HERMANOS KING CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

—Renuncio a la empresa y es mejor que desvincules a Elizabeth de la colección, no sé, habla con Michael, que él sea el rostro de todo de ahora en adelante.

—No estoy pidiendo tu cabeza en bandeja —añadió Brandon afectado por cómo el panorama familiar y laboral había cambiado en horas.

—Los demás accionistas lo harán si algo se llega a filtrar. Es mejor hacerlo ahora, si no logras atajar la mierda, mejor que los protagonistas estemos lejos de tu empresa, les venderé mi participación a ti y a Mathew, me desligo de Joyerías Diamond hoy mismo.

—Hermano, no es justo…

—Nada de lo ocurrido lo es, necesitamos salvar la empresa, es lo más importante.

Brandon permaneció en silencio analizando el asunto mientras dirigía una mirada penetrante al exaltado joven. Suspiró y finalmente dijo:

—Para mí lo más importante eres tú. No confundas las cosas, estoy furioso, pero convencido de que podemos salir de esta sin llegar a los extremos.

Nathan negó con la cabeza.

—No insistas, es decisión tomada y nada de lo que digas me hará cambiar de opinión. Pon a trabajar a los abogados, quiero esos papeles para mañana a primera hora y el dinero en mis cuentas en la tarde.

Habló por el teléfono con el chofer para que detuviera el auto.

—Te estoy llevando a casa —insistió Brandon.

El automóvil se detuvo y Nathan abrió la puerta.

—Quiero caminar. Haz lo que te pido, por favor.

—Está bien.

Una hora después, llegó a su departamento.

Mientras ponía sus pensamientos en orden, se dijo que necesitaría de cabeza fría para enfrentar lo que se venía.

No se sintió capaz en ese momento de entrar a la habitación que había compartido con ella esas pocas semanas.

Se sentó en un sillón de la sala que daba al ventanal, desde el que observó una luna llena, completamente anaranjada, que ya pendía del cielo antes de que terminara de ponerse el sol.

Recordó que a ella le gustaba sentarse a dibujar en ese sillón y todo el peso de la pena cayó sobre él, un frío que tenía que ver con ausencias y pérdidas lo invadió de pronto.

Debió saber que algo no estaba bien, esa misma mañana, cuando ella volvió de correr y llevaba esa mirada.

Quiso que el tiempo se devolviera, haberla enfrentado con más firmeza y haberla podido proteger, así estuviera furioso, la amaba y no sabía qué iba a ser de su diario vivir sin saber de ella, no lo imaginaba.

¿Y si no volvía a verla? Se negaba a pensar que su tiempo juntos había sido un periodo de gracia, una especie de purgatorio que antecedía al infierno.

Recordó su despertar, la suavidad de su piel, la armonía de sus curvas, sus gemidos que lo embrujaban.

Se levantó, se sirvió un trago de licor y lo bebió de golpe, ese sorbo le dio la valentía para ir hasta la habitación, aún podía sentir su aroma cuando se acercó al vestier y tocó sus prendas, un nudo le oprimió la garganta y tuvo un fuerte deseo de llorar, que atajó con rabia.

Si ella le había advertido que todo lo que la rodeaba era turbio, por así decirlo, ¿por qué estaba tan furioso?

Sabía que Elizabeth, o, mejor dicho, María Fernanda, no se lo había contado todo aquella noche en Las Vegas.

Él mismo, en un rapto de insensatez, le había dicho que no necesitaba saber más, pero no imaginó que lo omitido fuera de ese calibre.

Quería entender, sin ofuscarse en el proceso, por qué ella no había confiado en él, hubieran encontrado una solución juntos.

Tenía que reconocer que la mujer tenía pelotas de gran tamaño, hacerse a una vida de la manera en que lo había hecho, con ese pasado a cuestas, no debió ser nada fácil.

Ahora entendía muchas cosas, su rigidez, su desapego, y la tremenda barrera que interponía entre ella y los demás; fue un iluso al pensar que en el poco de tiempo que estuvieron juntos, ella había llegado a abrigar sentimientos profundos por él.

Fue hasta la sala y se sirvió otro vaso de whisky, el licor atravesó su garganta y se asentó en su estómago sin disolver el nudo que se había instalado allí desde que lo descubrió todo.

Elizabeth se había marchado. Apretó el vaso al imaginarla en manos de alguno de esos matones que habían descubierto su coartada y tuvo el impulso de tomar el primer vuelo a Colombia y buscarla por cielo y tierra.

Sabía que no podría hacerlo, no sin ayuda, pero pagaría porque alguien lo hiciera.

Mientras tanto, rogaría a todo lo divino y humano para que ella siguiera con vida.

Sacó el móvil de su pantalón y lo revisó por enésima vez, al ver que no había ningún otro mensaje, deslizó el dedo por los números de sus contactos. Realizó enseguida la llamada, rogando porque el hombre estuviera en el país. Saludó presuroso.

—¿Estás en la ciudad? Necesito verte enseguida.

Finalizó la llamada. Se dio una ducha y se puso unos jeans, camiseta negra con chaqueta de cuero y zapatos deportivos.

Apenas se pasó los dedos por el cabello y salió rumbo a la mansión de Dante Di Marco, un empresario, famoso por crear tecnologías digitales y desarrollarlas en los puntos menos favorecidos del planeta.

Era el mismo hombre en cuya fiesta había conocido a Elizabeth.

Después de pasar la garita de seguridad, dejó el auto en la zona de parqueo a pocos metros de la entrada a la casa.

Dante Di Marco, de ancestros italianos, era norteamericano de tercera generación.

Un hombre de piel aceitunada, ojos verdes, cabello oscuro y el encanto del mediterráneo a flor de piel.

Pertenecía al círculo de amigos más cercanos de Nathan, que contrario a lo que pensaban muchos, era bastante estrecho.

—Nathan, bienvenido. —Lo abrazó y lo llevó hasta el estudio, donde cerró la puerta y lo invitó a tomar asiento—. No puedo negar que estoy intrigado con tu llamada.

El hombre se acercó a un mueble bar, le señaló el licor, Nathan accedió enseguida.

—Tengo un problema bien gordo.

—Habla, mi dinero es tuyo, mi casa es tuya, lo que quieras, hermano.

Nathan bebió de golpe, el hombre levantó una ceja, sirvió otro trago y se sentó detrás del escritorio. Él le relató su enamoramiento y la boda, las expresiones de Dante iban de la incredulidad al asombro.

—¿Te casaste en las jodidas Vegas? —Se enderezó en la silla.

—Estoy enamorado.

—Enhorabuena, amigo. —Levantó el vaso e hizo que Nathan levantara el suyo, pero una expresión del joven le dijo que no todo era luna de miel—. Larga vida a tu matrimonio —concluyó cauto.

—Las cosas no salieron muy bien.

—Como ocurre con un gran porcentaje de matrimonios realizados en la Ciudad del Pecado, mi hermano, podrás anularlo sin problema.

—Es un poco más complicado. —Nathan se quedó mirando el fondo del vaso de licor—. La vida es una jodida fiesta, a veces se porta muy bien y a veces es frágil o explosiva, porque en menos de un instante se levanta como la gran zorra que en realidad es y nos amarga la existencia.

—Salud.

El hombre chocó su vaso con el de Nathan, que siguió con el relato y vio a su amigo rebullirse incómodo en la silla cuando le relató lo leído en el legajo.

Esto le hizo preguntarse si había sido conveniente comentarle toda la situación, pero ya era tarde, decidió continuar y sería lo que la vida quisiera.

Dante se quedó en silencio un rato sopesando la conversación.

—¿Qué quieres de mí?

—Una vez en una reunión me hablaste de una empresa de seguridad, mercenarios que rescataron a un par de ingenieros tuyos en el Congo.

—¿La quieres de vuelta?

“Más que a nada en el mundo”.

—Sí.

—Tendrá que enfrentar a la justicia de aquí.

Nathan soltó un suspiro.

—Solo quiero saber que está bien y si está en una situación de peligro, ayudarla. En cuanto a la entrada de nuevo a los Estados Unidos, atravesaremos ese puente cuando lleguemos a él, dicho de mi esposa.

Di Marco soltó una risa y negó con la cabeza de nuevo.

—¿Quién iba a decirlo? —Se quedó pensativo unos segundos—. Nathan King enamorado. ¿Estás seguro de que ella no tiene que ver con los negocios del padre y el exnovio?

—Estoy seguro.

El hombre asintió.

—Si eso es así, puedes jugar tus cartas con nuestro gobierno.

—Explícate.

—Tu chica en este momento, según lo que me cuentas, va a entrar en contacto con el matón que tanto quieren tras las rejas en este país.

—Es una de las posibilidades, no estoy seguro aún, a lo mejor solo escapó al ver que las autoridades estaban tras ella.

—Si eres tú o un equipo de seguridad el que pone a esos malnacidos tras las rejas, podrás pedir el perdón para Elizabeth.

—Eso contando con que esté rumbo a Colombia.

—Te voy a recomendar a mi empresa de confianza en temas de seguridad, son excelentes, trabajan en cualquier lugar del mundo, y han sido un gran apoyo para mis proyectos. Eso sí, te lo advierto, muchas de sus misiones son fuera de la ley y son muy costosos.

—El dinero no es problema.

Por fin el nudo en el estómago de Nathan empezaba a deshacerse, necesitaba saber que algo se estaba haciendo por Elizabeth. Si pudiera hablar con ellos esa misma noche sería ideal, pero eran casi las diez, no creía que…

—Haremos una videollamada con Tony Mc Cabe, es un exmarine de lo mejor en el sector, tiene un equipo que estoy seguro sería la envidia de las fuerzas militares de cualquier gobierno tercermundista.

—¿No es muy tarde? —inquirió observando la hora en su reloj.

—Ellos están disponibles para mí las veinticuatro horas, les pago por eso. —Hizo la señal de dinero con los dedos pulgar e índice.

A una llamada del empresario, un hombre apareció minutos después en la pantalla del ordenador.

—Tony, viejo —saludó Dante—. Me debes la revancha.

Di Marco se refería a una partida de póker jugada con el equipo de seguridad una noche que pernoctaron en Chicago.

Mientras el par de hombres hablaba de apuestas y jugadas, Nathan se distrajo unos momentos llevando sus pensamientos a Elizabeth de nuevo.

A las autoridades de su gobierno no les importaba un ápice la suerte de su esposa.

“Esposa”, soltó un resoplido. En medio de todo lo que la rodeaba, ¿habría sentido algo por él?

Negó con la cabeza, a esas alturas no podría creerle nada, ya que su omisión era en sí misma un engaño.

No confió en él y eso le dolía de manera visceral.

Tendría que ajustarse a los hechos y superar el haberla perdido.

Sin embargo, debía tener la seguridad de que ella estaba bien o por lo menos hacer todo lo que estuviera a su alcance para sacarla del infierno en el que debía estar en ese momento si alguno de esos hombres se la había llevado.

—Señor King, ¿qué puedo hacer por usted?

Nathan se sentó frente al ordenador.

—Mi esposa desapareció hoy.

El hombre asintió.

—Necesito escucharlo todo.

En cuánto Nathan le comentó todo lo ocurrido en la oficina del FBI, Tony llegó a la misma conclusión que Di Marco.

—Si quiere a su esposa de vuelta tendrá que darles a las autoridades lo que quieren y ellos quieren a Orjuela y a Rodríguez.

A ellos poco les interesa que Elizabeth haya estado en el país por años con una documentación falsa, necesitamos tener toda la información del legajo, ya que usted no conoce muy bien a su esposa, señor King, o, por lo menos, el detalle de quiénes son su padre y exprometido.

—¿Qué tengo que hacer?

—Si firmamos un contrato, mi equipo se compromete a ir a Colombia, traer a su esposa, y poner a Orjuela y a Rodríguez en la mira de las autoridades, eso contando con que ella esté en camino hacia ellos.

Si ella no está en Colombia, de todas formas, trabajaremos para poner en la mira de las autoridades al par de matones, pero usted debe hacer el trato antes de iniciar la misión.

—Las autoridades no me darán el legajo. —Si bien poner al par de matones en la mira de las autoridades era importante, para Nathan su prioridad era Elizabeth.

—Nosotros nos encargaremos de eso, señor King.

—¿Tenemos un trato, entonces?

—Tenemos un trato, señor King, mañana yo o uno de mis hombres se reunirá con usted. Espere nuestra llamada.

Nathan sintió que se quitaba un peso de encima, se despidió de su amigo y volvió a su casa.

Trató de descansar, pero le fue imposible; en la madrugada, ya resignado a pasar la noche en blanco, se levantó y trabajó un rato en el ordenador.

Al revisar la bandeja de correos, encontró uno de Elizabeth, con el portafolio completo de la presentación que iba a hacer esa tarde después del almuerzo.

Las lágrimas se agolparon en sus ojos al leer y ver las imágenes de todo lo trabajado las dos últimas semanas.

Pensó en Brandon, que tendría que lidiar con el riesgo en el que estaba ahora la empresa.

Su hermano mayor no se lo perdonaría a sí mismo, conocía la escala de valores que lo regía en su vida personal y en los negocios.

Dejó el ordenador a un lado y decidió salir a caminar.

Amanecía, observó con detenimiento cómo la neblina matinal se elevaba diáfana sobre el lago a medida que se hacía más intensa la luz azul de otro día otoñal.

Mientras recorría con la mirada el muelle, se preguntó cómo habría sido la noche de ella.

Meditó en cómo se tomaría Tony Mc Cabe la decisión que había tomado esa madrugada: iría con ellos a Colombia.