CAPÍTULO 30 #2
—Demasiado tarde para elecciones —interrumpió en tono de voz frío—. Es lo que hay.
A pesar de su tono airado, había venido por ella y eso era lo único que contaba para Elizabeth. Sin importar lo que la rodeaba, él había enfrentado a un ejército de matones para rescatarla y eso tendría que servir para acallar los reproches a sus dudas.
—Descansa, no sabemos qué va a pasar mañana y me imagino que tu “prometido” no se va a quedar tan tranquilo.
—Ponte hielo en la cara, por favor —dijo ella.
Él asintió y salió de la habitación, atravesó la sala y llegó hasta una especie de zaguán que rodeaba la casa. Leandro estaba sentado en una mecedora y bebía de un botellín de cerveza. Nathan se acomodó en otra mecedora a su lado.
—Clive y William estarán aquí mañana a primera hora.
El hombre le brindó una botella de cerveza que sacó de una nevera que reposaba al lado de la silla. Entró en la casa y salió con una camiseta que le tiró a Nathan, quien se la puso enseguida.
—Lo que tengo que proponerle no le va a gustar ni un poco —continuó el soldado—, pero es la única manera de llevar a término la misión.
—Hable —ordenó Nathan mientras la bebida pasaba por su garganta, refrescándolo, no se había percatado de cuánta sed tenía. Le gustó el sabor, bajó la botella para mirar la etiqueta.
—La clave para atrapar a Orjuela y neutralizar a Rodríguez es Elizabeth, y debemos idear un plan para que ellos sepan que está en nuestro poder.
—¿Utilizarla de cebo? —preguntó Nathan elevando el tono de voz.
—Sí —contestó el soldado.
No podía negar que había pensado en ello durante el trayecto al escondite y la culpa era solo suya por su impetuosidad.
—¡No! Busque otra manera —sentenció categórico.
—Nos lo dejó difícil.
Nathan se levantó de golpe.
—Ya lo sé, también sé que las cosas habrían podido salir francamente mal, y lo lamento, pero salió bien y tampoco hubo víctimas inocentes.
—El hombre nos está buscando por cielo y tierra, mañana será muy difícil salir del país, Elizabeth no tiene papeles. En estas circunstancias, no podrá entrar a Estados Unidos sin que le espere una condena de varios años, ¿la someterá a eso? Necesitamos al par de narcos para poder negociar.
Nathan negó con la cabeza.
—No puedo permitirlo.
Entró de nuevo a la casa y buscó una habitación donde descansar, pero no pudo dormir en toda la noche.
El canto de los pájaros y el ruido de un vehículo al acercarse a la casa, sacaron a Elizabeth de su sueño.
Se despertó desorientada, y se dijo que ya debía estar acostumbrada a que su vida fuera como trayecto de montaña rusa.
Observó la hora en un reloj que había en la mesita de noche, eran casi las once de la mañana.
No había dormido tantas horas desde que salió de Estados Unidos.
Al levantarse, se percató de que alguien había entrado y le había dejado un par de prendas de vestir, una licra, una camiseta y un juego de ropa interior y unos tenis, seguro comprado en alguna población cercana.
Se bañó y se arregló como pudo, y dobló la camisa de Nathan para entregársela tan pronto saliera de la habitación.
Antes de llegar a la sala, escuchó voces que discutían. Hizo lentos sus pasos y prestó atención.
—Es la única manera de salir de este atolladero —dijo una de las voces.
—King no quiere ni escuchar hablar del tema, me lo dijo otra vez esta mañana.
—Me importa una mierda lo que King quiera —soltó otra voz—. Nos jodió todo, salimos ilesos por los pelos. La ciudad está sitiada y pronto este lugar dejará de ser seguro.
—Tendremos que buscar otra salida.
—La única es que ese hijo de puta de Rodríguez sepa que Elizabeth está en nuestro poder.
Elizabeth, confundida, irrumpió en la sala.
—¿De qué está hablando usted? —preguntó mirando a los tres hombres, que carraspearon incómodos.
—Elizabeth —dijo Leandro, el único que conocía—, le presento a parte de mi equipo, Clive Harper y William Forero.
Ella se adelantó y le dio la mano al par de hombres.
—No tiene que preocuparse, Elizabeth, nosotros nos encargaremos de sacarla de aquí.
El hombre de nombre Clive observó a Leandro con ironía.
—¿Qué ocurre, Leandro?
El hombre la invitó a tomar asiento.
—La pondré al tanto, Elizabeth, pero antes necesitamos saber de su salida de Estados Unidos. ¿Vino por su cuenta o alguno de los hombres de Rodríguez la secuestró? Los informes de las autoridades no nos dijeron nada respecto a eso.
—Fue todo tan sorpresivo… —manifestó ella.
Elizabeth empezó el relato de cómo había salido de Chicago y quién la había contactado.
Nathan había llegado a la sala y se posicionó detrás de ella, recostado contra una pared.
Se sentía un cabrón completo a medida que ella relataba la masacre a la que sometieron los hombres de Rodríguez a los hombres de su padre.
Su Elizabeth expuesta a tanto, se la imaginó jovencita, creciendo en un mundo opulento y tan violento y, sin embargo, su alma continuaba intacta, por más que se hiciera la dura, era una guerrera y él la amaba como nunca se había atrevido a amar a una mujer.
Ella era una víctima inocente. No tenía nada que ver con su padre o con Rodríguez, necesitaba escucharla, a esas alturas no le ocultaría nada.
La voz de Elizabeth se escuchaba angustiada al relatar el intento de violación del narco y las amenazas a él.
Sentía los puños agarrotados de las ganas que tenía de golpear algo.
Ella se había dejado manosear del hijo de puta para protegerlo.
¡Dios! Se sintió tan avergonzado, sus reclamos de hombre celoso habían estado muy fuera de lugar.
—Tengo mucho miedo, Marcos es un hombre volátil y muy violento.
—¿Qué sabe de su padre? —interrogó William.
—Nada, no sé nada de él.
—¿Qué tan lejos está dispuesta a llegar en esto, Elizabeth?
—preguntó Leandro con toda la seriedad del caso.
Nathan se incorporó enseguida—. Si vuelve a Estados Unidos irá a la cárcel; si se queda aquí, Rodríguez la encontrará y la matará; su padre, discúlpeme que le diga, no es buen abrigo en este momento con todas las autoridades detrás de él.
Conseguir papeles falsos ahora es muy difícil con toda la sistematización…
—Déjela tranquila —intervino Nathan.
Elizabeth volvió el rostro a él y lo miró sorprendida. La barba espesa le daba un semblante de chico rudo. Se había agenciado una camiseta oscura y llevaba el mismo pantalón de ayer. La nariz y el labio estaban más hinchados que la noche anterior.
—Nathan, nunca tendré cómo pagarte lo que has hecho por mí, pero necesito conocer todas las opciones.
Elizabeth decantó la mirada en el otro hombre. Los demás guardaban silencio. Nathan levantó un dedo señalando a Leandro.
—¡No se atreva!
—Ya la escuchó, debe conocer todas las opciones. —A Nathan le pareció escuchar un tinte de revancha en su voz.
—¡Mierda! —exclamó Nathan mientras llevaba las manos a la cabeza y se jalaba el cabello—. No tienes que hacer nada.
Elizabeth se envaró enseguida.
—Eso lo decidiré yo.
—¿Quiere volver a Estados Unidos? —preguntó Leandro.
—¡Sí! —contestó Elizabeth sin asomo de duda.
—Tendrá que darles a Marcos y a su padre.
Elizabeth se quedó callada unos instantes.
—Mi padre ha hecho mucho daño, a gente de su misma calaña y a mucha gente inocente, estoy segura.
—Se levantó y se abrazó, ese gesto era su manera de protegerse, de darse ánimo—.
Asesinó al hombre del que estaba enamorada, frente a mí, y todo por el pecado de amarlo y porque no lo había escogido él.
—No tienes que hacer nada, yo me haré cargo… —se acercó Nathan, impactado por sus palabras.
—Asesinó al falsificador que me ayudó con los documentos para salir del país. Llevo esas muertes en mi conciencia.
—Hermosa…
Elizabeth se alejó de sus brazos y de su consuelo.
—No deberías involucrarte más —replicó ella mirando a Nathan y luego a Leandro—. Usted me está diciendo que, si entrego a mi padre a las autoridades, podría negociar con la ley y volver a Chicago.
—Sí —afirmó Leandro.
Nathan observó la cara de desolación y pena de Elizabeth.
—A pesar de todo lo que ha hecho, es mi padre —replicó con un tono de voz vulnerable y recordó cómo quiso siempre contar con su aprobación, con su amor, pero él solo amaba el poder y el dinero. Su voz proyectó melancolía y añoranza.
Caminó hasta la ventana y se quedó mirando el paisaje largo rato. Nadie se atrevía a hablar. Después de unos minutos, en los que Elizabeth había ido de viaje a lo profundo de sus penas, tomó una decisión.
—Lo haré, seré el cebo que necesitan, por mí y por mis muertos.
Nathan no le dijo nada y salió furioso de la habitación.