CAPÍTULO 32 #2
—Iré contigo, nos casaremos enseguida, pero dejas ir a Nathan —propuso de manera atropellada e hizo el amague de acercarse al narco, pero el brazo de Nathan la aferró como una tenaza de hierro. Lo sintió tenso y lo escuchó susurrar un “ni de coñas”.
Marcos sonrió, pero su gesto fue sombrío. Controlando su furia, hizo una inspiración, como si estuviera considerándolo.
—¿Qué se siente, gringo de mierda, al escudarse detrás de las faldas de una mujer? —rugió con un brillo furioso en sus ojos.
Nathan necesitaba ganar tiempo.
—Ella sabe muy bien que no me estoy escudando.
Vergara los apuntaba con su arma, se le notaba el deseo de pegarle un tiro a cada uno.
—Deje su arma en el suelo —ordenó Marcos, que solo estaba esperando una excusa para estallar.
Nathan dejó el arma sobre las baldosas. Marcos la alejó de un puntapié.
El ambiente del lugar se impregnaba de una creciente violencia a punto de ser desatada.
—Me quieres a mí —dijo Nathan—. Déjala ir, ya le has hecho suficiente daño.
El hombre volvió su atención a él y el corazón comenzó a palpitar con fuerza.
Los ojos del narco eran fríos, inhumanos, con la expresión de un animal salvaje.
Necesitaba ganar tiempo, a lo mejor Marcos no tenía idea de que en minutos habría agentes antidrogas en el lugar, y también esperaba la llegada de Leandro y los demás.
Ya era hora de dejar hacer su trabajo a los mercenarios, cada jodido minuto contaba.
Si el hombre aún no les había pegado un tiro, era porque tenía algo que decir, o a lo mejor quería escucharlos a ellos. Decidió apostar a esa carta.
—No se crea tan importante, gringo —dijo Marcos y luego observó a Elizabeth—. Se vuelve a repetir la historia, mi reina.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Elizabeth nerviosa.
Marcos chasqueó los dientes produciendo un sonido desagradable.
—En poco tiempo quedarán los sesos del gringo sobre el piso, a lo mejor salpicarán tu ropa, así como ocurrió con Sebastián. —Elevó el tono de voz—. Te dije lo que haría si me traicionabas.
Elizabeth pudo ver cómo le brillaron los ojos ante la perspectiva de lo que le haría a Nathan. Insistió:
—Marcos, por favor...
—¿Por favor qué, mi reina?
—Déjela tranquila —interrumpió Nathan.
Marcos hizo una seña y uno de sus hombres agarró a Nathan y lo llevó a empellones ante el él.
—Tú no me das órdenes, maldito hijo de puta —dijo en cuanto lo tuvo frente a él, y le dio un golpe en la cara con la culata de la pistola.
—¡No! —gritó Elizabeth, que se puso de rodillas y juntó las manos en forma de ruego—. No le hagas daño, te lo suplico, por favor…
—¡Qué haremos con la pareja de tortolitos enamorados! —sonrió Marcos, burlón—. Vamos a darles una lección.
Hizo una seña para que el otro par de matones aferraran a Nathan de ambos brazos, mientras él tomaba a Elizabeth del cabello y la levantaba.
—Déjela, hijo de puta —bramó Nathan al ver como el hombre la zarandeaba del cabello, haciéndola chillar—. Métete conmigo, eres un jodido cobarde.
—¡Cállese! —rugió Marcos, pero Nathan ya estaba fuera de control.
—Ahora entiendo por qué Elizabeth tuvo que irse a la tierra de la libertad para encontrar un verdadero hombre —soltó una risa burlona—. Y Dios le sonrió.
Elizabeth lo miró con ganas de matarlo, sabía lo que se proponía.
Lo estaba provocando, quería desviar la atención hacia él y que la dejara tranquila.
Observó el rostro de furia de Marcos. ¿Por qué diablos no disparaba?
Porque lo que les tenía preparado seguro era mucho peor.
Suplicó a Nathan con la mirada que callara.
Marcos le aferró el cabello mucho más fuerte, tanto que la ella pensó que le arrancaría el cuero cabelludo.
—Esto es una caricia para lo que voy a hacer con ella mientras tú nos miras. Y luego de haber disfrutado un rato de esta perra, te picaré en pedazos mientras ella observa. Pero no lo haremos aquí, necesitamos más intimidad.
—¡Usted está hablando de mi esposa! —bramó Nathan al tiempo que trataba de desasirse del agarre de los hombres del narco—. ¡Mi esposa!
Su voz retumbó por el lugar.
—En muy poco tiempo será viuda.
—Eso está por verse —soltó Nathan. La ira en su tono hizo que Elizabeth lo mirara de reojo—. Elizabeth no lo quiere y nunca lo querrá, y sí, sé que la noticia lo va a sorprender, ¡pero ella no es un jodido perro! Usted, en cambio, sí que lo es.
Marcos soltó una carcajada, Elizabeth pensó que estaba loco y temió aún más por Nathan. Si seguía provocándolo, el hombre lo mataría.
—En fin —dijo el narco, cambiando de tema e ignorando el último comentario de Nathan—.
No sé qué diablos vinieron hacer aquí, mis informantes los vieron y no podía dejar pasar la oportunidad de saludarlos.
Me dieron pistas falsas, pero soy el dueño de esta puta ciudad.
Tarde o temprano los encontraría y es lo único que me importa, puede decir lo que quiera, gringo, ya están sentenciados.
Así que el narco no tenía idea de que el lugar estaría poblado por los agentes antidrogas estadounidenses en minutos. Esa podría ser la diferencia entre la vida y la muerte, caviló Nathan.
Vergara hervía de impaciencia, en minutos llegarían más hombres, estaba seguro de que este par no estaban solos.
No terminaba de conjeturar, cuando una bala atravesó uno de los cristales de la ventana para depositarse en la cabeza de uno de los hombres de Marcos.
El infierno se desató enseguida. Vergara respondió y en un momento de distracción, Elizabeth se soltó del amarre de Rodríguez, Nathan la jaló hasta él y la empujó debajo de una mesa.
—¡Quédate aquí! —le ordenó. La mesa llevaba un mantel largo, no era mucha protección, pero al menos ella no estaría a la vista—. No salgas por nada del mundo.
Hombres de ambos bandos intercambiaban tiros, los escoltas de Marcos estaban desconcertados, ya que William y los demás se habían replegado de manera que no podían ser observados desde adentro. Tenían la ventaja del ataque sorpresa, los narcos no se lo esperaban y tampoco sabían cuántos eran.
—Podrías necesitarme. —Elizabeth se abrazó a él y rodaron juntos debajo de la mesa.
—¡No te necesito! —susurró angustiado. No podía lidiar con la terquedad de Elizabeth en unas circunstancias tan delicadas— ¡Tengo que matar a ese hijo de puta! ¡Te lastimó! —dijo Nathan en voz baja, sombría, pero resuelta, y la separó de él.
—¡Gringo cobarde! —bramó Marcos por entre la ráfaga de tiros.
El narco le dio una patada a la mesa, dejando a ambos al descubierto.
Nathan vio su pistola a un metro de él, no la alcanzaría.
“La va a matar”, fue todo en lo que pudo pensar al ver a Marcos como apuntaba a Elizabeth gritándole una cantidad de palabras que él no entendió.
En una acción osada arremetió como toro salvaje contra el hombre, ambos rodaron en el piso y ante una patada de Nathan, Marcos soltó la pistola y se enzarzaron en una lucha a punta de trompazos y patadas.
Él era más alto y más acuerpado que Marcos, pero Marcos era peleador y la furia lo hacía peligroso.
Rodaron a pocos centímetros de la pistola de Nathan, que se estiró como pudo para alcanzarla.
Era ahora o nunca, se dijo, tomando el arma y apuntándole.
—Esta bala va por mi mujer. —Disparó sin darle tiempo a reaccionar. Otro que lo había subestimado, se dijo al ver la expresión de sorpresa del hombre antes de que su cuerpo rodara frente a él.
Elizabeth se levantó insegura. Ambos se quedaron atónitos mirando el cadáver que, tenía un tiro certero en la frente.
Sus ojos sin vida conservaban aún una expresión pasmada.
Observaron los cuerpos de los demás dentro del restaurante y otros más afuera, había estado tan concentrado en la pelea, que no se percató de cómo los soldados acabaron con los matones de Marcos.
Uno de los escoltas de Iván estaba recostado contra una pared, tenía una herida en el brazo.
—Tenía a este hijo de puta en la mira cuando usted se abalanzó sobre él, ya no pudimos dispararle, fue algo muy osado —manifestó William, que miraba con renovado respeto a Nathan, que se veía confuso, y era incapaz de hablar.
Le había disparado a un hombre por primera vez en su vida.
Era un hecho que no podría negarse a sí mismo mientras viviera, pero agradeció que la pesadilla terminara.
Le dio la mano a Elizabeth, que con piernas temblorosas se acercó a él y enfrentó a los demás.
El ambiente olía a sangre, pólvora y muerte.
—Ya pasó, este hombre no te molestará nunca más —dijo con fervor señalando el cadáver de Rodríguez, mientras le refregaba los brazos, para que entrara en calor, ya que estaba pálida y con las manos heladas. Todo había ocurrido en menos de diez minutos.
Nathan le pasó a Elizabeth una botella de agua que alguien le acercó.
—Bebe —le dijo, al tiempo que le acariciaba la frente y le acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja—. ¿Estás bien?
Ella asintió. Le siseó para calmarla sin dejar de abrazarla.
Él mismo seguía inquieto, la sensación de amenaza se negaba a desaparecer.
Se sentía desconectado de sí mismo y de lo ocurrido, como si estuviera bajo el influjo alguna droga.
Necesitaba salir de allí, respirar aire fresco, o se ahogaría.
Elizabeth se percató del estado en el que estaba.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
Nathan negó con la cabeza. Aunque sabía que Rodríguez merecía el tiro que había acabado con su vida, el hecho de haber sido él quien ejerciera de Dios, quitándole la vida, le ocasionaba mucha confusión.
A medida que pasaron los minutos, logró tranquilizarse, se repitió que el hombre merecía morir por todo el daño hecho, no solo a Elizabeth, sino a los cientos de muertos que debería llevar en la conciencia.
Habló con Leandro y con Clive, que lo miraban sorprendido.
Leandro había tenido el buen tino de posponer la reunión con los agentes antidrogas para unas horas más tarde, en otro lugar.
William, que no dejaba de observarlo, se acercó a preguntarle cómo se sentía.
En ese momento, caviló que el muerto hubiera podido ser él.
Elizabeth, como si hubiera adivinado su índole, lo contempló angustiada y con el corazón en sus ojos, la visión se le tornó borrosa. Su mente era una marejada de imágenes de violencia, todas relacionadas con Marcos, y observar a Nathan involucrado en ese aspecto tan turbio de su vida la afectó.
—Sácame de aquí.
Nathan asintió y cruzó unas palabras con William, que le destinó un grupo de hombres de Iván y salieron del lugar.
Ellos terminarían de arreglar la escena del crimen, ya que no avisarían a las autoridades.
Las muertes de Rodríguez y sus hombres pasarían como una retaliación de narcos, ya que el hombre contaba con bastantes enemigos.