HERMANOS KING CAPÍTULO 33 #2
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CAPÍTULO 33 #2

Elizabeth asintió, algo aturdida y sin saber cómo actuar.

Nathan la apresó contra la primera pared que encontró, le aferró el cabello de forma suave y profundizó el beso con el ansia loca que ella siempre le despertaba, con el hambre que lo gobernaba desde que había llegado a su vida.

No dejó de besarla mientras la conducía a una de las habitaciones.

Elizabeth dedujo que era la de él, había un maletín en una esquina, y algo de ropa tirada en una silla.

Se desvistieron con premura, apenas podían dejar de besarse, lo notaba ansioso por unirse a ella.

Nathan la tocaba como si no pudiera creer que fuera ella.

Con ganas de regalarle algunos preliminares antes de unir sus cuerpos, se tumbaron en la cama y ella se desmadejó bajo él, dispuesta a brindarse a su hombre sin escudos ni armaduras.

Él la volvió a besar, con pasión y a la vez con ternura, besó sus ojos y su frente, le repitió que la amaba como a nadie y que todo estaría bien.

Ella volvió a llorar y él se deshizo en caricias y palabras de consuelo, segundos después, cambió el tono de sus caricias.

Nathan mimó sus pechos con su boca y con sus manos, atesoró su sexo hasta hacerla jadear, la tocaba, la mordía, la sobaba.

La necesitaba encendida de amor, no sabía qué diablos le pasaba, solo percibía un fuego de posesión y deseo en sus entrañas que por un momento lo asustó.

Chupó y bebió de su sexo, su olor lo envolvió, su sabor lo enloqueció, su piel caliente casi lo hizo estallar, sus contracciones lo hicieron temblar y eso que aún no había entrado en ella.

Se separó un momento y la miró fijamente un momento antes de penetrarla.

—Quiero romperte de amor hasta los huesos —dijo él entre jadeos en respuesta a las caricias que ella le prodigaba—. Quiero tu alma, tu vida entera.

—Tómalas —manifestó ella resuelta y con un brillo amoroso en la mirada.

La penetró de un solo empuje, quería traspasarla con su calor, quemarle sus miedos y sufrimientos.

La acarició como nunca lo había hecho, con el deseo de apropiarse de cada milímetro piel, de sanarle el alma y de borrarle las lágrimas, sus estocadas aumentaron de intensidad y sus gemidos reverberaban en las paredes del cuarto.

Nathan levantó el torso un momento, quiso observar sus cuerpos unidos, un brillo carnal vistió sus facciones al sentirse así, envuelto en su carne, en su sedosidad, en su humedad.

Dios, estaba seguro de que iba a quedar hecho cenizas, era la primera vez que experimentaba algo así.

Elizabeth era el compendio de todas sus pérdidas y aciertos; en ese instante, la sintió contraerse una y mil veces en la vieja danza del amor, y siguió sus pasos sin aflojar el ritmo, siguió y siguió sin querer acabar, sin querer salir nunca más de ella.

Quiso recitarle una letanía de palabras de amor, pero apenas podía respirar.

Las defensas de Elizabeth volaron por los aires, dejándola expuesta a sus sentimientos y emociones.

Por primera vez le mostró su verdadera intimidad, ya sin máscaras ni contenciones.

Él, con sus labios y lengua, sepultó sus temores e inseguridades y con el deleite de su sexo sumergiéndose en ella, la hizo resurgir mujer, completa, enamorada.

La amarró a él con su fuego y con su pericia.

Sus caricias la sanaron y en el instante del orgasmo, supo que una parte de su alma siempre sería de Nathan.

El tiempo se fue en un suspiro y el amanecer los encontró en medio de confidencias.

Él la había vuelto a tomar después de una necesaria ducha, y luego ella, recostada en su pecho, le relató el infierno vivido con Rodríguez esos días.

Nathan soltó un par de imprecaciones y Elizabeth entonces le habló de su vida anterior a la huida de Colombia, la muerte de Sebastián y el compromiso con Marcos.

Le relató cómo finalmente había logrado salir del país, al día siguiente de haber huido de los escoltas; cómo, venciendo el temor de encontrarse con los hombres de su padre al voltear cada esquina, compró una maleta y la rellenó de ropa y demás enseres, y escondió algo de dinero entre unos tenis.

Tomó el vuelo sin problema, pero el nivel de estrés al llegar a inmigración en Miami la obligó a ir al baño antes de hacer la fila; allí se lavó el rostro varias veces con agua fría y ante el espejo encontró algo de calma.

El corazón quería salírsele del pecho cuando se puso ante uno de los oficiales, que le hizo las preguntas pertinentes y ella, con una sonrisa, se obligó a contestar.

Salía ya después de obtener un permiso de permanencia en el país, cuando el oficial la llamó de nuevo, pensó que le iba a dar un infarto, y cuando se volvió, le dijo: “Bienvenida a los Estados Unidos”.

Estuvo en Miami un par de días, no quiso quedarse a vivir allí, porque sabía que los tentáculos de su padre la alcanzarían.

A la pregunta de Nathan de por qué había escogido Chicago, respondió que lo hizo por su escuela de Bellas Artes: aunque no podría pagarse la carrera, al menos asistiría a algunas de sus clases libres.

Se enamoró enseguida de la ciudad. Alquiló un departamento pequeño cerca a la escuela y caminaba todos los días hasta allí.

Nunca recibió el dinero que le dio a guardar a Adolfo Macías, porque su padre lo asesinó antes de que pudiera enviárselo.

Se enteró de la noticia por Internet, un par de semanas después de llegar a Chicago.

Esa muerte, junto a la de Sebastián, la perseguiría hasta el fin de sus días.

—¿Cómo supiste que fue tu padre? —inquirió Nathan.

—La manera en que lo mataron, los signos de tortura, eran característicos de los matones de mi padre. A lo mejor lo torturaron para conocer mi paradero, pero él nunca lo supo, me cuidé de eso. Su muerte quedó en la impunidad al igual que la de Sebastián.

—¿Quieres hablar de él?

Elizabeth acarició su pecho e inspiró profundo antes de contestar.

—Antes de conocerte, pensé que lo que había sentido por Sebastián era lo más intenso que me había ocurrido en la vida. —Ella lo miró a los ojos—. Pero fue un amor de adolescente, no se compara con lo que siento por ti.

Nathan apretó aún más el abrazo.

—Me alegra escucharlo porque estás bien correspondida. Siento mucho, hermosa, todo por lo que has tenido que pasar. —Se quedaron en silencio unos momentos—. ¿Cómo dio mi madre contigo?

—Participé en una feria y a ella le gustaron mis diseños. Me ayudó mucho, me consiguió una vacante en las joyerías y por fin las cosas parecían ir bien, trabajaba en algo que disfrutaba y ganaba buen dinero. Luego ocurrió lo que ocurrió y desde entonces lo único que pude hacer fue sobrevivir.

—Algo bueno salió de todo ello —observó Nathan avergonzado.

Ella se levantó y apoyó el mentón en su pecho.

—No quiero que te sientas mal por eso, como tú dices, ya pasó. ¿Cómo tomó Brandon tu viaje a Colombia?

Nathan exhaló un suspiro.

—No tengo idea, no quise hablarlo con él.

Elizabeth se levantó, asustada, como si Brandon se hubiera materializado en la habitación.

—¡Oh, Dios mío! ¡Va a matarte!

Él ni siquiera se inmutó.

—A lo mejor, no es algo que me quite el sueño en estos momentos —soltó despreocupado.

Mientras le acariciaba los pezones, enrojecidos por los desmanes de horas atrás, observó un moretón producto de un mordisco que había dejado en uno de sus hombros y la piel lastimada por su roce.

Levantó el torso y se unió a ella en un beso exigente y apasionado.

Le acarició el contorno de la espalda, los omóplatos y hasta le dio un cachete en una nalga.

La adoraba y no le importaba no tener suficiente de ella, de toda ella, de su aroma que lo obnubilaba, de su piel y su sabor, que era un tremendo afrodisíaco para él.

Después de esos días de ausencia y de todo lo enfrentado, la deseaba más y con suma urgencia, como si alguien fuera a arrebatársela en cualquier momento.

Apenas podía apartar la mirada de su cuerpo, que era perfecto para él.

Penetró su sexo con un dedo y ella gimió en respuesta, le gustó sentirla caliente y lubricada.

Elizabeth le recorrió con sus manos la espalda, donde estaba seguro de que tenía uno que otro rasguño producto de la pasión vivida.

Poco a poco, ella descendió sobre su sexo, regalándole el cielo.

Él se incorporó de nuevo y le besó el cuello, la mandíbula y las orejas, en un gesto tierno y entregado.

Su propio corazón le tronaba dentro del pecho; la amaba tanto, que sentía más allá de la piel; era como fundirse en su interior: él estaba dentro de ella, pero ella, Dios, ella estaba muy dentro de él; tuvo miedo, porque si algo le ocurría, no lo superaría nunca.

La sintió estremecerse a medida que aumentaba el vaivén de sus impulsos.

—Nathan, mi amor —suspiró Elizabeth, rozando sus pechos contra el torso de él en un gesto que la llevaba al límite del placer, ya que el contacto con su piel desnuda era arrebatador, casi doloroso de tan excitante e intenso. La fricción y el calor de sus sexos unidos la excitaban más.

—Quiero vivir así siempre —dijo él en tono áspero y ansioso.

Notaba que Nathan hacía un esfuerzo por tomarse su tiempo en mimarla y adorarla, pero los jadeos, las respiraciones agitadas y el roce de sus pieles aumentaban las sacudidas.

Elizabeth se soltó en una danza de caderas destinada a seducirlo, a imprimirle su sello en la piel y el alma, y él la dejó hacer lo que quiso, hasta que, perdida en el placer e invadida por sensaciones punzantes, dejó ir el control y se extravió en una liberación que la recorrió entera llegándole hasta el alma.

Cuando volvió al mundo de los vivos, lo abrazó con fiereza, humilde y agradecida de poder experimentar una de las maravillas inventadas por Dios.

Nathan la siguió momentos después y con la respiración agitada, le susurró: