HERMANOS KING CAPÍTULO 35
65%

CAPÍTULO 35

Una semana después de su encuentro con Elizabeth, en un avión de la agencia antidrogas destinado para tal fin, Javier Orjuela salió de Colombia rumbo a Miami, donde asistiría a su primera audiencia en una corte federal para la lectura de cargos.

Evitaron en todo momento que las autoridades y la justicia colombiana intervinieran, habrían transcurrido meses hasta que pudiera salir del país, y su vida hubiera corrido peligro.

Nathan y Elizabeth, ya con los papeles en orden y asesorados por un bufete de abogados, volverían a Estados Unidos en unas semanas más.

Orjuela fue contundente con su hija, no quería visitas en ese periodo de tiempo, después del juicio y la condena, sí aceptaría visitas esporádicas.

Le dijo que ella tenía que seguir con su vida y entre menos los relacionaran, mejor para todos.

No fueron días fáciles para Elizabeth, aunque sabía que se había hecho lo correcto.

Y algo que sacó en claro de toda la situación fue que ella sí había perdonado a su padre tiempo atrás por el asesinato de Sebastián y de Macías, de no ser así, no habría podido enfrentarlo y mucho menos darle a elegir entre huir o enfrentar a la justicia.

Con la situación controlada y ya fuera de peligro, se dedicaron a recorrer la ciudad y sus alrededores, aunque Nathan no había renunciado aún a la presencia de los escoltas.

Medellín, una ciudad con clima privilegiado —llamada por eso “la ciudad de la eterna primavera”—, les mostró sus mejores galas: la amabilidad de su gente, la comida deliciosa y sus parques floridos, brindándoles un espacio que les permitió reencontrarse y volver a conectar.

Su amor floreció como el paisaje de esos primeros días de noviembre.

La ciudad bullía de actividad, ya que se acercaba la época navideña, que acogía un gran número de visitantes de todo el país.

Esa tarde iban de paseo por un centro comercial. Las mujeres volteaban la cabeza en cuanto él entraba a algún lugar. Elizabeth se descubrió celosa de la atención que despertaba, pero no le daría el gusto de manifestarlo. Nathan no prestaba atención a las miradas y coqueteos.

Ella lo observó de reojo, su rostro ya no mostraba indicios de los golpes recibidos y el día anterior se había rasurado la barba, volvía a ser el chico guapo por el que había perdido la cabeza meses atrás.

Nathan quería regalarle muchas cosas, pero ella era muy moderada en sus compras.

En ese momento llevaba un vestido floreado y sandalias bajas de color gris plomo, regalos de su esposo, y el cabello caía suelto en su espalda.

Se veía rejuvenecida, como si después de todo lo ocurrido se hubiera quitado un terrible peso de encima.

Nathan la acercó a él y le dio un espontáneo beso que ella devolvió sin asomo de vergüenza.

—Estoy impaciente por volver a Chicago —dijo él mientras observaban los diseños que exhibía una conocida joyería.

Cayó en cuenta de que no le había dicho nada a Elizabeth de su nueva situación laboral: en ese momento, ambos estaban fuera de las joyerías.

No quería hacerlo aún, estaba seguro de que ella se sentiría culpable.

La tomó de la mano y la llevó a una papelería donde le compró un cuaderno y un juego de lápices negros y de colores, se los entregó y manifestó solemne—: Para que retomes tu pasión.

—Gracias. —Ella apretó el regalo contra su pecho y lo miró preocupada—. No creas que no lo he intentado, pero no me llega ninguna imagen. Es como si algo me bloqueara… no me funciona la imaginación…

—A mí sí —exclamó Nathan—. En este momento estoy imaginando lo que te haré en cuanto lleguemos al hotel. ¿No quieres que te preste un poco de imaginación?

Elizabeth sonrió y le dio un codazo en las costillas.

—Típico de los hombres, solo piensan en sexo, pero gracias, eres muy generoso con tus dones.

Nathan se acercó a ella.

—Claro que soy generoso, puedes aprovecharte de mí todo lo que quieras —ronroneó en su oído.

Elizabeth frunció el ceño al ver un par de jovencitas mirando a Nathan como si fuera un artista de cine.

—Espero que solo conmigo.

Nathan soltó una carcajada.

—Solo contigo, sabes que estoy loco por mi testaruda esposa.

—Calculo que soy testaruda cuando me provocan, ¿verdad?

—Hace días que no lo hago por mi paz mental, le tengo pavor a ese rasgo de tu personalidad, tal vez con el tiempo me acostumbre —aseveró él.

—Puede ser, teniendo en cuenta, que casi nunca estamos de acuerdo en las cosas... —dijo ella lentamente.

Su expresión se tornó pensativa al observar, en un afiche de una conocida droguería, la publicidad de unas pastillas anticonceptivas, y recordó algo que no había tenido en cuenta desde su regreso a Colombia.

No había seguido un método anticonceptivo desde el momento en que la habían secuestrado.

¿Cómo era posible que hubiera olvidado algo tan importante? Trató de disimular su desasosiego.

Nathan siguió su conversación, ajeno a los pensamientos de ella.

—Respecto a esa acotación de lo que te haré cuando lleguemos al hotel, eres una malpensada, podría referirme a otra cosa. Un masaje en los pies, prepararte un baño en la tina, darte de comer. Tienes una mente calenturienta, Elizabeth King.

—No lo creo, conozco cada uno de tus movimientos, el masaje, el baño o la cena terminan de manera inevitable como lo planeaste desde un comienzo. —contestó, mientras recordaba la última fecha de su menstruación. Aún no tenía retardo alguno.

Él sonrió con desvergüenza, ajeno a las preocupaciones de Elizabeth.

—Tendré que ser más sutil. Me encanta ese modo de hablar que tienes y que se te ha acentuado desde que estamos aquí. Creo que de ahora en adelante hablaré solo español, nada más por el placer de escuchar tus respuestas con ese acento sexi que me gusta tanto.

—Tengo que decirte algo —dijo ella, pasando por alto toda la parrafada y centrando su atención en la probabilidad de que podría estar embarazada.

Habían hecho el amor todo el tiempo. Nathan había confiado en que ella utilizaba su método anticonceptivo de siempre, y ni siquiera habló del tema.

Se quedó quieta frente a la puerta de una farmacia.

—Gracias Dios, si es una propuesta indecente, no tienes, sino que decirlo.

—Ojalá lo fuera —lo miró con algo de temor e impaciencia—. Es un poco más complicado.

Nathan sonrió.

—Después de todo lo que hemos vivido estas dos últimas semanas, no me sorprenderá nada. Te lo aseguro.

—Yo no estaría tan segura. —inhaló fuerte—. Desde que me secuestraron no he seguido mi método anticonceptivo.

Elizabeth caviló que jamás había visto a Nathan confundido. Él, que siempre dominaba cualquier situación con su risa contagiosa, su valentía y su intensidad, la miró de pronto como si tuviera una bomba en sus manos a punto de estallar. A ella la invadió un sudor frío.

—Di algo, Nathan…

Después de un silencio, Nathan asintió lleno de respeto y dispuesto a tomar la situación en sus manos, pero no se atrevía a preguntarle nada, no sabía qué decirle, quería saber cómo se sentía ella con la noticia.

Luego, sin importarle las respuestas, la rodeó con sus brazos y la abrazó.

La sostuvo tiernamente contra su pecho. La gente pasaba y les destinaba vistazos curiosos.

—¡Elizabeth, mi amor! Tenemos que salir de dudas enseguida —soltó una carcajada—. Sería la cereza del pastel a todo lo ocurrido.

—¿Qué quieres decir con eso?

Él no le contestó. Se movió con rapidez, la tomó de la mano y le sostuvo la puerta mientras ella entraba al lugar.

En uno de los pasillos, escogieron la prueba de embarazo más sensible.

Las facciones de Nathan se fueron transformando a medida que descartaba pruebas, su gesto de preocupación fue reemplazado por una sonrisa.

Después del shock inicial, lo invadió la euforia.

—No tengo un retardo todavía —lo tranquilizó ella—, a lo mejor esas pruebas van a dar negativas, apenas han pasado diez días desde que volvimos a estar juntos, te lo dije por si deseas cuidarte mientras vuelvo con mi método de planificación.

—No podrás volver a tu método de planificación hasta que estés segura de que no estás embarazada.

Guauuu —señaló mirándola de refilón. Llevó su mano al vientre de ella, acunándolo con reverencia, y concluyó emocionado—, pensar que un pequeño King puede estar allí me causa una sensación de… enormidad.

Nathan leyó las instrucciones de la caja que tenía en sus manos. Levantó la cara sonriente hacia ella.

—Me hace mucha ilusión que te hagas la prueba. ¿Te gustan los niños, hermosa?

Ella lo miró, preocupada.

—Me gustan, claro que sí, pero me preocupa todo lo que falta por enfrentar ¿y si en inmigración me ponen algún problema? ¿Si no puedo salir de Colombia? Y si volvemos a Chicago, está la colección, pienso que tendremos mucho trabajo cuando retomemos nuestra vida.

—Podremos arreglarlo —dijo Nathan, cauto, evitando tocar el tema del trabajo, no tenía corazón para decirle que no tendría una colección a la cual llegar—. ¿Quieres que vayamos a algún consultorio médico? Saldremos de dudas de una vez.

—No, aún no habría ningún resultado, deja y lo hacemos cuando lleguemos a Chicago, ¿te parece? Tú compra condones. —Lo abrazó ahí en el pasillo, sin importar la gente alrededor—. Entonces puedes alistarme un baño de burbujas y todo lo que viene después.

—Tus deseos son órdenes.

Elizabeth soltó una risa.

—Cuando te convienen.

Él negó con la cabeza.

—Soy inflexible en la consecución de resultados.

Ella negó con la cabeza.

—También eres dominante y manipulador.

—Sé que lo soy.

—¿En serio lo sabes?

—Sí.

—Vaya, vaya, este viaje ha sido de total autodescubrimiento.

—No nos desviemos del tema —adujo él.

—Me he vuelto experta, he aprendido del mejor.

Llegaron a la caja. Nathan pagó los condones, la prueba de embarazo, y otros artículos personales.

—Bájate de esa nube, Nathaniel King. Tienes una sonrisa de satisfacción como si estuvieras seguro del resultado de la prueba.

—Sí, en el fondo soy un cavernícola.

—Si hubiera sabido la verdad antes de casarnos…

—¿Qué? ¿Qué quiero una esposa en casa, descalza y embarazada?

—Igual me habría casado contigo, tonto. Nathan King es como la mayoría de los hombres del mundo, solo que lo tenía mejor escondido.

Este viaje ha sido una caja de sorpresas y no solo por mí.

Y ahora que conoces el lado oscuro de tu personalidad, ¿por qué no sales de tu caverna?

Y vuelves a actuar y pensar como el ser humano inteligente que yo espero.

—Sí, señora.

—Esa falsa humildad no va contigo.

Nathan sonrió.

—Nada de lo anterior va conmigo y lo sabes. Pero cumplió su objetivo.

—¿Cuál?

—Tranquilizarte, distraerte. No todos los días tienes la posibilidad de convertirte en padre. Si da negativa, volveré a usar condones, y tan pronto volvamos a casa, iremos a un doctor para que te realice una ecografía. ¿Te parece?

—Me parece.

Salieron presurosos rumbo al hotel, Nathan abrió la bolsa y le entregó la prueba.

—Puedo acompañarte —dijo serio.

—No podría contigo mirándome —refutó ella.

—Quiero tomar el tiempo contigo, hermosa —dijo nervioso.

—Ya salgo.

Cada uno se perdió en sus pensamientos mientras transcurrían los minutos de la prueba.

Nathan no hubiera imaginado esa posibilidad ni en un millón de años, para ser honesto, hacía un par de meses no se imaginaba casado y viniendo a un país latinoamericano a rescatar a su esposa de un grupo de matones en una acción digna de película de Hollywood, y ahora mucho menos contaba con la perspectiva de ser padre.

Quiso reír, pero se contuvo por Elizabeth, de la cual no vislumbraba aún su talante. Lo sabría en un par de minutos.

Si era honesta consigo misma, Elizabeth no estaba preparada para convertirse en madre, apenas había salido de una situación de alto estrés.

Ni siquiera tenía la certeza de que volvería a los Estados Unidos.

Aunque Nathan, los agentes y los abogados de inmigración le insistían en que no habría ningún problema, ella no respiraría tranquila hasta pisar suelo norteamericano y disfrutar de sus derechos como residente legal del país.

Un bebé era algo precipitado, Nathan y ella apenas se estaban conociendo.

La alarma del reloj dio por concluido el tiempo de espera. Elizabeth se quedó en su sitio, demasiado nerviosa para reaccionar. Nathan se levantó y con el instructivo de la prueba se acercó y tomó el estuche en sus manos.

—Es negativo.

Elizabeth pudo vislumbrar una sombra de decepción en su rostro. Ella, en cambio, respiró un poco más tranquila. Se acercó a él, se sentó en sus piernas y lo obligó a mirarla.

—Cuando sea el momento, serás el mejor papá del mundo, porque eres dedicado con los seres que amas.