CAPÍTULO 28
En cuanto los hombres dejaron a Elizabeth en una habitación de la casa, ella sintió como si cayera a un pozo sin fondo.
Observó sin ningún interés el mobiliario de su nueva cárcel.
Fue hasta la ventana que, decorada con una cortina elegante, mostraba los barrotes de una gruesa reja.
La cama era ancha y con dosel, había un vestier y una puerta que daba a un baño amplio y de colores claros.
Incapaz de mantener su resolución, comenzó a llorar.
Desde que tuvo la desgracia de encontrarse con Luis en Chicago, los hechos, uno tras otro, la habían cubierto, como la sombra de un animal salvaje del que no podía escapar.
Se recostó en la cama un rato con la mirada ausente.
Había perdido al único hombre que amaría en su vida, el único que la había amado de veras aparte de Sebastián.
Lloró prolongada y fuertemente, porque nunca más lo vería y ella no haría nada que lo pusiera en peligro.
Era de mañana cuando se levantó de la cama y de pronto tuvo urgencia de una ducha, se había quitado la blusa manchada de sangre y se había envuelto en una toalla antes de recostarse, no tenía qué ponerse, fue hasta el vestier, que estaba bien aprovisionado de vestidos y demás prendas, accesorios todos aún con las etiquetas.
Tomó un chándal gris y una camiseta, ropa interior aun envuelta en bolsas de una reconocida marca y que le venía un poco grande, este tipo de hombres nunca cambiaría, a lo mejor la ropa era de alguna de sus mujeres, mucho más voluptuosa.
Ella no era delgada, pero en Estados Unidos se había mantenido en forma, más por necesidad que por otra cosa, sus comidas habían sido frugales durante mucho tiempo, su gusto por la alimentación había mejorado estando con Nathan y cuando había vuelto a trabajar en Joyerías Diamond.
Se dio una larga ducha y se cambió, los arañazos ocasionados por las ramas de la vegetación en el momento de la huida le escocían, rebuscó en los distintos muebles, pero no había nada para desinfectarlos.
Se cepilló el cabello mientras meditaba el camino a seguir.
Se negaba a dejarse vencer por la angustia y la desesperanza.
Se recostó un rato, pero el sueño le fue esquivo.
No imaginaba una vida al lado de Marcos, antes se moriría, y como ella no era partidaria del suicidio, se dijo que desesperaría tanto al hombre que terminaría por matarla, era la única forma de salir de ese infierno o matarlo ella a él, lo que era poco probable.
Un par de horas después entró uno de los hombres para llevarla al comedor, donde encontró a Marcos revisando algo en su móvil. Tan pronto ella tomó asiento, una empleada se apresuró a servirle una taza de café.
—¿Hay docenas de vestidos en ese vestier y eso es lo único que se te ocurrió ponerte, mi reina?
Odiaba ese apodo, tanto como lo odiaba a él.
—No había nada de mi agrado —contestó con desgana.
El hombre soltó la taza de café en el plato, se acercó más a ella y le acarició el rostro donde había un cardenal producto de la bofetada de hacía unas horas. Elizabeth rehuyó su contacto, él soltó una sonrisa burlona y volvió a su desayuno.
—Sabes que puedes pedirme lo que quieras. Nómbralo y será tuyo.
—Lo que yo quiero no podrías dármelo ni en un millón de años. —Se arrepintió enseguida del exabrupto al ver el brillo de odio en su mirada. Así no era como debía actuar, se reprendió por imbécil y se metió un pedazo de fruta a la boca.
—Hoy iremos a Medellín, podrás comprar lo que quieras.
En los ojos de Elizabeth apareció un brillo de interés, pero no por la compra de ropa, sino porque de pronto la situación podría virar un poco a su favor. A lo mejor podría escapar. Disimuló su entusiasmo, tomando de una fuente algo de pan y huevos que dejó en un plato sin probar.
—Quiero ver a mi padre.
El hombre frunció el ceño.
—Claro que lo verás, en nuestra boda.
Ella cerró los ojos un momento, rogando por un poco de prudencia.
Marcos parecía un polvorín a punto de estallar, ella estaba en ese momento en un jodido campo minado, si lo provocaba, la mataría enseguida, y no quería morir todavía.
Si la boda llegaba a realizarse, estaba segura de que cambiaría de parecer, pero aún tenía esperanza, se negaba a pensar que se iría de este mundo sin volver a ver a Nathan, y perdonar a sus padres por todo lo que la habían hecho pasar.
Volvió a su habitación y cambió su ropa por un capri de jean y una blusa rosada de volantes que, al ser elástica, era con la que se sentía más cómoda.
Observó los mocasines con los que había salido de Chicago y los ojos se le inundaron de nuevo.
Se puso unos zapatos bajos color piel, se levantó como un resorte, y en ese momento entró una de las mucamas y le dijo que el señor la esperaba en la sala.
Inspiró fuerte mientras caminaba por el pasillo, rogaba por tener el control suficiente y optó por no mostrar emoción, ninguna en absoluto, pero su confianza se desvaneció cuando Marcos la llamó a una mesa donde tenía extendidas una serie de fotografías de Nathan.
Parecía que alguien le había enviado una información completa.
—Mira a tu gringo, parece que le gusta la buena vida como a mí.
Elizabeth sintió un nudo de pavor ascender por la garganta. Se acercó y observó todas las fotografías de diferentes eventos o lo que publicaban las revistas de él. Quiso arrodillarse y prometer esta vida y la otra, con tal de resguardarlo de algún daño.
—Según me informan, no se sabe nada de él desde hace casi una semana, mira. —Le señaló una fotografía de él caminando por el parque cercano a la casa, iba con la cabeza agachada.
“No puedo llorar, Dios mío, ayúdame”, su corazón se fragmentaba en pedazos más pequeños cada vez que observaba su rostro.
—Reina, si el gringo está en Colombia y se atreve a acercarte a ti, lo mato delante de tus ojos —amenazó en un tono de voz que le dijo a ella cuánto disfrutaría haciéndolo.
—Nathan no tiene nada que hacer aquí —trató de controlar el desespero en su voz—, ni siquiera debe saber que estoy de nuevo en mi país.
Lo quería creer, necesitaba creerlo o se volvería loca de preocupación.
—Está encoñado, te olfateará hasta encontrarte, ya sabes, mi reina, todo depende de ti.
Marcos se acercó a ella y Elizabeth vio con terror que el hombre se inclinaba, si la besaba vomitaría, pero él, viendo su expresión, sonrió de nuevo con esa mueca burlona que ya empezaba a cansarla. Le aferró los hombros y la enfrentó con una mirada de advertencia.
—¡Eres mía! —exclamó, ejerciendo presión en los hombros, se veía que trataba de contenerse y al ver que ella no contestaba ni manifestaba ninguna emoción, la soltó de forma un poco brusca.
Recogió las fotografías y las guardó en un maletín que llevaba con él—.
¡Ese gringo de mierda no volverá a tocarte!
Elizabeth había quedado muda de la impresión por volver a ver a Nathan y por las amenazas del narco.
—Vamos —dijo llevándola hasta la salida—, los vehículos están listos, tenemos mucho que hacer.
Una fila de cuatro camionetas, la del medio con vidrios blindados, los esperaba en la puerta de la casa. Era una casona de campo, con amplios jardines, a lo lejos le pareció ver establos y un par de caballos pastando tras una cerca.
Frente a los vehículos, Marcos le presentó a los tres hombres que serían los encargados de su seguridad en cuanto llegaran a Medellín.
Por un momento tuvo la esperanza de que él se fuera en otro auto, pero la suerte no estaba de su lado: se acomodaron juntos en la parte trasera de la camioneta.
El hombre permaneció en silencio observando su móvil, el aroma de su loción saturó sus fosas nasales, quiso saltar del vehículo en marcha.
Elizabeth era un coctel de emociones contradictorias, un momento estaba calmada y fría como témpano, al siguiente ideaba una y mil formas de matarlo, y al momento la asaltaba una angustia infinita por Nathan.
—Iremos al centro comercial, hay un almacén de vestidos de novia, haremos la ceremonia en pocos días.
—Escógelo tú, a mí poco me importa —dijo mirando el paisaje montañoso—. Espero que cumplas tu promesa y dejes en paz a…
—¿Al gringo? —preguntó con gesto malévolo—. Mi paciencia tiene límites, mi reina.
Se arrellanó en el asiento rogando que la tierra se la tragara. Empezó a sudar frío, la recorrieron las náuseas. Cerró los ojos, pero fue peor, sentía el bamboleo del auto. Así que los abrió de nuevo.
Dos horas después entraban en Medellín y una fuerte nostalgia invadió su alma al recordar la ciudad donde había crecido y soñado tantas cosas.
—Tengo negocios que atender, Manuel tiene una maleta llena de dinero, compra lo que quieras, esta noche tendremos una celebración especial.
Elizabeth iba a revirar, pero recordó todo lo que se jugaba y decidió callar, el hombre era un maldito enfermo, caviló, sin mirarlo, concentrada en las calles y en los autos. Llegaron al centro comercial.
Marcos tomó su mano y le dio un beso en el dorso.
Ella tuvo que contenerse para no limpiarla contra la ropa.
Marcos se apeó primero. Al bajar ella del vehículo, los escoltas enseguida la rodearon.
Marcos, sin vergüenza alguna, abrazó a Elizabeth y la obligó a besarlo, poniendo las manos en sus nalgas, que apretujó a su antojo.
—Nos vemos más tarde, mi reina —dijo, satisfecho de verla furiosa y sonrojada.