HERMANOS KING CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

—¡Elizabeth! ¡Maldita sea! No cuelgues. —La llamada se interrumpió.

Nathan se quedó inmóvil unos segundos, atado a fuertes cuerdas de incredulidad y angustia; soltó el aliento de manera brusca, apretó el móvil contra los labios hasta sentir la presión. Luego tiró el aparato encima de la cama.

—¡Mierda! —exclamó furioso y con ganas de golpear algo.

Se resistía a caer en agonía, no podía, primero tenía que rescatarla, después ya vería.

Su llamada no lo había tranquilizado ni de lejos y sus palabras, resopló irónico, no calmaban ni un ápice la ansiedad que lo acompañaba desde que se había enterado de todo.

Se sentó en la cama y se refregó el rostro varias veces en un intento por calmarse—. ¡Mierda!

Se levantó segundos después y se vistió de mala gana con ropa informal. Tomó las llaves y salió del departamento.

El lugar donde se había dado cita con Tony Mc Cabe estaba a reventar esa noche, ya que había partido de básquet. Los meseros pasaban con bandejas de alitas de pollo, carnes y cervezas para una clientela en su mayoría masculina.

Nathan se sentó en la barra y pidió una cerveza, se esforzó por relajarse y dejar de apretar los dientes.

No necesitaba los dientes pulverizados, añadido a todo el estrés de la situación.

Cuando el hombre de cabello plateado al ras con el que había hablado la noche anterior —con apariencia de ser tan mortífero como una serpiente cascabel, caminó sin ninguna prisa hasta él—, no tuvo ninguna duda de que era el ideal para sacar a Elizabeth del hueco en el que estaba refundida.

—Buenas noches, señor King.

Nathan le dio la mano.

—Llámeme Nathan.

—Bien.

Un mesero los llevó a una mesa al fondo del local. Nathan le ofreció una cerveza, pero el militar declinó y pidió un vaso de agua mineral con limón.

—Leí un par de reportajes suyos e hice las investigaciones pertinentes antes de esta reunión —dijo el militar.

—Lo escucho —contestó Nathan, incapaz de ocultar su ansiedad.

—No me voy a extender sobre su vida personal, no es ese el caso, investigué muchas cosas de su esposa y ya tengo una copia del legajo que tiene la agencia estatal, los oficiales ya no tendrán injerencia en el caso, a no ser que vuelva al país.

Para finales de esta semana, el caso estará en manos de los de antidrogas.

El interés genuino en el rostro de Nathan se vio interrumpido por el mesero, que se acercó con la limonada para el militar y otra cerveza para él. Aprovecharon para ordenar algo del menú del lugar, alitas y costillitas de cerdo.

—Necesito leer el legajo —expresó Nathan.

—No conoce mucho a su esposa —le contestó Tony con mirada punzante.

Una sombra cubrió los ojos de Nathan y opacó su mirada.

—No voy a discutir eso con usted.

Se escucharon los vítores de la gente por el marcador del partido.

—Tendrá que hacerlo. Si quiere que trabajemos juntos, tengo que saber todo lo que usted sabe de ella. —Fue patente el desasosiego en las facciones del joven—. No tiene por qué sentirse mal, Nathan, peores cosas he visto en esta vida por culpa de los sentimientos.

Nathan se sintió incómodo, era poco lo que podría ofrecer al mercenario, la rabia lo delató enseguida y tuvo que recurrir a su orgullo para no soltar un improperio. Decidió desviar el tema.

—Me pregunto por qué no ha estado en manos de la agencia antidrogas desde el comienzo.

El hombre se echó hacia atrás en la silla.

—Por lo que veo, es una cuestión de egos y rivalidad entre agencias, siempre la ha habido.

La agencia estatal de investigaciones iba tras la suplantación de identidad y se encontró con ese filón, pero su departamento de narcóticos no tiene mucho que hacer, si lo que sigue se desarrolla fuera del país.

A su esposa le conviene que este asunto pase a manos de la agencia antidrogas.

—¿Por qué?

—Porque tendrá un margen más amplio para negociar, si desea volver a los Estados Unidos, claro está.

—Querrá, eso se lo aseguro, pero no a refundirse en una cárcel. —Si de algo estaba seguro Nathan con respecto a Elizabeth era de su amor por los Estados Unidos, a pesar de las circunstancias y las dificultades.

—Sí da indicios de dónde se encuentra Orjuela, tendrá algo que no tienen ellos, por eso es importante el tiempo de ventaja que les llevemos a las autoridades.

Nathan miró a su alrededor como si quisiera asegurarse de que nadie más lo escuchaba. Aclaró la garganta y se inclinó hacia delante.

—Elizabeth se comunicó conmigo hace una hora.

El hombre le destinó un gesto de suficiencia.

—Ya lo sé, intervinimos su teléfono a primera hora de la mañana e hicimos un truco tecnológico para que el número de Elizabeth no esté en el radar de las autoridades a partir de hoy.

Nathan lo miró pasmado.

—¿Eso es posible?

—Sí, usted no tiene idea de lo que un buen hacker puede hacer hoy en día —El hombre tomó un sorbo de su bebida—. No será por siempre, a la larga se darán cuenta, pero cuando eso ocurra, estaremos varios pasos delante de ellos.

El mesero se acercó con la orden, Nathan no tenía apetito y dejó el plato.

—Vaya, me siento como en una película de James Bond o de Misión imposible. —Soltó una risa nerviosa.

El hombre hizo caso omiso a su comentario.

—Tenemos otro dato interesante.

—¿Cuál?

—La llamada se realizó desde Colombia.

—¡Lo sabía! —Nathan palmeó la mesa—. El hijo de puta del prometido la encontró, estoy seguro de ello.

—No nos adelantemos, podría ser el padre.

Nathan se quedó pensativo unos momentos.

—A lo mejor decidió volver por sus propios medios.

—Es poco probable, hay una cámara ubicada en una cafetería a una cuadra de su casa, donde se observa que ella se monta en una camioneta de vidrios oscuros. No hizo esto sola.

A Nathan el alma le cayó a los pies.

—Señor King, en su bandeja de correos habrá un contrato realizado entre usted y mi empresa por los servicios que le prestaremos, no será barato, necesitamos de toda su confianza, destinaré tres hombres para la misión, todos hablan el español neutro muy bien, uno es colombiano, otro mexicano y solo uno es norteamericano.

El tiempo, en estos momentos, corre a nuestro favor.

Si está de acuerdo con las condiciones, mis hombres partirán pasado mañana para Colombia.

—Hay una condición más que quiero agregar yo.

—¿Sí?

Nathan retiró el botellín de cerveza con su vaso y se echó hacia adelante en la mesa.

—Iré a Colombia con ustedes.

El hombre lo miró como si se hubiera vuelto loco, luego su expresión se tornó fría.

—No puede estar hablando en serio.

—Esto es lo más serio que he hablado en mi vida, Tony. Quiero ser parte de la misión.

—Usted no tiene entrenamiento militar, no creo que el haber sido chico explorador le sirva de mucho en medio del ambiente en el que nos moveremos. —señaló él con tono condescendiente.

—No importa, tengo arrestos y sé manejar armas.

El hombre cruzó los brazos sobre el pecho.

—Es fácil ser valiente en su mundo, me pregunto si lo seguirá siendo sometido a una situación de alto estrés, algo totalmente diferente a todo lo que usted ha vivido.

—Fijó la mirada en la de Nathan y levantó la ceja izquierda antes de continuar—.

Lo que usted plantea es una locura y lo puede llevar a la muerte.

—Pagaré el doble.

El hombre se levantó de la mesa.

—Esto no es sobre dinero, es sobre sentido común. Buenas noches, señor King. —El hombre se dio la vuelta dispuesto a salir del lugar.

—Tony, por favor —insistió Nathan, y notó como el hombre tensaba su espalda—.

Necesito ir por ella, le aseguro que no daré ningún problema, y si lo doy, están autorizados para lanzarme de culo para Chicago nuevamente, piense en el dinero que hará si sus hombres me llevan con ellos a Colombia.

Entienda, necesito verla, convencerla, ellos llegarán hasta una parte, el resto me tocará a mí, es una mujer testaruda.

El hombre, que se había dado la vuelta y retrocedido el par de pasos que había dado, le dijo:

—No subestime la capacidad de mis hombres para traer a su mujer de vuelta, podemos hacerlo sin que usted esté estorbando cada uno de sus pasos.

—Hablo bien el español, excelente no, pero lo entiendo muy bien, no me subestime usted a mí.

Nathan llamó a un mesero y pidió la cuenta.

—Lo pensaré, King, tiene pelotas por el solo hecho de querer internarse en uno de los países más violentos del mundo.

—No tengo miedo.

—Debería, es saludable y mantiene a raya a personas como usted, que creen que pueden correr toda clase de riesgos y salir indemnes.

—Piénselo bien, es una muy buena cantidad de dinero, la necesita y más después del chasco ocurrido en el Congo. —El hombre se quedó callado unos instantes—. Yo también hago mis deberes. Espero en mi correo la copia del legajo que tienen las autoridades sobre mi esposa.

Se despidieron con un movimiento de cabeza, Nathan se sentía como en una película de detectives y malos, faltaba la rubia tetona y maléfica para completar el cuadro. Al llegar a su casa, entró a su mail y abrió el correo de Tony Mc Cabe:

Nathan, puede ir con mis hombres a Colombia, pero quiero que quede claro que la prioridad de ellos es su esposa y Javier Orjuela, mis hombres no serán sus niñeras.

En cuanto a lo ocurrido en el Congo, sabe que llevo dos años pagando el único error cometido en mi carrera, no vuelva a nombrarlo nunca más.

Diviértase con la información contenida en el legajo.

Un saludo,

Tony Mc Cabe

Nathan se sirvió un vaso de whisky necesitaba algo más fuerte antes de empezar su lectura.

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Jaime Vergara miraba por el ventanal de la sala de una de las casas propiedad de Marcos Rodríguez. Una mezcla de emociones abarrotaba su mente.