HERMANOS KING CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

—La gente quiere nuestras joyas porque son sexis, frescas, hacen que se sientan bien consigo mismas. Ese es el propósito de las joyas: que te hagan sentir bien.

Nathan asintió.

—Dijiste “nuestras”, me gusta el sentido de pertenencia con el que hablas, ¿te refieres a toda la colección? —preguntó cauto.

—Sí. —Tomó un sorbo de su vino—. Esta colección es como mi hijo y para abreviar un poco, me he devanado los sesos pensando en cómo les venderemos a tus hermanos la idea de que le den una oportunidad a las morrallas, es muy lindo en el pensamiento, pero debemos pensar muy bien en cómo llevar a cabo ese proyecto sin que nos rechacen de plano. Tú conoces a Brandon mejor que yo.

Nathan asintió.

—Si en los primeros treinta segundos no hemos atrapado su atención, después será imposible —interrumpió él.

—Exacto, por eso quiero algo que llame mucho la atención, entonces se me ocurrió recurrir a las grabaciones que tenemos de las diferentes opiniones de la gente que se acercó al estand de la pequeña muestra.

Podríamos editar un video, él creerá que las personas están hablando de la colección, luego le mostraremos que están hablando de las morrallas.

Nathan meditó que su hermano era un hueso duro de roer, pero le gustaba la tenacidad de su esposa. La observó, estiraba la mano y observaba el anillo mientras le exponía su idea.

—Tiene sentido, la opinión de futuros compradores define si una colección tiene futuro o no, y déjame decirte, hermosa, que tu muestra tiene futuro y eso lo verá Brandon, que es ante todo un hombre de negocios.

—Yo también lo creo y trabajaré sin descanso para hacer algo muy especial.

—No me cabe duda, eres una mujer de múltiples talentos —ronroneó él abrazándola.

—¿Por qué me da la impresión de que ya no estamos hablando de trabajo?

****

Elizabeth abrió los ojos esa mañana y se quedó mirando al techo largo rato, no estaba acostumbrada a la felicidad, tenía la sensación de que el universo se había reducido a Nathan y ella, llevaban casados dos semanas y aún seguían como si estuvieran en un trance de amor.

¿Eso en realidad existía?, se preguntó, sumida en una gama de emociones que jamás habían sido tan intensas.

Esperaba la estocada de la tristeza en cualquier momento, se había casado con un hombre bueno, que estaba enamorado y que se negó en todo momento a ocultar la boda, como ella pretendía hacer mientras se habituaba a la idea.

Ese día iban a darle la noticia a Brandon y a Eva, que habían llegado el día anterior, felices y bronceados, de su luna de miel y, por supuesto, a Mathew.

Nathan había reservado una mesa en Moy´s, uno de los mejores restaurantes de la ciudad, para comunicar la buena nueva.

En la tarde sería la reunión para plantear la idea en la que Elizabeth llevaba trabajando desde que Nathan le había dado carta blanca.

Entonces, con su jornada organizada, no sabía por qué una extraña inquietud le atenazaba la boca del estómago.

Cuando se iba a levantar, la fuerza de un brazo la aterrizó de nuevo en la cama.

—No pienses tanto —soltó Nathan somnoliento.

—No puedo evitarlo, estoy nerviosa, no sé cómo lo tomarán tus hermanos. ¿Y si no les gusta la idea? Ojalá fuera una extraña que conociste en Las Vegas, sin conocidos en común. Esto les va a parecer muy raro.

—Yo no perdería el sueño por eso, como evidentemente lo has hecho tú.

Ya estamos casados, es un hecho consumado, y me importa muy poco la opinión del mundo, incluyendo la de mis dos hermanos.

Si lo meditas un poco, es lo mejor que nos pudo ocurrir, no tendremos a nadie detrás tratando de hacernos recapacitar, ni preguntándonos si estamos obrando bien o mal, y todas esas tonterías que suelen decirse en estos casos.

—Tienes razón.

—Siempre la tengo.

—No te pases, tendré que atarte con rienda corta si quiero hacer de ti un esposo modelo.

—Soy un esposo modelo, te lo demuestro todas las noches. —Ella sonrió, no tenía quejas hasta el momento. Nathan le acarició el contorno de la cadera y luego su mano resbaló a su sexo—. Demuéstrame lo buena esposa que eres sin salir de la cama.

—Lo de buen esposo y buena esposa es un cliché que no va con nosotros, es muy de los años cincuenta.

—Es cierto, pero tú empezaste.

—Linda pareja tampoco nos pega.

—No quiero que nos veamos como una linda pareja, nosotros seremos un tremendo equipo.

Le besó el lóbulo de la oreja antes de seguir con su diatriba.

—Tienes oro en medio de las piernas, hermosa, y voy a atracarte a punta de orgasmos, deja los nervios y el estrés, que todo saldrá muy bien.

Elizabeth lo acarició a su vez.

—Solo tu mente calenturienta es capaz de crear esas imágenes literarias, que son malas, te aviso.

—Pero cumplen su cometido.

—Tienes razón, si se me van a trastornar los nervios, que sean los apropiados, joder.

Nathan soltó la carcajada.

Media hora después, ella se levantaba de la cama.

—Iré a correr, luego a la panadería de la esquina y traeré tus bagels favoritos, no demoran en salir del horno.

—Para no querer ser una esposa modelo, eres muy complaciente.

Nathan la abrazó de nuevo, pero Elizabeth se escabulló y el hombre decidió dejarla en paz.

En el poco tiempo que llevaban juntos había aprendido que la joven era celosa de su espacio personal y no quería ser un esposo empalagoso, él también disfrutaba de su privacidad.

La vio salir de la ducha, vestirse con ropa de hacer deporte y le recomendó que se pusiera un suéter de sudadera, pues la temperatura estaba algo fría esa mañana.

Elizabeth se colocó el audífono de su iPhone al oído y con un tema de Lady Gaga, después de calentar, inició su recorrido de dos kilómetros.

El otoño, con sus ocres y sus aromas, era dueño de la vegetación, ya los árboles empezaban a teñirse de colores.

A medida que avanzaba, la brisa golpeaba su rostro.

No lo reconocía, pero estaba nerviosa por la reacción de Brandon a su apresurado matrimonio, por su mente pasaban todo tipo de respuestas a los peros que estaba segura esgrimiría el mayor de los King.

A Nathan nada lo afectaba, hacía con su vida lo que le daba la gana, aunque Elizabeth estaba segura de que a su esposo le gustaba contar con la aprobación del hermano mayor.

“Su esposo”, todavía no se lo creía, sonrió para sus adentros recordando todas las palabras que Nathan le murmuraba en los momentos de pasión.

Podría volverse adicta al tono de su voz ronco y necesitado cuando le decía cuánto la deseaba.

Desaceleró el paso al llegar a la panadería.

Era un negocio de los antiguos, con una puerta que llevaba una campanilla para avisar al propietario de la llegada de algún cliente.

El olor de los panecillos calientes saturaba la estancia.

Tan pronto entró, la campana de la puerta se escuchó de nuevo, pero ella estaba distraída.

Tomó una canasta metálica y sus pinzas, y cuando estaba echando en ella los panes que llevaría, una voz de tiempos pasados la dejó sembrada en su lugar.

—Cada día más bella, te sienta el matrimonio.

El mal presentimiento se había hecho realidad, tenía que respetar sus intuiciones, ese sexto sentido que le decía que algo se iba a torcer. Bien, allí estaba en forma de uno de los gilipollas que le habían arruinado la vida. El corazón le dio un vuelco y, por un momento, sintió que se asfixiaba.

—No hagas gestos, a mí también me alegra mucho verte —señaló el hombre con sarcasmo—. Tienes agentes federales detrás de ti, llevo días observándote y no entiendo cómo no te has dado cuenta.

—¿Qué estás haciendo aquí? —masculló ella, como si hubiera masticado arena y a la vez recibido un fuerte golpe y empezara a recuperarse.

—Creo que ya lo sabes, pero por si no te lo imaginas, Marcos Rodríguez descubrió tu escondite, y si no quieres que te encuentre, mejor te vienes conmigo para Colombia. Tu padre quiere verte.

El alma de Elizabeth cayó a sus pies, un frío siniestro la invadió de pronto: nunca podría huir, ocho largos años en los que se creyó libre acababan de volar en pedazos. Un nudo en la garganta le impedía modular ¡Dios mío, Nathan! Si estaban tras ella, estarían detrás de él.

—¿Hace cuánto sabe mi padre dónde estoy?

—No lo sé ni me interesa, solo soy el jodido mensajero.

—¿Cómo sé que no es una maldita trampa de Marcos? —preguntó angustiada y pensando a gran velocidad—. Eres una maldita rata, nos vendiste a Sebastián y a mí, y poco te importó su suerte. Era tu amigo.

—Lo amabas y apenas lo conocías de hacía unos meses, yo estuve años al lado tuyo y nunca reparaste en mí. Eras una egoísta y una malcriada.

En eso el hombre llevaba razón, ella apenas se reconocía en esa mujer del pasado, era otra vida, otras circunstancias, otros sueños.

Por culpa de su egoísmo había perdido a su primer amor y también había madurado de golpe, pero que la jodieran si dejaba que se repitiera la historia.

El problema era que, si Marcos sabía de ella, era cuestión de tiempo que supiera de su matrimonio con Nathan, y tenía que protegerlo.

—Necesito tener la seguridad de que a Nathan no le ocurrirá nada.

—Eso no puedo garantizarlo y no me interesa —rezongó el chico, fastidiado.

Elizabeth lo miró de reojo, seguía siendo delgado, el cabello ondulado y largo amarrado en una cola de caballo, ropa de buena factura, nariz aguileña y ojos grises y fríos—.

Ganaremos algo de tiempo, el suficiente para que tu marido busque algún tipo de protección.

—Elizabeth se sintió enferma y los ojos se le llenaron de lágrimas—.

¡Disimula! —susurró el chico mientras llenaba de panes la canasta.

El hombre detrás de la máquina registradora la miraba con curiosidad.

—¿Vives aquí? —preguntó tratando de ganar tiempo.

—Eso no te importa. Ve a casa y saca tus malditos papeles, te espero en la cafetería de la esquina, entrarás como si fueras a pagar por un café y saldrás al aparcamiento, yo estaré en una camioneta azul oscuro de vidrios tintados, con un poco de suerte nos escabulliremos de los malditos policías.

Debes pagar ya y salir enseguida, o van a entrar en cualquier momento.

—El chico chasqueó los dientes y negó con la cabeza, mirándola con burla—.

En serio, María Fernanda, ¿cómo has podido pasar de los malditos policías?

—¡No puedo irme! —sentenció angustiada e ignorando su pregunta. Al escuchar su verdadero nombre se sintió enferma, pensó en Nathan, si por ella fuera, le importaría muy poco volver a su país—. No puedo dejar a mi esposo, debo protegerlo.

—¿Quieres caer en manos de Marcos? No ha olvidado lo que hiciste y créeme, cuando se entere de la boda…

—chasqueó los dientes—. Ibas muy bien, no sé qué diablos te pasó para ponerte de nuevo en su radar.

Tu padre irá tras tu esposo si no vienes conmigo y entonces no solo será Marcos, tendrá a dos de los peores hampones tras él, ¿es lo que quieres?

Ella negó con la cabeza.

—¡Paga! —exclamó el chico con dientes apretados.

Elizabeth sacó el dinero y pagó lo que había en la canasta, que ya ni siquiera sabía qué era. El joven hizo lo mismo—. Haz lo que te digo y no me hagas perder el tiempo. No hagas ninguna jugarreta, ya lo sabes, o tu hombre correrá peligro.

Salió de la tienda sin saber para dónde correr, si no volvía al departamento, Nathan se preocuparía.

Además, necesitaba su pasaporte y cambiarse.

Estaba en shock y sin saber muy bien qué hacer, necesitaría recurrir a sus dotes de actriz y convencerlo de que llegaría un poco más tarde a la oficina.

Anduvo hasta el departamento como si fuera camino del cadalso.

Había bajado tanto la guardia que ni siquiera se había percatado de que la policía la seguía.

La felicidad no era para ella, tenía mucho que pagar, debió saberlo la noche loca en que aceptó ser su esposa.

Soltó una carcajada irónica, ella no merecía lo que había encontrado en la mirada de Nathan.

Había osado entrar al paraíso sin pagar el precio y lo único que había logrado era poner a un hombre bueno en peligro.

En cuanto tomó el elevador trató de tranquilizarse y limpiar las lágrimas que de pronto inundaron su rostro.

Respiró profundo varias veces y contuvo la respiración pocos segundos, un truco que alguien le había enseñado hacía años.

Cerró los ojos antes de abrir la puerta del departamento y rogó, si acaso había un Dios en el cielo, poder disimular el terror que la atenazaba delante de Nathan y salir de su vida sin dañarlo de alguna forma.

Al entrar, supo que estaba en la ducha, porque cantaba a todo pulmón una canción de Bruno Mars.

Controló el temblor de las manos y con su índole de guerrera fría y calculadora fue a la cocina y puso en funcionamiento la máquina de hacer expreso, que era una copia idéntica de la que Nathan tenía en la oficina.

No quería ir hasta la habitación, como hacía cada vez que llegaba de correr: se desvestía y se metía en la ducha con él.

Luego de unos minutos, en los que se quedó mirando el horizonte en la ventana del salón, mientras terminaba de calmarse y de ajustarse la máscara con la que haría la actuación de su vida, colocó los panecillos en una canasta y cuando estuvo listo el café, sirvió una taza.

Sintió sus pasos por el fino piso de madera, y respiró profundo de nuevo antes de iniciar su actuación.