HERMANOS KING CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

Solo Mathew sabía de su matrimonio y le había pedido que no le dijera nada a ella todavía, hasta el almuerzo en que estuvieran todos reunidos.

De haber sido por Elizabeth, habrían ocultado la boda hasta el día del juicio final, pero Nathan fue categórico, de ese día no pasaría que su familia y cercanos se enteraran.

Del restaurante saldrían a visitar a la señorita Selma para darle la buena nueva y luego se realizaría la reunión con Brandon para presentarle la idea en la que él había intervenido y dado varios ítems para convencer al mayor de los King de invertir en la colección independiente.

Estaba atrapado y con el yugo más antiguo de la humanidad.

Cada vez que posaba sus ojos en ella, una fuerte emoción lo embargaba y a la vez un miedo arcano a perderla.

A lo mejor esas emociones eran parte del conjuro del que ella se había servido para envolverlo en una tupida red de la que no quería escapar.

Aún no la consideraba totalmente suya. Elizabeth era libre y estaba seguro de que nunca le pertenecería del todo, pues era una mujer muy fiel a sí misma.

Se escuchó el sonido del intercomunicador mientras Nathan se preparaba el tercer expreso de la mañana. Se apresuró a contestar.

—¿Cómo? —inquirió ante lo que le comentaba la asistente.

—Elizabeth no vino a trabajar hoy —repitió la mujer.

Nathan se despidió y tomó el móvil para marcarle, a lo mejor su cita en el salón de belleza había demorado más de lo previsto, aunque se le hizo raro no tener mensajes de texto, ya que durante la jornada compartían toda clase de memes graciosos.

El móvil saltó a buzón de voz. Se negó a sentirse inquieto y se dispuso a llegar al restaurante primero que sus hermanos, a lo mejor ya la encontraría en el lugar.

Confirmó con Verónica el pedido a la pastelería donde compraba los postres de la señorita Selma con las indicaciones médicas, y también la reunión esa tarde para presentar la idea de los nuevos diseños a Brandon.

Salió del edificio mientras revisaba el móvil e intentaba un par de llamadas.

Llegó al restaurante con la esperanza de que ella ya estuviera sentada a la mesa que había reservado, pero la joven no se había presentado.

Era un lugar elegante y moderno con el ambiente ecléctico tan de moda, entre hípsters y yuppies de la ciudad.

Se negó a sentirse preocupado cuando Brandon y Eva hicieron su aparición. Se levantó y saludó a su hermano con un abrazo y a su cuñada con un beso en la mejilla. Brandon le corrió la silla a Eva y entre bromas pidieron al mesero una botella de vino blanco.

—Estás bellísima, querida, te sienta el matrimonio.

—Gracias, Nathan —contestó ella con una sonrisa.

—Ustedes no pisaron la jodida playa —observó Nathan en son de broma, ya que la pareja estaba bronceada y relajada.

Brandon contestó mirando a su esposa con un brillo diabólico.

—Prometo que en nuestro próximo viaje a Las Maldivas verás mucho más que el techo de la habitación, James.

—¡Oye! —exclamó Eva sonrojada.

—¿El techo? —inquirió Nathan soltando una carcajada—.

No llevas ni un mes de casado, por Dios, no me digas que la tienes a punta de misioneros.

Perdona, querida Eva, no quiero hacerte sentir mal, pero existen las paredes del baño, detrás de las puertas, la mesa del comedor, el mar, y uno que otro reservado en algún lugar público.

Eva bajó la mirada y sonrió al levantarla. No se quedó sin responder al joven.

—Estoy más que satisfecha, no tengo queja de mi esposo. —Le acarició el rostro, Brandon aferró su mano y la besó—. Nathan, deberías probar contra el cristal de la ventana de la oficina, es muy resistente. Y hablaste de lugares, no de posiciones.

—Touché, querida cuñada —intervino Nathan, que no quería esa imagen en su cerebro—, evidentemente se divierten y eso está bien. No quiero más detalles.

—Tú empezaste —intervino Brandon.

En ese momento, Mathew se acercó a la mesa, saludó a los presentes y tomó asiento.

Vestía de manera informal, jean, chaqueta de cuero y zapatillas, nada que ver con la formalidad de los dos hermanos mayores, pero era de talante serio e igual de guapo que ellos, las mujeres suspiraban y destinaban vistazos curiosos cada tanto a la mesa.

—Tengo el presentimiento de que va a haber una redada aquí cerca, he visto a algunos de los chicos —declaró Mathew.

Nathan miró para ambos lados.

—¿Qué chicos?

—Ya sabes, trajes oscuros, gafas de sol, armas, autos, camionetas, en fin.

—A lo mejor estamos en el lugar y momento equivocado —sentenció Brandon, preocupado, observando a los diferentes comensales que rodeaban el lugar.

Nathan reparó en el móvil, no tenía idea de qué había podido ocurrirle a Elizabeth, ya llevaba un retraso de veinte minutos.

—Lindo gesto el tuyo de invitarnos al mejor restaurante para darnos la bienvenida, estás aprendiendo —retrucó Brandon.

Mathew sonrió, burlón, pues de los tres era el único que sabía las buenas nuevas, ya que Nathan le había pedido que lo ayudara a seleccionar las diferentes piedras que adornaban la argolla y la pisargolla diseñadas por él, y el resto de aderezos que le daría esa noche en la intimidad del departamento.

Mathew era un hombre muy prudente, y se había sorprendido, algo en Elizabeth le causaba cierto resquemor, pero era un optimista incurable y estaba de acuerdo en que a veces las mejores decisiones no nacen del cerebro, sino de la emoción, y él respetaba eso.

Le había dado la enhorabuena a Nathan, quien le pidió discreción cuando estuviera frente a Elizabeth, ya que la chica no deseaba hacer público el enlace.

—Estoy esperando a Elizabeth, tenemos noticias para ustedes.

Eva lo miró especulativa. El sommelier se acercó al grupo con una botella de vino, cuando dos hombres y una mujer llegaron hasta la mesa. Uno de ellos sacó sus credenciales.

—¿Señor Nathaniel King?

Nathan se incorporó enseguida de la mesa.

—Sí, agente… —leyó la credencial del oficial— John Martínez, soy yo. ¿En qué puedo ayudarlo?

¿Y si le había ocurrido algo a Elizabeth? Un accidente, un tiroteo o qué diablos sabía él. Se angustió de pronto.

—Necesitamos que nos acompañe —señaló el aludido.

—¿Puedo saber el motivo? —inquirió Nathan.

—Debemos hacerle unas preguntas —contestó.

—¿Dónde se encuentra Elizabeth Castillo? —preguntó la mujer del grupo, sin dejar de observar su reacción.

—¿Esto tiene que ver con ella? —indagó Nathan, pasmado.

El par de agentes se miraron unos momentos, más que suficiente para que Nathan se percatara de que aquello sí tenía que ver con ella.

Brandon se incorporó enseguida de la silla.

—Mi hermano no irá con ustedes a ninguna parte hasta que no sepamos qué diablos ocurre —sentenció con ánimo beligerante—. Están interrumpiendo una comida familiar, estamos esperando a alguien, ¿qué diablos les pasa, oficial? Presentaré una queja con sus superiores.

—¡Cállate ya! —exclamó Nathan angustiado—. Dígame, ¿le pasó algo a mi esposa?

—¿Esposa? —inquirió Brandon con el ceño fruncido.

Mathew lo atajó y le dijo algo al oído. Brandon negó con la cabeza sin poder creerlo.

Eva miraba a lado y lado, sorprendida.

—¿Te volviste loco? —inquirió Brandon pasmado.

—Cálmate, amor mío —dijo Eva—. No es el momento de hacer una escena. Necesitamos saber si esto tiene que ver con Elizabeth.

Mathew le preguntó a la mujer.

—¿Necesitará un abogado?

—Solo queremos hacerle unas preguntas, no se preocupe, señor King, en un par de horas estará de vuelta en su oficina —señaló la agente que en su carnet figuraba como Linda Medina.

—Iremos todos a su oficina, agente —dijo Mathew, que le preguntó a Nathan por lo bajo dónde estaba Elizabeth.

Él le hizo un gesto que quería decir que no tenía idea del paradero de la joven. Brandon, unos metros más allá, hablaba con el bufete de abogados, en cuanto colgó llamó a Mark Cooper, su hombre de confianza y jefe de seguridad.

El par de agentes flanqueó a Nathan y salieron del lugar enseguida, a su favor contaba que todo fue hecho con suma discreción.

Nathan esperaba que a Elizabeth no le hubiera ocurrido nada.

Al observar la pantalla del móvil, vio que había entrado un mensaje de ella, lo abrió presuroso y en cuanto leyó lo escrito, supo que no se iba a presentar al almuerzo y que nada iba a ir bien.

Lo siento, tanto, tanto, tanto, soy la única culpable de todo esto.

Perdóname por poner tu mundo patas arriba, por traicionar esa confianza que de manera tan generosa me has brindado.

Gracias por los momentos de felicidad que me has dado, has sido mi oasis en este espacio de mi vida, no lo olvides nunca.

Te amo por ser como eres, amo tu irreverencia, tu sentido del humor, la manera en la que tratas a la señorita Selma y a tus hermanos, y tu decencia. Te amaré siempre, chico guapo.

Al llegar a las oficinas de la agencia, se abrieron paso por entre los diferentes controles del edificio, subieron a un elevador y atravesaron un par de pasillos hasta llegar a una oficina donde otro hombre, que se presentó como Tommy Marshall, lo invitó a sentarse con un gesto.

—¿Qué le pasó a Elizabeth, oficial?

—Señor King, eso es lo que queremos que nos responda, no sabemos nada de ella desde las nueve en punto que entró a la cafetería de la esquina de su departamento, no la vimos salir por la puerta del frente, en unos minutos tendremos estudiadas las cintas del aparcamiento.

Nathan los miró confuso, como si hubiera entrado a una dimensión desconocida.

—¿Qué diablos sucede? —señaló con un frío siniestro recorriéndole el cuerpo. Le faltó poco para estremecerse, se controló como pudo—. ¿Por qué andan detrás de mi esposa?

—¿La ayudó a escapar? —preguntó la mujer, mirando fijamente cada uno de sus gestos, como hacían los otros dos oficiales.

Nathan negó con la cabeza varias veces y les contestó, beligerante.

—No tengo idea de qué mierda hablan, ¿escapar de qué o de quién? Me lo explican por favor, no estoy para perder el tiempo, tengo que encontrar a mi esposa.

—Relátenos lo ocurrido el día de hoy, por favor, señor King —dijo Tommy Marshall.

—No, hasta que me digan qué diablos sucede.

—Su esposa desapareció y necesitamos encontrarla.

—Ya somos dos, no sé qué le ocurrió —dijo visiblemente descompuesto, con el pánico de tener que aceptar la situación, la que fuera.

No era una cuestión de ego, no iba de que él, un exitoso hombre de negocios de una de las mejores familias de Chicago hubiera perdido la cabeza por una mujer y que, para más inri, le hubieran tomado por idiota; era mucho peor, porque involucraba profundos sentimientos.

El mensaje era una mierda, era una cutre despedida con disculpa incluida.

No supo si enfurecerse o echarse a llorar como un crío, a medida que pasaban los segundos, astillas finas y afiladas atravesaban su corazón.

Los oficiales no le darían nada si él no les daba lo que querían, los últimos momentos compartidos con ella, hasta eso quedaría profanado y en manos de esos malditos.

Pidieron permiso para grabarlo, se imaginó a Brandon espantado de que fuera a abrir la boca sin un abogado presente.

Relató los hechos desde que había abierto los ojos esa mañana, un oficial joven interrumpió y la agente salió detrás de él.

Terminó su relato, y cuando la mujer volvió a entrar, pidió a los demás que salieran.

Minutos después entraron y le dijeron que podía irse.

—¿Me están jodiendo?

—Señor King… —habló uno de los agentes, pero Nathan lo interrumpió.

—No me voy a ir hasta saber qué mierda ocurre, agente.

Los demás salieron y lo dejaron a solas con Linda Medina.

—Me disculpo con usted en nombre de mis compañeros y mío, pero entienda que estamos investigando un caso grave de alteración de documento federal.

—¿Perdón?

—Voy a ser sincera con usted, su esposa no es quien dice ser…

Linda estaba segura de que el joven no tenía idea de lo que le hablaba, ni estaba vinculado a algún delito.

Necesitaba confirmar si el hombre sabía o no el verdadero nombre de Elizabeth, ya que ahí sí podría estar encubriéndola.

Aunque no lo creía, se veía a punto de explotar y una emoción así no era la de alguien culpable.

—¿Y quién diablos es? Si puedo saberlo.

—Dígamelo usted —insistió enseguida la mujer.

—¡No tengo ni puta idea! —Palmeó la mesa con rabia.

No valía la pena insistirle, mejor lo ponía al día sobre la joya con la que se había casado.

A lo mejor, sin saberlo, el hombre guardaba alguna información que les pudiera servir.

Lo invitó de nuevo a tomar asiento, ya que caminaba por el lugar como fiera enjaulada, mesándose el cabello.

En cuanto se sentó, ella le deslizó un legajo grueso.

—Ábralo. —Nathan obedeció enseguida con una pulsación en la sien. Tenía el presentimiento de que en esos papeles estaban todos los secretos que él quiso saber de Elizabeth.

—Su verdadero nombre es María Fernanda Orjuela y es la hija de Javier Orjuela, uno de los narcotraficantes…

—Sé de quién me habla, es como si me hablara de Pablo Escobar.

—Así es… y el de la fotografía es su prometido, Marcos Rodríguez.

Nathan levantó la vista con celeridad.

—Exprometido, ella es mi esposa ahora, llámese como se llame.

—Ella escapó dos días antes de la boda. Las autoridades federales y la Interpol están tras el padre, de Rodríguez estamos recabando algunas pruebas. —Hizo una pausa—. Estamos tras su esposa por el uso de documentación falsa, es un delito federal.

A Nathan el mundo, tal y como lo conocía, se le desplomó. Fue una sensación muy parecida a cuando perdió a su padre. Un sentimiento de desolación lo invadió hasta lo más profundo del alma.