pared de la ducha y la besó en la boca con gula, como si la noche anterior no hubiera existido, y acarició sus pezones erectos.
Mientras tanto, ella acariciaba su longitud de arriba abajo a un ritmo que lo ponía a mil.
Después de unos pocos preliminares y caricias a su sexo, entró en ella, quería alargar los movimientos, devorarle la boca con más besos y marcarla con sus estocadas, el placer lo llevó a ver el cielo de la noche tras sus ojos.
Un rato después, mientras la enjabonaba y le besaba los hombros, le dijo:
—Quiero que te vayas a Chicago conmigo, quiero vivir contigo y presentarte a mis hermanos. —La mujer se refregó el rostro y se separó de él. Habían tenido esa conversación ya un par de veces antes y nunca llegaban a nada—. No me puedo quedar viviendo en Sarabi.
—¿Por qué no? —preguntó—. Es un lugar como cualquier otro.
Mathew agachó la mirada y negó con la cabeza.
—No dirías eso si conocieras Chicago, mi empresa y mi hogar. Allá podría darte todo lo que no puedo acá.
Sabía que otra vez había sido una mala elección de palabras, pero estaba harto de solo verla allí, donde no tenía ni una décima parte de las comodidades de que disfrutaba en Chicago.
La concesión minera había sido reciente, junto a otra empresa joyera habían adquirido el derecho de explotación por los próximos diez años.
Era un negocio que les había caído en las manos meses atrás, un golpe de suerte de esos que ocurren una vez en la vida y los King lo habían aprovechado.
Había sido una negociación secreta para todo el gremio, pues querían evitar que algo se interpusiera y las cosas salieran mal, y apenas habían logrado finiquitar todo hacía pocos meses.
Joyerías Diamond había invertido millones de dólares en el proyecto y aún faltaba tiempo para que la mina empezara a rendir utilidades.
A Meriem la conoció en su primer viaje al país y desde que se vieron la atracción fue mutua.
En principio era solo sexo, pero con el tiempo su relación se había ido profundizando.
Y a él ya no le bastaba con verla cada vez que fuera a Sarabi por trabajo, así se inventara más trabajo del que realmente tenía para estar con ella con mayor frecuencia. Necesitaba más.
Pero, así la mina se hubiera convertido en una parte importante de sus responsabilidades en la empresa, no era la única, él tenía que viajar por el mundo buscando las mejores piedras para la elaboración de joyas y su base tenía que estar en Chicago, no en África.
Necesitaba que Meriem lo entendiera y que lo acompañara.
La mujer cerró la ducha y se quedó mirándolo con esos ojos tan oscuros como imaginaba que sería el espacio sideral.
Las estrellas en ellos eran los puntos de luz por los que él había aprendido a conocerla, brillaban sin parar cuando desarrollaba su pasión por las cosas que hacía.
A veces Mathew se sorprendía celoso de su entorno, quería esa misma adoración para él; no era machista, pero la mujer le despertaba algunos sentimientos intensos que no podía explicar.
—Yo aquí te he dado todo lo que no tienes allá —replicó ella y, sin dejar de mirarlo, continuó—: O eso creo.
Mathew abrió de nuevo la ducha y empezó a enjabonarse.
—No puedo quedarme más tiempo y no quiero volver a Estados Unidos sin ti. Vendremos dos o tres veces al año. Si me voy solo, eso no será suficiente para mantener una relación.
—Pues entonces no habrá una relación, porque no me iré a ningún lugar.
Ella hizo el amague de salir del espacio, pero él le asió el brazo.
—¡No!
—Sí —dijo suavemente—. Nunca dejaré África.
—No me amas lo suficiente —concluyó derrotado.
—Esto no se trata de lo que sentimos el uno por el otro. Se trata de que tenemos sueños distintos. No me veo viviendo en esos lugares que veo en las películas mientras mi gente sufre, mi labor aquí es importante y mientras no cambien las cosas no podré dejarlo.
—¡Nunca van a cambiar! Habrá otro gobierno igual de corrupto que el anterior, al que no le importará la gente, ni la educación, ni la salud, y te habrás sacrificado por nada.
—¡Por eso mismo debo quedarme! —Pasó por el lado de Mathew y él ya no intentó detenerla—. Esto no es sacrificio. ¡Es vocación! Es mejor dejarlo aquí, no quiero que salgamos más lastimados.
Mathew quiso decirle que él ya estaba lastimado, pero el orgullo le impidió hablar.
—¡Entonces aquí lo dejamos, Meriem! Si no quieres estar en mi vida, entonces, vete.
Ya estaba arrepentido de sus palabras, pero también cansado de rogar.
Sus viajes a Sarabi terminaban siempre de la misma forma y luego, cada vez que regresaba, el fuego se volvía a atizar.
Pero en esta ocasión tuvo la sensación de que las cosas a su vuelta serían diferentes.
Cuando salió, ella ya se había marchado.
Mina Lugan, principios de abril del 2019
Daren Kisai revisó a primera hora de la mañana, antes de que entraran los mineros, el estado del terreno a trabajar ese día en la mina, luego de la explosión controlada llevada a cabo la tarde anterior.
Era la tercera vez que se utilizaban los explosivos en aquel lugar, la calidad del terreno lo hacía innecesario, pero el informe presentado decía que había roca maciza en el fondo, y sobre esa premisa hizo sus cálculos.
Esos metros de roca maciza, a lo largo y a lo profundo de las entradas diamantíferas, eran la razón por la que la mina requería de sus servicios.
Nunca se le había presentado problema alguno, conocía desde niño el oficio, heredado de su padre y de su abuelo.
Sin embargo, una conversación escuchada sin querer el día anterior, entre el ingeniero Dylan Barrett y un ejecutivo extranjero al que no conocía, lo hizo modificar sus cálculos y las cantidades de explosivos a utilizar: no quería muertos sobre su conciencia.
Apenas había dormido esa noche y allí estaba, revisando el trabajo.
Ya habían limpiado la entrada y estaban esperando a la cuadrilla de mineros que, con palas y picas, harían su aparición en varios minutos.
No vio nada que lo preocupara en demasía.
Los obreros empezaron a llegar y él se retiró, no quería que lo vieran.
Sobre todo, no quería encontrarse con Mathew King.
Le preguntaría por qué estaba hoy en el lugar si su trabajo ya había concluido, y ya él, el día anterior, apenas había aguantado las ganas de contarle la conversación escuchada.
En el camino se cruzó con la trabajadora social de la empresa.
Vestida con jean, botas de caucho, camiseta manga larga y casco, se acercaba al sitio donde trabajarían los mineros.
La observó, era hermosa, y cuando se acercaba a los mineros, ellos la miraban como si un ángel hubiera bajado del cielo.
Y era cierto, la mujer trataba de mejorarles las condiciones de trabajo.
En ese momento, la rodeaban y ella les hablaba con seriedad.
Dio la vuelta y se alejó por donde había venido.
Mathew King se puso furioso cuando observó a Meriem entrar con el grupo de obreros al socavón creado el día anterior. La excavación la harían veinte metros dentro de la montaña, donde esperaban encontrar una veta más rica que lo poco hallado en la superficie.
La mina Lugan, llamada así por la junta directiva, era un yacimiento pequeño, con menos de un año de explotación, que se realizaba a cielo abierto, extrayendo la tierra con ayuda de grandes máquinas excavadoras.
A veces, cuando la roca era demasiado dura, se requería el uso de explosivos.
Aún no había dado dividendos, ya que la producción de kilates era todavía muy baja, pero esperaban que eso cambiara en un año; por esa razón, los King habían decidido hacía pocos meses trasladar a Sarabi el taller de talla que antes tenían en Sudáfrica.
Iba camino al lugar, pero se retrasó porque un par de ingenieros aprovecharon para comentarle algunos detalles técnicos.
Mientras los escuchaba, no dejaba de observar el sitio por donde Meriem había entrado.
Se arriesgaba demasiado, y no solo a los peligros de la mina; al estar rodeada de tantos hombres se exponía también a algún tipo de avance no deseado.
Se reprochó por esos pensamientos, hacía tiempo que ese ya no era su problema.
Contuvo la respiración por unos momentos, mientras escuchaba distraído la charla de los dos profesionales sin desprender la mirada de la entrada al socavón.
Se despidió y caminó unos cuantos pasos, cuando escuchó un leve sonido, como de piedras chocando, muy diferente a los ruidos normales de la actividad minera.
En segundos, fue aumentando su intensidad.
Mathew no supo si salía de debajo de la tierra, pero un ruido como un trueno invadió el lugar y de pronto todo se llenó de una humareda de tierra que, al despejarse, mostró un alud de piedra y tierra cubriendo como manto la entrada al socavón.
Y supo que nunca se perdonaría el número de vidas que se habría llevado por delante ese lamentable hecho.