CAPÍTULO 25 #2
Nathan caminó hasta la ventana y observó el atardecer, se metió las manos a los bolsillos y sopesó muy bien lo que le iba a decir a la esposa de su hermano.
—Estar bajo la protección de Brandon puede ser a veces muy agotador. —dijo dándose la vuelta.
—Él los ama profundamente.
—Nosotros a él, pero ha hecho tan bien el papel de padre que no se da cuenta de que ya no somos unos niños, no puedo hablar por Mathew, pero siento que es momento de seguir mi camino.
—No puedes renunciar a algo que te pertenece por derecho de nacimiento. Alejarte así de la empresa.
—¿Quién lo dice? ¿Un papel?
—Joyerías Diamond es tanto tu legado como de Brandon o Mathew.
—Lo sé, amo las joyerías, pero es un amor que no me satisface.
Dicen que de las crisis salen las mejores oportunidades, quiero creer que esto que me está sucediendo es para poder, por fin, iniciar mi camino en solitario, sin la injerencia de Brandon.
Por favor, no se lo digas. Lo haré yo en su momento.
Eva lo miró dolida.
—Él sabe que eres capaz de hacer cualquier cosa.
Nathan sonrió.
—Eva, querida, eso podríamos discutirlo, pero no lo haré. —Nathan recordó la reunión con Anne en la mañana—. Quiero pedirte un enorme favor.
—Lo que sea.
Nathan sonrió.
—No te apresures. Necesito que seas el puente entre mi madre y Brandon.
Eva se envaró enseguida y su expresión cambió.
—No creo que…
—Eva, querida, si hay alguien que yo conozco por su gran corazón, esa eres tú. Perdonaste al cabrón de mi hermano y por eso tienes mi reconocimiento y lealtad de por vida, no es bueno agrandar una fisura que tarde o temprano tendrán que cerrar.
—Brandon no quiere escuchar hablar del tema.
—¿Y tú? —inquirió Nathan.
Eva se quedó con la mirada en blanco.
—¿Me estás pidiendo que arregle las cosas con tu madre para allanarle el camino hacia Brandon?
Nathan hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
Eva se levantó de la silla y caminó por la sala sopesando lo dicho por su cuñado.
—Lo haré con una condición.
Nathan se acercó a ella y la tomó de ambos brazos.
—Eva, Eva… Sé que el perdón es una de las acciones más difíciles de aceptar para el ser humano —soltó un suspiro y le habló con dulzura—, a todas luces lo que hizo mi madre es imperdonable y tampoco pretendo obligarte a hacerlo y mucho menos que sea condicionado a algo, no sería justo para ninguno. Mi madre te ocasionó mucho dolor.
A Eva se le aguó la mirada.
—No creo que pueda hacerlo.
—Así no tengamos una relación positiva con ella, hay que verla como lo que en realidad es: una triste mujer profundamente equivocada.
Estoy seguro de que tu generosidad hará que puedas dar pasos hacia ella, en tus tiempos.
Así Brandon esté furioso, ella es y será parte nuestra, lo queramos o no.
Ve a casa, Eva, y piénsalo. Tratemos de hacerlo sin condiciones, aunque puedo adivinar lo que me vas a pedir.
—Necesitas a tus hermanos —afirmó ella—. Te pido que no dejes a Brandon por fuera, tampoco a las joyerías, esa es mi condición.
Nathan negó con un gesto de la cabeza varias veces.
—Eva, hay situaciones en la vida en las que no podemos arrastrar con nosotros a los que más amamos.
Eva se limpió las lágrimas y se quedó mirándolo como si de pronto lo viera por primera vez y pudiera leer sus pensamientos. Nathan la soltó.
—Cuídate, Nathan, lo que sea que vayas a hacer, cuídate. Brandon no se perdonaría donde algo malo te llegara a ocurrir.
Él sonrió con despreocupación.
—No hay nada de qué preocuparse.
Su gesto mudó a uno sombrío en cuanto se quedó solo.
****
El sonido del móvil interrumpió los pensamientos de Tommy Marshall. Contestó enseguida.
—Sí.
—Hola. —La voz de Linda, un poco chillona, se coló hasta su oído—. ¿Cómo van las cosas?
—Nada, el hombre no ha salido de su departamento. Lo visitó Eva King, se fue hace media hora.
—Los chicos de comunicaciones creen que alguien bloqueó su móvil.
Tommy se enderezó en la silla. Lo había perdido un par de horas el día anterior, pero se negaba a decirle algo a su compañera, que esa tarde se había excusado de acompañarlo.
—¿Y cuándo se sabrá si el aparato está intervenido por otra persona? —inquirió Tommy.
—No tengo idea. Tampoco hemos podido localizar a Tony Mc Cabe. Está desaparecido del mapa desde la tarde.
—Es su trabajo, tendremos que reforzar la vigilancia de Nathan, necesito saber qué se traen entre manos ese par, esa reunión en el restaurante no es porque sean los mejores amigos —adujo Linda.
—Lo más probable es que lo haya contratado para encontrarla.
—Si para mañana no sabemos nada de Elizabeth Castillo, lo llevaré de las narices hasta la oficina y lo interrogaremos de nuevo. ¿Se sabe algo de la chica?
—Nada aún.
A Tommy sus tripas le decían que algo se estaba cocinando, no sabía qué, a lo mejor ya habían localizado la chica, a lo mejor había volado a Colombia, a lo mejor ya estaba en brazos de su prometido.
Le reventaba entregar el caso cuando este se ponía interesante, pero si la joven había salido del país, que era lo más probable, estaría fuera de su jurisdicción.
En una reunión programada para el día siguiente habían decidido entregar el caso a la agencia antidrogas.
Observó de nuevo la hora en el radio digital del auto, faltaba un rato para el relevo.
Eran más de las siete de la noche cuando uno de sus compañeros lo reemplazó y pudo irse a su casa.
Interrogaría a Nathan King al día siguiente, así sus compañeros no estuvieran de acuerdo.
****
Nathan no podía dormir. Antes de la medianoche renunció a seguir acostado y se puso a repasar las instrucciones que le había dado Leandro Mata en la reunión del día anterior y que debería seguir para ser sacado del edificio sin que los que lo vigilaban se percataran.
Recurrirían a uno de los trucos más comunes, pero si se hacía bien, no tendría por qué presentarse ningún problema: una camioneta del servicio de lavandería entraría al garaje de la torre de departamentos a las siete y treinta, dispondría de pocos minutos para entrar en el vehículo y salir enseguida.
La camioneta tendría las mismas características de la que normalmente llegaba al edificio todos los días a esa misma hora.
Nathan no tenía idea de cómo interceptarían a la verdadera camioneta.
Leyó de nuevo la serie de instrucciones y después se tendió en la cama.
Abrió la aplicación de fotografías del móvil y se topó con una foto de Elizabeth, una de sus favoritas, en la que yacía acostada en la cama con un brazo extendido arriba de la cabeza y la cabellera desparramada sobre la almohada.
Llevaba una camiseta rosada de tiras delgadas y un interior de color blanco, el culo le sobresalía por encima del edredón, sus piernas estaban descubiertas, dormía profundamente con una extremidad doblada sobre la otra.
Recordó las noches compartidas y como ella, entre sueños, iniciaba una pelea con las cobijas.
Le costaba reconciliar la imagen de su Elizabeth con lo leído en el legajo de María Fernanda Orjuela.
Recordó el día en que la conoció y la expresión de sus ojos cuando la llamó María, el dolor y la tristeza.
Dios, a veces era tan superficial. Repasó con el dedo sus facciones, el contorno de su cuerpo, recordó de forma inevitable su inteligencia, su pasión para encarar la vida y cómo le variaban los latidos del corazón al verla.
No entendía aún lo ocurrido, quería entenderlo, necesitaba entenderlo.
Era consciente de que los seres humanos van por la vida de la mano de sus luces y sombras, con el dolor de las pérdidas y con la redención que siempre brinda la vida, y que muchas veces no reconocen por una necesidad de autocastigo: es más fácil revolcarse en el dolor que profundizar en la emoción que ocasiona el sufrimiento y superarlo.
Eso era lo que le había pasado a él y lo que le ocurría a Elizabeth, demasiado autocastigo le impedía darse de forma completa en el amor.
Se levantó de la cama, despabiló y dejó de pensar como gurú de autoayuda, tomó el ordenador y pasó las fotografías del teléfono a una memoria donde guardaba la lista de los números de todos sus contactos, pues ni siquiera iba a llevar su móvil.
Había retirado suficiente dinero, ya que solo utilizaría efectivo, aunque llevaría algunas de sus tarjetas.
Se volvió a acostar, y por primera vez en muchos años elevó una plegaria a su padre, pidiéndole que lo protegiera de cualquier peligro y, lo más importante de todo, le rogó a él y a cualquier ente superior que lo escuchara, poder volver a verla.