CAPÍTULO 33
La reunión con los agentes antidrogas estadounidenses tuvo lugar en una concurrida cafetería de un centro comercial.
Elizabeth y Nathan solo habían tenido tiempo de darse una ducha rápida y cambiarse de ropa, apenas habían cruzado un par de palabras.
Aún trataban de asimilar lo ocurrido en el restaurante.
Dos hombres altos y corpulentos caminaron hacia ellos, que ya estaban sentados en una mesa al fondo del local.
—Vaya, vaya —dijo Clay Sanders—, parece que hace un rato estuvieron jugando a policías y ladrones.
—No sé de qué me habla —repuso Nathan. Evidentemente, ya lo agentes sabían lo ocurrido, pero él no soltaría prenda—. Voy a ser directo con ustedes —dijo, antes de que ellos pudieran decir nada más—. Quiero a mi esposa de vuelta a los Estados Unidos. Su vida aquí en Colombia corre peligro.
—Corría —señaló Sanders—, la amenaza para su esposa era Rodríguez, y este ya está fuera del juego, por si no lo sabían —esto último lo dijo con algo de sarcasmo.
—Habrá tenido su merecido —dijo Nathan con cara de póker—. Pero no me fío de que ya no haya peligro para mi mujer. La necesito fuera de Colombia.
—Nada es gratis, señor King —expresó Wolf.
—¿Y qué quieren? —se atrevió a preguntar Elizabeth, que no dejaba de pensar en el cuerpo sin vida de Marcos. Aún le era difícil reconciliarse con la idea de que el hombre había desaparecido de su vida.
—A su padre. Si nos ayuda a dar con él, podemos sentarnos a negociar su regreso a los Estados Unidos. Sabemos que Orjuela intentará comunicarse con usted. —Wolf miraba a la mujer fijamente y luego se dirigió a Nathan—. Si es que no lo ha hecho ya.
—Necesito tener la seguridad de que mi esposa podrá entrar a Estados Unidos con inmunidad.
—Eso depende de Orjuela y de lo que quiera compartir con nosotros —retrucó Sanders.
Nathan no supo qué vio Wolf en sus rostros, si cansancio, desesperación, miedo o las tres cosas juntas.
—No se sientan mal por Rodríguez, era un bicho de lo peor y murió en su ley.
Nathan no iba a reconocer lo que había hecho ante nadie.
—No estamos llorando por Rodríguez —dijo Nathan, que aferró la mano de Elizabeth—. El mundo no se pierde de gran cosa. ¿Qué saben ustedes del padre de mi esposa?
—Llegamos hace tres días, las autoridades no han sido muy colaborativas y los agentes de inteligencia no han compartido mucho, pero contamos con algunas pistas.
Nathan no podía saber si era un farol para afanarlos a ellos en la consecución de resultados.
—En cuanto tengamos noticias serán los primeros en saberlo.
—Si lo atrapamos nosotros no habrá negociación, señor King.
—Lo sabemos.
Luego de discutir el tema por algunos minutos, los hombres se despidieron.
De regreso al departamento, se acomodaron en el asiento de atrás.
Elizabeth percibía el ánimo sombrío del hombre que la había salvado de caer nuevamente en garras de Rodríguez.
Deseaba conectar con él de alguna manera, pero estaba temerosa de dar el primer paso.
Se sentía aún como en una montaña rusa y no sabía qué iba a encontrar al final del recorrido.
¿Habría esperanza para ellos? Solo Dios lo sabía.
Se percibía como en una de esas telenovelas donde, prueba tras prueba, se templaba el carácter de los protagonistas, para llegar a un final donde todo se solucionaba.
Nathan era imbatible, bien sabía ella la cantidad de trampas, talanqueras y obstáculos que había interpuesto en su camino, primero de manera deliberada, para mantenerlo alejado de esto que acababan de enfrentar.
Luego el pasado se había encargado de continuar su trabajo y él había superado cada prueba con gallardía, valentía y una generosidad que nunca antes había experimentado.
Nadie en su vida había hecho algo parecido a lo que Nathan hizo por ella.
Era increíble y a la vez atemorizante, porque no sabía si estaría a la altura de ese hombre y de ese amor.
Era la hija de un matón, tenía muy pocas cosas que ofrecerle.
Suspiró, cansada, no vislumbraba el final, y más cuando él había dicho de manera tajante que no quería nada con ella, aunque toda su actuación desmentía esas palabras ¡Nathan había matado a un hombre por ella!
No sabía qué pensar respecto a eso, tenía la certeza de que, si lograban superar todas las pruebas y él la abandonaba, sería como someterse a una amputación, nunca lo superaría.
Estaba tan enamorada, ese sentimiento la recorría como una ola.
El trayecto se le hizo borroso y parpadeó para aclarar la visión.
El auto llegó a su destino y Nathan, con semblante serio, salió del vehículo. Uno de los escoltas de Iván le salió al encuentro.
—Ya revisamos de nuevo el departamento y todo está en orden, pueden pasar aquí la noche. Estará bien custodiado hasta que lleguen los demás.
Nathan dio la vuelta y ayudó a Elizabeth a bajar del auto.
Ella se limpió el rostro y lo siguió, lo seguiría hasta el final del mundo y de los tiempos, solo rogaba a Dios que él deseara recorrer el camino con ella y que sus duras palabras hubieran sido producto del estrés por la situación y no su expreso deseo.
Recordó que el día que se conocieron había vislumbrado su fuerza y tenacidad, y a lo mejor por eso se sintió tan atraída.
Ahora lo confirmaba: él había sobrevivido en su caótico mundo.
Aunque lo notaba tenso, en ningún momento perdió el dominio de sí mismo y lo ocurrido habría alterado a cualquiera que no tuviera entrenamiento militar.
—Bien, muchas gracias, muchachos.
Entraron al departamento. Las luces del atardecer iluminaban la estancia, Elizabeth se quedó en la mitad de la sala y de pronto toda la situación cayó sobre ella como un balde de agua helada. Nathan, adivinando lo que sentía, se acercó a abrazarla.
—Tranquila, es normal que te sientas así.
Ella, al sentir la sujeción de su abrazo, soltó el dique de emociones y lloró sobre su pecho como si alguien fuera a separarlos en cualquier momento.
Nathan, conmovido, la dejó hacer. Le acarició la espalda, el cabello, tratando de contener los estremecimientos ocasionados por el llanto y quiso tener la potestad de borrarle de un plumazo todo lo que la había hecho sufrir, aliviarla de alguna forma.
Sus lamentos desgarrados le entumecían las entrañas.
Ella había pasado por tanto… ¿cómo una persona podía atravesar tantas cosas sin perder su esencia?
La admiraba, era su diosa guerrera, siempre la adoraría.
Necesitaba disculparse por haber actuado de manera tan déspota el día que puso fin a su relación.
La sintió suspirar, y cuando elevó sus ojos rojos y congestionados por el llanto, no pudo evitar recordar la noche en Las Vegas.
Parecía tan lejano ese recuerdo y apenas habían pasado semanas.
—No creo que pueda vivir sin ti, Nathan. —Se apretó más a él sin meditarlo mucho. La angustia de perderlo era igual a la de perder la vida.
Los latidos del corazón de Nathan se dispararon e inspiró de forma brusca. La inquietud en la voz de Elizabeth lo sobresaltó, aunque sus palabras eran las que había anhelado escuchar durante mucho tiempo.
—No tendrás que hacerlo —contestó con voz quebrada—. Lo juro.
Ella se pegó a su pecho y soltó de nuevo un llanto convulso, un llanto de años, reprimido bajo una costra dura. Nathan le besó la cabeza y aspiró su aroma grabándola en su cerebro como suya.
—Te amo, Nathan, te amo mucho —confesó entre sollozos y pegó de nuevo su rostro al pecho de él.
Quiso decirle muchas más cosas, pero la emoción que la embargaba apenas la dejaba respirar.
Quiso decirle que lo admiraba como a nadie, que lo amaría toda la vida con ese sentimiento que llevaba impreso a cal y canto en el fondo de su alma—.
Perdóname, nunca quise lastimarte, sé cuánto te han hecho sufrir mis omisiones, solo quería protegerte de todo esto que acabamos de vivir, lo siento mucho, gracias por lo que has hecho por mí.
—Elizabeth, mírame. —Ella obedeció y elevó la mirada húmeda para mirarlo a través de las lágrimas—.
Yo también te amo y siempre te amaré. —Ella arreció el llanto y a Nathan cada sollozo se le clavaba en el alma como un puñal—.
Hermosa, desde el momento en que desapareciste, apenas podía respirar y cuando me enteré de todo lo que tuviste que pasar, Dios, lo único en lo que podía pensar era en arreglarlo de alguna forma.
No quiero que sufras más, no lo mereces, y pienso que te has estado culpando de algo que estaba por encima de ti y castigándote por ello, lo sé, lo siento aquí —dijo con fiereza y llevó su mano al corazón con el puño apretado—, porque es como yo me he sentido desde la muerte de mi padre.
Pero todo tiene un final y lo solucionaremos de alguna manera.
No sé qué vaya a ocurrir con tu padre, pero siempre contarás conmigo, he pasado por todo esto y lo haría mil veces más sin pensarlo, solo para lograr esto, tenerte aquí, conmigo, sana y salva diciéndome que me amas —concluyó con tono de voz conmovido.
—Sí, sí, sí, te amo, te adoro… —dijo ella emocionada.
—Todo va a quedar en el pasado y nada podrá alcanzarnos mientras caminemos juntos.
¿Lo entiendes? El malnacido de Rodríguez está quemándose en las brasas del infierno, no estoy orgulloso de lo que hice y tendré que aprender a vivir con ello, pero ya no podrá hacerte más daño.
—Le aferró el rostro con las manos y cuando sus labios se encontraron, ambos, por fin, pudieron respirar.
El móvil de Nathan vibró en su bolsillo, se separó de ella con desgana y contestó la llamada de Leandro mientras miraba a Elizabeth y le acariciaba el rostro. Afirmó varias veces y luego finalizó la comunicación.
—¿Todo bien? —inquirió ella, recordando de nuevo la escena vivida momentos atrás. Le parecía mentira estar libre del influjo de Marcos Rodríguez.
—Sí, van a pasar la noche en la casa de campo, iremos allá mañana.