CAPÍTULO 32
Una extraña mezcla de emociones abarrotaba la mente de Marcos, pero la ira, burbujeante y espesa, se alzaba sobre las demás.
Había matado de un tiro a cada uno de los tres hombres encargados de custodiarla, tan pronto supo que María Fernanda había desaparecido del panorama.
La zorra tenía los días contados —o, en la mejor de las suertes, las horas—, pensó mientras se servía otro trago de licor y esperaba noticias.
¡Maldición! Había vuelto a caer como un imbécil, si la hubiera matado la misma noche que cayó en sus manos, no sería el hazmerreír de sus hombres, pero, como siempre, la mujer ejercía un extraño poder sobre él.
Bueno, había ejercido, porque ya no lo haría más.
Quería ponerle las manos encima al gringo de mierda que había osado arrebatársela y matarlo frente a ella, luego hacer lo que debió hacer hace años y descerrajarle un tiro en plena cara.
Llevaba horas despotricando y a la espera de cualquier indicio o información del paradero de María Fernanda y el gringo.
Había ofrecido dinero a cambio de pistas que lo llevaran hasta ellos.
Vergara entró al estudio, donde Marcos bebía y jugueteaba con uno de sus revólveres apretando furiosamente los dientes, la mayoría de sus hombres no lo habían visto jamás tan enfadado.
—Dime que me traes noticias o lárgate por dónde has venido. —El hombre asintió y se acercó más a él—. ¿Qué has averiguado? —insistió, esperanzado. Si no había vuelto sobre sus pasos, era porque alguna noticia traía.
—El gringo se mueve con un pequeño ejército, vino a rescatar a María Fernanda y de paso a partirnos la madre. Estuvieron hospedados en una casa en La Ceja propiedad de Villegas.
—Tendré que arreglar cuentas con él.
—No vale la pena —señaló Vergara—. Sabes que el pobre tipo alquila esa casa para polígonos o cursos de seguridad. Esta mañana el pequeño ejército volvió a Medellín, espero en un rato estar sobre sus pasos.
—De hoy no puede pasar el ajuste cuentas con la zorra —sentenció en tono frío y plano.
—Bien. —Eso esperaban Vergara y los demás.
El ejército de Marcos estaba desmoralizado por la manera en que el narco había matado a los tres escoltas.
Él mismo se encargaría de ajustar cuentas con María Fernanda, si se lo permitieran; pero estaba seguro de que Marcos tomaría venganza por su propia mano—.
Voy a preparar a los hombres que nos acompañarán —dijo y salió del lugar dejando a su jefe sumido en sus oscuros pensamientos.
***
Nathan apenas le dirigió la palabra a Elizabeth después de la discusión sostenida a orillas del riachuelo.
Se encerró en una de las habitaciones y con los números de teléfono que Leandro le proporcionó, hizo el primer acercamiento con agentes de la agencia antidrogas estadounidense, quienes, por lo que pudo captar entre líneas, esperaban su llamada, y estaban enterados de la situación y de lo que Nathan había ido a hacer al país.
Pactó un encuentro con ellos en la tarde del día siguiente.
Él hubiera preferido hacerlo en un lugar público, pero los agentes fueron enfáticos en que tendría que ser en un entorno privado, debido a todo lo que rodeaba al empresario en ese momento.
Mientras tanto, Leandro, a través de pistas sueltas —como migas de pan—, y con parte de su equipo, atraería al narco a otro punto de la ciudad.
Al día siguiente, en la mañana, todos regresaron a Medellín, allí se separarían.
Elizabeth trató de hablar en varias oportunidades con Nathan, para hacerlo desistir de cualquier acción temeraria, pero el hombre no quería ni escuchar hablar del tema y se negaba a separarse un ápice de ella.
La cita con los agentes Clay Sanders y Earl Wolf sería en un restaurante cerrado al público, a las afueras de la ciudad.
Ella expresó su temor de que la fueran a detener, pero Leandro y Clive la tranquilizaron: ella por sí sola no era de interés para la agencia, les interesaba su ayuda para que el pez gordo que perseguían cayera.
Se dividieron. Leandro, Clive y algunos hombres de Iván salieron para el centro de la ciudad, necesitaban despistar a los hombres de Marcos, y hacerles creer que Elizabeth estaba con ellos. Mientras, Nathan, William, Iván y otros dos hombres, junto a la joven, partieron a la cita con los agentes.
El aparcamiento del restaurante quedaba a trescientos metros de la autopista.
No había autos estacionados en ningún punto.
El ambiente vacío del lugar no se correspondía con lo que imaginaba Nathan como sitio de reunión, pero ni siquiera sabía qué esperaba.
William bajó del auto para inspeccionar el terreno.
El otro vehículo, con Iván y el par de escoltas, estaba parqueado en la parte trasera del lugar. No era visible desde la autopista.
—¿A qué hora es la cita? —preguntó Elizabeth a Nathan. Se percató de que del labio partido solo le quedaba una pequeña costra, la nariz aún la llevaba hinchada, la barba oscura y espesa le daba un aspecto aún más sombrío a su expresión.
—En media hora —contestó él fijando la vista en el reloj para evitar mirarla.
El auto olía a ella, notaba su respiración agitada, estaba nerviosa y quiso acunarla en un abrazo y decirle que todo estaría bien, pero aún estaba furioso por no poder controlarla ni confiar en ella para dejarla en un lugar seguro.
William se acercó al auto y abrió la puerta.
—No han llegado aún, es mejor que entremos.
—Vamos —dijo Nathan a Elizabeth.
Ella se pasó las manos por el cabello y luego giró el espejo retrovisor para mirarse el rostro. Tenía ojeras y estaba pálida. Dejó el artilugio en su lugar y salió del auto. Ese día llevaba un jean, una camiseta azul oscura y un par de tenis.
Nathan la tomó de la mano, ella le agradeció mentalmente el gesto. William abrió la entrada del local con un juego de llaves que sacó de una maceta al lado de la puerta. Entraron al lugar, repleto de mesas y sillas. Él la soltó enseguida.
—Iré al baño —dijo ella.
—Allí al fondo —informó Nathan señalando con la cabeza el letrero del servicio de damas.
—Gracias —respondió ella mirándolo a los ojos.
—No demores.
—No lo haré.
Nathan la observó ir al servicio y no pudo negar el abanico de sensaciones que lo asaltaron sin orden ni concierto: amor, furia, celos, sobreprotección, angustia…
No tenía idea de cómo saldrían las cosas y la amaba tanto que sería capaz de dejar uno de sus testículos sobre la mesa con tal de que a ella no le ocurriera nada.
Elizabeth tenía el poder de acelerarle el pulso, de llevarlo al cielo y bajarlo de un solo golpe a las llamas del infierno.
Sabía que la ira lo había hecho pronunciar palabras duras, palabras que nunca le había dicho a mujer alguna, por las que, tarde o temprano, tendría que disculparse.
Se centró en la mejor manera de abordar las cosas con los agentes federales mientras escrudiñaba la entrada al aparcamiento.
William le pasó una botella con agua que bebió de un par de sorbos y le dijo que estarían ocultos en la parte de atrás con los hombres que los acompañaban.
Una camioneta negra hizo su aparición en el estacionamiento seguida de otro auto similar. Nathan observó el reloj, faltaban aún treinta minutos para la cita, y un nudo de aprensión oprimió su estómago. Acarició el revólver que llevaba atravesado en la pretina del pantalón.
Elizabeth ya se acercaba a él, cuando le gritó que se devolviera al baño. Acababa de ver que Marcos Rodríguez se bajaba de una de las camionetas y con un trío de matones se dirigía al lugar. Ella no le hizo caso y se acercó a él.
Nathan, por un instante, se quedó mudo, había cometido un terrible error de cálculo. Al no conocer el lugar, pensó que al contactar con los agentes antidrogas estarían protegidos, pero por lo visto nada iba a salir como lo habían planeado.
—Aún podemos huir —le dijo Elizabeth—, ganaremos algo de tiempo mientras llegan los agentes, yo podría distraerlo…
—¡No! —La agarró por la camiseta y la pegó a él hasta que sus rostros se tocaron—. Como hagas el más mínimo intento de ponerte de escudo entre ese hijo de puta y yo, te juro que te derribo de un golpe. ¿Está claro? No te dejaré ir hacia ellos.
—No podemos quedarnos encerrados con ellos, nos matarán.
Elizabeth tenía razón y Nathan se sentía acorralado, habían entrado de cabeza a una trampa.
—Esperaremos —expuso con firmeza, sin mirarla—. Eso es lo que haremos.
Llamó a Leandro, que contestó enseguida, y le explicó de manera somera la situación.
Pasarían por lo menos quince minutos antes de que el resto de sus hombres pudiera llegar con apoyo.
William y el otro par de escoltas lo tendrían difícil para contener al grupo que estaba afuera, ya que no creía que Marcos se hubiera arriesgado con tan pocos hombres, o a lo mejor sabían que ellos venían con escolta reducida. Nathan quitó el seguro al revólver.
Elizabeth vio a los matones entrar al lugar fuertemente armados.
Eran cinco hombres. Dos de ellos se quedaron haciendo guardia afuera.
Al restaurante entraron Vergara, el matón que la había secuestrado; otro de los hombres de confianza de Marcos, cuyo nombre no recordaba, y él, que con su aroma mortífero se acercaba a ellos.
Los pasos de Marcos resonaban en el piso de baldosas, mientras avanzaba con un arma en la mano y sus dos hombres se replegaban hacia las posibles salidas. Su mirada no se desprendía de la de Nathan, en una gélida amenaza.
El miedo hizo que los sentidos de Elizabeth se agudizaran y se pusieran a tono con los latidos frenéticos de su corazón.
—Hola, mi reina —la saludó Marcos sin quitar la mirada de Nathan—. Yo de usted dejaría las manos quietas y el arma en el suelo antes de quedar como colador.
No había nada que ellos pudieran hacer, caviló Elizabeth, después de escuchar el tono burlón en las palabras de Marcos. Inspiró profundamente antes de enfrentarlo.