HERMANOS KING CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

—Te esperé en la ducha, hermosa.

Ella le devolvió la sonrisa. Vestía un traje elegante color gris plomo con una camisa blanca y una corbata de colores llamativos, que en otro hombre no hubiera quedado bien.

Quiso bromear un poco, decirle que parecía un venerable hombre de negocios, pero prefirió no entrar en sus duelos verbales de siempre y arruinarlo todo, se limitaría a lo básico y todo sería más fácil o eso creía.

—Se me hizo un poco tarde, Michael me llamó hace unos minutos y se me pasó el tiempo —dijo, llevándose un mechón de cabello detrás de la oreja.

—¿Te pasa algo? —inquirió él bebiendo de pie su primer sorbo de café del día.

“Dios mío, que no se note”, rogó Elizabeth mientras iba a la nevera por la mermelada.

—No, ¿por qué? —preguntó cuándo volvió a la mesa.

—Estás hablando muy rápido, lo haces cuando estás nerviosa. —“O quieres ocultar algo”, quiso decirle Nathan, mientras movía la silla para que ella se sentara.

Elizabeth, para sus adentros, rogó y prometió esta vida y la otra con tal de que no se percatara de nada, ya que, como él solía decir, era su trabajo leer a los demás y lo hacía a la perfección. Ambos se sentaron a la mesa.

—Tienes razón —capituló—, estoy un poco nerviosa, iré algo más tarde a trabajar.

—No tengo problema en esperarte —manifestó Nathan sin dejar de observarla.

Ella tomó su brazo.

—No es necesario, tienes reuniones, yo iré más tarde, quiero arreglarme el cabello y lucir impactante en el almuerzo. —Las palabras le supieron a hiel.

Nathan sonrió y mordió otro pedazo de pan.

—Siempre estás impactante. No te preocupes tanto.

—Nunca he sido insegura de mi arreglo personal, no estoy preocupada por eso, me preocupan las objeciones de Brandon.

Elizabeth no sabía de dónde sacaba tanto tema de conversación, sentía la boca seca.

—Brandon pondrá objeciones sin importar cómo vayas arreglada.

En ese momento el móvil de Nathan vibró sobre la mesa, era Verónica.

—Contesta —pidió ella, ya que era reacio a contestar llamadas cuando estaban en casa.

Ya iba ella sobre el aparato para ganar más tiempo, cuando él se adelantó y contestó la llamada.

Elizabeth escuchó el diálogo y como Nathan daba algunos ítems para la reunión que tendría en breve, sorbió un trago corto de café, estaba segura de que nada atravesaría el nudo instalado en su garganta.

Tuvo el impulso loco de contárselo todo y buscar su protección, pero aquella historia era tan turbia, tan sucia, que sintió una profunda vergüenza.

—¿Qué diablos te pasa? Tienes esa mirada.

Elizabeth se espabiló enseguida.

—¿Qué mirada? —La mejor defensa era el ataque.

—La mirada de cuando alguien habla de Colombia.

Ella se levantó de golpe con la excusa de dejar la taza en el lavaplatos.

—Son ideas tuyas —refutó por lo bajo.

Lo sintió detrás de ella, cerró los ojos, y otra vez quiso morirse. Él la abrazó, le dio un beso en la cabeza y le susurró.

—Ahora estás conmigo, puedes decírmelo, quiero ganarme tu confianza. Estamos casados y entre esposos no debe haber secretos. Estaremos toda la vida juntos. Mira que soy optimista.

“No llores, no llores, no llores, o todo se irá al carajo”.

Se dio la vuelta, en un acto de valentía que ni siquiera tuvo el día que abandonó su país para iniciar una nueva vida.

—Te amo, chico guapo —le acarició el cabello, observó el iris de su mirada y mimó el arco de su sonrisa cuando ella pronunció esas palabras. Era como si hubiera recibido un regalo que apenas podía contener en sus manos.

—Yo también. —Le dio un beso en la frente.

“Perdóname, mi amor”. Se prometió que le escribiría esas palabras antes de salir de su vida.

—Eres un hombre bueno, que nadie te diga lo contrario, y no hagas tantas locuras.

Él le aferró el rostro y ella tuvo que desviar la mirada al centro de su frente. Si lo veía a los ojos una vez más, todo se derrumbaría y ahí sí, sería la misma perra egoísta de siempre y lo llevaría de bruces a su infierno.

—Eh, parece que te estuvieras despidiendo.

Ella desencajó la risa y se soltó de su abrazo.

—Es lo que estoy haciendo. Vete antes de que Verónica dimita.

Él la observó una vez más, suspiró y salió rumbo al ascensor.

Elizabeth se dio la vuelta y se tapó la boca con fuerza para evitar proferir el alarido que amenazaba con salirle de entre pecho y espalda.

Ahogada en llanto, corrió hasta la habitación, escarbó en la mesa de noche buscando un llavero, y en cuanto lo tuvo en sus manos, abrió la maleta pequeña que había dejado debajo de la cama y tomó el pasaporte y algo de dinero en efectivo.

Dio gracias al cielo que había traído todas sus cosas dos días antes, el departamento lo había entregado a la inmobiliaria el día anterior.

Se dio una ducha rápida, se puso unos leggins, un suéter delgado y mocasines, se echó una chaqueta encima, se amarró el cabello y salió del departamento sin mirar atrás.

El bolso que llevaba era pequeño, nada que llamara la atención.

Caminó despacio hasta la cafetería que le nombró Luis Contreras.

Observó el auto que le había señalado el mensajero antes de salir de la panadería.

¿Cómo diablos no se había percatado de que la seguían?

Envuelta en la burbuja del amor, se había distraído.

¿Y si lo que Luis le decía era mentira? ¿Y si no era mensajero de su padre?

¿Cómo saberlo? ¿Y si la llevaba directamente a Marcos?

Sería como ir corriendo al matadero. No saldría viva, estaba segura.

A la más mínima sospecha se escabulliría del hombre, ya lo había hecho antes, podría volver a intentarlo.

Una tensa calma, producto de la angustia que la envolvía, vestía todos sus gestos.

Nadie al verla diría que estaba en juego su vida.

Entró en la cafetería que a esa hora estaba repleta de jóvenes ejecutivos.

Después de hacer la fila unos momentos, le pidió al cliente que estaba detrás de ella que le cuidara el puesto y se dirigió al baño, luego se desvió por un pasillo pequeño a la salida que llevaba a un aparcamiento donde, efectivamente, una camioneta azul oscura encendida la esperaba.

El vehículo era alto, observó cómo Luis le abría la puerta desde el interior y ella de un salto entró al vehículo.

El hombre salió enseguida del aparcamiento.

—¿Cómo sé que no me engañas?

El hombre se levantó la camisa con brusquedad.

—¿Ves esta maldita cicatriz? —La volvió a bajar con rapidez mientras aceleraba—. Marcos me la hizo.

—Eso no es garantía para mí —soltó ella con voz firme y mirada dura.

—Vaya, vaya, a la gatita le crecieron las uñas en minutos.

—¿Dónde está mi padre?

—En Colombia. Yo te acompañaré hasta uno de los aeropuertos cercanos a donde se esconde en estos momentos, y allí te entregaré a uno de sus hombres.

—Si es una maldita trampa, lo pagarás caro, te buscaré y lo de la cicatriz que te hizo Marcos no será nada comparado con lo que te haré.

El hombre sonrió y silbó por lo bajo.

—¿Tu esposo sabe la clase de mujer con la que se casó? Y no me refiero a de quién eres hija.

—No es de tu incumbencia. Estoy poniendo mi vida en tus manos, hace ocho años que no suelto el control, no soy fácil, si me haces una jugarreta, te rajo.

El hombre la miró unos segundos y se ciñó al espejo retrovisor un buen rato.

—Parece que nadie nos sigue, esperemos que podamos salir del país sin problemas.

—¿Lo haremos en un vuelo comercial? —señaló ella, esperanzada. A lo mejor así podría escabullirse y tratar de solucionar el tremendo bache que estaba dejando atrás.

—No creo que seas tan inocente. Debemos viajar fuera del radar. Tomaremos un avión privado hasta Florida y desde allí iremos a casa.

—Mi casa es Chicago. —El hombre tuvo el buen tino de no contestarle.

Al llegar a un aeropuerto privado en las afueras de la ciudad, Luis pareció dejar las contemplaciones con las que la había convencido y la sacó casi a rastras de la camioneta, a pesar de que ella no había presentado resistencia alguna.

—Dame el jodido pasaporte.

Elizabeth dudó, ese nombre era lo único que le había brindado anonimato y tranquilidad a lo largo de ocho años. El joven la miró fastidiado.

—Te lo devolveré, no me hagas quitarte el bolso.

Se lo entregó de mala gana, total la tapadera había volado por los aires, todo por su maldito ego.

—El móvil también.

Quiso negarse, el pequeño aparato era el hilo que la mantenía unida a Nathan.

El hombre la miró con la mano extendida ya a punto de perder la paciencia.

Le dolió más entregarle el artilugio que perder el pasaporte.

Se acomodaron en un par de sillas de una avioneta sencilla, nada lujosa, más práctica que otra cosa.

Elizabeth cerró los ojos unos momentos, recordó la caricia de Nathan, su sonrisa y el beso en la frente al momento de despedirse, y sintió su corazón hacerse añicos, como si hubiera sido molido por una piedra filosa.

Abrió los ojos y observó el horizonte que la llevaba al infierno que era su vida.

Nathan estuvo reunido a puerta cerrada con el equipo de publicidad hasta la hora del almuerzo, le hubiera gustado tener tiempo para ir a la oficina de Elizabeth y tranquilizarla, pero había decisiones que tenía que tomar ese día respecto a la colección. Se estiró en la silla y levantó el auricular.

—Verónica, dile a Elizabeth que la espero en mi oficina, tenemos que estar temprano en el restaurante. Aún tengo unos papeles que firmar.