CAPÍTULO 29 #2
En ese momento, uno de los escoltas que estaba en la entrada lo miró de mala manera, él se dio media vuelta e hizo un rodeo para despistarlo.
Al pasar frente al baño de damas, tuvo una idea.
Puso el aviso de “fuera de servicio”, y se metió dentro.
Si como pensaba Elizabeth lo había visto, ella buscaría la manera de salir de la mesa e ir a buscarlo.
Y rogaba porque ella interpretara correctamente las señales.
Era una apuesta arriesgada, en medio de tan delicadas circunstancias, pero era la única opción que tenía para poder hablar con ella sin desatar una masacre.
Elizabeth pidió un tequila tan pronto llegaron al restaurante, necesitaba de un trago fuerte para enfrentar la cena que le esperaba.
Marcos le presentó a las tres parejas de amigos a medida que iban llegando, ella devolvió una sonrisa sin retener ninguno de los nombres y sin tener el más mínimo interés en entablar algún tipo de conversación.
En el momento en que ordenaron la cena y un sommelier se acercó con una botella de champaña, Marcos se levantó de la silla y pidió silencio.
—Ustedes son mis amigos más cercanos, los invité esta noche porque esta hermosa mujer ha vuelto a mi vida y quería celebrarlo.
El día de hoy oficializaremos nuestro compromiso, ya que María Fernanda ha accedido a convertirse en mi esposa.
—Marcos la observó con mirada ardiente—.
No hallo la hora de disfrutar de los encantos del compromiso y del matrimonio —concluyó con intención sin dejar de observarla.
Hizo el brindis, las parejas levantaron las copas y los felicitaron por la buena nueva.
Elizabeth solo podía pensar en que el muy hijo de puta le había hecho una encerrona y tendría que acostarse con él esa misma noche. El plazo había caducado, el hombre tomaría lo que creía era suyo por las buenas o por las malas. “Antes muerta”, caviló, mientras bebía el champaña de golpe.
—¿Nerviosa, mi reina? —preguntó Marcos en su oído mientras sacaba un estuche de su bolsillo que puso frente a ella.
Elizabeth tomó la caja y no pudo evitar recordar una situación similar con Nathan, pero en unas circunstancias tan diferentes que los ojos se le aguaron.
Los invitados a la cena pensaron que era de emoción.
—¿No la vas a abrir? —preguntó una de las mujeres.
Elizabeth asintió, abrió la caja y un anillo ostentoso, y hermoso, tenía que reconocerlo, hizo su aparición.
Acarició la cadena que no se quitaba desde el día de su huida y se colocó reacia la joya en su dedo medio, pero Marcos, al ver el gesto, lo corrigió enseguida y le puso la argolla donde antes había estado la de Nathan.
—Gracias —susurró nerviosa y con otra sensación de pérdida. El hombre profanaba con sus caricias y gestos algo que había sido solo de Nathan, quiso morirse, pero ajustó la máscara para que nadie percibiera su desolación—. Es muy hermoso.
La joya le pesaba, no tenía idea si era por la piedra de gran tamaño o que la percibió igual al grillete de un recluso que empezaba a pagar una condena.
—Me alegra que te guste, otro brindis por eso.
Quería huir, no importaba a dónde, lejos de ese infierno envuelto en joyas, ropa cara y escoltas, nada de eso era su vida.
Entonces levantó la cabeza, y vio un reflejo a través del cristal de la puerta que por un momento la dejó sin respiración.
Nathan había venido por ella, fue todo lo que pudo deliberar mientras disimulaba el desasosiego que la invadió, estaba segura de que todos los presentes escuchaban los latidos de su corazón.
Necesitaba salir del lugar, advertirle que se fuera, que lo único que haría sería ponerse en peligro.
No podía llorar y tampoco dejar de mirarlo cuando sus ojos quedaron encadenados entre sí.
—Voy a ir al servicio —dijo, despabilándose enseguida. Distrajo a Marcos dándole un beso en la boca que le supo a hiel.
—Recuerda tu promesa —dijo el narco—. Estoy impaciente porque lleguemos a casa, mi reina—. Le estrujó una de las nalgas antes de dejarla ir.
Elizabeth asintió sin escuchar lo que decía, solo tenía a Nathan en el pensamiento.
Quiso correr, pero tenía que disimular, la vida de él dependía de eso, apenas podía caminar sostenida por la esperanza de que lo que había visto a través del cristal no fuera una alucinación producto de todo lo que estaba viviendo.
Uno de los escoltas parado a lado y lado de la puerta del salón caminó tras ella, no sabía para dónde echar a andar, caminó rumbo hacia la salida, pero el escolta le dijo:
—Si va para el servicio de aseo, es por ese pasillo.
Elizabeth quiso llorar de frustración, no podría salir corriendo, lo pondría en la mira de los matones.
O a lo mejor había sido un espejismo. El hombre la siguió por el pasillo hasta que llegaron a la puerta del baño.
En cuanto vio el aviso de “fuera de servicio” casi le fallan las piernas y algo parecido al alivio humedeció su mirada.
¿Podría ser? No tenía nada que perder. Tendría que dar un salto de fe.
—¿Qué? —preguntó al escolta de mala manera, envalentonada al ver que la cerradura estaba sin llave y podría entrar sin problema—. ¿También vas a entrar conmigo?
El hombre lució avergonzado.
—El baño está fuera de servicio —dijo señalando la etiqueta.
Ella recurrió a su tono más prepotente.
—Para mí no, déjame tranquila.
El escolta no contestó y se cuadró frente a la puerta dispuesto a esperarla.
En cuanto entró al lugar, Nathan salió de uno de los cubículos y ella ahogó un gemido de desesperación llevando la mano a su boca. Cerró sus ojos un momento, y cuando los volvió a abrir, brillaron, iluminados por las lágrimas. El silencio se hizo espeso por un momento.
La aferró del brazo, mientras miraba el móvil al que le había acabado de entrar un mensaje.
—No hay tiempo para charla. Esto es una improvisación en toda regla, vamos a sacar tu culo de aquí enseguida.
— ¿Cómo? —preguntó asustada y negó con la cabeza—. ¡Es una locura! Debes irte. Marcos es un hombre muy peligroso, tiene un ejército allá afuera, te matará.
Nathan soltó una risa que no llegó a sus ojos.
—Yo también tengo mi propio ejército, son expertos en salvar el culo de un imbécil como yo. No era aún parte del plan entrar aquí y sacarte, pero no pude tolerar la manera en que ese hijo de puta te puso las manos encima.
El móvil de Nathan vibró de nuevo. Él leyó el mensaje.
—Vas a hacer lo que te diga.
—Sí.
La miró furioso.
—Eso es nuevo, por fin Elizabeth Castillo seguirá una recomendación mía. ¿O debo decir María Fernanda Orjuela?
En cuanto ella iba a replicar, se escuchó el sonido de una alarma, a lo mejor era de la estación manual de incendios, seguido de la activación de los rociadores, se percibían pasos y voces que se elevaron hasta ellos. Se escucharon golpes en la puerta y alguien trató de abrirla sin éxito.
—¿Señora? —preguntó el escolta de Elizabeth.
—Un momento, por favor —respondió ella.
En ese momento escucharon pasos fuertes y un golpe, cuando volvieron a tocar, fue la voz de Leandro la que se escuchó.
—Salgan enseguida.
Elizabeth se quedó estática sin saber qué hacer.
—Dijo que te mataría y a mis padres también.
Una mirada asesina atravesó a Nathan.
—No se atreverá.
—No lo conoces.
—Tendrás que confiar en alguien por primera vez en tu vida.
¡Vamos! —Nathan le tendió la mano y ella la aferró, él era su única esperanza de salir de ese infierno.
Era su Nathan y a la vez alguien que no reconocía, pues un halo de rudeza lo circundaba, aunque la situación en la que estaban no era para andarse con chiquitas.
Quiso ver su sonrisa, la que le prometía cosas y no ese gesto adusto tras el que bullía un huracán, capaz de arrasar con todo.
Le cedió el control, pues supo sin lugar a dudas que él la libraría de la desgracia.
Nathan tiró de su mano y abrió la puerta, el lugar era un caos, con el agua cayéndole a todo el mundo y el sonido de la alarma que vibraba sin parar.
El escolta yacía en el suelo inconsciente.
Leandro miró furioso a Nathan y salieron por el pasillo hacia el callejón por donde el empresario había entrado sin encontrar escoltas del narco.
El tiempo lo era todo, Elizabeth se quitó los zapatos para caminar al ritmo del par de hombres.
Leandro hizo una llamada y le puso su chaqueta encima para disimular el color del atuendo, gesto que Elizabeth agradeció, pero por un motivo diferente, ya que temblaba sin control.
—Callejón en seis segundos —manifestó Leandro a la voz del aparato.
Al llegar a la acera varios hombres de Marcos trataban de entrar al lugar, pero el personal saliendo les impedía tomar alguna acción.
El auto que conducía Iván frenó enseguida.
Marcos ya debía haber dado aviso de la desaparición de su prometida, pues los hombres tenían la mirada puesta en cada una de las personas que salían del lugar.
El auto de Iván estaba parqueado donde antes había estado el camión de licor.
Nathan exhaló un suspiro de alivio al verlo, el ceño fruncido de Leandro le importó muy poco, tenía a Elizabeth con él.
Los tres se montaron al auto enseguida. Leandro con el conductor, la pareja atrás.
Uno de los escoltas de Marcos vio a Elizabeth de refilón y corrió hacia ellos, el hombre soltó un disparo de su arma cuando ya el auto se alejaba.
Iván, al percatarse que la bala había dado en el espejo retrovisor, hizo una maniobra de zigzag, lo que evitó que ninguna otra de las pocas balas que el hombre disparó diera en el blanco.
—Tenemos que deshacernos de este vehículo enseguida —soltó Iván—. Va a estar caliente en menos de dos minutos.
El ambiente dentro del auto estaba saturado de tensión, nadie pronunciaba palabra.
Llegaron en menos de diez minutos al garaje de una casa, un par de hombres abrió las puertas enseguida, y ellos entraron al lugar.
Leandro se bajó furioso. Nathan lo siguió.
El hombre lo aferró de las solapas de la camisa y lo estrelló contra la primera pared que encontró.
—¡¿Qué parte de que se debía quedar en el maldito auto no entendió?! —Le dio un puñetazo en el rostro y lo soltó.
Nathan se incorporó.
—No podía dejarla en manos de ese hijo de puta —replicó como si esa fuera razón suficiente, mientras se llevaba la mano a la nariz que le sangraba de manera profusa, ya sentía el labio hinchado.
El hombre negó con la cabeza.
—¡King! ¡Puso en riesgo a mi equipo y la misión!
—Elizabeth está conmigo, no creo que la misión se haya puesto en riesgo.
La aludida, que se había bajado del auto, observaba en silencio el intercambio.
—Sí puso en riesgo la vida de mis hombres… —manifestó Leandro.
—Sus hombres son profesionales, no creo que hayan corrido peligro.
Iván, que había entrado al interior del lugar, salió de nuevo e intervino en la discusión.
—Hay que movernos, la ciudad estará sitiada en minutos, iremos a una casa de seguridad.
—Yo preferiría salir del país enseguida —propuso Nathan.
—Ah, ¿sí? ¿Con qué papeles? ¿Elizabeth trae de casualidad entre su ropa un maldito pasaporte?
¡Bingo! Nathan no había pensado en ello. Se quedó en silencio ante la mirada punzante que le destinó el soldado. En ese momento entró una llamada al móvil de Leandro.
—Bien —dijo y luego colgó.
—¿Están bien, cierto? —preguntó Nathan con cierto tono sarcástico.
—¡No se haga el listo conmigo! Hasta que arreglemos lo de los papeles, tendremos que escondernos en una casa de seguridad en el campo.
—¿William y Clive? —soltó Nathan.
—Se reunirán mañana con nosotros. La misión no ha terminado y usted lo sabe.
Elizabeth miro a uno y a otro.
—¿Alguien salió lastimado en el restaurante? —preguntó Nathan, pensando en la cantidad de gente que había en el lugar.
—Gracias a Dios no hubo víctimas inocentes, fue una jodida suerte que su imprudencia no pasara a mayores.
—¡Vamos! —soltó Iván en cuanto una camioneta oscura entró al garaje—. No se preocupe, King, en La Ceja —Iván se refería al poblado donde irían— estarán custodiados.
—Quisiera poder cambiarme —soltó Elizabeth contrita.
—No creo que se pueda ahora —contestó Leandro.
Ya acomodados en la camioneta rumbo a La Ceja, Elizabeth trataba de dilucidar el talante de Nathan, pero el rostro del hombre era inescrutable y se preguntó qué tan rotas estaban las cosas cuando él no era capaz de mirarla a los ojos.
Cuánto lo había añorado, cuánto había deseado un abrazo de su parte o que la llamara “hermosa” con ese tono de voz ronco y espaciado que le aflojaba las rodillas, la ausencia viraba los sentimientos a otras dimensiones.
La noche en Las Vegas era uno de los recuerdos más bellos de su vida, si esa última mañana hubiera sabido todo lo que tendría que enfrentar, se hubiera aferrado más a él, hubiera buscado su abrazo, sus besos, sus caricias.
De haberse tenido que casar con Rodríguez, estaba segura de que hubiera muerto de tristeza, no hubiera sido una muerte noble, merecía cada segundo del infierno vivido, pero por lo visto alguien allá arriba no pensaba igual que ella, porque él había ido en su rescate.
Dio gracias a Dios y quiso prometer cosas, pero no se atrevió, no quería ser una creyente interesada, el día que volviera su rostro a Dios lo haría con el alma y sin esperar nada a cambio.
Su mirada se perdió en la oscuridad de la noche a medida que el vehículo avanzaba a su incierto destino.