CAPÍTULO 25
Nathan les huía a sus hermanos, dejó de contestar sus llamadas, solo uno que otro escueto mensaje de texto los mantenía conectados.
Sabía que ellos se opondrían con fiereza en cuanto se enteraran de la odisea que emprendería en dos días.
Se dedicó a alistar el equipaje: jeans, camisetas, diversos tipos de calzado.
Se documentó un poco más sobre Colombia, pues, a pesar de conocer el país, esta vez llegaría en condiciones muy diferentes.
El día anterior se había vuelto a reunir con Tony.
Para no levantar las sospechas del FBI, la reunión se celebró en la mansión de su amigo Dante D´Marco.
Allí había conocido a los tres soldados profesionales con los que viajaría a Colombia: Leandro Mata, de origen colombiano y líder la misión, un hombre en la treintena, de tez trigueña, cabello oscuro y mirada desconfiada; William Forero, de aspecto muy similar a Mata, aunque mucho más bajo —les llegaba a los demás a los hombros— y Clive Harper, un soldado imponente al que con toda seguridad no le temblaría el pulso al torcerle el cuello a alguien con el contorno de una sola de sus manos oscuras.
Nathan pensó que iba a encontrar cierta reticencia por parte de los tres hombres, pero no halló nada de eso, eso sí, lo trataron con seriedad y le dejaron en claro que viajaba bajo su responsabilidad personal: ellos no podrían andar pendientes de cada uno de sus pasos, porque eso obstaculizaría el objetivo de la misión.
Una vez más lo invitaron a que desistiera, pero Nathan ni loco dejaría de ir por Elizabeth.
Necesitaba estar en su entorno, inhalar su mismo jodido aire, ya que, desde su partida, era como si su capacidad de respirar estuviera comprimida por alguna razón.
Tony le dijo que en cuanto llegaran a Colombia podría disponer de una pistola del armamento que llevaba el equipo, y le pidió que restringiera sus movimientos antes de salir del país, ya que las autoridades no le quitaban el ojo de encima.
Debía esperar instrucciones sobre cómo sería la extracción del departamento para poder eludir a las autoridades.
Al día siguiente de la reunión y faltando un día para viajar, salió temprano a correr y luego de un copioso desayuno, fue a visitar a Anne.
Nathan esperaba de corazón que su madre no se hubiera enterado de todo.
El tema de la desaparición de Elizabeth se había manejado con mucho tiento dentro de la compañía; la ausencia de la diseñadora se había achacado a una emergencia familiar en el otro lado del país.
—Buenos días, madre.
La mujer leía la prensa en una salita que daba a un jardín. Era la primera semana de noviembre, los árboles se despojaban de sus colores y las hojas de colores ocres bailaban en el aire antes de caer al suelo.
—No son nada buenos, Nathan —retrucó con tono molesto—. No te dignas a contestar mis llamadas, tú eres el único de mis hijos que aún me dirige la palabra y necesito que me expliques qué diablos sucedió y cómo se te ocurrió casarte con esa mujer.
Ni modo, ella ya estaba al tanto de todo lo ocurrido.
Su madre podría no estar en las joyerías, caviló Nathan, pero aún ostentaba el poder que le había otorgado manejar durante tantos años el lugar, y debía tener algún empleado informándole de cada paso dado por sus hijos y de las decisiones que se tomaban al interior de la empresa.
Se sentó frente a ella. La mujer se quitó las gafas de lectura y observó a su hijo con talante furioso.
Vestía con elegancia, como siempre: un pantalón de lana color borgoña y un suéter negro de cuello alto, llevaba las joyas adecuadas y estaba peinada como si acabara de visitar al estilista; pero las sombras oscuras bajo sus ojos y un ligero temblor en sus manos delataban lo que la mujer estaba sufriendo.
—Madre, no tienes autoridad moral para cuestionar mis decisiones, hay ciertas cosas a mi favor, y una de ellas es haber actuado siempre con buena intención, algo de lo que tú no puedes jactarte.
Una empleada se acercó a ellos y Anne la despachó con un gesto de la mano.
—Mis errores no están en discusión, jovencito, aún soy tu madre y tengo derecho a reprenderte, si quisiera podría bajarte los pantalones y darte una golpiza por estúpido.
Nathan se levantó de inmediato.
—No vine aquí a que me insultaras y como sé que no me escucharás, mejor me voy.
La mujer se quedó callada rumiando su molestia.
—Siéntate.
Nathan, que había llegado hasta la puerta, se dio la vuelta.
—¿Me vas a insultar?
La mujer negó con la cabeza. Él volvió a su puesto.
—¿Cómo pretendes solucionarlo? Me imagino que ya empezaste los trámites para anular ese matrimonio. Por Dios, Nathan, ¿Las Vegas? Es tan ordinario, no lo esperaba de ti.
—Lo que yo haga o deje de hacer es mi problema, la empresa no se verá afectada.
Como me imagino que ya sabrás, no tengo en este momento nada que ver con Joyerías Diamond, puedes respirar tranquila.
Brandon ha pagado una cantidad obscena de dinero, que insistí saliera de mi bolsillo, para que todo lo ocurrido quede en estricta reserva.
—Eso no le quita hierro a tu actuar, ¿cómo…?
—¡Madre! ¿Por qué por una maldita vez no puedo encontrar en ti un poco de consuelo?
Anne se encogió, incómoda, era la primera vez que un hijo suyo iba a verla en busca de consuelo. Pensó que la señorita Selma debería estar muy mal de la cabeza si su hijo del medio esperaba que ella le brindara palabras afectuosas. ¿Qué se sentiría el poder hacerlo?
—Deja de maldecir, por favor —dijo la mujer con talante un poco más conforme.
—Lo siento, madre —dijo sin sentirlo un ápice.
—Debiste dejar que Brandon también aportara una buena cantidad de dinero para solucionar este estropicio, al fin y al cabo, fueron Brandon y Eva los que le devolvieron el trabajo a esa mujer —concluyó con evidente resentimiento.
Nathan no quiso decirle que la había conocido mucho antes y que independientemente de si hubiera trabajado o no en las joyerías, el resultado hubiera sido el mismo: él loco por ella, y punto.
—Madre, no vine aquí para eso —señaló en tono cansado.
Le tomó ambas manos y les acarició el dorso—.
Si deseas que las cosas con Brandon se suavicen, tienes que dejar tu orgullo y empezar a arreglar tu relación con Eva, eso lo ablandará un poco.
Ella es una gran mujer y puedes iniciar un acercamiento, bájate del pedestal, no critiques lo ocurrido, no hables mal de Brandon, conversa sobre el clima, la moda o el último libro del club de Oprah, no lo sé.
—Tengo habilidades sociales, no te preocupes —interrumpió ella.
—Si en algún momento tienes la oportunidad de pedir disculpas por lo que hiciste, hazlo, nada ablanda más el corazón de una persona que tener la facultad de perdonar, y si ellos te perdonan, no te perderás a tus hipotéticos nietos.
—Ellos nunca me perdonarán.
—Eso no lo sabrás si no lo intentas. Claro que no será fácil.
—¿Qué vas a hacer ahora que estás fuera de las joyerías?
Nathan soltó un suspiro.
—Me tomaré un tiempo para pensarlo, no quiero precipitarme.
—Me preocupas.
Nathan se levantó, quiso decirle que eso sería una novedad, pero no quería conflictos.
—Ya sabes —insistió—, intenta arreglar las cosas, los necesitas. Mathew no será un hueso duro de roer, él ya te perdonó, solo está disgustado. Dale tiempo. Cuídate y visita más a la señorita Selma.
—¿Por qué me estás hablando así? —preguntó Anne levemente confusa—. Nunca lo habías hecho, es como si te estuvieras despidiendo.
Nathan negó con la cabeza, le dio un beso en la mejilla y salió del lugar.
Incapaz de ir a ver a la señorita Selma, se refugió en su departamento; si la visitaba, estaba seguro de que le soltaría todo y lloraría como un crío en su regazo. No, su mammy no necesitaba preocupaciones en ese momento. Al anochecer, el portero anunció por el intercomunicador una visita.
Renegó, furioso. Brandon lo conocía más que cualquier otra persona en el mundo.
Seguía molesto, pero había enviado a Eva para saber cómo se encontraba después que él se negara a contestar sus llamadas.
No podía despacharla, y más después de anunciarse.
La hizo subir, y revisó la estancia, para que no hubiera equipaje a la vista.
—Hola, Nathan. —Él le hizo una venia algo exagerada, al abrir la puerta, invitándola a entrar.
—Hola, querida.
Eva entró, se quitó el abrigo y lo dejó encima de una silla junto a su cartera.
—Brandon está muy preocupado por ti.
—No soy un niño, dile que no se preocupe.
Ella asintió.
—Lo haré.
La joven se dirigió a la cocina.
—¿Has comido algo? —Abrió el congelador—. Mírate, parece que hubieras perdido peso y eso que no han transcurrido ni tres días, se nota que no has dormido bien.
Nathan se refregó la cara y el gesto terminó en el cabello, lo jaló dejándolo en punta, se acercó a ella y cerró la puerta del refrigerador.
—Gracias por tu preocupación, querida Eva, no tienes por qué inquietarte —sonrió—. En serio, lo mejor que puedes hacer por mí es ir a casa con Brandon.
Eva cerró los ojos un momento y cuando los abrió, su rostro lucía angustiado.
—Fue mi culpa, todo esto es culpa mía, si no hubiese insistido…
—Querida, ven…
Nathan la llevó hasta la sala donde la joven se sentó.
—Conocí a Elizabeth antes de que ustedes volvieran a contratarla y créeme cuando te digo que el resultado hubiera sido el mismo. La amo como no pensé hacerlo nunca y necesito solucionarlo.
Desde lo ocurrido en el almuerzo, Eva no había dejado de meditar en la terrible situación en que se encontraban Nathan y Elizabeth, y también le preocupaba la brecha que el joven quería mantener con Brandon y Mathew.
—No sabemos dónde se encuentra y por qué desapareció. Brandon ha estado investigando.
—Dile a mi hermano que me deje este problema a mí, él tiene mucho que solucionar, no agreguemos más leña al fuego, dile que yo voy a solucionarlo.
—¿Cómo? —preguntó ella alarmada—. ¿Por qué no se lo dices tú?