HERMANOS KING CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

Él le abrió de mala manera el pantalón corto que llevaba y metió la mano por entre la ropa interior.

Elizabeth pensaba de manera frenética en la mejor manera de calmarlo y controlar la situación, ya que no toleraría una vejación así y sus torpes caricias la estaban lastimando.

“Piensa, maldita sea, piensa”, cavilaba mientras trataba de quitárselo de encima.

El hombre la violaría y tomaría lo que creía suyo por derecho. Se moriría donde eso ocurriera.

—¡Si me violas, me mataré! —exclamó angustiada. El hombre volvió en sí, como si hubiera estado presa de un delirio—. Me mato —continuó ella tratando de poner algo de distancia sin conseguirlo—, y ya muerta me importará muy poco lo que ocurra con los vivos.

Marcos le agarró del cabello y la miró con furia.

—¡No te dejaré salirte con la tuya! ¡Serás mi mujer lo quieras o no! —Volvió de nuevo a besarla y ella movió la cabeza con rapidez, los labios del hombre descendieron sobre su cuello, que mordió con gesto brusco dispuesto a marcarla.

Las lágrimas de Elizabeth empañaron de nuevo su visión.

—Así no, si me quieres como tu esposa, haz las cosas como las haría un hombre enamorado —dijo tratando de calmarse. Ese era un duelo que ganaría con cabeza fría, no con lamentos de adolescente o de mujer ultrajada.

—¡Ja! ¿Para qué vueles del nido? No soy estúpido.

Elizabeth se revistió de paciencia, respiró profundo y una calma letal, la misma que la acompañaba en los momentos cruciales de su vida, la invadió.

El hombre intentaba abrirle la blusa, se soltó de su amarre y se dispuso a exponerle la idea que se le acababa de ocurrir en medio de la desesperación. Así ganaría algo de tiempo.

—No voy a permitir que alguno de los míos corra peligro, cometí un error hace ocho años y debo repararlo. ¿Me amas?

Marcos levantó la cabeza y la miró fijamente a los ojos con suma cautela, desconcertado por su pregunta. La aferró de nuevo.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—He preguntado que si me amas. Si es así, no me tomarás por la fuerza.

—Pero tampoco esperaré, como hace años, cuando me viste la cara de imbécil. —La zarandeó con rabia.

—Era una niña.

—No tan niña para revolcarte con tu noviecito de esa época.

—Marcos —sintió al hombre estremecerse en cuanto pronunció su nombre—, no tengo escapatoria, cumpliré mi promesa, me casaré contigo.

El hombre se separó de ella, no sin darle un empujón. Se paseó por la sala con las manos en la cintura sin dejar de mirarla, escrudiñando dónde estaba el engaño. La cara de póker de Elizabeth no le dio una respuesta satisfactoria y decidió dejarla en paz.

—¡Tomás! ¡Santiago! —bramó.

Los hombres aparecieron en la puerta.

—Llévenla a la habitación, cierren con llave y quiero toda esta mierda sitiada, nadie sale ni entra. —Los hombres tomaron del brazo a Elizabeth, pero Marcos no había terminado—. Ya lo sabes, mi reina, nada de tretas o me cargo al gringo.

****

Leandro había alquilado un departamento en la zona El Poblado de Medellín, era una vivienda cómoda y agradable en uno de los mejores sectores de la ciudad.

Al día siguiente, William, que había hecho una compra en un supermercado cercano, preparó el desayuno para todos. Nathan observaba la interacción de los tres sin apenas intervenir, no quería incomodarlos. Se mostraba serio y sombrío, nada quedaba del hombre alegre y buena vida de meses atrás.

—No tienes que estar como niño regañado en la esquina del salón —dijo Clive, y señaló con la cabeza los platos sin lavar de la cocina.

Nathan se acercó al lavaplatos, pensando que les había pagado millones de dólares a unos tipos que lo trataban con una total falta de respeto. Lavó todos los utensilios, los secó y los dejó en su lugar sin decir una sola palabra.

Leandro citó en el departamento a uno de los informantes, un hombre joven oriundo de la zona y empleado en una empresa privada de investigación y seguridad, que ya había trabajado con ellos en otras oportunidades.

El hombre se presentó como Iván Guarín y le entregó a Clive un maletín con la munición para las armas que habían traído ellos de los Estados Unidos.

Se sentaron todos alrededor de la mesa de comedor.

Nathan, que aún estaba en la cocina, se acercó a la mesa para escuchar lo que decían.

—Hay un movimiento extraño en la casa de los Orjuela aquí en Medellín, mi compañero me comentó que, desde el día anterior, reforzaron la seguridad de la vivienda, que lleva desocupada casi tres años, como si esperaran un ataque o la visita de alguien, demás está decir que las autoridades están alertas.

No se han presentado los de antidrogas todavía.

—No demorarán en hacerlo —adujo Leandro—, necesitamos ganar tiempo e ir delante de ellos.

—Orjuela no ha dado señales de vida. Uno de mis informantes me dice que vieron a algunos de sus hombres cerca de Belmira —continuó el recién llegado. Clive se acercó al mapa de Antioquia. Belmira, así se llamaba la zona donde presumiblemente estaba María Fernanda.

—¿Son fuentes confiables? —interrogó William.

—Está cerca de Medellín —señaló Clive ubicando la población en el mapa.

—Si es uno de sus anillos de seguridad, se está arriesgando. Lo puede ver cualquiera.

—A lo mejor ya está reunido con María Fernanda. Debemos investigar muy bien los últimos pasos de Orjuela.

—María Fernanda no está con Orjuela —aseguró Iván sacando un sobre de manila de un morral y dejándolo encima de la mesa—. Tengo estas fotografías que uno de mis hombres tomó ayer.

Nathan se puso en tensión mientras Leandro abría el sobre y extendía una serie de fotografías sobre la mesa. La sangre rugió en la cabeza de Nathan, al ver en las imágenes el rostro de Elizabeth al lado de ese tipo. Se enderezó de golpe y fulminó al hombre con la mirada.

—¿Cuándo fueron tomadas esas fotografías? —preguntó en tono de voz cavernoso.

—Esta mañana, parece que Rodríguez, tiene a María Fernanda en su poder. Aquí están, él dejándola en un centro comercial.

La foto mostraba a María Fernanda vestida con un capri de jean, llevaba el cabello suelto y una blusa rosada, que Nathan nunca pensó que fuera del gusto de ella. Rodríguez la tenía aferrada de la cintura. Hacía una semana que se había despedido de ella. Un nudo apretó sus entrañas.

—Un momento —intervino Nathan con una trabazón candente de celos en el estómago. Señaló con uno de sus dedos la foto donde Rodríguez la abrazaba y le acariciaba las nalgas mientras la besaba—. ¿Cómo así que centro comercial? Parece una salida de amantes.

Los demás seguían mirando las fotografías de la pareja bajándose de una camioneta y con varios escoltas custodiándolos. En otra, Elizabeth, llevaba la mirada baja, era difícil dilucidar su estado de ánimo.

—Voy a contarle algo, no quiero que se precipite en sus apreciaciones.

—señaló Iván—. El narcotraficante es una raza cuyos actos están movidos por el afán de poder o la codicia, y eso se extiende a sus mujeres.

Muchos de ellos las maltratan, las manipulan y las golpean.

Por lo que hemos averiguado Marcos es obsesivo con sus mujeres.

—En estas fotografías ella no se ve disgustada por sus atenciones —insistió Nathan mientras observaba otra fotografía de la joven entrando a diversos negocios y saliendo con paquetes que cargaban los escoltas.

—No creo que una mujer que duró años escondiéndose en otro país, pasando dificultades, esté realmente contenta con la compañía del tipo por el cual huyó. A lo mejor le está siguiendo el juego por pura supervivencia —adujo William.

—King, no se deje llevar por la inseguridad o los celos, y acostúmbrese a verla con ese tipo hasta que podamos rescatarla —intervino Clive.

Nathan se rascó la barbilla con el dedo, una barba incipiente vestía su rostro, no se afeitaba hacía una semana. Las dudas empezaron a embargarlo, a lo mejor había sido una estupidez haber ido a Colombia a rescatarla.

—¿Quiere decir que el hijo de puta la está obligando a eso?

—Tiró la fotografía sobre la mesa—. ¿Qué clase de jodido enfermo es?

—Si eso era así, temió aún más por ella.

Su Elizabeth era temperamental y terca, tendría muchos problemas con el narco si no accedía a sus deseos.

Dios, imaginarla en brazos de ese tipo le provocó nauseas.

Trató de controlarse, pero estaba seguro de que la expresión de querer matar al maldito estaba escrita en su cara.

—Usted no ha visto nada, esta clase de hombres pasan por encima del que sea para apoderarse de casas, fincas, rutas de narcos y, por supuesto, mujeres —soltó Iván.

Nathan caminó hasta la sala donde se sentó en una de las poltronas con los codos en las rodillas y las manos a cada lado del rostro.

—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó desalentado.

—Seguirlos, no perder el rastro, saber dónde se están quedando e idear el caballo de Troya para entrar a sus dominios y liberarla.

—¿Y Orjuela? —preguntó Clive.

—Nos ocuparemos de Elizabeth primero y eso nos llevará a Orjuela, ténganlo por seguro —sentenció Leandro.

Despidieron a Iván un rato después y luego ellos se dispusieron a trazar un plan de actividades.

—No quisiera exponerlo, King —dijo Leandro—. Quédese mejor aquí.

Nathan se levantó de la silla como un resorte.

—Ni lo sueñen, ese no fue el trato.

—¿Y si Marcos lo reconoce?

—Pasaré desapercibido.

Todos soltaron la carcajada.

—Nosotros sabemos pasar desapercibidos, es nuestro trabajo y somos muy buenos en ello, andar con usted será como andar con una jodida luz de bengala, llama mucho la atención.

Nathan se miró los jeans de diseño y la camiseta de marca y cayó en cuenta de que a lo mejor debía usar ropa corriente, pero Clive lo sacó de su error.

—No es por la ropa, King —dijo con firmeza.

—Es su porte, destaca, llamará la atención de las mujeres.

—No se preocupe, usaré una gorra, gafas oscuras, además creo que exageran —señaló Nathan despreocupado.

—Usted sabe muy bien que no es así.

—No me voy a sentar a esperarlos —dijo al tiempo que pensaba: “Ni de coñas se van a librar de mí”.

Leandro hizo un gesto de frustración y miró a Nathan por un buen momento con el ceño fruncido.

Nathan asintió, dispuesto a salir con ellos, se ajustó el arma, una Glock 19 de no sabía qué generación; no le importaba, lo único que sabía era que disparaba y era un seguro para su vida.

—Está bien, vamos, espero que sepa usar la jodida arma.

—Sé usarla.