CAPÍTULO 33 #3
—Te amo, hermosa mía, esposa mía, guerrera mía, te amo. —Por fin, agotado.
Ella lo volvió a abrazar, Nathan la jaló con él y se acomodaron, quedando frente a frente.
Estaba mojada, sudorosa y no podía sentirse más feliz, a pesar de las difíciles circunstancias.
Él le acarició con el dedo, la frente, el contorno de la oreja, el cabello.
Le volvió a repetir que la amaba sin dejar de mirarla un solo segundo.
—¿Cómo lo solucionaremos? —preguntó ella, preocupada. No quería perjudicar más a Nathan, ya bastante había trastocado su vida, pero tampoco quería vivir sin él.
—Vamos a estar juntos, superaremos esto juntos, no voy a separarme de ti —manifestó resuelto.
—¿Y si no puedo volver a Chicago seguirás pensando igual? —inquirió dudosa.
Él se quedó mirándola un rato antes de contestar, abrió el broche de la cadena que llevaba el anillo, lo tomó y se lo puso de nuevo en el dedo.
—Prométeme que nunca te lo volverás a quitar.
—Te lo prometo.
Nathan se llevó la mano de Elizabeth a los labios y le besó los dedos. Lo que vio en sus ojos casi hizo llorar de nuevo a la joven, que parpadeó para contener las lágrimas, consciente de que su vida se dividía en dos: antes y después de Nathan.
—Donde tu estés allí estaré. —Aferró sus manos—. Somos marido y mujer, no quiero que vuelvas a olvidarlo.
—¡Nunca! —tragó saliva. La intensa emoción que la embargaba le impidió seguir hablando y tuvo que hacer una pausa—. Somos marido y mujer, no lo olvidaré nunca.
El móvil de Nathan vibró en la mesa de noche. Se dio la vuelta y contestó enseguida.
—Dígame, Leandro.
Se tensó ante lo que escuchó y miró a Elizabeth de reojo.
Se levantó de la cama de un salto y le dio la espalda, ella se dedicó a admirar su cuerpo elástico y tonificado sin excesos, el vello de sus piernas y los músculos de su espalda.
Lo notó nervioso cuando dejó el móvil en la mesa, se sentó en la cama y la tomó de las manos.
—Leandro y los demás tuvieron una noche movida y tu padre ya está en poder de ellos. No podemos perder más tiempo.
Elizabeth se levantó como un resorte, lo miró, parpadeando, y apenas atreviéndose a imaginar lo que podría suceder. Todo atisbo de vulnerabilidad saltó por los aires para ser reemplazado por un sentimiento de resolución.
—Necesito enfrentarlo.
—¿Estás loca, mujer? —le preguntó, desafiante—. Te quiero lejos de esa gente. No puedes ir allí, yo me haré cargo, hablaré con él. —Esto último lo dijo ya con un susurro feroz. Ella se acercó y se abrazó a su cuerpo—. Tu no necesitas… —insistió él.
—“Mataría dragones por ti” —interrumpió ella—. Me lo dijiste un día y lo has cumplido a cabalidad, sé que me amas y también sé que me evitarías cualquier sufrimiento, porque yo haría lo mismo por ti. Pero es mi padre, Nathan, tengo que hablar con él. Necesito verlo.
La cabeza de Nathan era un caos, el jodido peligro aún no había pasado y ya Elizabeth de nuevo iba de cabeza a él.
Quería una vida con ella en Chicago y no veía en qué influiría el que Elizabeth lo viera o no, pero por lo visto para ella era importante.
No lo entendía ni estaba de acuerdo, pero lo respetaría.
La expresión de su rostro y su resolución lo conmovieron.
—¿Y si a sus hombres les da por rescatarlo? No sé cuál es la situación, no me gustaría que te expusieras.
—Averigüémoslo y tomaremos una decisión, quiero hacer esto fácil para ti también —manifestó ella.
—A mí lo único que me importa es que tú estés bien. Sana y salva.
Nathan habló de nuevo largo rato con Leandro y soltó un largo suspiro en cuanto cortó la llamada. Se sentó en la cama al lado de Elizabeth.
—Parece que la seguridad de tu padre está controlada, no nos llevaremos más sorpresas.
—Puede sonar repetitivo —adujo Elizabeth—, pero me avergüenza esta situación, has enfrentado mucho por mi culpa, ayer…
—¡Eh! —Nathan la sentó en su regazo—, creí que ya habíamos dejado eso atrás.
Esto es lo que nos tocó enfrentar y lo haremos con valentía, te lo repetiré hasta el cansancio, nada de esto que ha ocurrido te define.
Aquí no hay ganadores ni perdedores, estamos reescribiendo las páginas de nuestra vida juntos y no todo será un lecho de rosas.
—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
—Ya lo sé, hermosa, lo sé.
Elizabeth soltó la risa. Nathan tomó sus manos y las besó.
Luego llamó a Iván, que ya estaba enterado de la noticia y les dijo que el auto estaba listo para salir enseguida.
Se ducharon con rapidez, y ni siquiera pensaron en desayunar, en cuanto Nathan vio que ella iba a volver a ponerse la ropa del día anterior, fue hasta la sala y trajo un paquete.
—Le pedí a Iván anoche que te comprara algo de ropa y algunos útiles de aseo.
—Gracias. —Siempre pensaba en todo, caviló ella, no se le pasaba nada.
Se cambió de ropa con rapidez: un jean oscuro, una camiseta negra y unos tenis. Se agarró el cabello en un moño alto. Salieron minutos después.
Elizabeth estuvo callada y nerviosa gran parte del trayecto escuchando la conversación de Nathan con Iván, al que le refería los detalles de la captura de Orjuela, que Leandro le contara y que ella no conocía aún.
Parecía que el hombre hubiera ido directamente a ellos, no hubo un ataque, ni se disparó una sola bala, escuchaba mientras observaba el hermoso paisaje urbano, en esos momentos tan ajeno a ella.
Se prometió que, en ese viaje u otro, recuperaría el amor por su ciudad natal, por sus paisajes, su gente y su deliciosa comida.
—¿Estás bien? —preguntó Nathan, solícito.
—Muy bien, gracias.
Una hora después se bajaban en la nueva casa de seguridad, ubicada en un poblado de las afueras. La vivienda era como una pequeña fortaleza. Había varios hombres custodiándola.
Nathan aferró una de las manos de Elizabeth y la percibió helada.
—Todo va a estar bien —le dijo él—, cuentas conmigo siempre, si en algún momento te hace sentir incomoda, dímelo sin dudarlo un segundo, ¿de acuerdo?
Elizabeth asintió.
Desplegaron una gruesa puerta de metal y entraron en la casa. En cuanto el vehículo de detuvo, Leandro abrió la puerta del lado de Elizabeth.
—¿Cómo está él? —preguntó ella con el estómago encogido.
—Bien, teniendo en cuenta las circunstancias —contestó Leandro.
—Lléveme a verlo —pidió ella enseguida.
—Iremos los dos, no te dejaré enfrentarlo sola —aseveró Nathan.
Ella asintió.
—La está esperando —informó Clive, que salió por una puerta que daba a un salón.
Los pasos de Elizabeth se hicieron lentos y pesados, y el recuerdo de la muerte de Sebastián se reprodujo en su mente como una película. Llegaron a una puerta de madera oscura, que Leandro abrió, invitándolos a pasar. Un hombre, sentado en un sillón, se incorporó al verlos.
—Hola, papá.