HERMANOS KING CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Una semana después de la boda, en un emotivo momento, mientras Elizabeth trataba de hacer la cena, Nathan le dio el anillo más espectacular que había visto en su vida. Lo único malo era que no lo había diseñado ella.

—Tienes los mejores pechos del mundo —había dicho, acercándose a por detrás, en la cocina de su departamento.

Se habían instalado en aquel lugar desde su llegada de Las Vegas. Ella se había quitado minutos antes el sujetador y sus pechos se agitaban al tiempo que cortaba las verduras que reposaban en una tabla de madera. Suspiró.

—Eso significa que te enamoraste de mí por razones puras —retrucó con talante burlón.

Él no mudó su semblante serio.

—No creo en razones puras e impuras. La gente no se enamora porque sea razonable, el mundo sería muy aburrido. Tienes unos pechos de locura, un trasero indescriptible, pero si tuvieras un cuerpo común y corriente, te amaría igual, porque no podría amarte menos de lo que te amo.

Ella dejó su labor y se quedó mirándolo satisfecha. Necesitaba de su amor, a veces le remordía la conciencia, pero a su haber tenía que también estaba muy enamorada.

—Vas a amarme mucho más, estoy segura —dijo con certeza.

“O a lo mejor, odiarme”. Espantó esa última parte de sus cavilaciones.

Anhelaba que la amara mucho más, lo necesitaba, para que cuando supiera la verdad, pudiera perdonarla y no tirarla al otro lado del mundo, como se lo merecía por mentirosa.

En esos pocos días se había empeñado con ferocidad en ser mejor en todas las facetas, y estaba segura de que él se percataba y la tranquilizaba con sus gestos y caricias.

Después de experimentar la intensidad de Nathan, comprendió que nunca la habían amado tan bien en su vida.

Se sentía como doncella que acabara de perder su virginidad, por la cantidad de emociones que experimentaba.

—También estoy muy seguro de que te amo. —Ella levantó la mirada de lo que hacía y le devolvió una sonrisa.

La observaba picar la verdura, no era experta, pero a él no le importaba.

Se le acercó, le gustaba olerle el cuello, ese aroma inaudito que se había instalado en su cerebro y en su corazón, porque por más que los poetas dijeran que el amor se sentía en el corazón, él lo sentía también en el cerebro, en su incapacidad de pensar en otra cosa que no fuera ella, en la urgente necesidad de verla, de respirarla, de querer hacerle el amor a cada segundo; en el poco de pensamientos inútiles que lo asaltaban en los momentos más inoportunos, como cuando rememoraba la curva de su cadera, la cadencia de movimientos que lo llevaban loco, o algo tan simple como el arco de su sonrisa; y cayó en cuenta de que su amor era todo curvas e inclinaciones.

Se sentía raro y eufórico. Sonrió ante otro pensamiento inútil, en la oficina buscaba pretextos para estar cerca de ella, la detallaba de arriba abajo y, por encima de todo, la respiraba.

Puso el estuche encima del mesón de la cocina, nada en ellos era como debía ser, caviló Elizabeth al tomar la caja con dedos temblorosos.

Debió estar arreglada para la ocasión, haber encendido un par de velas y que un buen vino reposara sobre la mesa, pero allí estaban, ella cansada por la jornada laboral, sin maquillaje y con el cabello recogido de cualquier manera, y él en camiseta y pantalones de chándal, como una pareja más.

Y de pronto cayó en cuenta de que el momento no podía ser más perfecto, porque aparte de su promesa de amarla y respetarla por el resto de su vida, con la entrega del anillo en ese instante, le estaba brindando la visión de hogar que ambos habían buscado toda su vida de manera desesperada.

Elizabeth abrió el estuche donde reposaba un hermoso anillo de dos piezas, con esmeraldas y diamantes finamente intrincados en hilos de oro blanco. Comprendió que el trabajo de ensamble de la joya debió ser un poco complicado.

—¡Dios mío! Es precioso.

Se lo puso enseguida y extendió la mano, evaluando el trabajo hecho, su cerebro observaba el anillo con ojo de diseñadora y su corazón se ensanchaba a cada segundo con algo que ella siempre sospechó que existía, pero que no había encontrado ni siquiera cuando experimentó el amor en su adolescencia.

—Sé que a lo mejor tú hubieras querido diseñar tu propio anillo —señaló él, contrito—, pero quise que esta primera joya tuviera algo mío.

—¿Lo diseñaste tú? —preguntó, sin dejar de mirarlo.

Nathan asintió.

—Tuve la ayuda de Michael y un chico del taller que es muy talentoso.

Ella se acercó a él, le echó los brazos al cuello y lo besó hasta dejarlo sin respiración. Instantes después se separó y observó de nuevo el anillo.

—Me vas a quitar el trabajo, es hermosísimo, la joya más bella que he tenido nunca—. Lo miró emocionada—. Nunca nadie había hecho algo así por mí. Gracias.

Él se acercó por detrás, le abrazó por la cintura y apoyó la quijada en su hombro.

—El color de las esmeraldas contrasta con el tono de tu piel. En unos días tendrás un juego de pendientes y colgante. Quiero cubrirte de joyas que sean de tu estilo.

Ella levantó la mirada, se dio la vuelta y lo miró emocionada.

—No necesito joyas. Tú me bastas.

—Lo sé —sonrió cariñoso y ronroneó—, es comprensible.

Ella le dio un golpe en el brazo y volvió la vista al anillo.

—No sabía que sabías trabajar la joyería.

—Aarón era un joyero judío que estuvo en el negocio de la familia desde muy joven, de niño me escabullía y lo observaba trabajar.

Él era de la vieja guardia, de antes de que llegaran las máquinas a suprimir su trabajo.

Tenía una mesa, herencia de su abuelo, que nunca quiso cambiar, por más de que mi padre le insistiera: era rústica, pulida en sus bordes por el roce de las manos y la humedad, manchada aquí y allá por gotas de ácidos derramados con urgencia o rayada en ciertas partes donde el hombre cincelaba esmeradamente las figuras que adornaban sus labores.

Conocía esa mesa al derecho y al revés. Cuando mi padre me llevaba a la empresa, tomaba el pequeño taller por asalto e imitaba algunos de sus gestos.

Recogía los restos de cobre tirados en el piso, que para Aarón eran inservibles, y los pasaba por el laminador una y otra vez, hasta obtener hilos delgados que podía doblar a mi antojo.

—¿Por qué no te dedicaste a la parte operativa de la empresa, si claramente la disfrutas?

Elizabeth siguió sus labores en la cocina mientras Nathan servía una copa de vino.

—Dejé de ir a la empresa por mucho tiempo, Brandon se ocupaba de todo.

—¿Por qué noto cierta emoción subyacente? ¿No estabas de acuerdo con las políticas de tu hermano?

—Adoro al cabrón de mi hermano, pero hubo un tiempo en el que me sentía inútil o pensaba que no valía la pena involucrarme tanto en la empresa, si Brandon hacía todo por los tres. Quería buscar mi propio camino.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión?

—Brandon me necesitaba, después de lo ocurrido no podía dejarlo solo.

Le pasó la copa y Elizabeth bebió un sorbo, pensativa.

—Eres un protector.

Nathan le dedicó una sonrisa de las que siempre le provocaban ganas de acurrucarse en su regazo.

Elizabeth volvió a observar el delicado trabajo de su anillo de bodas, se lo quitó un momento para detallarlo, y fue entonces que se percató de la frase que estaba grabada en su interior: “El amor es como el póker, a veces tienes que apostar para poder ganar”.

Sintió que el corazón le iba a estallar, podía ser uno de esos momentos cursis que leía cada tanto en sus novelas románticas, pero era su momento cursi y ella, la protagonista.

—Yo no gané la apuesta, tú lo hiciste, porque te ganaste mi alma —expresó él en tono serio.

—Nathan… —Su voz grave le ocasionaba sensaciones increíbles.

Se acercó y lo abrazó, le besó la mandíbula, los ojos y el pecho, donde sentía el latido de su corazón. Estaba segura que nadie la iba a amar del modo sincero y desesperado en que la amaba Nathan.

—Te amo —dijo ella.

Él la observó emocionado, porque estaba seguro de que era de ese tipo de mujeres que no soltaban las dos palabras a la ligera—. También aposté y gané un hombre muy especial. —Se separó de él y volvió a su labor en la cocina.

—Te lo repito, conmigo todas tus necesidades estarán cubiertas, no habrá queja en ninguno de los aspectos de la vida matrimonial…

—Te creo —sonrió ella y siguió cortando verduras.

Se sentaron a cenar en medio de charlas y bromas.

Nathan había puesto música en su iPhone y las notas de una bachata danzaban sobre la conversación, llevándolos por el sendero del recuerdo del día en que se habían conocido.

Elizabeth recordó el tema que llevaba rondándola desde la convención en Las Vegas.

—Se me ocurrió una idea y me muero por contártela.

—A mí se me ocurrió una mejor y me muero por demostrártela —respondió él, al tiempo que se levantaba, recogía los platos y le daba un beso en la boca.

—¡Estoy hablando en serio!

—Yo también. Estoy excitado en serio. —Dejó los platos en el mesón y volvió a ella, que se había levantado de la mesa y llevaba una copa de vino en la mano.

Elizabeth trató de alejarse, pero él no la dejó.

—Siempre estás excitado.

—Solo cuando te veo o pienso en ti o en nuestra última fo…

—Tómame en serio —insistió ella acariciándole los pectorales—. Me gustaría que realmente me escucharas y no me hicieras sentir como si estuvieras haciendo tiempo para abalanzarte sobre mí.

Nathan la miró con ternura.

—Te he tomado muy en serio, señora King.

—¡Por Dios! Señora King es algo muy pomposo para mí, chico guapo, tendremos que modificarlo. Me hiciste sentir una venerable anciana o peor aún, una estirada.

Nathan frunció los hombros y volvió a los platos, que limpió y empezó a poner en la máquina lavavajillas.

—Eres una King, mejor te acostumbras.

—Debajo de tu pátina de chico moderno, eres todo un troglodita.

—Hasta que te empiezas a dar cuenta —lavó los vasos de cristal—, ¿de qué querías hablarme?