HERMANOS KING CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

La mañana de Nathan transcurrió en medio de firmas de papeles y decisiones legales de la mano del grupo de abogados de la empresa, para ceder sus acciones a Brandon y a Mathew, que no estaban nada conformes con cómo estaban sucediendo las cosas.

—No es bueno tomar decisiones permanentes basados en emociones temporales —reclamaba el menor de los King.

—Créeme, Mathew, esto es lo mejor que puedo hacer dada la situación para que, si el escándalo estalla, ni ustedes ni mucho menos la empresa resulten perjudicados.

—Tiene que haber otra solución, podrías anular la boda. —Hablaban, separados del grupo de profesionales que lideraba Brandon en el otro extremo de la sala de juntas.

—No quiero anular mi boda. Elizabeth me necesita.

—¡Ella se marchó! —expresó Mathew con dientes apretados—. Te dejó metido en este enredo de mierda, mis simpatías no están con ella en este momento en que estás renunciando a lo que te pertenece por nacimiento.

—¡No me importa! Solo quiero que ella esté bien. Por favor, hermano —suplicó Nathan—, tú no, necesito una tregua, con Brandon tengo más que suficiente.

Observó a su hermano mayor que, con gesto adusto, revisaba los papeles que uno a uno le pasaba un abogado.

La culpa reciente, vertida sobre la antigua, asaltó a Nathan, como chorro de caramelo vertido sobre un helado.

Tenía la cabeza hecha un lío, toda su vida se había culpado por la muerte de su padre y por no ser igual a Brandon, y ahora esto.

Merecía perderlo todo. Respiró profundo y decidió mostrar algo de tranquilidad o las cosas serían más difíciles para todos.

Mathew lucía enojado y preocupado. Sus ojos iban del uno al otro.

—Esto es como una especie de guerra, Nathan, tú libras tus batallas de una forma y él libra las suyas. A ninguno de los dos les importa sacrificarse con tal de obtener la victoria, tú no eres muy diferente a Brandon, haces lo que se tiene que hacer. Aunque el resto del mundo no estemos de acuerdo.

Nathan no quería profundizar en el comentario de su hermano, que era muy perceptivo y con un ojo clínico para evaluar las vidas de los demás.

—Te equivocas en una cosa —retrucó.

—¿En cuál?

—No soy como Brandon. En lo absoluto.

—¿Por qué lo dices?

—Brandon es como un guerrero de alto rango alineado para la batalla, yo soy más bien un peleador callejero.

—Diferentes medios para lograr un mismo fin.

—Si tú lo dices …

—Dejen el coloquio y pongan su culo aquí, ahora, hay que firmar estos documentos —intervino el aludido.

Nathan se acercó, pero antes de tenderle el lapicero, su hermano mayor le suplicó.

—Nathan, no es necesario hacer esto, podemos echarlo para atrás, ya tengo solucionado todo con los medios, nadie se atreverá a tocarnos.

—Eso no puedes garantizarlo y hay que tomar medidas preventivas. No le demos más vueltas y acabemos, tengo cosas que hacer.

—Esto también es responsabilidad mía, hermano. Eva y yo la trajimos de nuevo a la empresa. No debes ser el único damnificado.

—Estoy seguro de que no estoy siendo el único damnificado.

Nathan tuvo la urgente necesidad de finiquitar todo, pues le dolía sobremanera lo que estaba ocurriendo.

Brandon tenía razón, la responsabilidad era también de él, pero no podían sacrificarse los dos, la empresa no lo resistiría.

Este era también un duro golpe para la familia, no se imaginaba la reacción de su madre ante la noticia, hablaría con ella antes de su viaje a Colombia.

Después de firmar ante la consternación de sus hermanos, llegó hasta su oficina, donde Verónica, con los ojos hinchados de no haber parado de llorar desde que le dio la noticia a primera hora de la mañana, lo recibió con una taza de café.

—Vaya, vaya —suspiró Nathan, recibiendo la bebida humeante—, tendré que hacer esto más seguido si así puedo gozar de tus favores. —Señaló el café con un guiño, pero se notaba que hacía un enorme esfuerzo por conservar un buen humor que ese día estaba ausente.

—Llévame contigo.

Nathan no pudo evitar sonreír y la abrazó.

—No soy buena compañía en este momento, preciosa. Ni siquiera sé qué haré con mi vida. Además, Paul iría tras mi pellejo y el pobre no tendría la más mínima oportunidad —dijo con tono cariñoso mientras soltaba una risa.

La chica lloró sobre su pecho.

—No entiendo qué ocurrió, pareciera que un tornado hubiera puesto este lugar patas arriba en menos de veinticuatro horas.

—Soltó un suspiro—. Todo iba tan bien, hasta ayer eras mi jefe, insufrible, pero yo te quiero y te respeto.

Ahora tendré que aguantar a Emily Thompson, que es una arpía de cuidado.

Nathan la apartó suavemente, se recostó en su escritorio, tomó su pañuelo, y le limpió el rostro y la nariz.

—Ambos sabemos qué harás un magnífico trabajo como siempre, porque eres una mujer talentosa, creativa e íntegra, que pondrá en su lugar a cualquiera que quiera aprovecharse de ella.

—Tienes razón —corroboró con un profundo suspiro y se dispuso a ayudar a su jefe a recoger sus cosas.

Nathan sacó una serie de documentos, los puso en un maletín, y empezó a guardar sus cosas, pero le dolía demasiado toda la situación.

Se sentó un momento, mirando su oficina con incredulidad.

No se sentía con el ímpetu de llevarse nada.

Verónica, que siempre se adelantaba a sus deseos, lo percibió enseguida.

—Déjalo, yo lo haré, te haré llegar todo esto a tu departamento.

—Gracias.

—Aún eres mi jefe. —Le dio una palmadita en el brazo.

—Verónica —no sabía cómo decírselo—, hoy vendrán unos agentes por los ordenadores. —La mujer parecía genuinamente preocupada, como si imaginase a Nathan con el mono naranja. Él volvió a sonreír a su pesar—. Es una inspección de rutina, no tienes que preocuparte de tener que visitarme los domingos.

—Con eso no se juega, jefe. ¿Dónde está Elizabeth?

Escuchar su nombre le dolía, mucho menos podría pronunciarlo o hablar de ella con alguien cercano, tenía el presentimiento de que se echaría a llorar.

Negó con la cabeza y fue tal su expresión, que la chica se quedó en silencio.

Fue la primera vez, desde el día anterior, que se dio cuenta de todo lo que estaba perdiendo.

Se levantó y se despidió de Verónica, era de la única que lo haría, no soportaría despedirse de nadie más.

Pensó en Elizabeth por enésima vez, rogando que no fuera lastimada, suplicándole al cielo, a Dios, a la divinidad, o al ángel de la guarda del que le hablaba la señorita Selma, que no le hubiera ocurrido nada malo.

Su amor se mezclaba con un profundo resentimiento.

Todo esto era culpa suya, no tendría que haber ignorado su intuición, debió ser cauto al embarcarse en una relación con Elizabeth, haber pagado una investigación, pero ya era tarde para recriminaciones.

Lo hecho, hecho estaba, la había jodido en grande casándose con ella.

Había ejercido un magnetismo muy fuerte sobre él desde el instante en que la conoció, como si hubiera tejido un embrujo de ansiedad y deseo que sería difícil de superar; pero no era solo el deseo que la mujer le inspiraba, era ese otro manojo de sentimientos viscerales e irrefrenables que tenían que ver con el corazón.

Recordó la velada en La Vegas, después de salir del club, cuando en un único momento vulnerable, ella le había confiado una pequeña parte de su vida, muy pequeña, para todo lo que tuvo que enfrentar, y él tuvo el arranque indefinible de ofrecerle el mundo.

No quería profundizar en la motivación, aún no, se temía que no le iba a gustar nada la respuesta o no estaba preparado para afrontarla.

Salió de la empresa sin despedirse de sus hermanos y llegó hasta el hogar geriátrico a visitar a la señorita Selma.

—¡Amor de mi vida! —soltó el joven tan pronto vio a la anciana, que esa tarde estaba en su habitación.

—Mi príncipe, sigue, sigue —palmeó un sillón junto a ella—. Ven, siéntate a mi lado. —La mujer estaba más animada que de costumbre.

Una enfermera revisaba algunos medicamentos en un armario.

—Jovencita —señaló la anciana a la profesional—, no me han dado mi almuerzo.

La mujer se acercó y tomó la mano de Selma.

—Señorita Selma, almorzaste hace media hora.

—¡No! —exclamó la anciana en tono autoritario, ese que los hermanos King conocían tan bien—. Estás equivocada, seguro me estás confundiendo con Ruth, ella a veces se come mi comida.

—Selma… —balbuceó la joven.

Nathan agarró la silla de ruedas.

—Yo te llevaré a comer algo, bella mujer.

La llevó haciendo carreras con la silla hasta una cafetería bien surtida que hacía parte de la casa y donde algunos ancianos, que no seguían una dieta especial, se daban gusto con alguna golosina.

Nathan se percató de que había postres y galletas, casi nada que la anciana pudiera comer. Se decantó por un paquete de galletas de harina de almendras y un té.

—Tu merienda, preciosa.

La mujer sonrió y dio un par de mordiscos a las galletas.

Nathan la observaba en silencio. Le hacía bien visitar a su mammy, así su mente viviera en la estratósfera; no le importaba, aunque su vida se hubiera ido al infierno, su sola presencia tenía el poder de calmarlo, de decirle que todo estaría bien.

Miró afectuosamente a la anciana.

—Estás muy callado, ¿cómo está esa hermosa chica que te acompañó la última vez? —Ella se sobresaltó—. Mira que lo recuerdo.

Nathan sonrió, negándose a añorarla, a extrañarla. El resentimiento era el sentimiento dominante ese día por todo a lo que había tenido que renunciar.

—Se fue de viaje, mammy.

La mujer sacudió de sus dedos las migas de la galleta sobre una servilleta de papel.

—¿Y por eso tienes cara de funeral? —preguntó bruscamente—. Debiste acompañarla.

—No podía, y sí, mammy, digamos que me hace falta.

Ella lo miró a los ojos, le tomó la mano con suavidad y se quedó mirándolo fijamente, como si fuera a decirle la bienaventuranza.

—Pues ve tras ella. —La anciana rio y luego le soltó la mano.

Nathan le sonrió con ternura.

—Es lo que planeo hacer.