CAPÍTULO 20
En cuanto llegó la familia Rodríguez a cenar, María Fernanda fue llamada por su madre para que se uniera a ellos en la sala.
Sintió un resquemor de incomodidad en cuanto le presentaron a Marcos, un joven de no más de veintidós años, alto y de cabello castaño, que la miraba de manera ávida.
Sus amigas hubieran dicho que era guapo a rabiar, pero ella, obnubilada de amor por Sebastián, apenas reparó en él.
Estuvo indiferente toda la cena, ante la mirada burlona de Luis, a quien no se le escapó que la chica había llamado la atención del hijo mayor del jefe de uno de los carteles más sangrientos del país, con el que, por lo visto, Orjuela tenía cuentas pendientes.
María Fernanda participó de la charla durante la comida por educación, y tan pronto los tres hombres —a Luis lo dejaban fuera de esas reuniones—, se retiraron al estudio a hablar de negocios, se fue a su habitación,
Al día siguiente llegó un enorme ramo de rosas para la joven, en la tarjeta rezaba el nombre de Marcos Rodríguez y una invitación a cenar.
María Fernanda no prestó atención, supuso que su padre pondría al joven en su lugar, como hacía siempre que había algún admirador en el panorama, pero, cosa curiosa, su madre la alentó a que aceptara la invitación.
Mafe, de solo pensar en la reacción de Sebastián —además de que no le interesaba el otro joven—, se negó enseguida.
La madre no insistió, creía que era por timidez y por su poca experiencia en tratar con hombres, debido a las restricciones impuestas por el padre.
A los pocos días tuvo una violenta discusión con Sebastián, que se había enterado por Luis de la llegada del arreglo floral y posteriormente de unos chocolates traídos desde Chile. Le costó un trabajo enorme convencerlo de que esos detalles no significaban nada para ella.
—¿Cómo qué no es nada? —reviró él esa tarde en la cabaña, después de hacerla suya de una manera más brusca que de costumbre—.
¡Tú no conoces a esos tipos! En cuanto le hincan el diente a la presa, no la sueltan por nada del mundo.
¡Vámonos, María Fernanda ¡No podemos esperar más!
Mira —el joven sacó un papel—, aquí están los datos del hombre en Bogotá que nos puede ayudar con los papeles, guárdalos tú también.
Marcos empezó a frecuentar la casa, la rondaba cual gato salvaje que le da vueltas a su presa, tratando de conquistarla a punta de flores y joyas. Al fin, una noche, su madre la obligó a salir a cenar con él.
—¡No entiendo por qué ahora sí debo prestarle atención a un hombre! —le reclamó María Fernanda a su madre, que acababa de tirar un vestido (oscuro y por arriba a la rodilla) encima de la cama.
—Póntelo —ordenó la mujer—. Ya es hora de que empieces a pagar todo lo que hemos hecho por ti —fueron sus duras palabras, expuestas en tono monocorde y sin apenas levantar la voz.
—¡No voy a salir con él! ¡No me gusta!
Noelia se acercó a ella, la agarró del cabello y la llevó frente al espejo.
—¡Tu padre tiene una deuda grande con los Rodríguez! No le han dado un tiro en la cabeza porque tú te atravesaste en la mira de Marcos. Has tenido todo lo que has querido, muchacha malcriada, y si tienes que bajar a la sala y sonreírle a ese malnacido, ¡lo harás!
María Fernanda la miró sin poder creer que su madre prácticamente la estuviera vendiendo al enemigo.
—¡No puedes estar hablando en serio!
—Lo estoy, ese hombre está interesado en ti y a tu padre las cosas le han salido muy mal últimamente, no podemos darnos el lujo de que piense que tú no estás interesada.
—¡Es que no estoy interesada! —insistió.
—¡Lo estarás! ¡Tiene dinero! ¡Casas! ¡Autos! Hasta un maldito avión.
Su madre la obligó a arreglarse y con furia bajó hasta la sala donde el hombre, con sonrisa engreída, la esperaba.
Marcos se esforzó al máximo por agradar a María Fernanda y ganarse su confianza, pero la chica no estaba por la labor. El joven no se dio por aludido al ver el poco interés de ella en él, se había obsesionado y a medida que pasaban los días incrementaba las atenciones y su presencia en la casa.
María Fernanda tuvo con Sebastián otro fuerte altercado —que Luis escuchó escondido fuera de la caseta de la piscina—, y el chico amenazó con dejarla.
Ella lloraba y le rogaba que no lo hiciera.
La situación se convirtió en insostenible cuando Marcos se apareció un día en la universidad e insistió en llevarla a su casa. La mirada de Sebastián se lo dijo todo.
El día de la desgracia, Sebastián no se apareció por la caseta de la piscina.
María Fernanda, desesperada por hablar con él, fue a buscarlo a la cochera y lo encontró limpiando una de las camionetas.
El chico estaba solo, la mayoría de los escoltas estaban con Noelia y los pocos que quedaban en la casa tomaban la merienda a esa hora en la cocina.
Se había quitado la camisa y lucía el torso desnudo, María Fernanda lo observó de lejos sin que él se diera cuenta, estaba más acuerpado que cuando había empezado a trabajar.
Por sus movimientos bruscos al limpiar, supo que estaba molesto.
—Mi amor… —susurró con algo de temor mirando a lado y lado.
—¡Vete para donde tu noviecito!
—Él no es mi novio.
El chico se incorporó y la observó con una expresión indescifrable.
—Eso no es lo que él dice. —Soltó los trapos con los que limpiaba, y puso los brazos en jarras.
—¡Te amo a ti!
El joven se acercó a ella y la arrinconó contra la puerta de uno de los autos.
Le aferró el cabello, lo que la obligó a levantar el rostro. Luego la soltó con brusquedad.
—Quise matarlos a los dos cuando te subiste a su maldita camioneta. A lo mejor sí tengo alma de matón, a lo mejor es lo que tú necesitas para que podamos estar juntos, volverme un maldito asesino al servicio de tu padre.
—¡No! ¡Cállate! No lo permitiré, mi amor, por favor…
—Se acercó a él y lo abrazó por la cintura.
Necesitaba calmarlo de alguna forma y la única que ella conocía era el sexo.
Lo llevó a una esquina de la cochera donde había un atado de lonas y se recostó allí, ansiosa por recibir sus caricias y su cariño.
Sebastián la miraba, aún de pie, deleitándose en la manera en que la joven se le ofrecía, cerró los ojos dispuesto a dar la vuelta y negarse a seguir el juego, pero sus palabras, como cantos de sirena lo atraparon y cayó sobre ella, con el ánimo de hacerla suya, de borrar cualquier pensamiento romántico hacia el otro hombre o cualquier mirada o caricia que le hubiera destinado.
Los jadeos se escuchaban por toda la cochera.
Estaban tan ensimismados, que no se percataron del ruido de los autos que llegaban, de como Luis salió al encuentro de Orjuela y cómo con andar acelerado este lo siguió hasta la cochera, pidiéndoles a sus hombres que esperaran afuera.
Con pasos cautos llegaron hasta donde la pareja retozaba.
Parecía que las venas del cuello de Javier iban a explotar y sus ojos a salir de las cuencas cuando gritó:
—¡Grandísimos hijos de puta!
Los chicos se levantaron como un resorte, Sebastián cubrió con su cuerpo el de María Fernanda.
—Ella no tiene la culpa de nada, yo la enamoré —dijo el joven, subiéndose los pantalones.
Javier se acercó y lo agarró del cuello.
—¡Tú te mueres hoy! —sentenció y volvió la mirada a María Fernanda, que se hizo al lado del joven con la mirada agachada—. ¡No sabía que tenía en mi casa a una puta!
—Ella no es…
Javier le dio al chico una trompada que lo echó para atrás.
Agarró a su hija por ambos brazos, dispuesto a lastimarla, pero Sebastián fue más rápido y se puso entre ella y el hombre, que le destinó un empujón que lo envió un poco más lejos, haciéndolo tropezar con una caja de herramientas y caer hacia atrás.
Mafe lloraba e hipaba, con el cuerpo lleno de temblores, cuando su padre le atravesó el rostro de un bofetón.
—¡Puta! Te encerraré de por vida.
En ese momento ella reparó en Luis, al que le destinó un vistazo de odio no disimulado, que a él no pareció afectarlo. Trató de acercarse de nuevo a su padre para abogar por su novio, pero Sebastián enseguida se interpuso otra vez entre los dos.
—Papá, por favor, no le hagas nada a Sebastián, lo amo, por favor, no lo hagas —rogó ella con la voz quebrada.
Lloraba sin control, fue tal el terror que sintió, que se tiró al suelo, pidiéndole clemencia a su padre.
Orjuela escupió furioso mientras la miraba con rabia y un sentimiento oscuro que le quitó a ella la venda de los ojos, mostrándole a su padre como en realidad era, un asesino sin escrúpulos, lo que por unos segundos la dejó petrificada. El hombre sacó un arma y le disparó a Sebastián en la frente.
María Fernanda soltó un alarido y cayó sobre el cuerpo sin vida de su novio.
—¡Arcadio! ¡Manuel! —Los hombres, que seguro estaban escuchando la discusión a pocos metros, se materializaron enseguida al lado del jefe.
—¡Llévense a este hijo de puta y entiérrenlo en el monte!
—Sí, patrón.
Sin inmutarse, los escoltas cargaron el cuerpo de Sebastián y lo tiraron en la parte trasera de la camioneta, el ruido del cuerpo al caer en el platón del vehículo quedó grabado como impronta en el corazón de María Fernanda.
—¡Levántate! —le ordenó su padre.
Ella exhaló un intenso gemido y se limpió las lágrimas de manera brusca a medida que se incorporaba.
—Esto no te lo perdonaré nunca —dijo. Sabía que por más tiempo que pasara no se podría quitar de la cabeza el momento en que su padre le había disparado al amor de su vida.
Orjuela, con expresión dolida, la miró como si fuera un despojo.
—Luis, llévala a la casa y que se quede encerrada en su habitación hasta que yo vuelva.
La miró con asco y salió con César Suárez, que fue el único que le destinó un gesto de comprensión. El hombre llevaba el semblante preocupado por la muerte del joven que él había traído a la casa y sin saber cómo le daría la noticia a la familia.
—¡Vamos! —exclamó Luis envalentonado.