HERMANOS KING CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

Mafe se soltó de mala manera.

—¡Tú tienes la culpa! Apuesto a que le fuiste con el cuento a mi padre. Eres un malnacido, nunca vuelvas a dirigirme la palabra.

El chico se paró frente a ella.

—¡Sí, yo fui! Y me importa muy poco que me odies ahora. Logré separarlos.

—Vamos, señorita —ordenó otro de los hombres que esperaba cerca a la puerta.

María Fernanda caminó hasta la casa a paso lento, como si llevara el mundo a cuestas.

Su vida acababa de volar en pedazos, lo ocurrido era un antes y un después, moriría de pena junto con el chico.

Llegó a la habitación y se sentó en la cama en silencio, no quiso hablar cuando entró una de las empleadas con un té de tilo.

Ni siquiera cuando volvió su madre del club y la pusieron al tanto de lo sucedido.

Noelia conocía a su hija como a la palma de su mano, y sabía que reprendiéndola la chica se encerraría más en sí misma, lo que no sería bueno para nadie de la familia ni para los planes de Javier.

Con ella había que actuar con suma cautela.

Se sentó en la cama y le ofreció su hombro para que llorara todo lo que quisiera. La hizo beber agua a ratos.

—Lo asesinó —dijo María Fernanda de pronto—. No pude impedirlo.

La mujer negó con la cabeza.

—Ay, hija, actuaste muy mal, tendrás que olvidarlo.

Ella se incorporó sin mirarla. Sebastián había muerto por su culpa. Ese pensamiento rasgó su alma, de donde brotó una profunda desdicha.

—¡Vete! Quiero estar sola.

—Espero que no vayas a hacer alguna tontería —dijo la mujer con la mano en el pomo de la puerta—. Debes seguir con tu vida.

—¿Así como has hecho tú? ¿Cómo puedes seguir a su lado después de la muerte de mi hermano? ¿Cómo le toleras las infidelidades y, lo peor, las muertes?

—No le has hecho ascos a nada de lo que se te ha dado —fue la respuesta de la mujer.

—Tú solo amas el dinero, veneras el dinero, el dinero es tu Dios.

—¡Tú no sabes nada de mi vida! Si piensas que lo he tenido fácil es porque quise que solo vieras eso, pero ya no más, en algún momento tendrás que crecer y ahora te necesitamos.

—Por mí pueden irse al infierno.

—Ya estamos en él, mi niña, por si no te has dado cuenta.

La invadió un dolor tan inmenso que rogó por morirse esa noche, pero Dios no fue benevolente con ella.

Los siguientes días los pasó encerrada en su habitación, se negaba a recibir bocado.

Su madre, angustiada, hizo llevar un médico que le aplicó una dosis tranquilizante.

Al despertar, un poco más tranquila, supo que había dormido por tres días.

Se arregló y bajó al comedor, donde encontró a sus padres reunidos a la hora del almuerzo.

—¿Dónde enterraste a Sebastián? —preguntó a su padre.

—No me hables en ese tono, María Fernanda —rugió el hombre, que la miró como si fuera ella la que hubiera cosido a tiros a Sebastián—. Nunca lo sabrás, recibió su merecido por haberse involucrado contigo.

Otra vez advirtió esa sensación en el pecho, que casi la hace doblarse, como si las palabras de su padre tuvieran un filo agudo capaz de atravesar piel y huesos, y llegar directamente allí donde le dolía tanto. Pero de nada valdría llorar, rogarles o lamentarse.

—No quiero volver a hablarte nunca más —dijo con un profundo odio y sin levantar la voz.

—Marcos Rodríguez quiere casarse contigo, voy a concederle tu mano, ya no vales nada para mí.

—Me hubieras concedido a él, así no hubiese ocurrido lo de Sebastián. —reviró.

—Piensa lo que quieras —dijo el hombre con gesto fastidiado.

—¡Esto es absurdo! —gritó ella golpeando la mesa con un puño. El dolor había dado paso a la ira. Los odió a todos—. ¿Qué clase de padre me obliga a casarme con un asesino? ¡Otro asesino igual!

Su madre se levantó y le cruzó el rostro con una bofetada. Orjuela las observaba sin inmutarse, ya había tomado una decisión y dado una orden, se haría lo que él ordenara.

—¡Deja de portarte como una niña! —exclamó Noelia, furiosa—. Harás lo que se te diga.

—He escuchado que Marcos es un sádico, voy a morir y lo sabes, a lo mejor ese es mi castigo por lo ocurrido con Sebastián. Marcos me matará o me hará morir en vida, y a ustedes no les importa.

En ese momento se juró que antes muerta que casarse con ese tipo al que culpaba de manera indirecta de la muerte de Sebastián. Luis había tenido el buen tino de irse a vivir a otro lugar.

María Fernanda duró tres meses como alma en pena, lo único que la sacaba de su desgano eran las clases en la universidad.

Marcos decidió aparcar la conquista hasta que la chica superara el desengaño amoroso, eso sí, vivía al pendiente de sus idas y venidas.

Él ya la consideraba de su propiedad y a todo el que quisiera escuchar le decía que era su prometida.

La llamaba “mi reina”, un mote que María Fernanda detestaba.

A los tres meses de la muerte de Sebastián, una idea empezó a rondar su cabeza y supo que tenía que abandonar esa vida, por ella y por lo vivido con él.

Estaba reunida con Natalia en la piscina.

—Estoy embarazada —le comunicó su amiga tocándose el abdomen.

—¿Estás contenta?

La chica la miró seria.

—Contenta, lo que se dice contenta, no… Mi esposo pasa mucho tiempo fuera, es muy celoso y sus hombres me vigilan como halcones, es muy fastidioso.

—Sorbió de un vaso la bebida de frutas que alguien les acababa de llevar.

Se levantó el flequillo de la frente y le mostró un bulto que disimulaba con maquillaje—.

Íbamos en su auto, yo miraba el paisaje como cualquier parroquiana, cuando se estacionó un auto que yo nunca había visto al lado del nuestro, yo volteé a mirar y ¡pum!

, me pegó contra el vidrio. Me trató de lo peor.

Se terminó la luna de miel, o tendrá una nueva amante, no lo sé.

No te cases con Marcos, son iguales, ese par de sabandijas son primos, no te cases.

La ansiedad de Natalia azuzó en María Fernanda su idea de huir a como diera lugar.

—Quiero desaparecer.

Mientras tanto, Marcos se esforzaba al máximo por agradarla.

Flores, joyas, dulces. Ella, por llevar la fiesta en paz, decidió aceptar salidas a cenar o montar caballo en su lujosa finca de las afueras.

Normalizó la relación con sus padres, de dientes para afuera, pero su idea ya había germinado y no había vuelta atrás.

María Fernanda no se atrevía a contactar por teléfono con el falsificador en la capital del país, cavilaba que esos eran asuntos que debían tratarse personalmente.

Necesitaba viajar a Bogotá, pero en esos momentos sería difícil escabullirse, ya que estaba tan vigilada como político extranjero en zona de conflicto.

Entonces, decidió utilizar a Marcos y su romance para que todos a su alrededor bajaran la guardia.

Aceptó formalizar el noviazgo, eso sí, se negó a compartir intimidad con él, apenas uno que otro beso que le dejaba la sensación de estar actuando como prostituta.

Puso una barrera y de ahí no lo dejaba pasar. El hombre no le insistió.

—Pronto serás mi esposa, mi reina, puedo esperar —dijo acariciándole la cara.

En cuanto él se iba, se bañaba y se refregaba para quitarse la sensación de cercanía. No toleraría acostarse con él, antes le atravesaría la yugular.

Utilizó los preparativos de la boda como pretexto para espaciar las visitas y disponer de algo de libertad, pero a medida que pasaban las semanas y se acercaba la fecha, ella no veía avance en sus planes de desaparecer.

Se llevaría las joyas y las vendería, pero estaba segura de que ese dinero no le alcanzaría para pagar un pasaporte falso, un tiquete y tener algo de dinero para iniciar una nueva vida.

Con frustración veía pasar los días y la fecha del inicio de su condena acercarse, hasta que, dos días antes de la boda, Natalia la invitó a un spa en Bogotá.

Marcos, que deseaba complacerla en todo, destinó el avión de su propiedad para el trayecto, volarían a primera hora de la mañana y volverían al atardecer, ya que al día siguiente sería la entrega de regalos.

Esa noche bajó al estudio a pedirle dinero a su padre.

Orjuela estaba sorprendido, era la primera petición que le hacía desde que había ocurrido todo, ya que apenas le dirigía la palabra.

El hombre se acercó a una pintura ubicada en una pared lateral, la descolgó y la puso sobre una repisa, y frente de María Fernanda recitó la clave y abrió una caja fuerte que ella nunca había visto, sacó un fajo de billetes que sumaba varios millones de pesos y se los extendió.

A lo mejor Dios no la había olvidado del todo, caviló.

Esa noche estuvo pendiente de la hora en que su padre y su madre se retiraron a dormir y se aseguró de que no hubiera ningún empleado pululando por allí.

Casi a las tres de la madrugada se arriesgó a bajar la escalera, descalza para no alertar a nadie; la casa estaba en silencio, a no ser por la respiración de ella.

Atravesó la sala y entró en puntillas al estudio, y con el corazón firmemente plantado en la garganta, abrió la caja fuerte y sin contarlo —no era el momento—, sacó varios miles de dólares.

En una carpeta de cuero vio los pasaportes, y aprovechó para sacar el suyo, por si el otro documento no estaba listo a tiempo.

Tuvo el cuidado de dejar todo igual que estaba y volvió como alma en pena a la habitación.

Temblaba cuando se encerró en el baño y contó lo que había sustraído.

Soltó un jadeo cuando terminó: treinta mil dólares.

Dios mío, si no salía del país, su padre la mataría.

Natalia la recogió a una hora temprana y se dirigieron al aeropuerto, ella con temor de que su madre se sumara a la excursión, pero la mujer tenía que solucionar muchas cosas de la recepción y apenas le prestó atención a su hija.

María Fernanda, en un arranque sentimental, se acercó a la mujer, la abrazó, y mentalmente le dijo que la extrañaría, aunque nunca podrían ser amigas.