HERMANOS KING CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

Al llegar al aeropuerto, un Learjet gris las esperaba sobre la pista de uno de los hangares. Subieron al avión junto a los escoltas de Natalia y los dos destinados a ella, y en menos de diez minutos estaban en el aire.

Natalia bajó el tono de voz.

—Tan pronto entremos al spa, te escabulles por una puerta y un pasadizo que da a otro negocio, en la calle de atrás.

Estarás sola, cerca hay una estación de taxis, no te aconsejo que los tomes, camina un par de cuadras y toma un autobús que te aleje de la zona, después sí puedes tomar un taxi.

Ten mucho cuidado, tendrás tres horas para contactar con el hombre, luego vuelves y salimos a hacer compras y a almorzar, fingirás que todo te resbala y volveremos al spa en la tarde, ya ahí tomas la decisión de si te devuelves conmigo o te marchas, tendrás solo un par de horas de ventaja antes de inventar una excusa y que te empiecen a buscar.

—¿Ese spa es un lugar de donde las mujeres se escapan por horas? —preguntó curiosa.

—Lo necesitamos, para algunas es una buena tapadera cuando tienen una aventura, yo lo he utilizado para poder respirar, sentir que soy libre y que tengo una opción, así sea por un rato.

En veinte minutos aterrizaron en el aeropuerto de Bogotá. Un par de camionetas blindadas las esperaban en la pista y en minutos se habían internado en el caótico tráfico de la capital. Las mujeres, para disimular los nervios, hablaron de música, películas y moda hasta que llegaron al spa.

Los escoltas no eran permitidos dentro del local, luego los de María Fernanda se instalaron en la sala de espera y los de Natalia resguardaban la calle.

Por una buena cantidad de dinero, la dueña del spa le facilitó la salida por la otra casa que estaba conectada por un pasillo.

María Fernanda se cambió en minutos con una sudadera de color negro, tenis y se agarró el cabello en una cola de caballo, se puso unas gafas oscuras y se calzó al hombro una tula de lona con parte del dinero hurtado.

Caminó un par cuadras hasta una avenida donde pasaba transporte público, no tenía idea de cuánto costaba un pasaje y de pronto sintió temor de caminar sin la vigilancia a la que se había acostumbrado, además, llevaba una gran suma de dinero en el morral.

Se subió a un autobús en el que anduvo alrededor de diez minutos, disimuló los nervios, se bajó en un paradero y allí esperó a tomar un taxi.

La capital ese día estaba soleada, pero el flujo de gente y de tráfico la tenían nerviosa.

En el taxi dio la dirección de destino. Llegó media hora después, era una casa de dos pisos en un barrio en el norte de la ciudad, rodeado de comercios.

Tocó el timbre varias veces, hasta que una mujer madura de cabello cano y pasada de peso le abrió la puerta.

—Buenos días, ¿el señor Adolfo Macías?

—¿Quién lo busca?

—María Fernanda, soy recomendada de Sebastián Morales.

La mujer le pidió que esperara y cerró la puerta dejándola en la calle. En menos de cinco minutos un hombre como de cuarenta años, de cabello largo, gafas y bigote, abrió de nuevo la puerta.

—¿Qué quiere?

—Sebastián me dijo que usted vendía documentos. —El hombre la miró como si se hubiera vuelto loca.

—¡Lárguese! No sé de qué diablos está hablando.

Le cerró la puerta en la cara con un poco más de brusquedad de lo que había hecho la mujer mayor.

A María Fernanda se le nubló la mirada, huiría de cualquier manera antes de volver con Marcos.

Insistió con el timbre, pasaban los minutos y nadie le abría.

“Por favor”, rogó, “Sebastián, mi amor, ayúdame, desde donde estés, por favor”.

Se sentó en una paredilla baja y se soltó a llorar desconsolada.

Luego de calmarse, volvió a insistir. La mujer le abrió después de un rato y la hizo pasar a una sala.

El hombre salió segundos después un poco más calmado.

—¿Dónde está Sebastián?

Ella bajó la mirada y negó con la cabeza. El hombre la miró largo rato y no dijo nada más, encendió un cigarrillo.

—¿Qué quiere?

—Una visa de residente para los Estados Unidos.

El hombre soltó una risa burlona.

—Y de paso el sol, la luna y las estrellas.

—Tengo con qué pagarle.

—Es un trabajo muy costoso.

—Insisto.

Hablaron del valor y María Fernanda respiró cuando el hombre recitó la cantidad, porque lo que traía le alcanzaba.

—Lo necesito para hoy.

El hombre soltó una carcajada.

—Imposible.

—Le pagaré el doble —dijo envalentonada.

Macías levantó una ceja y la miró sorprendido, se quedó pensativo unos instantes.

—Está bien.

La joven sacó la mitad del dinero y le dijo que le daría la otra mitad cuando le entregara los documentos.

Rogó porque funcionara, si no, iría a parar a la cárcel.

Recordó que Sebastián le había dicho que su primo, el que se lo había recomendado, ahora vivía en los Estados Unidos como inmigrante legal, sin mayores problemas.

En esos momentos la sostenía la fe. Después de que el hombre le tomara una serie de fotografías y las huellas, María Fernanda volvió al spa.

Natalia la recibió con el corazón en la boca.

—¡Dios mío! Pensé que se me iba a adelantar el parto.

María Fernanda le contó todo y después de cambiarse de nuevo, salieron y recorrieron un par de boutiques y una joyería, y fueron a un elegante restaurante de la zona rosa a almorzar. Volvieron al spa al atardecer.

—¿Y si los documentos no pasan la inspección de las autoridades?

—Si eso sucede aquí, tu papá te sacará en un santiamén. Si ocurre en Estados Unidos, no sé qué pasaría, ¿estás dispuesta a ir a la cárcel?

Por primera vez desde que había iniciado la quijotesca aventura, María Fernanda dudó, pero recordó lo que le esperaba si se quedaba y pensó en Sebastián.

—Me arriesgaré.

—Tienes que irte ya, tendrás un par de horas, luego te buscarán hasta debajo de las piedras, más vale que te pierdas.

—¿Qué les dirás tú?

Ella hizo un gesto displicente.

—Algo se me ocurrirá.

María Fernanda se cambió de nuevo, abrazó a su amiga y se escabulló del lugar, nunca supo qué excusa dio Natalia de su desaparición ni tampoco volvió a saber de ella.

Al llegar a la casa del falsificador, el hombre ya tenía los documentos listos.

En otro acto de fe, le dio una cantidad de dinero para que se la girara cuando estuviera instalada, ya que no podía saltar los topes permitidos por inmigración sin ponerse en la mira de las autoridades.

Si se perdía el dinero, no le importaba, con lo que llevaba encima podría instalarse y, además, iba dispuesta a trabajar y a ser alguien de quien Sebastián, allá donde estuviera, se sintiera orgulloso.

Con su identidad en la mano, salió rumbo a un nuevo comienzo sin volver la vista atrás.