CAPÍTULO 22 #2
Selma bebió de la taza de té, que dejó sobre un plato pequeño para volver a comer galletas.
—Tu madre ha venido a visitarme. No sé qué le pasa, llora mucho, Anne nunca fue así. ¿Por qué llorará tanto?
Hizo la pregunta sin darle mucha importancia, como señalando un hecho. En cambio, a Nathan le causó viva curiosidad; ver a su madre llorar era como ver un iceberg derretirse.
—¿Aún estás disgustada con ella? —preguntó Nathan observando que un grupo de ancianos con sus enfermeras pasaban de largo. Luego por la ventana observó que se subían a un autobús. Eran los ancianos que llevaban a pasar la tarde a centros comerciales.
—¿Yo? Pero qué dices, no estoy disgustada con ella, es mi niña, siempre será mi niña. Aunque me haya sacado muchas canas, es mi niña —repitió mientras se llevaba otro bocado a la boca. De pronto soltó la galleta—. Se me quitó el apetito.
—A lo mejor ya habías comido algo —concluyó Nathan.
—No lo recuerdo —insistió ella.
—No te preocupes por eso, lo recordarás. ¿Mammy?
—¿Sí, hijo?
—Te amo.
De repente, el rostro arrugado de la anciana asumió una expresión de perplejidad.
Nathan entonces se percató de que estaba maquillada, llevaba rubor y lápiz de labios, y en las uñas de las manos tenía un color escarlata.
Eran gustos tan ajenos a la mujer, que en la mansión llevaba una vida casi monacal.
—¿Qué quieres, bribón? Solo me dices que me amas cuando deseas galletas antes de la cena o cuando quieres que sean estás manos las que te planchen las camisas.
—No quiero galletas y hace años que no me planchas una camisa —apuntó Nathan, todavía intrigado por el aspecto de la anciana. Se dijo que le preguntaría a una de las enfermeras si era una excentricidad, en ese caso, le enviaría una paleta de maquillaje.
—¡No me digas eso! Estoy segura de que en tu vestier está esa camisa azul que trajiste de no sé dónde, con esa tela como de hilachas, la planché ayer.
Nathan se levantó y le dio un profundo beso en la frente.
—Tienes razón, mammy, estoy bromeando. Nadie me plancha la ropa como tú.
—Estás manos son las mejores, pero no sé por qué ahora me tiemblan tanto.
—Te faltan unas vacaciones, ir a la playa. Te compraría un bikini rosa, del mismo color de tu esmalte de uñas.
Ella soltó una risa luminosa, en medio de una expresión vacía que denotaba la limpieza de algunos recuerdos, y que a Nathan se le quedó grabada a fuego en el alma.
—Te has vuelto un descarado, pero no quiero ir a la playa contigo, se lo pediré a Scott.
—¿Scott? —preguntó Nathan sorprendido—. ¿Quién diablos es Scott?
Ella lo miró como si se hubiera vuelto loco.
—No digas malas palabras o te lavaré la boca con jabón.
—¿Quién es Scott, mammy? —insistió.
—Mi novio.
—¿Novio? Tú no tienes novio —afirmó contundente.
—Scott y yo vamos a casarnos.
Nathan se tumbó hacia atrás en la silla de la cafetería, no sabía si era una alucinación o si de verdad su nana se había enamorado de algún paciente.
—Ayer me invitó al lago y voy a ir.
Así que la señorita Selma estaba de romance. Nathan se levantó de la silla, aferró la silla de ruedas y volvió con ella hasta su habitación. Le acarició el rostro, le dio un beso en la mejilla y la dejó viendo una película en su televisor.
—Tendré que hablar con el tal Scott para que guarde las formas contigo.
Otra vez su sonrisa luminosa.
—Ya Brandon lo hizo el día que lo encontró dándome un beso en el jardín.
Nathan sonrió, típico de su hermano no haberlo mencionado.
Nunca pensó en su nana en esos términos y era egoísta de su parte no hacerlo, aunque estaba seguro de que sus hermanos pensaban igual que él, al fin y al cabo, la señorita Selma siempre fue el roble en el que ellos se apoyaron mientras crecían, y ya de adultos también.
No podía imaginarla de novia, ni mucho menos de amante de alguien, pero fue una mujer atractiva en su juventud, y con necesidades y sentimientos, nunca le conocieron algún novio o admirador, y aunque tenía todo el derecho a enamorarse, si lo hizo, siempre guardó mucha cautela.
Al salir a recepción, se encontró con la enfermera a la que la señorita Selma le había reclamado el alimento. La joven ordenaba unos medicamentos y anotaba cosas en un registro.
—Preciosa, ¿quién es Scott?
La muchacha sonrió y blanqueó los ojos.
—Es su novio —señaló con intención.
—¿Y dónde está ese portento de hombre? —preguntó un tanto receloso.
—Creo que le están cambiando el pañal.
Nathan la miró confuso.
—Preciosa, no tenía idea de que había un pretendiente en el panorama, háblame de él. —Recurrió a su sonrisa, la chica claudicó al momento, dejó lo que estaba haciendo y le prestó toda su atención.
—Scott Williams era un virtuoso profesor de arte, llegó al hogar casi al mismo tiempo que la señorita Selma, se hicieron amigos hace un par de meses, pero de un mes a esta parte se han vuelto inseparables, se juran amor eterno, almuerzan juntos y comparten la silla del jardín.
—¡Vaya! —Nathan se rascó la barbilla.
—Todo sería perfecto si el señor Williams no estuviera casado hace cincuenta años con Amber.
—¿Cómo? —Nathan estaba pasmado, había olvidado por un momento todas sus preocupaciones—¿Mi mammy se enamoró de un hombre casado?
Su mammy sí tenía que estar loca para haber hecho aquello, ya que era una mujer con fuertes convicciones morales.
La enfermera soltó la risa.
—Pasa con más frecuencia de lo que la que imagina, señor King.
—No entiendo, ¿cómo lo permiten?
—Es algo muy difícil de evitar y de controlar, recuerde que ellos pierden una parte de sus recuerdos, habrá un día en que Selma se despertará y no recordará a ninguno de ustedes.
—Pero la dieta…
La mujer negó con la cabeza.
—La dieta ayuda a mejorar aspectos cognitivos y junto con las demás disciplinas, retarda un poco el proceso, pero no hay garantía de que cure la enfermedad.
Como le decía, señor King, Scott Williams es ahora su realidad cercana e inmediata, es la que hace que ellos estrechen vínculos entre sí.
Aquí hemos visto muchos casos así, la ventaja es que también un día se levantan y no lo recuerdan, y hasta ahí llega el amor.
—Ojalá el Alzheimer también nos diera en el corazón —dijo con envidia—. ¿Y su esposa cómo lo ha tomado?
Ella sonrió un poco triste.
—Es la parte dura, ella viene y los visita casi todas las tardes, ya se resignó a compartir el tiempo de su esposo con Selma, ella entiende, pero no deja de ser doloroso.
—Le creo, no sé si en esas circunstancias yo, como esposo, volvería a visitarla.
—Volvería, porque el amor no es egoísta y más cuando se ha vivido medio siglo al lado de esa persona.
Experimentar un amor así, una lealtad así, caviló Nathan; él no había tenido muchos ejemplos de esa clase de amor en su vida.
A lo mejor su mammy nunca se había enamorado, pero por lo visto no iba a dejar de hacerlo antes de abandonar este mundo, así hubiera olvidado que la mayoría de los días había sido la madre sustituta, estricta y cariñosa, de tres niños que solo a su lado experimentaron amor.
Ellos nunca la olvidarían y eso en las actuales circunstancias era lo que contaba.
Volvió al departamento, habían pasado casi treinta y seis horas sin conocer el destino de su esposa y la echaba tanto de menos que el pecho le dolía como si le fuera a dar un ataque.
Esa noche cenaría con Tony Mc Cabe en un restaurante de carnes en la avenida Michigan.
Salía de la ducha, secándose el cabello con una toalla, cuando el móvil vibró en la mesa de noche, el corazón de Nathan galopó a ritmo furioso al contestar y escuchar a lo lejos la voz de Elizabeth.
—¡Nathan!
—¡Elizabeth! —gritó—¿Dónde mierdas estás?
—Déjame hablar, no me interrumpas, por favor…
Su mundo dio vueltas antes de caer sentado en la cama dispuesto a escucharla.