CAPÍTULO 26
Nathan estuvo listo antes de las siete de la mañana.
Esperaba instrucciones de un móvil encriptado que le había llegado por mensajería el día anterior, ya que a esas alturas el suyo habría sido desbloqueado e intervenido nuevamente por las autoridades.
Tan pronto recibiera la llamada, bajaría hasta el aparcamiento.
Mientras se preparaba un café, se preguntó qué estaría haciendo Elizabeth a esa hora, ya que compartían el mismo huso horario.
¿Se habría levantado ya? ¿Tendría un lecho donde cobijarse?
Sintió formarse un nudo en su garganta al pensar en las circunstancias que debía estar atravesando.
La amaba más que a todo lo que había amado en la vida, así quisiera reprenderla o castigarla de alguna manera por su acción y el calibre de cosas que le ocultó.
El corazón se le encogió al pensar en sus hermanos, en la señorita Selma, en su madre, hasta pensó en Verónica, que había quedado tan abatida con su salida de la empresa.
Tanteó nervioso el móvil nuevo esperando el dichoso mensaje, el suyo estaba a buen recaudo en su mesa de noche.
En cuanto el mensaje entró, el golpe de adrenalina lo puso alerta enseguida, lo esperaban en el aparcamiento del edificio en cinco minutos.
Le tomaría alrededor de dos minutos llegar al sótano.
Agarró el morral que había preparado y abrió la puerta para encontrarse con la cara seria de su hermano Mathew, que llevaba, en ese preciso instante, una mano al timbre.
—¿Qué haces aquí? —preguntó nervioso. “Puta ley de Murphy”, caviló—. ¿Quién te dejó subir?
Mathew lo miró, extrañado, y luego lo detalló de arriba abajo, fijando los ojos en el morral.
—Calma —dijo con voz suave acompañado de un gesto de manos—. El viejo Tobías me dejó subir, creo que el hombre piensa que, si has vivido aquí por un tiempo, eres residente de por vida.
—Pues eso no está nada bien, no puedo atenderte ahora, debo estar en el aeropuerto y voy algo tarde.
Nathan llevó la mano al reloj, faltaban tres minutos para que la camioneta llegara.
—No reprendas al viejo, no lo hizo con mala intención. Vamos, yo te llevo.
—No, gracias, ya tengo transporte y no quiero cancelarlo.
—¿Para dónde vas?
—Nueva York.
Nathan soltó un fuerte suspiro y se tocó la nariz con el dedo pulgar e índice, en un gesto que Mathew conocía muy bien.
—Me imagino que vas a acampar en Central Park, es en el único lugar donde lucirías esas botas que llevas —señaló cauteloso. Nathan no contestó y miró el reloj de nuevo—. No-me-jo-das —pronunció Mathew claramente cada sílaba mientras le daba un puñetazo a la pared—. Vas tras ella.
Nathan ni siquiera lo había hecho entrar. Cerró la puerta tras de sí e hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—¿¡Te volviste loco?! Por Dios, esa mujer está en graves problemas —Mathew empezó a hablar de manera atropellada—. No tienes la potestad de solucionarlos y tampoco de ayudarla, el papel de héroe romántico no te queda bien. Brandon te va a matar y yo también.
—Voy por ella porque debo hacerlo.
—¡Hija de puta!
Nathan soltó el morral de mala manera, le aferró las solapas de la chaqueta dispuesto a golpearlo, pero no quería armar un escándalo y se detuvo a tiempo, Mathew lo miró estupefacto.
—¡Estás hablando de mi esposa! —Nathan lo soltó y trató de contener el tono de voz.
Mathew caminó por el corredor con las manos detrás de la cabeza.
—No vayas —rogó. Nathan le dijo con el gesto que no cambiaría de parecer, Mathew se acercó, se paró frente a él y lo miró con algo parecido a la compasión—. No lo entiendo, Nathan, tantas mujeres que tuviste y mucho más hermosas, ¿por qué ella?
Nathan caminó hasta el ascensor.
—Tienes razón hubo muchas mujeres hermosas en mi vida, pero ella llegó y me puso en otra órbita.
—No quería quedar como un cursi enamorado, y decirle que no supo si fue su risa o sus ojos que como dagas habían atravesado sus muros; o que fue su voz y sus caderas; o su alma, que logró acariciar con sus manos; o su forma de ser, que lo podía volver loco, o era todo el conjunto, no lo sabía.
En medio de todo lo que la rodeaba, ella se erguía con una dignidad inquebrantable, a lo mejor por eso iba a buscarla, porque no era justa la manera en que la había tratado la vida—.
No te equivoques, estoy muy molesto con ella y no tengo idea de si lo nuestro tiene futuro, pero no la voy a dejar a su suerte.
—Elevó la mirada y vio que las luces del elevador ascendían
—Hermano, no vayas —rogó el más joven.
—De lo único de lo que tengo certeza es de que la amo y sin ella se me iría la vida, por eso voy a buscarla.
—Se quedó callado unos segundos viendo que el elevador ya iba a llegar a su piso y luego decantó los ojos en su hermano menor—.
No te pido que lo entiendas, Mathew, solo trata de que Brandon no vaya detrás de mí y esperen noticias mías.
—Sonrió y lo abrazó, el joven apenas podía modular o moverse—.
Y tranquilo, no voy solo, contraté un grupo de profesionales entrenados.
—Las puertas del elevador se abrieron—. Te quiero, bro, no lo olvides nunca.
Las puertas del elevador se cerraron, Mathew no pudo articular una sola palabra. El corazón de Nathan lloró de angustia al ver su expresión, pero era decisión tomada y nada ni nadie le haría cambiar de opinión.
Al llegar al aparcamiento, la falsa camioneta de la lavandería ya había hecho su aparición y frenado frente al ascensor de servicio, la puerta de atrás estaba abierta.
A medida que se acercaba al vehículo, observó a un empleado de uno de los departamentos con una bolsa y unas prendas de ropa en ganchos que Leandro recibió con gesto adusto.
La pantomima era tan perfecta, que hasta un papel de recibido le dieron al hombre.
Nathan pudo ver que el que manejaba la camioneta era William.
—Treinta segundos de retardo —señaló el hombre, molesto, en cuanto Nathan se sentó en el piso de atrás—. Solo se necesitan de diez para arruinar cualquier misión, que no vuelva a ocurrir.
—Buenos días, tuve una visita inesperada.
El hombre levantó una ceja y Nathan se apresuró a calmarlo enseguida. La camioneta se puso en movimiento y pronto se escuchó el ruido de las bocinas y el tráfico.
—No eran las autoridades, respire tranquilo. Era mi hermano menor.
—¿Sabe para dónde va?
—No lo sabe, pero lo imagina.
—Entre menos gente sepa de su paradero, mucho mejor.
Nathan se recostó en la pared del vehículo y cerró por un momento los ojos para disimular su turbación, rogando porque cuando Mathew hablara con Brandon, él ya estuviera lejos de allí.
Minutos después, la velocidad del vehículo aminoró hasta que se detuvieron.
Escucharon a William bajarse del auto y segundos después abrió la puerta. Ambos hombres se incorporaron y se bajaron del vehículo. Clive los recibió junto a un hombre de ascendencia oriental. Ninguno se saludó.
—¡Vamos! —ordenó William, y Nathan se puso a la par de ellos hasta llegar a una camioneta oscura de vidrios tintados, mientras Leandro le decía al hombre oriental que debían deshacerse del vehículo enseguida, porque lo más probable era que hubieran quedado en todas las cámaras de la ciudad, y también que debía dejar lo más pronto posible el lugar también.
Se desplazaron a uno de los aeropuertos privados aledaños a la ciudad.
Llegaron al lugar en cuarenta y cinco minutos, Nathan y los demás esperaban ganar algo de tiempo antes de que las autoridades les siguieran la pista.
Necesitaban desaparecer. Al llegar al aeropuerto, después de pasar los controles migratorios —el viaje llevaba como destino México—, se subieron en un avión Learjet 60, propiedad de la empresa.
Tan pronto estuvieron en el aire, Leandro Mata, que se había sentado en el asiento contiguo al de Nathan, sacó una carpeta.
—Mi equipo conoce muy bien esta información que le voy a dar enseguida, King, espero que memorice rostros, nombres y otra serie de datos.
Aunque usted nunca estará fuera de nuestro radar, es necesario que sepa a qué se va a enfrentar cuando lleguemos a territorio colombiano.
De aquí en adelante solo hablaremos español.
—No tengo ningún problema en seguirlo —respondió Nathan ante la mirada inquisitiva del hombre.
—Bien.
Encendió una tablet y desplegó la mesa auxiliar. En la pantalla apareció la foto de un hombre de alrededor cincuenta años.
—Esta fotografía es de Javier Orjuela, tiene aproximadamente un año, fue la última vez que se le vio, ya que tiene dos años de estar en la clandestinidad; a diferencia de Marcos Rodríguez —heredero del emporio cocalero de su padre y al que las autoridades no han podido encerrar por “falta de pruebas”—, que se pasea por toda Colombia con un grueso esquema de seguridad.
Parte de su fortuna está en manos de testaferros y otra parte fue a extinción de dominio por parte del gobierno.
Se dice que todavía trafica, aunque las autoridades colombianas no han podido comprobarlo y las pruebas de nuestro gobierno son débiles. Es un hombre muy peligroso.
Nathan se quedó observando la fotografía del narco con malsana curiosidad y una gran dosis de celos. Ese hombre estuvo prometido con su esposa, ¿lo habría amado? ¿Por qué lo había plantado dos días antes de la boda?
—¿Qué tan peligroso es?
—Ha matado gente, es cruel y vengativo, esperemos que Elizabeth, o María Fernanda, no esté en su poder.
—Elizabeth, por favor, llámela Elizabeth. —El hombre asintió, Nathan se recostó en la silla y observó por la ventana del avión las nubes algodonosas, mientras meditaba en lo que Leandro le relataba.
Clive se levantó, fue al fondo del avión y sacó de una nevera un refresco.
Leandro continuó con su diatriba, parecía estudiante recitando una lección. Deslizó una serie de fotografías donde aparecían cadáveres mutilados, quemados, baleados, en diferentes poses que provocaron en Nathan el deseo de vomitar.