CAPÍTULO 31
Necesitaba tranquilizarse, experimentaba un abanico de sentimientos de diversa índole.
Rabia, comprensión, atisbos de celos, orgullo por la valentía de su mujer.
Individuos más débiles hubieran sucumbido a la desesperación u optado por medidas más fáciles.
Pero imaginarla en peligro de nuevo… No, se negaba a considerar esa opción.
No le cabía en la cabeza que Elizabeth estuviera contemplando ponerse en la mira del par de narcos.
No podía permitirlo, les pagaba millones a los mercenarios para que hicieran un trabajo, tendría que convencerla a como diera lugar.
Engatusarla de alguna forma e idear una manera de que los malditos narcos se mantuvieran lejos de ella.
Al salir al jardín, siguió un camino de piedra que lo llevó hasta un riachuelo, donde tiró un par de piedras al agua.
El profundo deseo de protegerla de todo lo que la hiciera sufrir, que había experimentado casi desde el momento en que la conoció, se tornaba inmanejable.
Detestaba saber que era el único culpable de estar en esa situación, pero si no la hubiera rescatado de esa manera tan temeraria, ¿qué hubiera sido de ella?
El malnacido era como una bomba de relojería, en algún momento hubiera perdido la paciencia y su Elizabeth hubiera sido lastimada o algo peor, y él hubiera llegado demasiado tarde. Se estremeció de solo pensarlo.
Y ahora todo volvía a empezar, ni siquiera tenía la seguridad de que la agencia antidrogas aceptara el trato. Era imperativo que ellos mordieran el grueso anzuelo que Nathan les iba a hacer tragar y, si por algún motivo eso no ocurría, se la llevaría a algún país donde no corriera ningún riesgo.
—Nathan, mi amor —susurró Elizabeth detrás de él.
Se dio la vuelta con las manos en la cintura. Se miraron fijamente por largos segundos y ella supo exactamente cómo se sentía, cuán confundido estaba, y no le importó, necesitaba abrazarlo, sentirse confortada en su calor. Nathan era su hogar y el mejor lugar del mundo.
—Ninguna persona merece la vida que has tenido que soportar —dijo él.
Con los ojos anegados se acercó y lo abrazó, apoyó el rostro en su pecho y pudo, por fin, escuchar los latidos de su corazón. Nathan no alzó los brazos para cobijarla, pero eso no la hizo desistir, porque ella veía más allá de su furia.
—Mi amor, te he echado tanto de menos.
—¡Quiero entender toda esta locura!
—Lo sé, esto es algo tan ajeno a tu vida —dijo levantando el rostro y acariciándole la barbilla—. Aun así, viniste a buscarme.
—¿Hay algo más que deba saber? —preguntó con ánimo de pelea—. Eres una jodida caja de Pandora.
Ella negó con la cabeza. Él le aferró ambos brazos, la dominaba con su estatura, con su porte y sus emociones a punto de estallar.
—¡Prométeme que no te pondrás en peligro!
—No puedo prometerte eso —admitió Elizabeth con voz afectada.
Él la soltó y se dio la vuelta, ella se acercó de nuevo y lo abrazó por la espalda. Lo sintió tensarse.
—Casi enloquecí el día que desapareciste y cuando los agentes me dijeron todo sobre ti…
—Lo sé, lo sé. —Se abrazó más a él—. Sentía mucha vergüenza por mi familia, tan diferente a la tuya.
Nathan soltó una carcajada estrangulada y se dio la vuelta.
—¡Por Dios, Elizabeth! Mi madre y la exprometida de mi hermano robaron tu trabajo, en compañía del hijo de puta de Ryan, te pusieron en la lista negra y te cerraron todas las puertas, Brandon te echó de las joyerías, te hicieron pasar un jodido infierno, ¿y tú crees que tu familia es peor?
—Tú madre no ha matado a nadie.
Nathan observó el paisaje a lo lejos.
—Pero ha hecho el mismo daño que si hubiera disparado un arma. Pudiste ser sincera conmigo.
Ella se desesperó y se separó de él unos pasos.
—¡Tú crees que yo lo tuve fácil! Cada día me era difícil estar contigo y no poder decirte la verdad. Me enamoré de ti como una tonta —soltó un suspiro—. Creo que ocurrió desde el primer momento.
Nathan la atravesó con la mirada, un rictus amargo apareció en su boca.
—¡Pues lo disimulaste muy bien! —señaló con sorna—. No me lo pusiste fácil.
Ella agachó la mirada.
—Tenía miedo.
—Una relación está basada en la confianza, en el dialogo. —Se golpeó el pecho—. Te he dado todo, Elizabeth, mis pensamientos, así suene cursi como un demonio, te di mi corazón, mi lealtad. ¿Qué más quieres de mí?
Elizabeth se acercó a él de la única manera que conocía, si sus palabras no lo convencían, lo haría su cuerpo. Le acarició el rostro herido, él cerró los ojos unos segundos.
—Has sido un regalo para mí —confesó ella.
—Pero estoy tan impotente para sanar tus heridas como para sanar las mías —dijo en cuanto abrió los ojos.
Las palabras de Nathan la colmaron de calidez y angustia. Era el único hombre que había visto su corazón. Sus pensamientos viraban del temor a la furia.
Debería ser libre para ser amada como merecía y libre para amar a quien quisiera, pero el pasado la encadenaba con eslabones de culpa y se sintió perdida.
Necesitaba a Nathan, lo deseaba, sentía las rodillas desfallecer del deseo que el hombre le inspiraba.
Necesitaba perderse en su hombría, en sus caricias, olvidar la amarga pesadilla de la que era protagonista.
—Te necesito —dijo ella con voz temblorosa, envuelta en un halo de sumisión que Nathan no le había visto nunca y que lo encendió enseguida como hoguera.
Él parpadeó y ella lo abrazó de nuevo y lo envolvió con su feminidad.
Nathan tuvo un resquicio de molestia por lo vulnerable que era al deseo, había permitido que ella se acercara demasiado y lo tocara, y había recordado cómo era tenerla entre sus brazos.
“Dios mío, ¿por qué me estás haciendo esto, Elizabeth? ¿Qué más quieres? ¿No te alcanza con traerme aquí, donde nos exponemos a un gran peligro y sentirte tan cerca como para que recuerde cómo prendíamos fuego a las sábanas? ¿No te basta con tenerme a tus pies de nuevo?”.
Quiso separarse, pero en cuanto a ella se refería, su cuerpo actuaba solo y se vio abrazándola y arrinconándola contra el primer árbol que encontró.
La estrechó contra su cuerpo y se apropió de su boca en un beso voraz.
—¡Estoy tan furioso contigo! —exclamó en cuanto se separó de ella un momento.
—Lo sé, lo sé —dijo ella perdida en la sensación de estar junto al hombre que amaba, una vez más—. Haz lo que quieras conmigo.
—No me tientes —apenas logró susurrar. La garganta se le había atenazado y el cuerpo respondió con intensidad a su contacto. Una furia posesiva y primitiva lo dominó. Era suya y no dejaría que nada malo le ocurriera.
Elizabeth gimió en cuanto la besó de nuevo. Sintió un escalofrío, una reacción plenamente sensual al recordar la intimidad compartida que ahora parecía tan lejana.
Nathan la acarició por debajo de la camiseta, de pronto tuvo la urgente necesidad de perderse en el placer que la joven le ofrecía y a la vez, marcar el cuerpo suave que se agitaba junto al suyo.
Saboreó su cuello y tocó sus pechos. Necesitaba borrar de su piel los besos y manoseos del narco.
Le agarró el cabello y la obligó a mirarlo.
Estaba muy excitado y no podía importarle menos el que alguien los encontrara.
—He soñado con tenerte así otra vez, quiero follarte y tocarte y que te mojes por mí, solo por mí —dijo con tono ronco y excitado mientras llevaba la mano a su sexo. Estaba húmeda y él se moría por introducirse en su calor.
—Solo por ti, eso no lo dudes nunca.
Nathan le dio la vuelta, le acarició la espalda y el trasero, la notaba ansiosa por recibirlo, en la manera en que refregaba su trasero contra la erección de él.
La aferró de la cintura, tiró de sus caderas hacia atrás y le bajó la licra y la ropa interior, hasta las rodillas, liberando las nalgas, que amasó con caricias apresuradas.
No tardó mucho tiempo en dejar libre su erección, le hizo abrir más las piernas, metió la mano entre los dos y la penetró enseguida.
El gemido profundo de Elizabeth encendió aún más el deseo, que parecía había echado raíces en él y con sus ramas invadía todo su cuerpo.
Le devoró de nuevo la boca, la saboreó con su lengua como si de ella dependiera su último halo de vida, inclinó la cabeza para hacer el beso más íntimo.
Le acarició otra vez las nalgas y el contorno de los muslos.
Le tocó de nuevo los pezones por debajo de la camiseta y la envolvió con tanta fuerza que temió por un momento hacerle daño y trató de controlarse.
Lo sobrepasaban la ira, el desengaño y los malditos celos, sentimientos que pensó no experimentaría jamás, pero esas emociones no eran nada comparadas con el amor que se paseaba entre ellos.
En medio de las embestidas, le aferró de nuevo el cabello y la obligó a mirarlo.
—¿Eres mía? —preguntó en tono de voz ronco y vulnerable.
—Sí —jadeó ella, agradecida por el periodo de gracia que la vida le brindaba antes de volver al infierno.
—Dilo.
—Soy tuya. —Ella imploró por más, necesitaba fundirse en él cada vez que sentía deslizarse dentro de ella la enormidad de su pasión.
Nathan jadeaba, sudaba con el corazón a mil y casi fuera de control, sin importarle que estaban a descubierto, que alguien podría llegar en cualquier momento; las palabras, los suspiros se confundían con el trino de los pájaros y el sonido de otros animales del bosque.
A Elizabeth no le importaba la manera en la que Nathan la sujetaba, estaba un poco incómoda, pero era su manera de decirle cuánto la deseaba y eso la calentaba más.
Nadie la amaría de la manera en que la amaba él y supo de manera determinante que solo la muerte pondría fin a este amor que la invadía.