CAPÍTULO 19
La avioneta en la que iban Elizabeth y Luis aterrizó en un aeropuerto clandestino cerca de Fort Lauderdale alrededor del mediodía.
En un momento de descuido del mensajero, cuando se había levantado en pleno vuelo y acercado al piloto y al copiloto, Elizabeth se hizo de nuevo con su móvil, que este había dejado en la chaqueta que reposaba en la silla a su lado.
Envió el mensaje a Nathan en cuanto pudo bajarse del aeroplano y utilizar un baño, no tendría mucho tiempo hasta que el hombre la descubriera y volviera a confiscárselo.
Después envió los contactos a su correo electrónico y cerró todas sus redes.
Por último, lo abrió y sacó la tarjeta SIM.
La vida le había enseñado a estar siempre un paso delante de los cabrones que deseaban manejársela.
¿Cómo habría reaccionado Nathan? Le dolía en el alma lo que el hombre debía estar sintiendo en ese momento.
Se lavó las manos y la cara, y cuando salió, Luis la esperaba apoyado en una pared. Le extendió la mano.
—Dame el maldito móvil.
Ella le entregó el aparato sin decir nada, rogando que no lo revisara y se diera cuenta de la ausencia de la tarjeta.
Efectivamente, el joven no revisó nada, tiró el aparato al piso y lo desbarató con un par de zapatazos.
—No te hagas la lista conmigo, me imagino que enviaste algún mensaje de ayuda a tu esposo. No creo que pueda hacer mucho a estas alturas.
Dos hombres se unieron a ellos y la llevaron enseguida al avión.
En cuanto la nave alzó el vuelo, en medio del ambiente algodonoso de las nubes, el tsunami de recuerdos que había atajado hacía algún tiempo cayó sobre ella de pronto.
Cerró los ojos y volvió a ser la joven ilusa y superficial de nueve años atrás.
Su existencia dejó de ser despreocupada en el instante en que Sebastián Morales entró en su corazón y su vida se despeñó por la escalera de la desgracia.
Medellín, nueve años atrás
Elizabeth se incorporó de la cama y se acercó a la ventana que daba a un extenso y florido jardín.
“Hoy es el día”, pensó y se dirigió al amplio vestier repleto de hileras de ropa, docenas de zapatos y bolsos de las más prestigiosas marcas, debidamente organizado por una decoradora experta y una personal shopper.
Todo eso había sido idea de su madre, a ella la organización del lugar muy poco le importaba, aunque sí le gustaba vestir bien.
Era la única hija de Javier Orjuela con su esposa legítima, ya que su hermano mayor había muerto por culpa de una bala en una lujosa fiesta, cuando ella cumplió diez años.
Sacó un jean y una camiseta, eligió los zapatos y el bolso a juego.
Era su primer día de clase en la escuela de diseño y estaba ansiosa por empezar.
La semana anterior había tenido la inducción y conocido la universidad, que era una de las más prestigiosas del país en el área que a ella le interesaba.
Amaba el diseño de joyas desde que era una niña y no se imaginaba su vida dedicada a otra cosa.
Su padre, que le daba gusto en todo, el día anterior le había designado un nuevo conductor que haría parte de su grupo de escoltas.
Era un familiar lejano de César Suárez, su mano derecha, y amigo del ahijado de este, Luis Contreras, quien era un verdadero incordio.
A ella el escolta, o Contreras, o lo que quisiera su padre le importaban un bledo, vivía la vida con despreocupación total: tardes de piscina con amigos, compras en los centros comerciales de cualquier lugar del país, y fiestas en discotecas o en lujosas haciendas.
Sus únicos momentos de rebeldía eran cuando no podía escabullirse del control de su padre, que era complaciente siempre que no burlara la seguridad y no se acostara con algún muchacho: amenazaba cada tanto con un sinfín de torturas al que osara tocarla.
Ella tenía dieciocho años y no se había enamorado aún.
Javier Orjuela era un narcotraficante con laboratorios de coca y pistas clandestinas en el norte del país, además de cientos de muertes en su haber.
Muertes que para María Fernanda eran tan lejanas de su vida como el Himalaya, ya que, en casa, su padre era un hombre de negocios respetado por escoltas y sirvientes, al igual que Noelia, su madre, que sabía manejar muy bien el dinero de su esposo y disfrutaba del poder que este le otorgaba.
Ellas se daban lujos ajenos al noventa y nueve por ciento de la población.
Orjuela pasaba por un prominente agricultor y ganadero, su dinero era motor de la economía regional y su estilo de vida, la envidia de muchos, aunque su carrera en el narcotráfico fuera una vergüenza nacional y un pésimo ejemplo para los jóvenes de la zona que soñaban ser como él.
La única vez que María Fernanda había visto la muerte de frente fue cuando murió su hermano, y enterró ese recuerdo en el fondo de su mente para poder seguir viviendo.
Desde ese día, su madre había instalado en su rostro una expresión de desolación que ninguna cantidad de dinero ni lujos ni viajes pudo hacer desaparecer.
Ella estaba segura de que aún culpaba a su padre de lo ocurrido, pero era incapaz de renunciar a su estilo de vida.
María Fernanda bajó la escalera de pasamanos de madera labrada en forma de caracol.
Todo en la casa denotaba lujo y uno que otro exceso, las lámparas de cristal de Baccarat, pisos de mármol y porcelanas Capo Di´monti, de las que su madre era ávida coleccionista.
Una de las empleadas, que pululaba por allí, le dijo que el desayuno ya estaba servido. Encontró a sus padres a la mesa.
—Buenos días —saludó, contenta, con un par de besos al aire.
Ellos respondieron el saludo.
—No puedo quedarme a desayunar, no quiero llegar tarde a clase —les comunicó, tomando una manzana del frutero.
—Deberías, el desayuno es la comida más importante del día —dijo su madre, sentada ante una mesa provista de fruta, panes recién horneados, huevos y carnes frías.
—El nuevo chofer está esperando afuera. César te lo presentará —dijo su padre, un hombre de estatura mediana y mirada café, que rondaba los cuarenta y tantos años—.
Ya sabes, jovencita, nada de novios, nada de amiguitos, no quiero ver moscardones en la piscina, puedes traer las amigas que quieras, pero chicos, olvídalo.
—Me lo has repetido hasta el cansancio, ya suena a cantaleta, no me interesa nadie, deséame suerte en mi primer día. —Le dio un mordisco a la manzana.
—No la necesitas —dijo su padre sin levantar la vista del periódico.
Al salir de la casa, una camioneta estaba parqueada al frente.
—Mafe, ven, te presento a Sebastián Morales. Será tu nuevo chofer.
Un joven de no más de veintitrés o veinticuatro años se materializó ante ella.
Ninguno de los dos se movió por varios segundos.
Sebastián la miró como si hubiese encontrado un tesoro de gran valor, y algo en el corazón de María Fernanda cambió con esa mirada.
Fue como si de pronto flotara entre nubes, con el estómago encogido.
El joven era alto y delgado, de cabello corto estilo militar y ojos selváticos que la miraban con seriedad.
Ella apenas moduló su nombre y, mortificada por su comportamiento, se subió en la camioneta.
Otro vehículo con un par de escoltas la seguía a prudente distancia.
Se puso a ojear una revista que había dejado en el auto el día anterior para disimular el desasosiego que la embargaba.
En la universidad apenas prestó atención a clases, su curiosidad estaba centrada en aquel joven de ojos bellos que la trataba con seriedad y corrección.
La primera semana transcurrió igual. Él la trataba con respeto, ni una mirada de más, ni un gesto que mostrara el más mínimo interés romántico en ella.
María Fernanda empezó a usar escotes más provocativos, a llevar lápiz labial de diferentes colores, pero nada en la aptitud del joven evidenciaba el más mínimo asomo del interés que creyó ver el primer día y eso retó su orgullo.
En las tardes se reunía con sus amigas alrededor de la piscina y pedía que fuera él quien las atendiera.
Sebastián no tenía ningún problema en hacerlo.
Hasta que una tarde Camila y Natalia, que se habían dado cuenta de lo guapo que era el hombre, le pidieron que les aplicara bloqueador solar en la espalda y él las complació, al fin y al cabo, ninguna de ellas era la hija del patrón.
Elizabeth apenas pudo disimular la ola de celos que la asaltó.
Nunca más invitó a Sebastián a que las acompañara, ni a la piscina ni al centro comercial; cuando salía con sus amigas, lo dejaba esperando en el vehículo y ordenaba a alguno de los otros escoltas que anduviera tras ellas.
La indiferencia del joven incrementó su deseo de conquistarlo.
Así transcurrieron un par de meses. Un día que, al salir del centro comercial, se encontró con un compañero de clase y se ofreció a dejarlo en su casa, algo en la expresión de Sebastián la impulsó a coquetearle al joven todo el trayecto hasta su residencia, y se despidió de él con un suave beso.
En cuanto lo dejó, Sebastián manejó de manera más brusca que otras veces, destinándole vistazos furibundos.
—Su padre le tiene prohibida la compañía masculina. No debió hacer subir a ese muchacho a la camioneta, señorita María Fernanda, y mucho menos besuquearlo frente a mí.
El tono en que lo dijo le dio pie de tomar la iniciativa.
—¿Por qué te molesta que bese a un hombre frente a ti?
El hombre se sonrojó y se negó a contestar.
—Pareces celoso —insistió ella.
El silencio cayó sobre ellos.
—Igual que usted la tarde en que acaricié la espalda de sus amigas —dijo en tono de voz atormentado.