CAPÍTULO 23 #2
—No hables de Nathan, no lo nombres, no ensucies lo único bueno y decente que me ha pasado en la vida. —El hombre levantó ambas manos, como deteniendo una andanada—. ¿Cuándo veré a mi padre?
—Estamos esperando noticias, tu padre cambia de lugar constantemente, depende de qué tanto se acerquen los malditos policías.
—José caminó hacia la puerta—. Puedes salir a desayunar al comedor, no estás prisionera, eso sí, yo no intentaría ninguna treta, mis hombres son malos, no tienen idea de quién eres y podrían lastimarte.
—Puedes estar tranquilo, ni siquiera sé dónde estoy.
El hombre aferró la manija y antes de darse la vuelta, le soltó:
—¿En serio no te diste cuenta de que las autoridades estaban detrás de ti?
—No lo sabía o hubiera desparecido.
—Hubiera sido lo mejor paras todos. Si tu padre no te saca de Estados Unidos, ellos te hubieran echado el guante por falsificación de documentos.
Si las autoridades vienen detrás, yo seré el primero que te pegue un tiro con el dolor de mi alma, ya sabes que preferimos la muerte a una cárcel en Gringolandia.
—Te juro que no tenía la más mínima idea.
Elizabeth no podía confiar en nadie y menos en uno de los lugartenientes de su padre, eran crueles y feroces. Sabía que su amenaza no era en vano, la mataría como a cucaracha donde olfateara alguna autoridad de los Estados Unidos detrás de ellos.
Salió al comedor, una joven de no más de veinte años le sirvió un suculento desayuno: arepas, huevos revueltos, chocolate, fruta picada.
Picó con desgana los alimentos, sabía que tenía que reponer fuerzas, aunque no tenía idea de para qué, pero un peso en el estómago le impedía alimentarse.
Le preguntó a la joven que le sirvió el desayuno dónde se encontraban, ella le dijo que estaban a tres horas de Medellín, hacia el oriente.
Después de desayunar, deambuló por la casa, que estaba plagada de hombres armados que la miraban con curiosidad. Observó el paisaje de la montaña, las flores, un par de perros mestizos que jugaban en el prado. Volvió a la habitación y se recostó hasta que la llamaron a almorzar.
—Deberías dejarme hablar con mi padre —suplicó la joven a José, que se había sentado a almorzar con ella.
—No vamos a exponernos hasta que lleguen órdenes.
—¿Y cuándo será eso?
—Aquí olvídate del tiempo, puede ser en un par horas, días o hasta semanas, tenemos que cubrir muy bien nuestras huellas.
Elizabeth observaba los diferentes alimentos, apenas probó unos bocados de carne.
Necesitaba hacer algo, no podía dejarse languidecer ni días ni semanas en ese lugar sin intentar huir.
José se retiró tan pronto terminó de almorzar, ella se quedó mirando el vacío un rato y luego volvió a la habitación.
Al atardecer, el calor la sacó del encierro y luego de dar una vuelta por el jardín, llegó hasta la cocina donde otra joven desgranaba unas mazorcas, saludó y tomó un vaso de un mueble superior para beber agua.
Entonces lo vio: había un móvil sobre la encimera, estaba conectado a la pared.
El corazón se le aceleró, un sentimiento de desesperada urgencia incitó a Elizabeth, era ahora o nunca, la mujer estaba con la cabeza agachada, ella abrió la nevera, la puerta le tapaba la visión de la joven y podría agarrar el móvil sin ser vista.
La tarea le tomó un par de segundos, lo guardó entre la pretina del pantalón.
Se llevó con ella el vaso de agua, que sirvió con manos temblorosas.
En el pasillo quiso correr, pero se obligó a caminar normal.
—¿Señorita? —llamó la joven de la cocina.
Ella cerró los ojos con el corazón errático.
—¿Sí? —se obligó a contestar.
La mujer se acercó.
—No ha probado bocado, llévese esta mandarina, está dulce.
Elizabeth soltó un fuerte suspiro. La mujer le tendió la fruta y ella la tomó sin mirarla.
—Gracias.
Caminó un poco más de prisa hasta la habitación.
Se encerró con llave y corrió hasta donde había escondido la SIM, con manos temblorosas desarmó el móvil encima de la cama, se percató de que no tenía una pinza para abrir el aparato, desesperada y con el tiempo en contra, buscó en las gavetas hasta que dio con un alfiler, trató varias veces y no pudo, las lágrimas caían sobre el teléfono mientras trataba de abrir el minúsculo espacio para introducir la SIM.
Respiró profundo y controló el temblor. Cerró los ojos un momento y rogó por una oportunidad.
Maniobró de nuevo el aparato y la celda salió, cambió la tarjeta en segundos, en cuanto apareció su lista de contactos, casi grita de la emoción.
Cuando vio el número de Nathan, se quedó mirando la pantalla del aparato.
¿Qué decirle de todo lo ocurrido? De pronto se sintió indigna de hablarle, ella era la hija de un matón, no podría ofrecerle respetabilidad ni una vida limpia, sus manos estaban manchadas de sangre, y aunque no había jalado el gatillo, era responsable de esas muertes que apenas la dejaban dormir en la noche.
Soltó el aparato y se limpió las lágrimas, de todas formas, le debía una disculpa por las omisiones y su egoísmo, por no darse a él de la manera en que lo merecía. Con manos temblorosas alzó el móvil y marcó.
—¡Nathan! —exclamó al escuchar su respiración agitada. Ni siquiera lo dejó hablar.
—¡Elizabeth! —interrumpió él con celeridad. Las piernas apenas la sostuvieron al escuchar su tono de voz—. ¿Dónde mierda estás?
—Déjame hablar, no me interrumpas, por favor, perdón, perdón, perdón, todo lo vivido contigo fue verdad, me enamoré de ti cuando no debí hacerlo…
—¡No digas que me amas! ¡No te atrevas a hablar de amor! ¿Dónde mierda estás? —rugió Nathan.
—No puedo decírtelo ¡Necesito que me escuches! Déjame continuar, por favor, estoy bien, yo no importo ahora, solo quiero decirte que lo siento muchísimo, perdóname por elegir disimular mis sentimientos y no decirte a todo pulmón cuánto te amo y te admiro…
—¡Cállate! Solo necesito saber en qué maldito agujero estás.
Elizabeth entendía su molestia, merecía cada exabrupto suyo.
—Perdóname por ilusionarte, por creer que juntos podríamos tener un futuro, no merezco la decepción de tu corazón. Olvídame, por favor.
En el otro lado de la línea se escuchaba la respiración acelerada de Nathan.
—Te lo pregunto de nuevo —manifestó en tono letal y frío— ¿dónde mierda estás? Tus declaraciones de amor no me importan ahora.
—Nathan, por favor…
—¿Estás bien? ¿Alguien te ha hecho daño? —preguntó exaltado. Para ella era fácil imaginar su expresión, así como estaba ahora, fuera de sus casillas—. ¿Fue el gilipollas de tu exprometido? ¿Volviste a Colombia?
Así que ya lo sabía, las autoridades habían contactado con él, eso era seguro.
—No vayas por ahí, no tengo mucho tiempo.
Solo quiero que sepas cuánto agradezco tu paciencia cuando estaba abrumada por mis sentimientos, me diste mucha, mucha felicidad, así no lo creas en este momento, pero también una honda tristeza.
Nathan, mi chico guapo, para mí era una agonía no tener la valentía de decirte la verdad.
Me consideraba una impostora cuando me llamabas valiente, no sabes cuán cobarde me sentía en cuanto pronunciabas esa palabra.
—¡¿Dónde estás?!
—Eso no importa ahora. Mi amor, quiero que sigas con tu vida, yo bendigo cada segundo pasado a tu lado, porque fue mi paraíso en medio de esta vida incierta que he tenido que llevar, pero soy tan jodidamente egoísta, que si me dieran la oportunidad de hacerlo todo de nuevo, con los mismos errores, lo haría una y mil veces, solo por el placer de escuchar tu corazón pegado a mi oído y de perder mi alma ante tu sonrisa, por el deleite íntimo que me proporcionaste al tocarnos, no solo nuestros cuerpos, sino también los corazones y repetiría también —se le quebró la voz— el dolor de no verte nunca más. Te amo, chico guapo, gracias…
—¡Escúchame bien, Elizabeth! Te encontraré así me toque buscarte debajo de cada jodida piedra, allá en tu país o en el maldito fin del mundo. Y entonces, arreglaremos cuentas tú y yo.