CAPÍTULO 29
Los hombres estuvieron listos a tiempo para cumplir con la hora de la reservación en el lujoso restaurante. Vestían ropa informal pero elegante, como ejecutivos que estuvieran en la ciudad por negocios.
—Nathan, aún está a tiempo de esperarnos, vea una película o tómese un trago, Clive trajo un whisky decente —soltó William mientras se acomodaba el cabello en el espejo del salón.
—No insistan, iré con ustedes —afirmó Nathan con una expresión seria que no admitía discusión.
En el auto, Leandro le hizo varias recomendaciones, entre ellas, que por ningún motivo dejara el vehículo y que no debía exponerse a ser visto por los escoltas de Rodríguez, ya que a lo mejor lo tenían fichado.
—Si se encuentra con alguien, no abra la boca, solo diga “sí” o “no”, por más de que hable español, lo hace con acento.
Leandro parqueó el automóvil debajo de un frondoso árbol que proporcionaba un halo de oscuridad a esa zona de parqueo, el espacio estaba ubicado entre la puerta principal y un callejón que daba a una puerta del servicio o entrada de personal.
El automóvil de Iván estaba parqueado una cuadra más abajo.
—Entren ustedes primero —dijo Leandro a William y a Clive, yo iré en siete minutos. Tratemos de ser muy casuales, como una reunión de amigos o una cita de negocios.
—Podríamos fingir ser pareja, cariño —propuso William a Clive en tono bromista.
—Pareja tu culo —refutó enseguida Clive—. Eres muy bajo para mi gusto.
—Como sea —intervino Leandro—, largo de aquí, empezamos ya.
—No hay escoltas, ni camionetas —señaló Nathan.
—No han llegado aún, mejor para nosotros.
Los dos hombres bajaron del auto y entraron al restaurante.
Nathan estaba nervioso, la vería en minutos.
El temor se le asentó como plomo en el estómago e hizo lo posible por relajarse.
En ese momento, varias camionetas hicieron su aparición por la vía, uno de los vehículos se ubicó unos metros más allá de la puerta, otro en la mitad y el último unos metros detrás.
Unos ocho escoltas bajaron de los diversos vehículos y se situaron en diferentes puntos: dos en una esquina, dos al frente, otros dos en diagonal a donde ellos estaban (esos serían los que entrarían con la pareja al local), otros dos quedaron en la otra esquina.
Un guardaespaldas armado se paró frente a la puerta trasera de la camioneta con vidrios blindados de donde bajó Marcos Rodríguez.
Nathan empezó a sudar frío en cuanto la vio descender del vehículo y tomar la mano que el narco le ofrecía.
Él enseguida la aferró por la cintura, del mismo modo que él ya había visto en una de las fotografías.
Estaba muy hermosa, con un vestido dorado corto que mostraba sus torneadas piernas y el rostro muy maquillado.
Cuando se ubicó en un tramo de luz, allí en la acera, sintió un tirón en las entrañas al ver sus labios pintados de rojo oscuro y los ojos maquillados con sombras brillantes, podría jurar que llevaba unas malditas pestañas postizas.
Esta llamativa mujer era una versión muy diferente de la que él había conocido en Chicago.
En cuanto agitó su cabello, una profunda emoción sepultó la riada de sentimientos oscuros y contradictorios que iban y venían por su pecho como puertas de vaivén.
Quiso correr a su lado y arrebatársela al malnacido que la custodiaba.
Su deseo de ella, de toda ella, lo invadió como si hubiera caído bajo el influjo de una virosis repentina.
—No se atreva —soltó Leandro.
—No sé de qué habla —farfulló él sin dejar de mirarla.
—Se nota que quiere ir tras ella y no quiero dejarlo sin sentido aquí en el vehículo o tener que romperle la nariz, usted escoge.
Nathan ni siquiera se molestó en mirarlo, no desprendió la vista de ellos hasta que entraron al restaurante. La tensión dentro del vehículo era evidente.
—Debe calmarse, King, apenas estamos empezando el seguimiento, tendrá que acostumbrarse a verla en distintos escenarios antes de que logremos acercarnos a ella.
Nathan siguió en silencio. Leandro lo observó esperando su afirmación.
—Tranquilo, hombre. No me acercaré a ella hasta que sea el momento.
—Bien —contestó el exmilitar ceñudo.
Al cabo de pocos minutos, observaron cómo llegaban otras personas con sus escoltas, la calle se tapizó enseguida de guardaespaldas.
—Espero que no vaya a hacer alguna tontería.
Leandro bajó del auto y caminó por entre un grupo de escoltas que lo detallaron de arriba abajo y Nathan observó de lejos que le hacían preguntas y lo requisaban.
Él habló, sonrió, accedió a la requisa y entró con propiedad al lugar, los hombres miraron el vehículo de donde había descendido, observaron a Nathan y después siguieron en lo suyo, el aspecto del empresario era diferente en esos momentos a las fotografías que ellos tenían, lucía más delgado, con el cabello más largo y barba de varios días.
Aún no se recuperaba del impacto de volver a verla y en un rapto de honestidad para consigo mismo, se dijo que siempre supo que algo turbio la rodeaba.
El reto que supuso conquistarla sin importar lo que era lo hacía quedar como el adolescente inmaduro al que siempre había reprendido Brandon.
Y allí, escondido en un auto en un lugar tan lejos de su mundo, le dio vergüenza, con él mismo, con sus hermanos, con la señorita Selma y con su madre, pero también reconoció con absoluta franqueza que lo haría una y mil veces, por todo lo que la mujer le inspiraba.
Su motivación egoísta, esa que lo llevaba a buscar emociones diferentes, intensas, estar hasta el tope de adrenalina, no era lo que lo había impulsado a buscarla, sabía que a lo que se enfrentaba no era a una carrera en moto acuática, tampoco habría trofeo al terminar la misión; bueno, eso no era cierto, si todo salía bien, tendría a Elizabeth a salvo y eso era motivación más que suficiente, después ya vería.
La calle estaba tranquila, pero la mente de Nathan trabajaba a presión, ni de coñas se iba a quedar tan tranquilo después de ver a su mujer en brazos de otro hombre.
Se preguntó de qué manera podría entrar al lugar, pero sería difícil hacerlo sin ser detectado por los hombres que lo rodeaban; luego, si lograba pasar como cuerpo glorioso por entre la riada de escoltas, entraría al lugar y cuando estuviera dentro, ¿qué?
No podía simplemente dirigirse a la mesa y sacar a Elizabeth en versión asaltante del oeste, no, habría un baño de sangre.
Un camión pequeño que llevaba en sus laterales la imagen de una empresa de licores estacionó a unos metros de los autos de los narcos, tapando la visión de los escoltas del perímetro en el que estaba Nathan, lo que se convertía en una repentina ventaja para él.
Empezó a sudar la gota gorda. Sería un golpe de suerte o su desgracia, pero se negaba a ver de lejos los acontecimientos sin participar.
Tendría que arreglárselas para pasar desapercibido cuando entraran el licor.
Vio cómo un hombre se bajaba del vehículo, sacaba dos cajas de cartón de la parte trasera y se perdía por el callejón, dejando la puerta del camión abierta.
Nathan no lo pensó más, salió del auto enseguida y con la oscuridad como cómplice caminó atravesando el auto y llegó directamente hasta el vehículo, rogando que hubiera más cajas.
Sí las había, sacó una y anduvo el mismo trayecto del hombre, nadie lo vio, estaba asombrado, fue como si todo el tiempo un manto de invisibilidad lo hubiera cubierto.
Al llegar a la puerta trasera del restaurante, el hombre del camión salió al tiempo que Nathan le entregaba la caja y un fajo de billetes pidiéndole silencio con una señal.
El conductor miró la caja sellada, el dinero y por último a él.
Dejó de respirar, si daba aviso, no lo tendría fácil.
Le cedió el paso. Nathan desembocó a un pasillo y caminó hasta llegar a tres puertas cerradas, era la parte administrativa del negocio.
Al frente estaba la cocina, de donde salieron dos meseros con una orden.
Necesitaba una maldita camisa blanca, el pantalón oscuro que llevaba puesto tendría que servir.
Abrió varias puertas sin encontrar lo que buscaba; los meseros lo miraban con curiosidad, pero estaban ocupados y ninguno cuestionó su presencia, a lo mejor pensaban que era algún escolta revisando el terreno, cosas más raras habrían visto.
Apartó una puerta y dio a una habitación donde había varias piezas de ropa, tomó una camisa que estaba colgada de un gancho y se la puso enseguida, agradeció que llevara una placa de identificación, le iba un poco justa, pero no le importó.
Decidió ponerse el arma entre la media y taparla con la bota del pantalón.
Un sudor frío le recorrió la nuca en cuanto entró al comedor del restaurante.
Era un lugar amplio y estaba muy concurrido, con comensales degustando diferentes platos, de pronto ya no le pareció tan buena idea haber entrado, si había un enfrentamiento, moriría gente inocente, por entre unas puertas transparentes divisó a Elizabeth y a Marcos que departían con tres parejas más y se olvidó de todo para centrarse en ellos.
Marcos hacía un brindis y vio enseguida palidecer el rostro de Elizabeth.
La cara de Leandro en cuanto lo vio aparecer no tenía precio, pero no se levantó enseguida, los tres mercenarios se quedaron a la expectativa de lo que Nathan planeaba hacer.
Clive levantó el móvil de la mesa e hizo una llamada.
Él se quedó estático mirando la pareja por entre el cristal, mientras el tipo le daba una joya.
Por unos segundos, los ojos de Elizabeth fueron más allá del cristal y se quedaron fijos en los suyos.
La emoción lo embargó, y aunque ella de inmediato debió cambiar la mirada, supo que lo había visto.