HERMANOS KING CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

—Estas son las víctimas de Rodríguez. Estados Unidos está recabando pruebas sobre él.

—¿Por qué me está mostrando esto? —farfulló molesto. Estaba aterrado, le empezaron a sudar las manos, no temía por él, estaba horrorizado de lo que ese hombre podría hacer si Elizabeth caía en sus manos.

—Porque necesito que sepa a quién nos estamos enfrentando. El prontuario de Javier es mucho peor, échele una ojeada mientras voy al baño.

En el camino Leandro se topó con Clive.

—No seas tan cabrón, vas a hacer que se orine en los pantalones.

—No quiero juegos ni ínfulas de niño rico que todo lo puede. No quiero que le suceda nada malo tampoco, es un idealista y de esos quedan pocos en el mundo.

—Menos mal, espero que de esta salga con vida.

—Lo hará, tiene cojones, lo que no sabe es administrarlos, pero para eso estamos nosotros.

En cuanto volvió a su asiento, encontró a Nathan con el ceño fruncido y la mirada perdida en las nubes, se irguió enseguida cuando él volvió a sentarse a su lado.

—¿Por qué los de antidrogas no han podido atraparlo?

—No ha sido prioridad para ellos, la prioridad es Javier Orjuela, ese es el botín. Tenemos que neutralizar a Rodríguez antes de que se acerque a su esposa. Mis contactos en Medellín me dicen que Elizabeth no ha contactado con ningún miembro de la familia.

—¿Eso qué quiere decir? —preguntó desconfiado.

—Que está en poder de Orjuela o, en el peor de los casos, de Rodríguez.

—¿En el peor de los casos? —apresuró él—. Elizabeth no debe estar nada contenta si está en manos de su padre, por lo poco que ella me contó, lo que leí sobre ella y lo que usted me cuenta.

—De todos los escenarios, es preferible estar en manos del padre que del exprometido que plantó antes de la boda, ¿verdad?

—No si tiene un padre narco, inescrupuloso y matón.

Nathan se rebulló en el asiento, soltó el cinturón de seguridad y se levantó para ir el baño.

Ya encerrado, dio rienda suelta su frustración y no pudo evitar golpear la parte de arriba del espaldar del inodoro, luego puso ambas manos en el lavamanos, segundos después, abrió el grifo y se echó agua en el rostro, como les había enseñado la señorita Selma que debían hacer para evitar liarse a golpes con quien fuera.

Observó su rostro mojado en la imagen que le devolvió el espejo.

¿¡Qué mierda hacía en un puto avión rumbo a un lugar tan violento!

? Recordó su viaje el año anterior a Colombia, las ciudades que había conocido, las mujeres hermosas que se había follado, los restaurantes y almacenes de lujo que había visitado.

Normalizó la respiración, a lo mejor el cabrón de Leandro solo quería asustarlo, a lo mejor deseaba ponerlo en un avión de vuelta a Chicago, no podía dejarse amedrantar.

Aunque las imágenes de los cuerpos sin vida eran reales, tan reales como él.

El mal habitaba en el mundo, no podía evadirlo, y él iba de cabeza a él.

Se secó el rostro, respiró profundo, se guardó sus temores y volvió a la silla.

Por lo visto, Leandro había decidido darle un descanso, se dedicó a ver una película sin concentrarse en trama, su mente volvía una y otra vez a la información del legajo y lo comentado por Leandro.

Después de una breve escala en Ciudad de México, el tiempo se le hizo corto cuando uno de ellos señaló que ya estaban en suelo colombiano.

Nathan observó por la ventana el paisaje de montañas y vegetación.

En alguna parte de allí se encontraba Elizabeth, a lo mejor luchando por su vida.

Asustada, desesperada. Respiró profundamente y rogó a Dios, por segunda vez en su vida, por la seguridad de ella.

“Un día más, danos un día más para encontrarnos de nuevo”.

****

Jaime Vergara estaba de pie, en medio del monte, a pocos metros de la casa donde el informante le había dicho que se hallaba Elizabeth.

Se encontraba listo para disparar. Observó la casa ubicada en una loma mucho más baja que el monte donde él se encontraba, podía observar cómo los hombres de Orjuela cuidaban el perímetro.

La casa tenía solo dos anillos de seguridad, eso indicaba que los demás anillos rastreaban el terreno para poder hacer su movida, era momento de atacar o perdería la oportunidad.

Su teoría se vio confirmada al ver tres camionetas listas fuera de la línea de visión de la casa.

Eran alrededor de diez hombres. Sonrió, Orjuela era un tacaño de mierda, sacar a la mujer de allí sería pan comido.

Veinte hombres esperaban que él les diera las instrucciones.

Tenía dos opciones, disparar desde la montaña y obligar a los hombres de Orjuela a ponerse al descubierto, o entrar con sigilo y atacar hombre por hombre, así, al llegar a la casa, empezaría a disparar a diestra y siniestra hasta dar con la zorra.

Era la opción más segura. Menos mal que era noche sin luna, tendrían que vérselas con la luz que emitía la casa y un par de postes alrededor, no era mucho, pero sería suficiente.

Vergara dirigió la mira de su arma al hombre más alejado, localizó el blanco y apretó el gatillo, el arma se sacudió silenciosamente. “Uno”, susurró. Hizo oscilar el rifle hacia el otro guardia, con idéntico resultado. “Dos”. Sus hombres estaban en posición, listos para bajar a la casa.

—Hay que hacerlo en minutos, no podemos perder tiempo, en cuanto María Fernanda esté en mi poder, saldremos por la trocha donde están escondidas las camionetas y daremos un rodeo hasta llegar a la casa cerca de San Roque. Vamos.

Los hombres se desplegaron por la loma uno a cierta distancia del otro. El segundo anillo fue liquidado al completo, sin que la gente de la casa se percatara, allí si tendrían que hacer notar su presencia, y contarían con dos minutos para salir de la casa con la presa.

Elizabeth llevaba cuatro días en Colombia, encerrada en la casa.

Había escuchado al pasar a uno de los hombres —que hablaba por un móvil y no la había visto—, decir que se encontraban al oriente de Antioquia, cerca de San Carlos.

El día anterior había devuelto el móvil sin problema, la joven dueña del aparato ni siquiera reparó en su ausencia.

Trataba de entablar conversación con la gente, pero la ignoraban, como si ella no estuviera en aquel lugar.

Ese día había empezado a observar todo el perímetro de la propiedad, para ver si podía escapar, pidió ayudar en la cocina, por si se le presentaba la oportunidad de tomar de nuevo el móvil, pero, ¿a quién llamaría?

Aparte de Nathan, no le interesaba nadie más, sus amistades eran superficiales y no se preocuparían si ella desaparecía del panorama.

Había cortado todo lazo con su madre, había cosas que Elizabeth nunca le perdonaría, ni siquiera sabía en qué país vivía.

Una de las jóvenes de la cocina, de nombre Helena, le dio más de una docena de mazorcas para que las desgranara.

Agradeció en silencio la ocupación, las mujeres siguieron calladas después de interrumpirlas, no tenían permitido hablar con ella.

No le importó, empezó su labor en una especie de piloto automático y se refugió en sus pensamientos, en medio de un abismo de dolor, donde el rostro de Nathan era el protagonista.

Lo amaba con ese sentimiento fuerte, abismal e infinito, era la clase de amor insuperable al que le valía la frase de miles de canciones románticas: “Si no tengo tu amor, me muero”.

Extrañaba su olor —soltó un profundo suspiro de desconsuelo, una de las mujeres la observó de reojo—, le gustaba acercarse y acariciarle la mandíbula, rugosa y áspera, con resquicios de loción después de un duro día de trabajo, y añoraba más que nunca cómo él, sorprendido por la caricia, la aferraba por la cintura y la besaba hasta dejarla sin aliento.

Recordó la noche de Las Vegas, se limpió una lágrima, si pudiera hacer las cosas de diferente manera, si tuviera la oportunidad, sus besos…

El ruido de dos disparos interrumpió la labor de las tres mujeres.

—Vamos a encerrarnos en la despensa —ordenó la mayor.

—Seguro es algún borracho… —sostuvo la más joven.

Sonaron tres disparos más.

—Vamos. —La mayor de las mujeres tomó la mano de Elizabeth y abrió la puerta en el momento en que irrumpía José Trujillo en el lugar.

—¡Hay que salir de aquí! —vociferó el hombre ante el aumento de los disparos de ambas partes.

Las mujeres lloraban aterradas, abrazadas, en la despensa—.

¡Vamos, María Fernanda! ¡Estoy seguro de que son los hombres de Marcos Rodríguez!

Los muy cabrones nos encontraron. Vamos por la puerta del pasillo hasta la camioneta amarilla.

Ustedes enciérrense aquí y no salgan hasta que acabe todo.

Un frío atravesó a María Fernanda de pies a cabeza, dejándola más asustada que nunca en su vida.

Apenas podía seguirle el paso al hombre de su padre.

A lo lejos vio a uno caer bajo las balas de otro matón.

Se escuchaban voces, pasos y más disparos.

Dieron un rodeo y salieron al jardín de la parte trasera de la casa por la puerta del pasillo.

La vegetación era alta y podían esconderse hasta poder avanzar a alguna de las camionetas.

José Trujillo desenfundó el arma, y quiso matarla, eso solucionaría un problema, por su culpa estaban masacrando a sus hombres; pero en ese mundo no había secretos y Orjuela terminaría enterándose.

—¡Maldita la hora en que te dio por aparecer, María Fernanda!

La joven pudo vislumbrar algo de las intenciones en el rostro de Trujillo.

—No serías capaz —soltó con el corazón a millón y la frente perlada en sudor.

Escucharon unos pasos que se acercaban por la galería y se pusieron alerta.

Trujillo, al ver venir hacia ellos uno de los hombres de Rodríguez, cayó sobre María Fernanda, rodó por el prado, tensó el dedo en el gatillo y disparó.

Se dio cuenta de que había sido un error no ponerle silenciador al arma, porque había llamado la atención con el ruido en un área de la casa ajena al tiroteo.

En minutos estuvieron rodeados. Jaime Vergara se cernió sobre ellos.

Se acercó y le disparó a José en la cabeza.

María Fernanda soltó un alarido de pánico y un escalofrío violento la embargó, la sangre o los sesos de Trujillo mancharon toda su blusa.

La alcanzó el horror que siempre había temido.

Un par de hombres la levantaron sin muchas contemplaciones, y la trasladaron por un sendero de cuerpos sin vida.

Subieron rápidamente por una loma, como la joven llevaba pantalón corto, se hizo heridas en las piernas por culpa de la vegetación.

No supo cuánto tiempo la arrastraron hasta un vehículo, había perdido el sentido de la dirección y del tiempo.

La maniataron y la sentaron en el piso de una camioneta entre dos hombres que la rozaban con sus piernas y parecían amenazarla con la punta de sus botas.

Un pensamiento surgió sobre el miedo que parecía haberla convertido en efigie.

Moriría, el pánico y la incertidumbre apenas la dejaban meditar.

De lo único que estaba segura era de que estaba viviendo sus últimos momentos.

Recordaba muy bien al hombre que la había atrapado, aunque no se acordaba del nombre, era uno de los hombres de confianza del padre de Marcos.

Tantos años huyendo del pasado y no le había servido de nada.

A lo mejor era hora de pagar el daño hecho a Adolfo Macías, el falsificador, bien sabía ella que su muerte le remordía la conciencia todo el tiempo.

Se removió contra el piso, pero uno de los hombres la inmovilizó con una patada que le dio de lleno en el muslo.

No supo cuánto tiempo recorrieron un camino accidentado, cada tanto la camioneta daba volantazos que le ocasionaban golpes en la cabeza o en las piernas.

—Alguien está muy ansioso de verte —señaló burlón Vergara.

Elizabeth no fue capaz de contestar, solo rogaba por que fuera una muerte rápida. El vehículo entró por fin en una carretera asfaltada, no sin antes detenerse de manera brusca para seguir de nuevo su trayecto.

Un par de horas después, la camioneta frenó, abrieron las puertas y los hombres se bajaron del auto, sacando a Elizabeth con tosquedad y llevándola casi a rastras por un camino hecho de piedra hasta llegar a la puerta de madera labrada de lo que parecía una mansión.

Se escuchaba el ladrido de unos perros, y el piar de los pájaros, pues faltaba poco para el amanecer.

La hicieron seguir a un salón decorado con gusto.

Un escalofrío la recorrió cuando su peor pesadilla se dio la vuelta y la enfrentó.

—Por fin vuelvo a verte. ¿Cómo estás, mi reina? —interrogó Marcos con un brillo furioso y apasionado en los ojos.