HERMANOS KING CAPÍTULO 28 #2
59%

CAPÍTULO 28 #2

Consternada, recorrió el centro comercial durante más de dos horas.

Decidió gastar una buena suma de dinero en ropa y zapatos, sabía de memoria cómo era el vestuario utilizado por las mujeres de los narcos, llamativo, pegado al cuerpo, ostentoso y muy costoso.

Si iba a representar el papel de su vida, tendría que ceñirse al vestuario para no levantar sospechas.

Había desistido de escapar, no podría hacerlo sin poner en peligro la vida de Nathan.

Él era lo único que importaba. Pasó de largo por el almacén de vestidos de novia.

Esa noche alegó dolor de cabeza y se recluyó en una habitación de otra de las mansiones del matón en una exclusiva zona de Medellín, decorada con boato y un ambiente algo recargado para el gusto de Elizabeth, pero se guardó sus opiniones, el lugar estaba tapizado de escoltas.

Marcos entró alrededor de las nueve de la noche y la levantó de cama jalándole el cabello, la llevó al vestier sin soltarla y sacó un vestido de una percha.

—¿Te vistes o te visto? —Tiró la prenda encima de la cama y le jaló duro el cabello—. Aunque no me molestaría pasar la noche en esta cama, mi reina.

Ella lo miró aterrada.

—Me arreglaré, no necesitas ponerte así, solo descansaba un rato.

El hombre la soltó.

—Ya me parecía. No quiero jueguitos.

Se observó la prenda en el espejo, era un vestido negro corto, demasiado pegado al cuerpo, que la hizo sentir incómoda.

Se peinó el cabello liso con desgana y se maquilló como hacía años no lo hacía, necesitaba disimular los cardenales y las ojeras, no sabía si estarían solos, si saldrían, no sabía nada.

Marcos quedó sorprendido en cuanto apareció en el salón.

La llevó a un comedor que daba a un jardín, donde una mesa, vestida de forma elegante, los esperaba, y cenaron a la luz de unos candelabros con dos parejas de amigos.

Cenar era un decir, Elizabeth jugueteó con la comida todo el rato y prestó poca atención a la conversación.

Cada mirada, cada insinuación y cada roce de Marcos era un suplicio para ella, pues el hombre aprovechaba cada instante para tenerla cerca y tocarla.

Después de la cena y de que se despidieran sus amigos, la invitó a dar un paseo por el jardín, donde aprovechó para besarla y manosearla, ella quería matarlo, sentía el corazón arrugado de tristeza al ver que no podía rechazar sus gestos y besos sin hacerlo entrar en sospechas.

Marcos profanaba los últimos besos y caricias de Nathan.

Le acariciaba las nalgas y el contorno de su cuerpo.

Elizabeth impostó una falsa sonrisa y como veía que estaba perdiendo el control, lo separó.

—No hay prisa, Marcos.

Marcos sonrió y la beso otra vez con avidez, el sabor a licor mezclado con el aroma del hombre le produjo a Elizabeth una náusea, que controló como pudo para que él no lo notara.

—Me excita cuando pronuncias mi nombre, con ese modito que no he olvidado, imagino el día en que mi polla este dentro de ti y digas mi nombre una y otra vez.

—Pronto lo haremos —lo engatusó ella con mirada de besugo.

—Eres la única mujer a la que he esperado, no tienes idea. Nos comprometeremos pronto y espero que estés más que dispuesta. No aguanto más.

A Elizabeth se le acababa el tiempo y no tenía muy claro lo que haría, tenía la esperanza de que su padre la rescatara antes de que el narco le pusiera una mano encima. Decidió jugar una carta.

—Está bien, el día del compromiso seré tuya.

El hombre la miró satisfecho, no había sido tan difícil, caviló ella, pero en cuanto cerró la puerta de su habitación se preguntó cómo diablos haría para evitar cumplir su promesa.

****

John Martínez fue el último en entrar a la reunión que sus dos compañeros tenían con los dos agentes de la agencia antidrogas que tomarían el caso de María Fernanda Orjuela: Clay Sanders y Earl Wolf, conocidos en la agencia por haber perseguido, cazado y llevado a más un capo de la droga, de cualquier lugar del mundo, a los Estados Unidos.

Se frotó los ojos y se pellizcó el puente de la nariz con frustración, ese tipo de reuniones lo fastidiaban y sobre todo la de hoy, en la que tendrían que deponer las armas por el “bien común”.

Ya la reunión había dado inicio, Tommy lo miró con reprobación.

—Vale —dijo Sanders—. Vamos a repasarlo una vez más.

—Estás muy lento, Sanders —rebatió Tommy, aún avergonzado y furioso de que Nathan King se hubiera burlado de él como si fuera un mocoso.

—Todo está en el informe, no voy a repetirlo, Clay —intervino Linda, que había tratado de mantenerse amable durante toda la reunión. Pero la sonrisa condescendiente del par de agentes la puso de tan mal humor que tuvo que apretar los dientes.

El aludido se echó hacia atrás en la silla y puso ambas manos en su abdomen.

—Me causa mucha curiosidad por qué no nos llamaron tan pronto tuvieron la sospecha de que fuera ella la hija de Orjuela.

—No estábamos seguros, hubiera sido peor si hubiéramos hecho un escándalo y se hubiera quedado en nada, solo un simple delito federal.

—La mujer está desaparecida, el esposo también, el hermano mayor del esposo está sitiado por un muro de abogados, tienen que reconocer que perdieron el tiempo. Aunque les garantizo que esto es lo más cercano a una pista de la vida del hombre desde que entró en la clandestinidad.

—Un tiempo valioso para dar con el narco Orjuela —interrumpió Wolf la perorata del otro oficial.

—Lo hecho, hecho está, y no nos vamos a disculpar por hacer el trabajo de la manera más concienzuda posible.

—¡Ja! —soltó Sanders.

—¡No voy a permitir más bromas ni burlas! —aseveró Marshall—, todo se hizo conforme a los protocolos.

—Según los protocolos, esto debió estar en nuestras manos por lo menos hace dos meses.

—Señores —intervino de nuevo Linda, viendo que ninguno de los dos iba a ceder—.

Es lo que hay y no podemos colocarnos en una situación que perjudique lo que se ha hecho, según un informe de esta mañana, tanto María Fernanda como Nathan King están en Colombia, este último en compañía de un grupo de mercenarios de Tony Mc Cabe.

—King contrató a las ligas mayores.

—Tiene el dinero para hacerlo, ha ido tras su esposa —afirmó Linda.

—Y tras el padre —aseguró Wolf.

—¿Tú crees? —preguntó John Martínez.

—Claro, estoy seguro, Orjuela será su moneda de cambio para negociar.

—¡Ni de coñas! —golpeó Linda la mesa.

Sanders levantó la cabeza del informe que leía y le lanzó una mirada burlona.

—Pues si el equipo de Mc Cabe y el señor King ponen a Orjuela en nuestra mira, no seré yo el que niegue algún tipo de negociación.

Martínez, Linda y Marshall observaron al par de agentes con evidente molestia.

—Es lo que hay, el bien común prima sobre el bien personal, y si con ello impedimos que algunas toneladas de coca entren al país, pues estaremos dispuestos a hacer la vista gorda con María Fernanda Orjuela.

Linda resopló.

—Como si el narcotráfico fuera a desaparecer por poner a uno de tantos narcos tras las rejas.

—Algo es algo.

Ambos hombres se levantaron, dando por concluida la reunión, y se despidieron segundos después.

****

En espera de las noticias de Iván, durante dos días, Nathan y el grupo de mercenarios, divididos en dos autos, se dedicaron a recorrer la ciudad como simples turistas.

Conocieron el Pueblito Paisa, réplica de un típico pueblo de la región, ubicado en la cima de un cerro; fueron a restaurantes conocidos, degustaron la comida de la región, y visitaron centros comerciales donde gastaban algo de dinero y por la noche salieron de copas a los locales que frecuentaba Marcos Rodríguez, quien, sin embargo, no se apareció por ningún lugar público de Medellín.

Los hombres elogiaban a las mujeres hermosas que se les acercaban con ganas de pasar tiempo con ellos.

En la ciudad, y en general en todo el país, había un culto especial al arreglo personal y a la belleza, las mujeres tenían un tono de voz dulce con un acento que embelesaba a los extranjeros.

Nathan apenas las apreciaba, llegaba a algún lugar y rogaba porque Marcos apareciera en compañía de Elizabeth.

Su frustración era grande, al paso de las horas, por no tener noticias de valor que lo acercaran a ella.

Le daba vueltas en su mente a las malditas fotografías.

Él nunca en su vida había experimentado la ola de sentimientos que lo embargó al ver a Elizabeth en brazos de otro hombre, ahora entendía lo que era capaz de hacer alguien en manos de los malditos celos de los que hablaban las canciones de despecho.

Le frustraba tener que depender de las decisiones de otros, él no hubiera descansado hasta recorrer la ciudad de cabo a rabo, pero Leandro esperaba noticias de Iván, que llegaron a la tarde del quinto día.

Marcos y Elizabeth se habían instalado en la casa del narco en la ciudad, la pareja saldría a cenar a un lujoso restaurante donde habían reservado el salón privado para seis personas. Enseguida los hombres empezaron a planear como harían para conseguir una reserva en el lugar.

Iván habló con el maître, que había sido pareja de su hermana meses atrás, y les consiguió una reservación para tres de alguien que había cancelado a última hora.

—¿Tres? —preguntó Nathan con sarcasmo— Yo cuento cuatro personas en esta habitación.

—Olvídelo, usted se queda aquí, King —ordenó Leandro impaciente—, es por su seguridad.

—Ni de coñas —replicó en un susurro entrecortado y áspero.

Leandro blanqueó los ojos.

—No queremos que usted se exponga, King —advirtió—, no tiene la experiencia para manejarlo.

—No me subestime —insistió Nathan—. Voy a ir y no habrá manera en que pueda detenerme, sé manejar un arma y sé también algo de defensa personal, tengo las pelotas suficientes para enfrentar a un matón, no me trate como a un niño. No se lo permito.

—¡Usted puede ser todo eso que dice! —intervino William—. Pero tenemos que ser cuidadosos. Necesitamos que nos ponga las cosas fáciles, señor King.

Nathan se levantó furioso de la silla.

—¡Necesito estar ahí! —insistió terco.

—¿Usted cree que se va poder a acercar a ella? No podrá hacerlo, los hombres de Rodríguez no lo permitirán, lo coserán a tiros y la misión se irá por el caño —insistió Leandro.

—No podemos poner a Marcos sobre aviso —intervino Clive.

—Puedo ser de ayuda, cuatro es mejor que tres.

—No hay garantía —terció Leandro, que miraba furioso a Nathan. Tony lo iba a escuchar cuando volviera.

—Iré con ustedes, así tenga que hacerlo por mi cuenta —sentenció Nathan—. Esas malditas fotografías no me sirven de nada, necesito verla con mis propios ojos.

Leandro lo miró por unos instantes.

—¿Tiene alguna idea de donde se está metiendo?

—Sí.

Leandro afirmó con la cabeza.

—Novatos. —Clive soltó un resoplido.

William negó con la cabeza a su jefe como diciendo: “Te lo dije”.

Siguieron discutiendo algunos detalles, Nathan estuvo pendiente de cada palabra dicha e hizo un par de aportes. Rato después de la cena, salió al balcón a observar las luces de la ciudad. Leandro salió y encendió un cigarrillo.

—Está bien, puede ir con nosotros, pero se quedará en el auto —accedió—, y de aquí en adelante libro mi responsabilidad sobre usted, King —concluyó.

Sus compañeros no estaban muy convencidos, pero no refutaron su decisión.

Lo había sopesado, el tipo se había portado bien, no era impulsivo y era sagaz, él no podía obligarlo a quedarse en casa, es más, estaba seguro de que, si lo hacía, sería capaz de tomar algún medio de transporte y plantarse en el lugar, y así correría más peligro.

Las ciudades de Latinoamérica eran inseguras y los transportes poco confiables, además, podría caer en manos de alguno de los matones de Rodríguez.

Dejándolo en el auto confiaba en que no hiciera algo que pusiera en riesgo la misión.