HERMANOS KING CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Cinco días después, volvieron a Chicago.

Todo salió como Nathan predijo, los oficiales de migración dejaron entrar a Elizabeth sin ningún problema.

De Javier Orjuela, sabían que la lectura de cargos se había realizado en una corte de Miami y que en las próximas semanas se fijaría la fecha del juicio.

Tan pronto atravesaron las puertas del aeropuerto, el aire gélido propio de esas fechas los sacudió enseguida, pero a ella no le importó, porque volvió a respirar tranquila.

Mathew los esperaba al lado de una camioneta Hummer de color negro. Los hermanos se fundieron en un fuerte abrazo.

—No sabes la alegría que me da volverte a ver. Hemos estado en un sinvivir hasta que tuviste la brillante idea de comunicarte con nosotros.

Mathew deshizo el abrazo y saludó a Elizabeth con otro abrazo igual.

Nathan había hecho una videoconferencia con sus hermanos un día después del encuentro de Elizabeth con su padre, en la que los puso al tanto de lo vivido por ella a manos de los hombres de su padre y de Rodríguez, y se guardó las partes donde él había expuesto su vida, aunque sabía que tarde o temprano les contaría todo o Brandon se enteraría de alguna forma.

Más que molesto, había notado a su hermano mayor muy angustiado y algo decepcionado porque no hubiera confiado en él.

—Brandon y Eva los están esperando en su casa —les informó Mathew mirando al uno y luego al otro.

Nathan miró a Elizabeth.

—¿Quieres ir? —preguntó en tono suave.

Ella asintió, tranquila. Ya pasado el estrés de la entrada al país, todo le parecía perfecto. Tenía muchas ganas de ver a Brandon y a Eva, y explicarles las cosas.

—Entre más pronto salgas de eso, menos dolor sentirás —insistió Mathew, observando la manera en que Nathan miraba y trataba a su esposa, con el celo típico de los King. Era igual a como Brandon trataba a Eva—. Vamos, se avecina una tormenta. Además, tu cuñada se está esmerando con la cena.

Nathan asintió, y después de acomodar las maletas, salieron rumbo a la casa de Brandon ubicada en Glencoe, un suburbio de los más costosos de la ciudad.

Brandon salió a recibirlos en cuanto escuchó el motor del vehículo, y Nathan se vio envuelto en el abrazo de su hermano antes de que sus pies tocaran el suelo.

—¡No sé si seguirte abrazando o agarrarte a golpes!

—exclamó Brandon eufórico en cuanto se separaron.

Tomó el rostro de Nathan con una mano y calibró sus ojos, el joven rehuyó la mirada y el hermano mayor se dedicó a observarlo como si estuviera revisando que no faltara ninguno de sus miembros, un alivio absoluto inundó el alma de Brandon y volvió a abrazarlo—.

Me alegra que estés bien, yo, en cambio, envejecí diez años.

—Me consta que envejeciste diez años —interrumpió Eva, que salió de la casa cubierta con un chal grueso, se acercó a Nathan y lo abrazó, al tiempo que Mathew y Elizabeth se acercaban—. Gracias a Dios volviste bien. Brandon se volvería loco si algo malo te ocurriese.

El mayor de los King saludó a Elizabeth con otro abrazo, este un poco más parco.

—¡Has sido una verdadera caja de sorpresas! —Nathan se tensó ante el tono irónico de Brandon, pero este se dio cuenta enseguida y moderó sus palabras—. Me alegra que todo haya salido bien.

Nathan atrajo a su esposa a sus brazos después del saludo de Eva y todos entraron a la casa.

Elizabeth no conocía el nuevo hogar de los recién casados.

El lugar estaba ambientado con un estilo sofisticado y cálido, muebles cómodos, pinturas modernas y profusión de arreglos florales.

Se quitaron los abrigos y enseguida Brandon les ofreció de beber y los invitó a sentarse a la sala.

Eva se disculpó, pues tenía la cena en el horno, y Elizabeth fue tras ella.

—Estamos felices —dijo Eva, mientras revisaba la comida en el horno. En el mesón central de la amplia cocina había bandejas con canapés y un bol con una ensalada.

—Sé que les debo una explicación. —Elizabeth no tenía idea de por dónde empezar.

Eva se acercó enseguida a ella.

—No, nunca te pediríamos eso, era tu vida, una vida dura, y tenías razones para no contárnoslo.

Elizabeth habló lentamente, pero con un tono de plena certidumbre.

—Me avergonzaba, era imposible admitir todo lo que me rodeaba sin haber sufrido una especie de discriminación.

—Hubiéramos podido ayudarte —dijo Eva mientras mezclaba las verduras de la ensalada con una cuchara de peltre.

—No quería involucrarlos en algo tan turbio. Sé que para Brandon no será fácil. Tendré que ganarme su confianza.

—Tú no tienes la culpa y eso lo sabemos todos.

Sus palabras la hicieron sentir mejor. Eva la invitó a sentarse en una silla de las que rodeaban el mesón.

—¿Quieres beber algo? Qué pésima anfitriona soy, te prepararé un coctel, ¿o quieres una copa de vino?

Elizabeth recordó la prueba de embarazo y la nostalgia que sintió el día anterior al notar que le bajaba la regla. No era el momento adecuado para un embarazo, pero había alcanzado a ilusionarse.

—Gracias, una copa de vino estaría muy bien.

—Te acompañaré con un jugo de fruta —dijo la mujer, exultante, yendo a la cava y sacando una botella de vino que le pasó a Elizabeth para que la abriera, mientras ella iba a la nevera por la jarra de jugo—. No me quiero imaginar por todo lo que tuviste que pasar. Lo importante es que estás bien.

Elizabeth abrió la botella y se sirvió una copa.

—Me muero por empezar a trabajar, ¿cómo van las cosas con Michael?

Eva volvió la cabeza, confusa.

—¿De qué estás hablando?

Elizabeth la miró como si estuviera loca.

—Pues de la colección, del trabajo, ¿cómo va la consecución de los diseños? Quiero hablar con Brandon y Mathew sobre una idea que tuve y que iba a presentar esa tarde en que me ausenté…

Eva bebió un sorbo de su jugo, mientras meditaba si debía poner al día a Elizabeth sobre lo ocurrido con Nathan y las joyerías. Su concuñada merecía saber la verdad.

—En vista de lo ocurrido, tuvimos que reemplazarte —dijo de forma suave, sus ojos rezumaban afecto—. No sé qué tanto te habrá contado Nathan

—Nathan no ha sido muy comunicativo conmigo respecto al trabajo, ahora que caigo en cuenta, cada vez que le hablo de las joyerías, se sale por la tangente.

Eva se quedó callada unos instantes.

—No sé si deba decírtelo o sería mejor que lo hablaras con él.

—Por favor —suplicó Elizabeth—, necesito saberlo todo, si ustedes decidieron que es mejor que me mantenga al margen de las joyerías, yo lo haré, lo que menos quiero es perjudicar la imagen de la empresa.

—No, no, no… —se apresuró Eva a tranquilizarla—. Es mejor que lo hables con Nathan. Pasaron muchas cosas, tu trabajo es una de las cosas, lo de Nathan es un poco más complicado. Él… renunció a todo cuando se fue a buscarte.

Elizabeth palideció.

—¿Qué renunció a qué?

Eva, al ver el desconcierto de la joven, supo que había hablado de más y quiso rectificar, o, por lo menos, tranquilizarla de alguna forma, pero no tuvo tiempo. Sin esperar su respuesta, Elizabeth ya salía de la cocina rumbo a la sala.

Los hermanos estaban charlando, cada uno tenía en sus manos un vaso de licor.

Brandon se asustó al ver la expresión en el rostro de Elizabeth.

—¿Le pasó algo a Eva? —inquirió.

Nathan se levantó como un resorte.

—¿Qué pasa, hermosa?

Elizabeth se paró frente a los tres hermanos, y primero se dirigió al mayor.

—Entiendo que me haya quedado sin trabajo después de haberme ido como lo hice —Brandon carraspeó, incómodo, ante el tono empleado por Elizabeth—, en serio, lo entiendo. —Se volvió hacia Nathan—. Pero tú, ¿qué diablos hiciste?

Brandon se acercó a ella y la tomo suavemente de los brazos.

—Elizabeth, la situación es un poco compleja. Nathan renunció a la empresa por lo ocurrido, para que no la afectara el escándalo que pudiera desatarse. Nos cedió su participación en las joyerías a Mathew y a mí. Yo pienso que fue algo precipitado de su parte, si buscas mi opinión…

Nathan se levantó y se acercó a Elizabeth y a su hermano.

—Brandon, yo hablaré con mi esposa. —Tomó a Elizabeth de la mano—. Vamos.

—Pueden hacerlo en el estudio —dijo Eva, que se había quedado en el umbral de la sala y los observaba con semblante preocupado.

—Gracias —contestó Nathan.

En cuanto cerraron la puerta, Nathan fue a una mesa esquinera y encendió una de las lámparas. La habitación se iluminó mostrando una biblioteca, un escritorio y un par de poltronas. Había unas pinturas a la altura del suelo, recostadas en las paredes, esperando a ocupar su lugar.

—Explícamelo, por favor —Elizabeth tragó saliva, su tono de voz era bajo, pero resuelto.

Empezó a caminar de un lado a otro. Nathan soltó un suspiro, se acercó a ella, la volteó y puso las manos en sus hombros.

—Estaba tan desesperado por ti, que no lo pensé dos veces.

Necesitaba proteger las joyerías del huracán que creí que se desataría, la conversación con las autoridades me asustó mucho y no quería a mis hermanos cerca si llegaban a relacionarnos con tu padre.

Lo hice por ellos, hermosa, pero también por ti, el rescate era costoso y no tenía ese dinero en efectivo.

Si Brandon se enteraba, no me hubiera dado mi participación en el negocio y me hubiera impedido ir en tu busca.

Pensaba en lo que estarías pasando y no me equivoqué. Hice lo que tenía que hacer.

Elizabeth se derrumbó en una silla a medida que Nathan le hablaba.

—Fue una locura…

—Sí, estaba loco, no subestimes nunca a un hombre enamorado y desesperado.

Elizabeth lo miró con los ojos anegados de lágrimas. Decir que se sentía culpable era poco, había trastocado la vida entera de un hombre talentoso cuyo único pecado había sido enamorarse de ella.

—¡No puedo permitirlo! —lo miró angustiada—. Tengo que pagarte, hablaré con Brandon, debes volver al trabajo, tú amas las joyerías, es tu legado. Algo tuyo por nacimiento. —Se levantó de un tirón—. Me siento culpable, era algo que te hacía feliz y lo perdiste por mi culpa.