HERMANOS KING CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Desconcertado, Nathan cerró el folio que contenía la información de Elizabeth.

De no haberlo leído, nunca hubiese creído todo aquello.

Sus pensamientos giraban a toda velocidad y parecía que un puño enorme y frío estrujaba su corazón.

Elizabeth había cometido un acto de omisión terrible, no tenía sentido, si tarde o temprano la verdad iba a salir de su escondite.

A su mente vinieron todas las veces que le había advertido lo que le ocurriría si se involucraba con ella.

Aunque estaba furioso, tenía que reconocer que lo había puesto sobreaviso y que el único culpable de estar en esta situación era él, por imbécil, por optimista o por enamorado.

Pasó la mano por su rostro y soltó un largo suspiro antes de recostarse en la silla y levantar la mirada hacia la oficial Medina.

—No tenía idea de nada de esto. —Respiró hondo.

—Le creo, su estupor no lo fingiría ni un actor de la academia, señor King —concedió la mujer en tono benevolente—. Tranquilícese, las cosas para usted no se han complicado, todavía.

Medina tomó en sus manos el legajo.

Nathan levantó la ceja.

—¿Todavía?

—Me temo que tendremos que intervenir sus teléfonos y correos. Necesitamos incautar los ordenadores, tanto de la casa, como de la oficina.

—¿Eso es legal? —inquirió con un dejo irónico. Necesitaba centrarse, sentía que no lo estaba haciendo bien, se percibía preso de una profunda zozobra por lo ocurrido a su esposa. Dios mío, esa misma mañana… No iría por allí, o perdería los estribos delante de los agentes.

—En este momento, el caso de Elizabeth, o María Fernanda, está por encima de muchas cosas, y podemos obtener una orden de allanamiento en minutos.

Somos la ley, señor King. Además, si le preocupa la suerte de su esposa, espero que nos colabore en todo.

No sabemos si ya salió del país, si la secuestraron o si sospechaba que íbamos tras ella y decidió poner pies en polvorosa.

—También tengo derechos, la Constitución nos ampara a todos, según lo recuerdo —retrucó él enseguida, con el corazón en carne viva.

Deseaba con todas sus fuerzas que aquello fuera una pesadilla de esas que tenía cuando era un niño y que solo la señorita Selma calmaba.

Cerró los ojos y deseó que al abrirlos fuera como en la mañana, cuando ella era todavía su Elizabeth.

—Señor King, permítame recordarle que se casó con una mujer que vivió con documentos falsos durante años, podríamos implicarlo, pero a su favor está el que la conoció hace poco tiempo y en este momento nos sirve más si se encuentra libre, por si ella se comunica con usted de alguna manera.

—No lo hará —afirmó contundente.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó con humor—. ¿Tiene el don de la clarividencia acaso?

Nathan, que no veía humor en todo el asunto, negó con la cabeza y chasqueó los dientes. Se llevó una mano al cabello, que semejaba un nido de pájaros de tanto mesárselo.

—La conozco, fue mi esposa por dos semanas.

—Un conocimiento profundo —retrucó Medina con tinte burlón.

—Sé de lo que hablo, oficial —manifestó cerrando los puños con gesto de frustración.

—No pierdo la esperanza de que lo contacte de alguna u otra forma, no se preocupe si lo seguimos a todos lados, a la larga, quienes nos interesan son el padre y el novio.

—¿Novio? —resopló Nathan.

—Exnovio —señaló y luego hizo una pausa—, mil disculpas.

Se notó que lo dijo con intención de molestarlo, la mujer le tocaba las narices, pero en ese momento eso le importaba bien poco. Buscaría a su esposa, la encontraría con o sin el permiso de su gobierno y arreglaría el lío en el que estaba metida.

—¿Y ustedes dónde creen que se encuentra ahora?

—Si Orjuela o Rodríguez están involucrados en su desaparición, lo más probable es que en este momento esté camino a Colombia —respondió Medina.

La angustia de Nathan aumentaba a medida que se enteraba de más sucesos.

No quería detenerse a pensar en lo que ella tendría que enfrentar, lo recorrió un escalofrío al saberla sola y desprotegida.

¿Y si había caído en manos de alguno de esos malnacidos?

Quería creer que se había largado por sus propios medios al percatarse de la vigilancia.

—¿Desde cuándo la vigilan? —preguntó con temple sombrío. Quería gritar, golpear algo, no sabía qué. Su esposa le había mentido y, para completar desdichas, estaba en peligro.

—Desde la Navidad pasada, en la que realizó una llamada a Colombia que fue interceptada por nuestro equipo.

¿Qué podía argumentar? Nada.

—En vista de que no tienen ninguna prueba en mi contra y de que no tengo nada que ver con narcotraficantes, ¿puedo irme ya? —inquirió en tono arrogante.

—Claro que sí —la mujer señaló la puerta—. No quiero que el corporativo de abogados que lo espera afuera meta más las narices.

—Las meterán —opinó él y después hizo una pausa frunciendo el ceño—. Necesito una copia de ese legajo.

—No está vinculado al caso, eso no será posible.

El hombre se levantó y se abrochó los botones de la chaqueta.

—Será posible, agente.

—No siempre obtenemos lo que queremos.

—No apostaría por ello. Tengo mis medios —expresó él finalmente antes de darse vuelta.

Salió de la oficina y la expresión de suficiencia que lo acompañaba lo abandonó en el acto, para ser reemplazada por un gesto desolado y luego preocupado al ver, en medio de un equipo de abogados, el rostro descompuesto de su hermano mayor.

—No voy a tolerar sermones —fue todo lo que expresó y caminó delante del grupo.

Los abogados hablaron con el otro agente y, ya en la puerta, se despidieron del par de hermanos, acordando reunirse al día siguiente.

Ellos caminaron hasta la limosina y cuando se acomodaron y quedaron aislados de oídos curiosos por el vidrio de seguridad, Brandon no demoró en hablar.

—No te voy a sermonear, necesito saber qué diablos pasó.

Nathan se quedó mirando el paisaje de autos por la ventana, la angustia por la suerte de su esposa apenas lo dejaba respirar. Inhaló y exhaló tratando de calmarse.

—Elizabeth no es quien dice ser, es hija de un narco colombiano, salió hace ocho años de su país. —Se tapó el rostro con ambas manos y luego se refregó la cara—. ¡Dios santo! Que no le ocurra nada. Su identidad era falsa, documentos, todo.

Brandon silbó por lo bajo.

—Mintió, cometió un delito y ahora es prófuga de la justicia —retrucó Brandon—. A lo mejor se percató de que la tenían vigilada.

—A lo mejor los malditos narcos dieron con ella. —Se tapó la cara de nuevo—. No sé qué voy a hacer. Ha tenido una vida horrible, es una víctima de ese maldito mundo.

—No podemos hacer nada, estamos en manos de las autoridades. —Brandon frunció el ceño sin mirarlo. Le dolía ver a su hermano derrumbado.

Nathan negó con la cabeza, no podía imaginar nada, ni lo mejor ni lo peor, su mente y alma parecían cubiertas de una cortina oscura que solo dejaba paso a la rabia y al dolor.

—Es mi esposa, llámese como se llame. ¡Es mi esposa! Y esos malditos a lo mejor quieren utilizarla como cebo.

Brandon negó con la cabeza.

—No, tu esposa era Elizabeth Castillo, una joven promesa del diseño de joyas; la mujer que te mostraron allí adentro no es tu jodida esposa —concluyó levantando el tono de voz, recordó cuando Mark le advirtió que alguien más la seguía, a lo mejor eran las autoridades y se reprendió por tonto, ya que le había pedido al hombre que no la investigara más en cuanto había entrado a trabajar con ellos de nuevo.

—Da igual, Elizabeth es un jodido espejismo. —Notaba que Brandon trataba de controlar su mal humor—. Adelante, dime lo que tengas que decir y salgamos de esto de una jodida vez.

—¡Quisiera liarte a puños por imbécil! —exclamó Brandon sin contención y con gesto rabioso.

—¡Estoy harto de que siempre quieras actuar como un padre! ¡No eres mi padre y todos cometemos errores!

—Este error es mayúsculo. —Se sublevó de nuevo—. ¡Puedes terminar en una maldita cárcel! ¿Cómo carajos te fuiste a casar con una casi desconocida y en Las Vegas? ¡Por Dios! Crece, Nathan, tus locuras me tienen harto, pero las pasadas eran juegos de niños para lo que tendrás que enfrentar ahora.

—Te recuerdo que esa desconocida es la jefa de tu departamento de diseño de joyas, no escupas para arriba, hermano, porque te caerá en la cara.

—¡Sí! ¡No tienes idea de cuánto me arrepiento de haberla traído de nuevo a la empresa! —Exhaló y lo señaló con el dedo—. Pero te la estabas follando de mucho antes.

—¡Cuidado, Brandon! Ella sigue siendo mi esposa.

Brandon resopló furioso y se enderezó en la silla.

—Espero que no por mucho tiempo, ese matrimonio no es válido, tendremos que asesorarnos, los abogados empezarán a trabajar en ello. —Cerró los puños y golpeó sus piernas—. ¡Maldita sea! Tendremos que empezar a buscar un diseñador. No sé qué mierdas tiene el departamento de diseño de la empresa.

—¡Basta! ¿Te estás escuchando? No puedes manejar mi vida, si mi matrimonio es o no valido es mi jodido problema. No puedes intervenir —manifestó echándose para atrás.

—¡No es solo tu jodido problema! Tendré que tapar muchas bocas con millones para que esta mierda no llegue a los medios y terminemos involucrados en un lío de narcos ¡Sí es mi problema!

—Se señaló—. Hemos trabajado mucho por esta empresa, no voy a dejar que todo se vaya por el desagüe porque se te ocurrió casarte con una mujer de la que no sabemos nada.

Nathan reaccionó a las recriminaciones de Brandon como si este le hubiera dado un golpe.

Él reconocía que había cometido errores, pero el principal era haberle dado más poder y responsabilidad a Brandon sobre su vida de la que el hombre merecía, eso tenía que acabar y acababa hoy.

En ese instante entendía que no podía estar bajo el ala de su hermano mayor, no era justo para ninguno de los dos.

Exhaló profundo varias veces intentando calmarse; su mente trabajaba clara y rápidamente, tratando de darle el mejor vuelco posible a una historia que podría explotarles en las narices en cualquier momento.