HERMANOS KING CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

—Hola María Fernanda. —El hombre se levantó del sillón y Nathan miró a Leandro, preocupado—. Me alegra ver que estás bien.

Una riada de sentimientos, sin orden ni concierto, asoló a Elizabeth.

Se paseaban dentro de ella el rechazo, el resentimiento, la ira y el amor.

La mujer que hoy en día era quería reprocharle a Javier Orjuela muchas cosas, la lista era larga y sus rencores bien cuidados; pero la niña que una vez lo había amado quiso, por un momento, refugiarse en su abrazo.

Se aferró las manos, nerviosa, y trató de controlar los latidos de su corazón. Notó la caricia de Nathan en la espalda, confortándola.

—No debiste sacarme de Chicago —fue lo primero que se le ocurrió a Elizabeth.

—María Fernanda…

—¡Elizabeth! —exclamó—. De María Fernanda no queda nada, desapareció hace mucho tiempo.

Orjuela negó con la cabeza. A Nathan, a pesar de conocerlo por fotografías, le costó reconciliar la imagen que tenía de él con el hombre que tenía enfrente. Estaba más gordo, más canoso y con mirada de hastío, pero el parecido con Elizabeth era indiscutible.

—Si no te sacaba de Chicago ibas a tener muchos problemas, te expusiste con las fotografías publicadas en esa revista, te pusieron en la mira del maldito de Marcos enseguida. Tan pronto lo supe, tuve que hacer algo, no imaginé este desmadre que ahora me tiene aquí.

Miró a Nathan.

—Es mi esposo —le dijo Elizabeth—. Él vino a rescatarme.

—El señor Leandro Medina me ha puesto al tanto, hemos tenido una conversación muy interesante. Así que la DEA, ¿eh? —Miró a Nathan—. Yo puedo darles a ustedes todo el dinero que quieran, no les alcanzarían tres vidas para gastarlo, con la condición de que me dejen ir.

—No pierda el tiempo —intervino Nathan.

—Así que con escrúpulos —replicó Orjuela.

Elizabeth miró a uno y a otro.

—Papá, no quiero sonar como un juez o como una maldita fiscal de serie de televisión, pero debes pagar por tus crímenes.

Javier Orjuela soltó una risa sarcástica.

—¿Cuáles crímenes? No pueden probar nada —expresó, aunque la duda contrastaba sus palabras.

—Mataste a Sebastián frente a mí y mandaste asesinar al hombre que me ayudó a salir del país.

El hombre hizo una pausa tratando de mantener el dominio.

—Tu huida me costó mucho, María Fernanda, sé que no he sido una buena persona y mucho menos un buen padre, pero tu maldita huida me costó parte de mi imperio y el tener que someterme a algunos carteles mexicanos. Tu madre se largó y después todo se fue al diablo.

—¿Y tú crees que de haberme casado con Marcos no hubieras pasado por lo mismo?

—inquirió ella con un asomo de ira en el tono de voz y los puños apretados—.

¡Los muertos hubieran sido otros! Los negocios los hubieras hecho con otros carteles y las víctimas inocentes tendrían otros nombres, pero tu estela de violencia hubiera sido la misma.

En cuanto a mi madre, te habría dejado de todas formas.

No te toleraba después de la muerte de mi hermano y lo sabes bien.

Tu dinero está maldito y nunca traerá felicidad, porque es dinero logrado sobre la desgracia ajena.

—¡Basta! —exclamó el hombre dando una palmada al escritorio—. Sigo siendo tu padre, aún tengo la última palabra. No me voy a dejar embaucar por ninguno de ustedes.

—Si está esperando que sus secuaces vengan a rescatarlo derribando esa puerta, le puedo asegurar que no hay posibilidad de eso por algún tiempo. Ellos están neutralizados por mis hombres —manifestó Leandro.

—¿Cree usted que eso me asusta? —preguntó Orjuela con los puños apretados—. ¿Que me pueden manipular con eso?

—¡Tú no has cambiado en lo absoluto! ¿Todos estos años huyendo no te han servido de nada? —Elizabeth miraba a su padre, incrédula. Nathan se enfureció al verla tan desdichada y vulnerable—. Tenía la tonta esperanza…

Orjuela interrumpió la diatriba de su hija, ya totalmente descompuesto.

—¡Hubiera dejado que Marcos te encontrara! Tienes razón, no eres mi hija.

Nathan se acercó, lo aferró de la camiseta y pegó su rostro al de él, lo que hizo que Elizabeth volteara a mirarlo.

—¡Ahora escúcheme usted a mí, señor Orjuela!

—gruñó—. El mundo no necesita asesinos como usted.

No soy un hombre violento, pero cuido lo que es mío y si tengo que ponerle una maldita pistola en la cabeza hasta que pise suelo norteamericano, lo haré.

—Lo soltó con brusquedad y trató de calmarse antes de continuar—.

Quiero que mi esposa vuelva a los Estados Unidos, es el lugar más seguro para ella, y si usted negocia con la DEA, si les da lo que quieren, a lo mejor puede conseguir una condena en términos mucho más favorables a los que tendría si las autoridades lo atrapan. Muchos lo han hecho…

—Para usted es muy fácil decirlo, no es el que va a estar enterrado en una maldita cárcel por décadas.

—Si no lo hace usted, entonces será su hija la que pase tiempo en la cárcel si vuelve a poner un pie en los Estados Unidos.

Orjuela se quedó en silencio, observando un punto a lo lejos y sin mirar a nadie en particular.

—Lo sé, ella no tiene nada que hacer en su país, gringo, puede vivir en otra parte.

—Mi hogar está en Chicago —refutó ella enseguida—, pero no voy a cambiarlo por verte a ti en la cárcel, eres mi padre para bien o para mal. No estoy aquí para llevarte a la fuerza, si no deseas ponerte en manos de las autoridades, puedes seguir huyendo cuanto quieras.

Leandro miró a Nathan, pasmado. Él miraba a Elizabeth como si se hubiera vuelto loca.

—Elizabeth…

—Terminarás asesinado por tus propios hombres más adelante —continuó ella—. Lo sabes, ¿verdad? Tu poder está debilitado. Si las autoridades colombianas te detienen, no te dejarán vivo. No tienes muchas opciones.

—Elizabeth, ese no era el trato —insistió Nathan—. Otra vez estás…

—Usted no se meta —interrumpió Orjuela—, esto es entre mi hija y yo.

Ella volteó a mirar a Nathan.

—No puedo, Nathan.

—¡Es un maldito asesino! —exclamó Nathan, furioso, cavilando que todo había sido por nada.

Elizabeth no respondió y salió de la habitación, Nathan fue tras ella. La encontró en la sala, sollozaba y se llevaba las manos al estómago. Él se acercó y ella se alejó.

—Tantos años esperando por esto y ahora que ocurre no sé si está bien —lo miró angustiada—. ¿Y si no estoy haciendo lo correcto? ¡Es mi padre!

—Hermosa…

Elizabeth se alejó más de él.

—Siento mucha vergüenza. —De pronto sintió punzadas en la sien, quiso poner una pared tan grande que nadie pudiera escalarla y así llorar su pena y su vergüenza en soledad—. Esto es lo que me rodea, ¿cómo puedes quererme?

Nathan se acercó, furioso, y la aferró por los brazos.

—¡Basta ya!

—Soy la hija de un hombre que ha matado a muchas personas, ¿y no te parece retorcido que no quiera que vaya a la cárcel?

Asesinó al hombre del que estuve enamorada en mi adolescencia, eso ha sido suficiente para alimentar mi rencor por años, pero al verlo, no sé, siento que no debo hacerlo.

A lo mejor también hay algo retorcido dentro de mí. A lo mejor soy igual a él.

—Elizabeth, no digas bobadas, estás agotando mi paciencia.

—Ni siquiera ese es mi verdadero nombre, soy un jodido fraude. No puedes asegurar que no soy igual a él —dijo ya entre los sollozos que amenazaban con ahogarla.

Nathan cerró los ojos un momento, rogando al cielo por paciencia y serenidad.

—No sigas, por favor, no sigas. —No podía permitir que se alejara, no otra vez.

La atrajo a sus brazos, nunca había visto llorar tanto a una persona como había visto a Elizabeth en los últimos dos días—.

¿Sabes cómo se forman de las perlas? —Elizabeth asintió con la cabeza—.

Vamos a recordarlo. Sabes que las perlas proceden de algunas ostras que segregan el nácar para protegerse de los cuerpos extraños que se introducen en su pequeño mundo: virus, bacterias, elementos tóxicos.

Así, lo que es un trastorno para la ostra, lo convierte en un elemento hermoso y de enorme valor.

Ella levantó la mirada, confusa.

—¿Eso que tiene que ver conmigo?

—¿No te das cuenta, hermosa? Todos los seres humanos pasamos por grandes sufrimientos que penetran nuestra alma, así como lo hacen los parásitos con la ostra.

Tenemos dos caminos: transformar en algo bueno lo que nos es doloroso o dejar que siga amargándonos la existencia.

Tú tienes la fortaleza de carácter y la reciedumbre necesaria para sobreponerte a esto y hacer lo que crees correcto.

Es tu decisión, y déjame decirte que lo que decidas no hará que cambie lo que siento por ti.

Nada de lo que fue tu infancia y tu adolescencia te define a mis ojos, yo solo veo una eterna guerrera por la que siento una profunda admiración.

Eres hermosa por dentro y por fuera, y los errores de tu padre no van a hacer que permanezca lejos de ti.

Ella levantó la mirada y se secó las lágrimas del rostro e inhaló, ganando algo de compostura.

—No tengo corazón para entregarlo, Nathan, si la decisión no viene de él, yo…

—Tranquila, has estado bajo mucha presión, encontraremos la manera de volver a Chicago y si no lo logramos, nos instalaremos en cualquier parte, te dije que era ciudadano del mundo, lo recuerdas, ¿no?

—Por más de que pienses así, no tendría corazón para separarte de tus hermanos.

—No lo estarías haciendo, mi lugar en el mundo está donde tú estés.

Ella asintió y volvieron al estudio.