CAPÍTULO 30
Nathan caviló gran parte del trayecto en lo que harían a continuación.
Necesitaba sacar a Elizabeth de Colombia, pero no podía llevarla aún a Estados Unidos; además, ni siquiera sabía qué tan sincera era su excusa de que el narco la había amenazado.
Estaba confuso, cansado, celoso y hambriento de ella, hasta su nariz llegaba aquel aroma que lo envolvía, estaba seguro de que la mujer había utilizado un sortilegio para envolverlo, porque a pesar de estar furioso y celoso, solo deseaba perderse en su boca y en la calidez de su piel.
O a lo mejor era la jodida adrenalina, que hacía su cuerpo echara chispas.
Se distrajo nuevamente, lo ocurrido en el restaurante fue la madre de todos los desafíos que había enfrentado en su vida.
Reconocía su imprudencia y merecía tener la nariz reventada y la boca partida.
Si las cosas hubieran salido mal, estaba seguro de que no se lo habría perdonado nunca.
A medida que avanzaban por la oscura carretera, todo lo ocurrido pasaba por su mente como si de una mala película se tratara, el hijo de puta de Marcos se había atrevido a ponerle un anillo en el dedo a su mujer.
Miró con vistazos furibundos la maldita joya, exhaló profundo y se perdió de nuevo en sus pensamientos, a esa altura y tal como había llevado las cosas, estaba seguro de que habría un cambio de planes y no quería imaginar cuál sería la propuesta del grupo de soldados profesionales, aunque lo adivinaba.
Observó de nuevo el perfil de Elizabeth, que lucía concentrada en quién sabe qué pensamientos.
Nunca una mujer lo había hecho sentir tan inseguro de cada paso dado, ¿y si se había equivocado?
No lo creía, pero la vio tan compuesta sentada en esa jodida mesa con el maldito, se atrevió a comprometerse, a aceptar ese maldito anillo, le había costado mucho de sí no entrar como energúmeno.
¿Y si ella se había reconciliado con su antigua vida?
¿Y si él había hecho el papelón de su vida?
La ira empezaba a nublar sus razonamientos, y en medio de una nube de malos pensamientos e inseguridades, llegaron a una estancia en medio del campo.
El auto frenó ante una cerca de madera. Un hombre emergió de la oscuridad e hizo la cerca a un lado, el vehículo avanzó por una loma.
—Son hombres de mi completa confianza, quiero que estén tranquilos —dijo Iván.
—Pasaremos la noche aquí, mañana con cabeza fría trazaremos un curso de acción —expuso Leandro.
Elizabeth y Nathan asintieron. Llegaron a una casa iluminada, se escuchó el ladrido de un perro.
Un par de hombres armados hizo su aparición en cuanto bajaron del auto, Iván los presentó como Dorian y Luis.
Leandro entró en la casa y revisó cada rincón.
La vivienda era pequeña, pero cómoda y bien distribuida, con muebles funcionales y la decoración típica de esa zona del país, con muebles robustos tapizados en cuero, paredes blancas con algunas pinturas de animales, cafetales y litografías de santos.
—Elizabeth —dijo Iván—, la llevaré a su habitación para que descanse.
—Gracias —contestó ella.
—Yo la llevaré —intervino Nathan—. Indíqueme cuál habitación es.
Leandro levantó una ceja.
—La del fondo a la izquierda —señaló Iván mientras Leandro contestaba el móvil.
Elizabeth se quitó la chaqueta y la devolvió al soldado, que enseguida la dejó en una de las sillas de la sala. Nathan guio a la mujer por el pasillo, ella se estremeció al sentir el contacto de su mano cálida en la espalda, así una delgada tela la aislara de su piel.
En cuanto entraron a la habitación y cerraron la puerta, estalló la tormenta.
—¡Quítate ese maldito anillo! —exclamó mirándola furioso.
Ella obedeció enseguida y lo tiró, el ruido del metal y la piedra contra una de las paredes se elevó por encima de sus respiraciones.
Elizabeth notaba la corriente turbulenta que asolaba a Nathan, se notaba que deseaba algún tipo de acercamiento, pero había puesto un muro alrededor que ella no podría escalar en ese momento.
—¡El vestido! —continuó él. Elizabeth miró a lado y lado, no había ropa alguna por el lugar. Nathan, adivinando la causa de su desasosiego, se desabotonó la camisa que llevaba y se la tiró—. ¡Hazlo! —insistió—. No creí que el estilo zorra fuera de tu agrado.
—¡Cuidado, Nathan! No tienes ni idea de lo que he pasado —contestó ella altiva.
Él sonrió por lo bajo y negó con la cabeza varias veces.
—Por fin algo familiar, aunque no sé qué diablos creerte —concluyó dolido observando cada centímetro de piel que la mujer expuso ante él sin ningún pudor.
Los dedos le picaban por el anhelo de tocarla, de abrazarla.
Notó algunos rasguños en las piernas y unos cardenales en los brazos.
Si ese hijo de puta la había lastimado de alguna forma… pero ni eso lo ablandó.
—Quiero darte una explicación —susurró ella en tono de voz bajo al observar la manera en que Nathan la miraba. Se terminó de abrochar la camisa y sintió las piernas desfallecer al quedar envuelta en su aroma y su calor—. Merezco todo lo que quieras decirme.
—No querrás saber lo que pienso en este momento ni tampoco lo que me gustaría decirte, no nos aportaría nada —señaló displicente elevando el tono de voz—.
Tengo muchos defectos y una de mis mayores fallas —se acercó a ella con el ánimo de tocarla de alguna forma, pero el orgullo se lo impidió, puso sus manos con los puños apretados en los bolsillos de los pantalones— ¡es que aborrezco que me vean la cara de tonto!
—Lo siento mucho —trató de acercarse, pero Nathan dio un par de pasos hacia atrás—, déjame explicarte…
—¡Debes sentirlo! ¿Cómo pudiste mirarme a los ojos y ocultar la enormidad de lo que ocurría con tu vida? —rugió. Estaba seguro de que sus reclamos se escuchaban por toda la casa, pero no le importó.
Elizabeth se sentó en la cama mientras veía su nuez de Adán subir y bajar al compás de su ira y cómo trataba de contenerse.
—¡Contéstame, maldita sea! —gritó él acercándose a ella.
—¡Como puedes ver, no es algo de lo que me sienta orgullosa! —se defendió ella.
—¡Pudiste advertirme! —bramó, incapaz de detener la andanada de reproches que tenía atravesados en su garganta desde el día en que ella había desaparecido de su vida. La agarró del brazo y la obligó a levantarse—. ¡Me mentiste!
—¡No te mentí!
Nathan resopló.
—¡No me vengas con monsergas, omitir es igual a mentir, lo que hiciste estuvo mal!
—¿Por qué viniste si no me vas a creer lo que te diga? —protestó ella mientras trataba de zafarse.
—¡Ni siquiera sé quién eres! —dijo, tratando de escrudiñar el terrible enigma que Elizabeth era en su vida.
La mujer se alejó unos pasos—. Todo el tiempo te pedí que me contaras, te pedí que me hablaras.
Tuviste cantidad de oportunidades para hacerlo, ten por seguro que no estaríamos en esta situación.
—¡No podía hacerlo! —exclamó ella sin saber que más decir.
Nathan necesitaba herirla de alguna manera.
—Pues lo que vi en esas fotografías y esta noche, en el maldito restaurante, es una parte de ti que no conocía ni imaginaba. ¿Te acostaste con él? ¿Te gustó?
—¡Para ya! —exclamó en voz alta y enfrentándolo—. Gracias por rescatarme, pero en este momento estás siendo un imbécil ¡Me estás juzgando sin escucharme! ¡No soy una puta!
—¿Lo amas? —preguntó, ciego de ira. Se negaba a sentir algo de empatía, la rabia y los celos lo tenían obnubilado.
—¡No! ¿Cómo se te ocurre preguntarme eso? —preguntó ella exaltada.
—¿Sabe qué eres mi esposa o es otro incauto al que le vienen bien las omisiones? —señaló en tono plano pero letal, al observar el cardenal que la mujer llevaba en su cuello.
Ella se cubrió con la mano el moretón que el narco le había hecho.
—Lo sabe, pero a esa clase de hombres les importa muy poco lo que los demás piensen.
—Necesito entenderlo, sabía que algo turbio te rodeaba, pero esto… —dijo él exasperado.
—¡Te lo advertí muchas veces! Te lo dije una y otra vez, muy en el fondo lo sabías, era una mala apuesta, pero pasaste por encima de todo eso. ¿Por qué diablos viniste? —interrumpió ella—. Yo era capaz de solucionarlo.
Nathan se rio amargamente y bajó la cabeza para intentar calmarse.
—No lo sé... —Quiso decirle que de pronto había sido la promesa de amor que había visto en sus ojos la noche anterior a su desaparición, mientras la hacía suya, el hecho de que estaban construyendo un hogar…
O necesitaba que le dijera a la cara que sus sentimientos habían sido livianos en comparación a todo lo que él sentía por ella.
Mirando la expresión vulnerable en los ojos de su esposa, un destello como si hubiera abierto una puerta le permitió vislumbrar su interior, su dolor, y un potente anhelo anegó su garganta.
Cuán perdido se sentía, cuán triste, ya que vio en el alma de Elizabeth el miedo y el desengaño por una vida que no pidió y por primera vez desde que la había encontrado se sintió estúpido, pero todavía no podía ir a ella, no quería ir a ella, aún hervía de rabia.
Elizabeth adivinaba las dudas que carcomían su alma. Comprendió que Nathan veía las cosas desde el agujero del dolor y quiso una tregua.
—¿Eres valiente o eres tonto? —preguntó ella con el deseo de abrazarlo, de cobijarse en él, así estuviera furioso.
Verlo así, con el torso desnudo, la llevó de manera irremediable al recuerdo de la intimidad compartida.
Quiso aliviar su nariz lastimada y poner algo de hielo en su labio.
Quiso aferrarse a él con su vida y no soltarlo jamás.
Nunca había necesitado tanto del contacto con otra persona como en ese momento, pero tuvo el presentimiento de que él no lo aceptaría de buen grado. Se abrazó a sí misma para enfrentarlo.
—No soy valiente, ahí tienes tu respuesta —expresó dolido.
—Si pudiera devolver el tiempo, si tan solo pudiera hacer eso, elegiría no conocerte, así estarías a salvo y feliz. Si tan solo…
Nathan resopló.