HERMANOS KING CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

La perra había desaparecido y él estaba seguro de que se encontraba aquí, en Colombia, podía olfatearla.

Le molestaba la obsesión de su jefe por una zorra que lo había dejado tirado años atrás.

No lo entendía, pero el imbécil era el dueño del dinero y había que obedecerle.

Además, estaba la lealtad al viejo Rodríguez, que le había sacado antes de morir la promesa de no abandonar a su hijo.

Sonrió irónico, si al menos Marcos tuviera las bolas de su padre, todo hubiera sido diferente, pero no, era explosivo, débil y egocéntrico, y una persona difícil de tratar.

Había llegado un par de horas antes y estaba esperando a que Marcos se levantara para darle la noticia de que María Fernanda había desaparecido del panorama desde hacía tres días.

No fue fácil recolectar la información, que llegó a él por medio de sus contactos en los Estados Unidos.

Alguien se la había llevado y no habían sido ellos, de haber sido las autoridades, sabría de su paradero en ese momento.

Había entrado en escena alguien más, alguien que, además, sabía que Marcos iba tras ella y no podía ser otro que Javier Orjuela.

El maldito había sabido en todo momento donde estaba su hija y se lo había ocultado.

Podrían arreglar otra reunión, pero estaba seguro de que Orjuela no les daría la cara hasta que la tuviera a buen recaudo.

El problema era que el imbécil de Marcos se pondría en la mira de las autoridades que hasta el momento lo habían dejado quieto y, además, estaba el gasto de dinero por información, que en ese momento no convenía.

Él lo arreglaría con una bala en la cabeza de la mujer, pero el idiota no lo aceptaría.

Las noticias que le traía tampoco serían de su agrado.

Marcos entró a la sala, vestía bermudas y camiseta, el cabello húmedo por la ducha que seguro acababa de tomar.

—¿Tienes noticias? —preguntó sin saludar y sentándose en una de las poltronas. El lugar estaba decorado por una famosa diseñadora de interiores, era un ambiente lujoso y un poco recargado.

Vergara hizo un gesto de asentimiento.

—María Fernanda escapó, desapareció.

Marcos se levantó, exaltado, y caminó un par de pasos en dirección al hombre, que permanecía de pie.

—¿Cómo que desapareció? ¿Las autoridades, acaso?

Vergara se revistió de paciencia, hizo una pausa antes de soltarle la bomba.

—Ella se casó hace pocas semanas con un empresario importante de Chicago.

El rostro de Marcos se transformó, una sombra oscura revistió su semblante.

—¿Quién es el hijo de puta? —preguntó taladrando al hombre con su gesto.

—Según mis contactos, se llama Nathaniel King, la boda fue algo precipitada, nadie lo sabía, el tipo está siendo vigilado, y según mis contactos no ha tenido contacto con ella, solo con las autoridades, es todo lo que sé hasta el momento.

—Fue Orjuela —dijo en tono pausado y letal.

—También lo creo y pienso que ella ya está en Colombia.

Rodríguez recorrió la estancia con las manos en las caderas.

—Necesito que la encuentres, que rebusques así sea debajo de las piedras. Necesito a María Fernanda Orjuela en mi poder.

Vergara negó con la cabeza varias veces.

—Marcos, Marcos, pienso que es algo desgastante, has tenido en tu cama a las mujeres que has querido, mucho más buenas que esa. Dame una razón para perseguirla y traerla a tu presencia.

Marcos caviló, María Fernanda los había puesto a todos en una situación muy complicada.

Después de su huida, no debió haberle hecho caso a su padre cuando le prohibió que resarciera su honor masacrando a toda esa familia.

Orjuela, meses después, aliado con un cartel centroamericano, les había pagado hasta el último peso de la deuda, y para su padre fue más importante la oportunidad de hacer negocios con ese dichoso cartel, que el orgullo herido de su hijo.

—¡No te importa! —reviró—. La razón es irrelevante, esa mujer escupió sobre mí y toda mi familia, y pagará por ello.

“El maldito sigue enamorado de ella”, meditó Vergara.

Todos en la familia se percataron de su obsesión por la joven, la perseguía como animal salvaje tras la presa, la adulaba; durante el noviazgo la mantenía vigilada todo el tiempo, en la universidad tenía varios hombres camuflados de estudiantes pendientes de cada uno de sus pasos, fue una etapa desgastante para el esquema de seguridad de los Rodríguez, pero Marcos no quería dejar de vigilarla.

Acostumbrado a que las mujeres se le tiraran encima, la aptitud de María Fernanda lo desconcertaba.

No se percataba de que la joven tenía el corazón roto, no le importó cuando supo que había estado enamorada de alguien más, a lo mejor porque ese alguien ya había muerto, y recordó con desagrado los días de borrachera y de desmanes cuando la joven desapareció.

La buscó por cielo y tierra y nunca dejó de hacerlo a pesar del tiempo transcurrido.

Vergara, no había hecho parte de eso, hasta ahora, su función en el esquema de seguridad de la familia era mantener a Marcos lejos de sus enemigos.

Ahora veía que la obsesión de su jefe por María Fernanda tomaba nuevos bríos y el hombre no descansaría hasta tenerla en sus dominios.

¿Qué haría después? Vergara no tenía idea y poco le importaba, con tal de dejar ese tema de lado y concentrarse en brindar seguridad al culo de su jefe.

—El único que nos puede ayudar en estos momentos es Romero, habrá que desembolsar una buena cantidad de dinero.

—Haz lo que sea necesario, unta las manos que se necesiten, debo saber el paradero de María Fernanda, por dinero no te preocupes.

A lo mejor había visitado alguna de las caletas, repletas de dólares, caviló Vergara. Eso lo hacía solo con su escolta personal y padrino.

—No debiste irte sin comentarlo —acusó Vergara.

Marcos chasqueó los dientes y gritó a uno de sus hombres para que le llevara una taza de café.

—Navajita, Navajita, no sufras —soltó el hombre sonriendo—. Todo salió muy bien.

Vergara no descubrió humor en la declaración.

—Pudiste correr peligro.

—No estaría aquí.

La prepotencia iba a matarlo, con libertad para moverse por todas partes, vivía sumergido en una vida fastuosa, fiestas, discotecas, prostíbulos y restaurantes costosos.

Vergara opinaba que era mejor, en esos delicados momentos, manejar un bajo perfil, ya que tenía cuentas pendientes con la justicia, y, aunque gracias a policías y fiscales corruptos, los expedientes andaban refundidos del ojo público, lo peor era que el hombre seguía delinquiendo.

Pero hacerlo razonar era como gastar pólvora en gallinazos y decidió dejarlo pasar, había aprendido a escoger sus batallas.

—Te mantendré informado de lo que descubra.

Ya salía de la habitación, cuando Marcos le dijo:

—Necesito toda la información del gringo.

—¿Cuál gringo? —preguntó con intención, pues sabía perfectamente a quien se refería Marcos.

—El gringo de mierda que se casó con mi mujer.

“Ella nunca fue tu mujer, por lo que se supo”, quiso rebatirle Vergara, pero se ganaría un tiro en plena frente.

—Bien.