EPÍLOGO
La primavera ese año traía muchos regalos para la familia King. Aparte de los colores, los aromas y la alegría propios de la estación, Nathan y Elizabeth brindaban con amor y maravillosas noticias.
—Estoy lista. Dime la verdad —dijo Elizabeth con los ojos cerrados y un cojín tapando su rostro.
Estaban en la cama y Nathan leía en una tablet los comentarios de los expertos en los diferentes medios, sobre la presentación de la Colección Primavera-Verano que Joyerías Diamond había celebrado el día anterior.
—¿Qué deseas saber, hermosa? ¿Quién se lanzará a la alcaldía de Chicago? ¿Qué pasará con los Chicago Bulls?
—¡Si no lees en los próximos diez segundos…!
Nathan sonrió, mientras organizaba los diferentes comentarios, nada que ya no supiera. Echó un vistazo a los tres primeros y supo que había ganado la apuesta a su terca, impetuosa y talentosa esposa.
—Me debes mil dólares.
Elizabeth se quitó el cojín de la cara.
—No te creo.
—¿Por qué no? Eres muy talentosa. Lo saben los compradores de joyas, mis hermanos, los expertos en modas, y hasta ese chico coreano, dueño de un emporio de joyas en su país, que desea hacer negocios con Brandon y que te coqueteó toda la noche, insistiendo que tenías un aire a Shakira.
Elizabeth se dio la vuelta y se sentó a horcajadas sobre él, mientras le quitaba la tablet. Ignoró sus palabras y empezó a leer los comentarios en voz alta.
—“La unión de dos mundos, fantasía y arte en una versión única de energía y movimiento. Una colección exquisita”.
Paul Rivers, New York Times. —Soltó una risotada y abrió los ojos de manera desmesurada sin poder creer lo que leía—.
“Un mundo nuevo en el diseño de joyas, con una extraordinaria visión de lo trascendental, nos acerca a una especie de experiencia religiosa, felicito a la diseñadora”.
Susan Katrell, Chicago Tribune. “Una verdadera joya dentro del diseño contemporáneo”.
Madhiri Rai, Vogue. —Alzó los brazos en gesto de victoria—.
¡Soy famosa! Tendrán que triplicarme el sueldo.
—Te lo dije, después del éxito de anoche, te daremos lo que pidas, hermosa.
Habían sido meses de intenso trabajo cuyo fruto empezaría a ser recogido en breve.
Nathan y Elizabeth habían formado un excelente equipo.
Después de contar con la aprobación de Brandon y Mathew para trabajar en el diseño y elaboración de joyas con las morrallas, ella, con una conciencia especial y un respeto absoluto por el proceso, había creado una colección que había llamado la atención de actrices y modelos, que estaban encantadas con los diseños.
Habían implementado salas de exposición privadas tanto para las esmeraldas de corte perfecto como para las joyas elaboradas con morrallas.
Brandon y Mathew estaban sorprendidos y muy contentos con los resultados. Leyó otro comentario:
—“Elizabeth King cambió la manera en que las personas miran las esmeraldas, ya que las de colores claros y radiantes han ganado protagonismo en la industria”. Kim Lou. Revista Estilo y tendencias.
A pesar de las jornadas extenuantes, de los nervios y las inseguridades, disfrutaban de su mutua compañía, su amor brillaba como la colección presentada la noche anterior.
Eran una pareja que, a pesar de sus temperamentos, se complementaba en todos los aspectos.
Encaraban el futuro con optimismo a pesar de los momentos difíciles que Elizabeth vivió cuando inició el juicio a su padre.
El hombre insistía en que no quería que su hija formara parte de su vida, gesto que Nathan agradecía, pero que la cubría a ella de una tenue tristeza.
Aún faltaban meses para que finalizara el juicio.
Ella no se hacía ilusiones de que su padre quisiera que lo visitara cuando fijaran los años de condena, solo el tiempo lo diría, por ahora disfrutaba de su vida y del camino soleado que en ese momento transitaba.
Nathan tiró la tablet a un lado y la sujetó entre sus brazos.
Su camisón verde de seda se le subió peligrosamente hacia la cintura.
Se veía fuerte y delicada, como una porcelana de jade, suave al tacto, traslúcida e irrompible.
Le dio la vuelta y acarició el contorno de su cuerpo sin abandonar la mirada de sus ojos.
Recordó unas palabras de una canción de Johnny Cash: “El amor es algo ardiente que forma un anillo de fuego”.
Vivía para esos momentos en que se fundían en uno solo y podría jurar sobre brasas calientes que experimentaban algo parecido a una comunión de almas.
Su corazón tronaba como una bandada de pájaros desorientados en el momento de la pasión.
Un nudo en la garganta le impidió decirle lo que guardaba, lo que sentía, que la amaba más allá de todo lo vivido, que daría parte de su vida por borrarle las penas y los sufrimientos, que anhelaba la visión de hogar con la que habían soñado siempre, que quería hijos que borraran los años de soledad.
Sus manos generosas en caricias y su cuerpo hablaron por él, nunca se sentía tan libre, y tan atado a la vez, como cuando estaba dentro de ella.
Valiente y a la vez indefenso, experimentaba un deseo salvaje y al mismo tiempo una profunda ternura.
Quería llenarla de palabras sucias y al tiempo regalarles a sus oídos tiernas palabras de amor.
Calor y frío, cielo e infierno, pero en la cima de todo, el amor, victorioso y protagonista.
Aún tenía la respiración agitada cuando cayó a su lado.
—Yo… —inhaló fuerte.
Elizabeth le acarició la frente, el cabello.
—Lo sé, quiero que me mires así siempre.
El tono del móvil de Nathan se escuchó por encima de las respiraciones agitadas de los dos. Al ver en el identificador el número de Brandon, se apresuró a contestar.
—¿Cómo? —Nathan se levantó como un resorte al escuchar a su hermano—. Iremos para allá.
—¿Qué sucede?
—Eva entró en labor de parto, parece que el bebé se adelantó un par de semanas.
Se levantaron como un resorte de la cama.
—Vamos enseguida —señaló Elizabeth—, quiero ver a Brandon llevado de los nervios.
Nathan sonrió.
—Eres implacable con mi hermano.
Gregory Ian King llegó al mundo una mañana primaveral, haciéndose sentir con un llanto que mostraba unos pulmones muy desarrollados. En cuanto entraron en la habitación y siguieron los protocolos de limpieza, se acercaron a la cuna. Brandon no dejaba de mirarlo, Eva dormía aún.
—Es hermosísimo —expresó Elizabeth.
Brandon asintió sin dejar de mirarlo, a Elizabeth lo conmovió su expresión, como si tuviera frente a sus ojos un tesoro sagrado.
—Tiene los ojos de Eva —dijo conmovido.
—Su cabello es oscuro y sus manos son enormes. Es bellísimo, te felicito, hermano.
En ese momento entró una enfermera que requería a Brandon en la estación de enfermeras, para firmar unos papeles. Se separó de mala gana de la cuna.
—Ve tranquilo, Elizabeth y yo nos encargaremos.
Después de observarlo unos minutos, el niño abrió los ojos, y antes de que soltara el llanto, Nathan lo alzó con suma ternura y empezó a caminar por la suite.
Elizabeth lo observaba sorprendida, ya que lo hizo con una agilidad pasmosa y sin ningún temor, a ella le habría costado un poco más de trabajo, por lo delicado que se veía.
—Eres el comienzo de cosas maravillosas —habló él—, de sueños y posibilidades.
Sí, yo sé que has llegado a un mundo nuevo y extraño, de imágenes coloridas y difusas, y tienes unos ojitos muy despiertos, caballero.
Yo soy tu tío Nathan y esta hermosa mujer a mi lado es tu tía Elizabeth, jugaré mucho contigo y si tus padres lo permiten, te enseñaré a navegar.
Bienvenido, pequeño Ian, me gusta más ese nombre que Gregory, pero será un secreto entre los dos.
Como te decía, te enseñaré a flirtear y a invitar a una chica a bailar.
—Eso lo hará su padre —susurró Eva por entre las nubes del sueño.
Nathan y Elizabeth se acercaron a la cama y la felicitaron. Ella extendió los brazos pidiendo por su bebé.
—Mira, me sonríe —se jactó Nathan, poniendo la criatura en los brazos de su madre.
—Es un reflejo —dijo Elizabeth conmovida, observando la interacción de Nathan con el bebé.
Cuando conoció a Nathan jamás hubiera imaginado que iría tras ella para rescatarla del peligro, que mataría sin asomo de compasión al hombre que le había hecho tanto daño, que negociaría con las autoridades su regreso, algo casi imposible en otras circunstancias.
Le había brindado su apoyo para que se realizara en el ámbito profesional y lo más importante de todo, le había devuelto su corazón, ahora repleto de sueños e ilusiones.
Nathan, el amor de su vida, hacía plenos sus días y la consumía de pasión por las noches.
Viéndolo embelesado con su primer sobrino, quiso darle un hijo; un niño, charlatán e intrépido como él, o una niña con su sonrisa.
Podría consultarle, dejar las pastillas, estaba convencida de que la paternidad era asunto de dos, no era amiga de tomar ese tipo de decisión de manera unilateral, por muy romántico que algunos lo vieran, quería que sus hijos fueran muy deseados, planeados.
Aunque tenía la certeza de que Nathan acogería la noticia de muy buen grado si ella, por algún motivo, dejaba de tomar las pastillas y quedaba embarazada.
Sería un padre maravilloso, era del tipo de hombre que se merece ese honroso puesto.
Se despidieron rato después de la pequeña familia, que quedó compañía de Anne, que había ido a conocer a su nieto.
Gracias a Eva, las cosas entre Brandon y su madre estaban un poco menos tensas.
Al menos ya era posible que permanecieran ambos en una misma habitación.
No había sido fácil, pero el embarazo la ayudó a apelar al sentido común de su esposo: Anne sería siempre su madre y, por tanto, la abuela de sus hijos, como tal los acompañaría en las fiestas importantes, cumpleaños, Acción de Gracias, Navidades y bautizos, y sería absurdo dejar por fuera de la vida de ellos a un miembro tan importante de la familia.
La mujer debería haber aprendido ya la lección.
Anne, con suma prudencia, dejó que las cosas fluyeran al ritmo del joven matrimonio, lo que agradó a Brandon, que en ese tiempo lo único en lo que pensaba era en el bienestar de su esposa.
Elizabeth tampoco era una persona rencorosa y accedió, por Nathan, a relacionarse con la mujer, guardando una prudente distancia, tal vez con el tiempo podrían acercarse más.
Salieron del hospital. Él caminaba con pasos largos, a veces era difícil seguirle el ritmo. Elizabeth lo jaló de la mano y se quedó quieta en medio de la plazoleta aledaña al hospital. La primavera florida estaba por doquier.
—¿Qué pasa, hermosa? —inquirió Nathan estudiando su expresión.
—Tengamos un hijo. —La mirada de pasmo de Nathan no tenía precio—. ¿Qué opinas?
Nathan asintió, la atrajo hacía sí con el deseo y el amor paseando en su expresión.
—Sí, acepto, lo deseo más que a nada en el mundo —dijo solemne, como siempre que algo trascendental y que tenía que ver con Elizabeth irrumpía en su vida.
Ella no contestó, solo sonrió y lo besó, mientras lo tomaba de la mano y con el alma henchida de amor y agradecimiento, lo llevaba por el sendero de la jugada más valiente que haría en la vida.
FIN