HERMANOS KING CAPÍTULO 34 #2
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CAPÍTULO 34 #2

Orjuela los vio entrar. No solo no podía estar resentido con el esposo de su hija por lo que había hecho, de alguna extraña manera, también estaba agradecido de que un hombre con el temple de Nathan King le hubiera dado la oportunidad de una vida nueva y la apoyara a pesar de ser quien era.

¿Cuántos hombres hubieran arriesgado lo que arriesgó él por rescatarla de las manos de Rodríguez?

La chica tenía razón, estaba cansado, era una lucha que acabaría con él muerto o en una cárcel en el norte.

Le molestaba que el gringo tuviera la razón, pero era cierto, si jugaba bien sus cartas, podría negociar muchas cosas, eso significaba delatar gente, entregar dinero, laboratorios y rutas, y proteger la identidad de su hija.

Si les daba a los gringos lo que querían podría volver, después de pagar una condena en el norte, y morir en su país, muchos lo habían hecho.

Estaba harto, cansado, y con mucho dinero, que se pudriría en caletas regadas por todo el país.

Una vida así no era vida. Tenía un ejército descontento, enemigos por todas partes, y no podía confiar en nadie.

Si lograba un buen trato que lo llevara a la justicia norteamericana con algunas ventajas, podría dejar esa vida atrás y, por qué no, a lo mejor lograr una rebaja de pena.

Sabía que estaba siendo optimista, a lo mejor lo refundían en la cárcel y se olvidaban de él, cualquier cosa podría ocurrir.

Observó a su hija y reconoció la tristeza impresa en su ADN.

Le gustaba la mujer en la que parecía haberse convertido y recordó sin remedio a la niña que siempre corría hasta él cuando llegaba de algunas de sus andanzas.

A veces ni siquiera le prestaba atención y, sin embargo, estaba orgulloso de ella, podría haberse convertido en la mujer de un narco, y vivir el resto de su vida entre lujos, pero ella había decidido otra cosa.

No, su hija no merecía llevar el karma de su imperio y de sus muertes, ella era lo único bueno que le quedaba, su redención y su esperanza.

No se hacía ilusiones, era lo que era, un hombre con las manos manchadas, y allí decidió cortar con esa cadena de sufrimiento, sangre y muerte.

—Ustedes ganan, me entregaré a la DEA.

Nathan soltó un suspiro de alivio. Elizabeth se acercó a él.

—¿Estás seguro? —le preguntó.

—Sí, soy un hombre que no tiene nada que perder.

Nathan, como si hubiera estado esperando aquello, le dijo a Orjuela que, si no le molestaba, él podría llevar a cabo la negociación.

—¿Cómo sé que no me va a engañar?

—Porque es el padre de mi esposa y ella no me perdonaría alguna acción malintencionada hacia usted. Además, soy un hombre de palabra.

El hombre asintió, pero tampoco era ningún tonto.

—Hará la primera reunión con ellos y el resto por videollamada. No me quiero perder de nada, al fin y al cabo, es mi vida la que está en el tapete.

—Está bien —accedió Nathan.

El primer acercamiento de Nathan con los agentes antidrogas estadounidenses, para la entrega de Orjuela, se dio en la habitación de un hotel en una zona exclusiva de Medellín.

Teniendo como moneda de cambio todo el arsenal del narco, en forma de rutas, contactos y dinero, se sentó a la mesa para negociar su entrega a la justicia norteamericana.

—Esto es peor que un matrimonio arreglado —había comentado con los labios tensos, mientras él y Leandro esperaban el ascensor que los llevaría hasta el piso donde se reunirían con los agentes—.

No tengo idea de lo que me espera en esa reunión.

Siento como si fuera a descorrerle el velo del rostro a una desconocida con la que tengo que pasar el resto de mi vida… porque a mi madre le pareció saludable.

—Tranquilo —le aconsejó Leandro en cuanto se cerraron las puertas del elevador.

Desde unos días antes, Nathan y Elizabeth se habían instalado en la suite presidencial de uno de los lujosos hoteles de la ciudad, escoltados por los hombres de Iván.

Leandro y sus hombres permanecieron en el departamento que habían alquilado dos semanas atrás.

Como entre los puntos a negociar citados en la agenda estaba la permanencia de Elizabeth en Estados Unidos, hablaron sobre una nueva identidad para ella.

Podría conservar su verdadero nombre, ya que no corría peligro.

Luego fueron toda una sorpresa para Nathan las palabras de su esposa.

—Quiero ser Elizabeth King —señaló esa mañana antes de que Nathan saliera a la reunión con los agentes federales y un bufete de prestigiosos abogados contratados por Orjuela.

Nathan se dio la vuelta, sorprendido, se devolvió, la levantó y dieron varias vueltas.

Elizabeth reía a carcajadas. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que la había hecho reír por última vez?

Sintió la imperiosa necesidad de volverla a escuchar y así poder entender la extraña dulzura que lo invadía.

Quiso saber por qué, en solo un respiro, le partía el corazón y se lo volvía a unir.

La acostó en la cama y la atacó a cosquillas, hasta que ella no pudo contener las carcajadas. La besó con fuerza en la boca dejándola sin aliento. Se detuvo un momento y la contempló entre sus brazos.

—¿Por qué me miras así? —La expresión de Nathan la inquietó.

—Porque te adoro, porque adoro el suelo que pisas, porque caminaría sobre brasas calientes por ti, porque cruzaría océanos por tu amor, porque te amo como loco, y tú lo sabes bien.

Si tuviera algo de tiempo te lo demostraría como mereces, Elizabeth King.

—Saboreó las dos últimas palabras satisfecho—. Me gusta como suena.

Se levantó y caminó hasta la puerta.

—Deséame suerte, Elizabeth King.

Ella soltó la carcajada.

—No creo en la suerte —acotó ella—, creo en el éxito. Te deseo muchos éxitos el día de hoy, amor de mi vida.

Fueron días llenos de tensión, pues el imperio de Orjuela tenía muchos tentáculos.

El hombre había entregado rutas de salidas de droga, conexiones con carteles del extranjero que eran una mina de oro para la agencia, y millones de dólares guardados en bancos europeos y la promesa de que, en cuanto estuviera frente a la fiscalía en los Estados Unidos, revelaría aún más conexiones con carteles extranjeros.

Con ello, Nathan negoció la inmunidad de Elizabeth y la expedición de papeles verdaderos con la identidad que la joven había manejado durante años, con la salvedad de que adoptaría el apellido de su esposo, algo que los llevó enseguida a cuestionar la validez del matrimonio realizado en Las Vegas.

El bufete de abogados recomendó celebrar una boda en Colombia, para iniciar el papeleo con todas las garantías del gobierno y de la ley.

Trabajaron contra el tiempo, alegando que la seguridad de Elizabeth corría peligro debido a los enemigos de su padre.

Nathan y los abogados sabían que en circunstancias normales los tiempos eran más largos.

Celebraron la boda civil en uno de los salones del hotel, con los tres soldados como testigos.

El vínculo laboral había dado paso a la amistad, y ahora Nathan entendía la clase de lazos de camaradería y lealtad que se forjan entre los hombres de las fuerzas armadas, que solo son posibles al compartir situaciones de peligro y que permiten confiar a los compañeros la propia vida.

Y, por supuesto, estaba su diosa guerrera, su amor.

Del brazo de Leandro, y ataviada con un hermoso vestido color perla, el más audaz y elegante que le había visto —nada de noviecita recatada—, era una mujer con fuego en su andar la que se acercaba a él.

El traje dibujaba su silueta hasta la cintura envuelta en un cinturón de raso del que caían capas de tela hasta la rodilla.

El cabello recogido en un moño bajo, y su mirada, Dios, su mirada tenía el poder de calcinarlo y solo por eso accedería a cuantos ritos o ceremonias hubiese en la tierra para amarrarla a él y darle lo que quisiera.

Volvieron a recitar sus promesas, y ella, con voz temblorosa, le regaló las siguientes palabras:

Prometo comenzar cada día con un beso y amarte hasta el último aliento de vida, prometo dar todo de mí y que nunca te arrepientas de haber hecho este viaje, prometo no conformarme y robarte en cada beso y cada caricia la vida y el alma.

Eres el hombre que siempre soñé, pero que no tenía esperanza de encontrar.

Gracias por invitarme ese cuatro de julio a bailar, eres el regalo que llegó a mi vida para ponerla en orden y tendrás mi amor y lealtad siempre.

Soy tuya, Nathan King, y no puedo estar más orgullosa de pertenecerte.

Cuando terminó de decirlas, Nathan no pudo resistir y la besó antes de que concluyera la ceremonia.