HERMANOS KING CAPÍTULO 23
54%

CAPÍTULO 23

Elizabeth odió cada segundo del vuelo, el miedo y la incertidumbre le impidieron recibir de comer y beber durante el trayecto en el que permaneció con los ojos cerrados, confinada en el silencio para evitar algún tipo de charla con su captor e imaginando los posibles escenarios cuando llegara a su país.

Estaba furiosa, triste, asustada por lo incierto de su futuro, se llevó una mano al pecho donde, de una cadena, pendía el anillo de bodas que le había dado Nathan.

¿Cómo estaría? Lo imaginaba furioso y también angustiado por ella, suponiendo lo peor, no quería resguardarse en su pena cuando no podía hacer nada por remediarlo, ojalá la vida le diera la oportunidad de repararlo de alguna forma, de disculparse en cuanto pudiera.

Un par de horas después, aterrizaban en territorio colombiano, en un aeropuerto privado en una zona desconocida para ella.

Al abrir la puerta del avión, la recibió una bocanada de aire húmedo, el olor característico de su patria, el canto de las chicharras y las voces de un grupo de hombres que, armados hasta los dientes, le hicieron calle de honor hasta una camioneta aparcada a pocos metros de la nave.

En medio de la situación tan peligrosa en la que se encontraba, pudo vislumbrar a un par de rostros conocidos y recordó que eran los más leales a su padre.

Luis no le había mentido y la llevaba a su encuentro.

Le dieron una botella de agua, que ella abrió y bebió tan de golpe, que casi se ahoga; no se había percatado de que llevaba la garganta cerrada por la angustia y el temor.

Luis la miraba con gesto burlón. Ella no le dirigió la palabra en todo el vuelo, se mantuvo impenetrable ante los intentos del joven de iniciar algún tipo de conversación.

—Sigues siendo la misma petulante de siempre.

Ella lo miró como si no existiera, lo que lo enfureció más, y la empujó de mala manera hasta el vehículo.

Uno de los hombres de su padre, que vio el gesto, se interpuso entre ellos.

La camioneta salió de la pista hacia una carretera.

Como era noche cerrada, no pudo reconocer nada del paisaje o a lo mejor lo había olvidado, por el clima parecía algún lugar de Antioquia.

Preguntó en dos ocasiones, pero no le dijeron nada.

La travesía desde el pequeño aeropuerto —Elizabeth dedujo que sería alguna de las muchas pistas clandestinas que había construido su padre— hasta el lugar de destino duró casi una hora.

La vivienda, ubicada en lo alto de una montaña, tenía una apariencia sencilla.

Al bajar del auto, las dos camionetas donde viajaba el grupo de hombres que habían destinado a cuidarla frenaron a un tiempo.

Se dio cuenta de que Luis no venía en ninguno de los vehículos; por lo visto, cumplida su misión, desaparecía del panorama, a lo mejor para volver a Nueva York.

Un hombre la llevó enseguida por un amplio corredor, se notaba que no querían llamar la atención e iban casi a oscuras; aguardó con la respiración contenida, temiendo el encuentro inminente con su padre, hasta que abrieron una puerta y le hicieron una seña para que entrara a una habitación vacía, la dejaron sola y escuchó que cerraban con llave.

Respiró un poco más tranquila, no estaba segura de que los hombres de su padre no le fueran a hacer daño, llevaba más de ocho años sin verlo, no tenía idea de cómo habría solucionado el asunto de su fallida boda con Marcos Rodríguez.

Y de esa familia sabía solo lo que había leído en la prensa, un cartel extranjero había acabado con casi todos ellos, sobrevivían Marcos y su hermana menor, Pamela.

Su mirada vagó por la habitación, estaba decorada de manera sencilla, sin los lujos que había disfrutado antaño, había una cama, una cómoda y una puerta, que ella abrió enseguida y que daba a un baño pequeño.

Había toallas y ropa nueva encima de la cama, cosa que agradeció.

Escuchó la cerradura y se arrinconó al lado de la cómoda.

Uno de los hombres entró con una bandeja en la que había un sándwich y un refresco.

Necesitaba un teléfono con urgencia. Revisó la habitación por si había alguna cámara.

No encontró nada, aunque su inspección no era garantía de nada, de todas formas, guardó la SIM en un entrepaño entre la pared y el piso.

De pronto le entró urgencia por bañarse, sacudirse el polvo y relajar los músculos adoloridos por culpa de la tensión.

Llevó consigo al cuarto de baño el conjunto de pantalón de yoga color verde con la camiseta a juego, ropa interior de algodón y la toalla.

Se miró en el espejo, que le devolvió una imagen deplorable.

En la ducha se permitió llorar lo que no había podido desde la mañana por culpa de su orgullo, no quería mostrar vulnerabilidad ante Luis y las otras personas.

Se acurrucó en el piso y dejó que el agua corriera y con ella se llevara el sudor y el polvo acumulados y las benditas lágrimas, porque estaba segura de que ni siquiera ríos de agua viva lavarían la amargura y la pena que, como enredaderas, surcaban su alma.

Ni en su pesadilla más escabrosa hubiera imaginado, esa mañana cuando despertó, el día de mierda que iba a tener, y mucho menos que no volvería a ver a Nathan y que esa noche dormiría en algún punto del país al que se había jurado nunca volver.

Al salir de la ducha, un poco más serena, se desenredó la cabellera con un peine de diente grueso que encontró en un mueble del baño y luego trató de comer, pero parecía que el estómago se le hubiera encogido.

Bebió el refresco y después se acurrucó en la cama, le fue imposible conciliar el sueño, sombras siniestras se paseaban a cada tanto por su ventana.

En la noche más amarga de su vida, juró que al día siguiente se haría de un móvil; era común que esos hombres anduvieran con docenas de esos aparatos, se las arreglaría para sustraer uno.

Necesitaba llamar a Nathan, se moriría si no hablaba con él, sentía como si tuviera un agujero en el pecho cada vez que imaginaba lo que él estaría sintiendo.

Ya con la resolución tomada, dormitó por ratos hasta el amanecer.

El canto de los gallos la despertó, junto al aroma del café de la montaña, un olor único en el mundo y que estaba segura era exclusivo de Colombia.

Se levantó y se higienizó con rapidez, se puso la misma ropa y esperó a que fueran a buscarla, pues no le veía mucho sentido a que la hubieran sacado de Chicago para encerrarla en una casa perdida en la montaña.

Uno de los hombres del círculo cercano de su padre —recordó que se llamaba José—, entró con una taza de café oloroso y humeante.

Ella lo recibió con una ligera sonrisa, meditó que tendría que ganarse a alguien antes de terminar el día.

—¿Cómo has estado, José?

El hombre, a lo mejor sorprendido de que recordara su nombre y de que lo saludara, balbuceó un “bien” de forma un tanto brusca. Eso no la desalentó, sabía por experiencia que esos hombres eran groseros y desconfiados.

—¿Cómo está mi madre?

El hombre soltó una risa entre burlona y sarcástica.

—¿Te importa?

—Sabes muy bien por qué tuve que irme.

El hombre se puso las manos a ambos lados de la cadera y negó con la cabeza, se había quedado calvo y estaba más delgado que en la época en que ella vivía con sus padres.

—Recuerdo todo lo que causaste, después de que te fuiste nada volvió a ser lo mismo.

Tú padre y tu madre se separaron, ella vive en el extranjero, tu padre lleva años prófugo de la justicia, ha sido costoso sostener el negocio y un ejército en la clandestinidad, algunas caletas han caído en manos de las autoridades, en fin, nada que no hayas escuchado en algún noticiero o periódico

—¿Hace cuánto sabe mi padre que vivo en Chicago? —preguntó mientras saboreaba el café.

—No lo sé, nosotros nos enteramos hasta ahora. Debemos redoblar la vigilancia para que Marcos no te encuentre, él no tendrá tantas contemplaciones contigo.

—Lo debe haber superado.

El hombre se acercó a la ventana mientras observaba el cielo.

—Hay cosas que un hombre no perdona, María Fernanda. La traición es una de ellas.

En la mente de Elizabeth se materializó el rostro de Nathan. Nunca le perdonaría el haberlo abandonado, sus omisiones y lo que ella era.

—Y nosotras debemos ir con la frente adornada y pagando cada uno de sus errores. ¡Por favor! Son unos hipócritas.

Se levantó de la cama donde se había sentado a degustar la bebida y dejó la taza encima de la cómoda.

—Así es la vida, algunas cosas no son justas, ustedes se dedican a gastar lo que nosotros ganamos como si el mundo se fuera a acabar. —El hombre se quedó callado unos segundos—. Lo que hiciste no estuvo bien, María Fernanda. Nos trajo muchos problemas.

—Mi padre mató a Sebastián.

—¡Te sorprendió revolcándote con él en la cochera, donde te hubiera encontrado cualquiera! Yo, además, lo hubiera hecho picadillo en tus narices.

—Ni siquiera tuvo un entierro decente. Lo amaba y lo que mi padre hizo estuvo mal.

—No debió involucrarse contigo.

—Me vendió a Marcos. No me iba a casar con un matón. Era eso u ocasionar otra tragedia.

El hombre asintió y caminó hasta a la puerta.

—El pasado es pasado. Tienes agallas, construiste una vida lejos de todo esto. Lástima que te haya ganado el ego.

Elizabeth lo miró como si el hombre le hubiera dado una bofetada.

—Tú no tienes idea de todo lo que he tenido que pasar.

—Para tu padre las cosas no han sido fáciles, hubiera sido mejor para todos si te hubieras quedado viviendo un bajo perfil. Nunca te hubieras puesto en la mira de Rodríguez.

—Las autoridades ya estaban detrás de mí.

Elizabeth no dijo nada, no quería remover más las cosas. Además, sabía que el hombre llevaba razón.

—Bajaste la guardia, ¿pensaste que la fama y el millonetas que te echaste encima borrarían el desastre que dejaste aquí en casa?

Elizabeth se envaró enseguida.