CAPÍTULO 19 #2
El corazón de María Fernanda batía como si fuera a salir del pecho, era ahora o nunca, se dijo.
Antes de bajar del auto, le dio una nota citándolo en la casa de la piscina a las cuatro, hora en la que su madre salía a jugar cartas al club con un número respetable de escoltas. Podrían escabullirse sin problemas.
La ansiedad por el encuentro hizo mucho más lento el paso del tiempo, se cambió varias veces hasta que se decantó por un vestido de flores.
Con las manos empapadas de sudor y el estómago encogido como lo llevaba cada vez que sabía iba a estar frente a él, dio un rodeo hasta llegar a la casa de la piscina, donde, para su sorpresa, el joven ya la estaba esperando.
Se había cambiado y lucía igual de ansioso que ella.
Se sentaron en el piso del lugar y charlaron de todo, él se atrevió a tomarla de la mano y le dio un beso en el dorso que a ella le aumentó las palpitaciones.
Días después se dieron su primer beso y, de repente, todo cambió.
Las ansias locas por verse no tenían fin, perdió la cabeza por él y no le importó entregarle su virginidad con la superficie del áspero suelo rozándole la espalda.
Nunca se arrepintió, a pesar de su carácter callado, era un hombre que tenía muchos sueños.
—Quiero largarme de aquí, estudiar, no me voy a convertir en hampón como lo quieren mi padre y mi primo. Te vendrás conmigo.
Ella iría con él hasta el fin del mundo.
A veces discutían dentro del auto cuando llegaba a buscarla a la universidad y algún muchacho le hacía la charla; era un hombre celoso, posesivo, igual que ella, que hizo echar a una de las empleadas de la cocina cuando la encontró comentando que deseaba que el joven le diera una oportunidad.
Sus padres no tenían ni idea del romance que se desarrollaba bajo sus narices.
Se volvieron recelosos de todo y taimados.
María Fernanda era consciente de que cada día compartido les era más difícil disimular sus sentimientos.
En los trayectos en el auto hablaban de lo divino y lo humano, él le dedicaba canciones, ella no volvió a llevar a ninguna compañera, no por celos, que los sentía, sino por el poco tiempo que podían compartir, cualquier espacio era valioso para la pareja. Así transcurrieron cuatro meses.
Mientras tanto, Luis Contreras, ahijado de César Suárez, se había hecho asiduo de la casa y andaba al pendiente de todo lo que hacía María Fernanda, a la que conocía desde que eran unos niños.
Como también era amigo de Sebastián, los acompañaba a ratos y admiraba de lejos a la chica.
El joven era un excelente estudiante y había ingresado a la universidad que su padre y su padrino costeaban.
Tenía ambiciones y empezó a ser tratado como uno más de la familia.
Javier Orjuela no vio problema en que su hija tratara con él, lo veía inofensivo y dedicado a sus libros, eso causó resquemores en la pareja, que ya no tenía la libertad de siempre, porque si Luis estaba en la casa, permanecía junto a ella o buscaba a Sebastián.
Su única confidente era Natalia Jiménez, hija de uno de los socios de su padre, que se casaría con el hijo de un narcotraficante de otra zona del país.
—Necesito que me acompañes a El Tesoro esta noche, tendremos varios almacenes solo para nosotras.
El Tesoro era el centro comercial más lujoso de la ciudad, y las esposas, amantes o hijas de los narcos solían hacerlo cerrar para poder disfrutar de sus compras en exclusiva, tal como también acostumbraban a hacerlo algunos famosos actores de Hollywood.
Natalia la recogió temprano e hicieron un shopping por todos los negocios de lujosas marcas del lugar, dejando en cada local una buena cantidad de dinero.
—Quiero estar espectacular para cuando conozca a la familia de Francisco.
¡Que vean la clase, querida! —La chica sonrió—.
Ese hombre sabe lo que hace, supo ganarse mi corazoncito: serenatas, fiestas, viajes y joyas, sabes que adoro comprar, ¡y me regaló un fin de semana de tiendas en Miami!
No me puedo quejar, me trata como a una princesa.
Me pagó la cirugía de pechos y la corrección de nariz.
Natalia era alta, de cabello oscuro largo hasta la cintura y caderas pronunciadas.
—Ya te veías muy bien, no lo necesitabas.
—Me veo mucho mejor y sabes que ese es nuestro sello.
—¿Te es fiel?
Estaban en la joyería Cartier. Natalia soltó la carcajada mientras se medía unos pendientes.
—Eso no está en el ADN de ninguno de estos hombres —soltó un suspiro—, son promiscuos, parranderos y amantes de la buena vida, pero me ama y disfrutaré del favoritismo lo que dure, se casará conmigo y seré la madre de sus hijos.
Escoge lo que quieras —le señaló el muestrario de anillos de la reconocida firma.
María Fernanda negó con la cabeza, no era amante de Cartier.
—¿Lo amas?
Por más dinero que se tuviera, por más acceso a joyas y a lujos que le facilitara, convivir con un hombre sin amarlo debía ser todo un calvario. María Fernanda estaba segura de que en su mundo esos casos abundaban.
—Me gusta cómo me trata y todo lo que hizo para conquistarme, más allá de eso, no he profundizado.
Era común que las mujeres en esa región del país se juntaran con ese tipo de hombres por necesidad y tuvieran la mala costumbre de sentirse protegidas y poderosas, ya que le tenían pavor a la pobreza —que no era el caso de Natalia—, sobre todo si ya habían conocido la opulencia.
—¿No te parece muy pronto? Tenemos la misma edad, no me imagino casada aún. Quiero terminar mis estudios, viajar por Europa, no sé.
—No te hagas ilusiones, cuando uno de estos hombres te eche el ojo, será muy poco lo que podrás hacer para rechazarlo, y terminarás como yo.
Tendrías que irte pronto, antes de que llames la atención de alguien y tu vida cambie.
Tú eres la inteligente, yo apenas terminé el colegio obligada, a mí me gusta esta vida, pero tú eres diferente.
María Fernanda frunció los hombros mientras Natalia llamaba a uno de los escoltas que estaban en la puerta. El hombre se acercó con un maletín y sacó el valor de lo que gastaron en la joyería.
—Quiero regalarte un reloj.
—No es necesario.
—Insisto —instó la chica—. Serás mi dama de honor. Escoge un jodido reloj.
—También disfruto de los lujos y la buena vida —dijo María Fernanda, mientras observaba los relojes; al fin escogió uno y se lo pasó al dependiente para que lo empacara. En cuanto el hombre se marchó, siguió hablando—. El otro mundo, lo que mi padre hace, no quiero imaginarlo.
Natalia chasqueó los dientes.
—No creas todo lo que dicen, son malos, pero ellos a veces tienen que alimentar ciertas historias para conservar el poder.
—¿Tú crees?
La chica se quedó pensativa unos instantes.
—Quiero creerlo, es lo mejor. Entre menos sepas, mejor será.
—Estoy enamorada.
Natalia la miró conmocionada.
—No me digas que es de ese renacuajo que anda detrás de ti.
—¡No! Luis es como un hermano, es un poco pesado, el pobre —sonrió—. No, de él no.
—¿Entonces?
Salieron del lugar y entraron a la boutique de una diseñadora colombiana que era famosa en todo el mundo, y cuya ropa tenía precios prohibitivos para la mayoría de la población femenina del país.
—Sebastián.
Natalia soltó otra carcajada.
—¡Lo sabía! Te pusiste furiosa esa tarde en la piscina, Camila y yo nos preguntábamos qué diablos había pasado, estabas irreconocible, casi nos echas. Mira que eres bribona. Ten cuidado, si tu padre se entera, te mata, y no quiero imaginar lo que le hará al pobre diablo.
—Lo sé. —Se entristeció de repente, todo era tan difícil, y más desde la llegada de Luis a la casa.
Después de la boda de Natalia y Francisco, Sebastián y ella siguieron su relación. Lograron escabullirse un día de los otros escoltas, cada uno por su lado: sus padres pensaban que ella estaba haciendo la siesta y Sebastián pidió permiso para salir esa tarde.
Se encontraron en un centro comercial, ella iba convenientemente disfrazada con una gorra de un equipo gringo, tenis ordinarios y gafas oscuras.
—Eres una loca —saludó Sebastián tan pronto la vio.
A ella el corazón se le hinchó al ver su sonrisa y lo guapo que estaba, lo único que quería era ser rodeada por sus brazos y estar acunada en su pecho, por ella hubiera pasado la tarde en algún hotel, pero no se atrevió, notaba a Sebastián más temeroso a medida que avanzaban en la relación.
—¿No te vio nadie? —preguntó él.
—No, nadie me vio. ¿Cómo estás, mi amor?
—Con unas ganas inmensas de besarte, me tienes loco.
—¿Qué es eso de loco? Es un dicho tonto.
El chico soltó la risa, le echó el brazo al hombro y entraron al cine. En cuanto se sentaron a ver la película, que era de acción, él se quedó observando su perfil, al tiempo que le acariciaba la suave piel del muslo. Se habían sentado en una de las últimas filas.
—Quiero que nos fuguemos, no quiero esperar más.
Ella lo miró como si se hubiera vuelto loco. Miró alrededor, el lugar estaba casi vacío al ser un día de semana en la tarde.
—¿A dónde? —preguntó.
—Vámonos a Estados Unidos, conozco un hombre que por un buen dinero nos dará una nueva identidad y tendremos una vida lejos de todo esto.
—Tendría que dejar la universidad.
—Allá también podrás estudiar.
Ella tomó su mano. No estaba segura, amaba a Sebastián, pero una decisión de ese calibre sería un cambio de vida total. Tendría que olvidarlo todo, de quien era hija, de su familia, de sus amigos. De su abuela, que vivía a las afueras de Medellín y a la que hacía tiempo no visitaba.
—Quisiera decirte que sí enseguida.
El joven se quedó en silencio unos instantes y se separó de ella, tenso.
—Tú no me amas de la misma manera en que te amo yo —soltó con tono de voz inseguro.
—¡Te amo! —susurró por lo bajo, la película ya había comenzado—. Claro que te amo, no puedes imaginar cuánto, pero no puedo dejar todo de repente.
A María Fernanda no le disgustaba su vida, a excepción de ese romance clandestino, todo iba tal y como lo deseaba, un cambio tan radical no estaba segura de poder hacerlo. Sin embargo, no quería desalentar a Sebastián, pues el joven tenía aspiraciones.
—Déjame pensarlo.
—No quiero ser narco.
—Por eso me enamoré de ti —soltó contundente.
El joven decidió no presionarla más, ya le había planteado la idea, le daría unos días para que reflexionara y volvería a abordar el tema. Le regaló una sonrisa ladeada.
—Pensé que por mi apostura o mi cuerpo.
—También, por eso también —contestó ella y se acercó por un beso.
Ninguno de ellos se percató de que Luis Contreras los había seguido.
El joven, cansado de los desplantes de María Fernanda, estaba esa tarde estudiando en el jardín cuando la vio escabullirse sin protección por una reja trasera que daba a una vía poco transitada, la siguió a prudente distancia y su sorpresa fue mayúscula cuando la vio reunirse con Sebastián.
La ira nubló todo entendimiento cuando se sentó unas sillas más allá de donde ellos estaban besuqueándose, y lo acompañó los siguientes días, en los que pensaba cómo abordarlos y sacar provecho de la situación.
Una semana después le pidió a María Fernanda que saliera con él al cine, y ella lo rechazó, burlona.
—Ni lo sueñes. Mírate, andas tan mal vestido, me daría vergüenza que me vieran contigo. —Esas palabras, dichas de manera inconsciente, sellaron su destino y lo que ocurrió después.
Por esos días se respiraba un ambiente tenso en la casa.
Se rumoraba que un gran cargamento de droga había sido incautado y Javier Orjuela le debía a la familia Rodríguez millones de dólares por el fracaso de la transacción.
Rubén Rodríguez y su esposa se presentaron con su hijo Marcos a cenar una noche a la casa y allí empezó el infierno para María Fernanda.