CAPÍTULO 27
Orjuela entró como un vendaval a la casa donde se hospedaba esa semana, tras recibir las noticias que César Suárez le traía. Por primera vez en tres años se sentía vulnerable, con José Trujillo, su mejor soldado, enterrado en el monte.
—¿Cuántos hombres tenemos? —indagó, caminando acelerado por la pequeña estancia. El pecho le subía y le bajaba de la angustia.
—En total son treinta. No podemos permitirnos más, perdimos diez hombres.
—Me importa una mierda. ¡Necesito a mi hija aquí conmigo! No confío en ese hijo de puta. ¡Masacró a mis hombres!
Suárez asintió
—Rodríguez se salió con la suya, tenemos un maldito soplón y no he podido saber quién es y el problema es que no puedo echarlos a todos, saben dónde se encuentran la mayoría de tus escondites y tampoco es como que haya soldados leales para contratar a la vuelta de la esquina.
—Eso no me importa ahora, solo quiero saber si Mafe está bien, es lo único que me importa.
Orjuela miró por la ventana. El cielo estaba azul y se escuchaba un coro de pájaros que en otras circunstancias hubiera disfrutado, ahora solo podía pensar en lo que le estaría haciendo Rodríguez a su hija.
Cuánto lamentaba el haber accedido a ese cortejo años atrás, debió cortarlo de tajo.
Si pudiera hacer todo diferente y evitar los malditos errores, tendría que volver a nacer, se dijo consternado.
—César, necesito saber que ella está bien, contrata hombres para que vigilen a ese hijo de puta. ¿Está en Medellín?
—Hace dos días entra y sale de la ciudad.
—No creo que tenga buenas intenciones con ella. Es retorcido y cruel. En cuanto la tengamos ubicada, iremos por ella.
—Necesitaremos más dinero.
—No hay problema, traje suficiente de la última visita a Tegua. —Era una de las caletas ubicadas en una estancia en el oriente antioqueño.
No quiso reprocharle que un día sus visitas a esas caletas acabarían llevándolo a la cárcel, ya estaba grandecito y Suárez se estaba cansando.
—Bien, entonces arreglaré la vigilancia de Marcos —señaló en tono cansado.
—Yo iré por mi hija.
Suarez esperó antes de contestar.
—Entrarías directo al matadero.
Orjuela cerró los ojos y pensó en todos los errores que había cometido desde que decidió entrar en la clandestinidad.
—Si esta mierda de vida se tiene acabar, pues se acaba, pero antes me llevaré a unos cuantos por delante.
Suárez salió a cumplir los mandatos de su jefe, todo se estaba yendo al carajo y no hacía ni una semana que María Fernanda estaba en el país. Esa mujerzuela acabaría con todos, estaba seguro.
****
—¿Por qué tan sorprendida, mi reina?
Marcos la miraba con un brillo diabólico en los ojos, y Elizabeth sintió la ira acumulada en su voz, toda dirigida a ella y eso la aterró.
Un temblor le recorrió el cuerpo al escucharlo pronunciar “mi reina”, una catarata de recuerdos amargos anegó su mente, la cabeza se le inundó de sangre y el piso se inclinó a sus pies, fue como si entrara a una pesadilla en bucle, una situación aún más difícil que la anterior.
Trató de respirar, pero sintió que se ahogaba.
“Respira, chica, respira”, se dijo, y “piensa tus siguientes pasos”.
Si no la había matado en el acto aún había esperanza para ella.
Lo miró largo rato sin ser capaz de pronunciar palabra: los años no lo habían tratado mal, llevaba un corte de cabello moderno y había madurado bien, las mujeres lo encontrarían atractivo, pero ella conocía su alma negra y el brillo malévolo de su mirada lo delataba, no era un hombre de fiar.
—No pensé que te volvería a ver —dijo en tono modulado por el miedo. Tendría que sobreponerse y tratar de ser valiente.
Él sonrió burlón.
—Si te digo la verdad, yo tampoco, pero aquí estamos, mi reina.
Cada segundo transcurrido ante Elizabeth aumentaba su ira.
La había perseguido sintiéndose con el derecho de reclamar lo que le pertenecía por justicia, se había dicho que la tendría o ella moriría, y ahora que la había capturado, la convertiría en su esposa y luego le pasaría cuenta de cobro por los ocho años de ausencia.
La observó de arriba abajo con insolencia, seguía siendo hermosa, pero ya no llevaba ese aire de melancolía que la acompañaba en su adolescencia, ante sí tenía a una verdadera mujer, ¿habría tenido muchos amantes?
Quería verla desnuda y tomarla enseguida, y podría hacerlo, nada ni nadie se lo impediría.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó ella en un hilo de voz y se arrepintió enseguida de hacerlo. Vio de refilón que los hombres que la traían los dejaban solos en una estancia decorada con mucho lujo.
—Lo retomaremos donde lo dejamos. Nos casaremos, mi reina.
Elizabeth lo miró como si el hombre se hubiera vuelto loco. Quiso decirle que ya estaba casada, pero tenía un resquicio de esperanza de que Marcos no supiera nada de su matrimonio en Estados Unidos.
—Nunca, prefiero que me mates aquí y ahora.
—Eso no pasará, no te lo haré fácil. Serás mi esposa por las buenas o por las malas, me importa una mierda como sea, el resultado será el mismo: tú siendo mi mujer, y cumpliendo con tus deberes como lo hubieras hecho de no haber salido huyendo.
La mente de Elizabeth barajaba diferentes argumentos con que convencerlo de que sería una mala idea, pero si había llegado hasta allí, sabía que no podría disuadirlo, ya el hombre no se detendría ante nada.
Tenía que ganar algo de tiempo y recordó su manera de manipularlo en el pasado, pero si se tornaba dócil, se daría cuenta enseguida de que era una treta; tampoco podía exacerbar su ira, pues le descerrajaría un tiro enseguida. No se le ocurría nada.
El hombre la miraba esperando una réplica, tampoco quería darse por vencida y soltó lo primero que le vino a la mente.
—Seré una pésima esposa.
El hombre sonrió.
—Esa es la María Fernanda que recordaba. Asustada y enojada, ¿verdad? Creo que disfrutaré mucho de esto.
—Deberías pensarlo mejor —insistió ella levantando el rostro a manera de reto.
—¿Tan pésima esposa como lo has sido del gringo de mierda que dejaste en Chicago?
Elizabeth quiso desaparecer, agachó la mirada, se puso lívida y las manos le empezaron a temblar, se las aferró a la espalda para que él no se percatara.
—No…
Marcos se acercó y le apretó las mejillas con las manos, le levantó la barbilla y lo obligó a enfrentarlo. Sus labios estaban oprimidos como los de un pez, y ella tuvo terror de que fuera a besarla, ya que no desprendía su mirada de ellos.
—No, ¿qué? —preguntó con un brillo triunfal en sus ojos.
Aunque le reventaba la idea, se dio cuenta de que por fin había encontrado un resquicio en su armadura.
Marcos admiraba la tesura de la mujer que lo miraba con temor y eso estaba muy bien, el temor la transformaba, le otorgaba un halo de terrible belleza y eso lo excitaba, quería ver todo su orgullo doblegado de alguna forma, quería verla de rodillas, y no solo para que le chupara la polla, quería verla derrotada, vencida y dispuesta a que él hiciera con ella lo que quisiera.
—No puedes hacerle daño —expresó evidenciando su alteración y tratando de alejarse.
Marcos la soltó y dejó ir un resoplido. Caminó alrededor de ella, recorriendo con un dedo el hombro de líneas delicadas, ella se alejó repudiando el contacto.
—Claro que puedo —respondió de modo enigmático—.
Ese matrimonio se declarará inválido, ya que lo hiciste con tu identidad falsa.
—Elizabeth se separó de él convulsivamente en un gesto que delataba el rechazo que el hombre le inspiraba.
Él continuó—. Quién lo diría, la fruta no cae lejos del árbol, ¿verdad?
El llanto ascendió por la garganta de Elizabeth y la visión se le tornó borrosa.
La vida de Nathan corría peligro por su maldita culpa.
Esto no podía estar sucediendo. El destino la devolvía al mismo lugar.
Incapaz de hablar, observaba el gesto tortuoso de Marcos mientras meditaba en lo que tendría que hacer para preservar a Nathan de la maldad del hombre.
—Lo haré, me casaré contigo, pero dejas a Nathan fuera de esto —rogó con voz temblorosa.
Marcos se acercó y le atravesó el rostro con una bofetada que la dejó mareada.
—¡Zorra!
Ella se echó hacia atrás, se tocó donde la había abofeteado y lo miró incrédula y dispuesta a devolverle el golpe.
—¡Me voy a casar contigo, maldito hijo de puta! —exclamó sin poder controlar su temperamento.
Se acercó de nuevo y la aferró de ambos brazos.
—Claro que te casarás conmigo, seré yo el que te folle todas las noches, serán mis hijos los que parirás y tu vida me pertenecerá.
Ella observó el fuego en sus ojos, le había pegado por celos, el hombre estaba celoso por su manera de reaccionar cuando habló de Nathan. Ella también había encontrado un resquicio en su armadura.
—Si le haces algo a Nathan…
—¡Tú no estás aquí para amenazarme! —bramó—.
Si no te casas conmigo, mato a tu padre y a tu madre, aunque tengo el presentimiento de que te importaría una mierda que les hiciera algo, pero si no cumples con tus deberes conyugales, mataré a ese hijo de puta, le cortaré las bolas mientras mira y se las haré tragar hasta que se ahogue con ellas.
Se acercó a ella y la abrazó, sus manos le aprisionaron las nalgas, Elizabeth hizo un gran esfuerzo por soltarse, pero parecía que el hombre la tuviera aferrada a él con cables de acero. La besó de forma brusca y en cuanto ella alejó el rostro, le soltó:
—Debí hacerlo hace años, y qué mejor momento para tomar mi revancha.
—¡No! ¡No lo hagas! —suplicó, desesperada por soltarse.