CAPÍTULO 16 #3
—¡Por Dios! ¿Cómo puedes decirme que me amas? —exclamó incrédula. Lo miró angustiada, como si se hubiera vuelto loco—. No sabes nada. No tienes ni idea de a qué te estaría exponiendo si me permitiera tener algo serio contigo.
—¡Suficiente! —La zarandeó un poco—. Ya supe todo lo que necesitaba, no más, me quedo con esto, es lo que me importa, la hermosa y talentosa mujer que no ha dejado de pararme los pies, me quedo contigo porque eres valiente.
—¡No soy valiente! Ser valiente no es venir a refundirme en un país extraño, ser valiente no es ganar una estúpida carrera o ser buena en lo que hago. No he sido valiente porque no he enfrentado mis demonios, tengo pánico de hacerlo y ahora más.
—¿Por qué ahora tienes más miedo? —inquirió, sin dejar que ella bajara la mirada.
—Por ti —dijo en un tono de voz que él apenas escuchó, las lágrimas brotaron de nuevo de sus ojos—. Por lo que siento por ti. Lo mejor que puedes hacer es no apostar por mí.
—Eres todo amor detrás de tu máscara de miedo, crees tener un mundo lleno de problemas, pero te juro que en el momento en que decidas hacer algo por ti, esos problemas dejarán de ser importantes.
Ella sonrió en medio de las lágrimas.
—Quisiera tanto creerte.
—Hazlo… deja de luchar y vuélvete a ti misma. No te ocultes más.
Nathan tocó una profunda emoción en el alma de Elizabeth, que empezó a llorar como si su mundo se hubiera terminado. Algunas personas que pasaban por su lado les destinaban miradas curiosas.
—No sé si pueda —dijo, ya despojada de sus armas.
—Quiero apostar por ti.
—Ya lo hiciste y me ganaste.
Él asintió.
—Nunca te dije claramente los términos de mi apuesta, aquí van.
—Se arrodilló ante ella, que lo miraba atónita—.
Soy el dueño de una joyería y no tengo un maldito anillo para sellar nuestro jodido destino —se reprendió, pero aferró más fuertes las manos de ella e inspiró antes de volver a hablar—, pero las palabras tendrán que servir.
—Por favor, detente —rogó en un susurro entrecortado.
—Hasta que me digas “sí”.
Ella negó como poseída.
—Eso no va a pasar.
—Yo no apostaría —retrucó él con una sonrisa.
—Nathan, por favor… —suplicó ella al borde de algo, un colapso, un ataque de asma o un ataque de amor.
—Hermosa, sé que eres muy capaz de seguir caminando sola, pero quiero acompañarte.
Ese será el pago por la apuesta que hicimos hace meses y de la que nunca dije los términos.
—Ella de pronto se puso a temblar—. Eres la primera mujer con la que quiero dormir hasta el día siguiente, contarle mis cosas y descubrir por qué me desconciertas tanto.
Quiero mimarte, aunque parezcas un erizo, y me importa muy poco que tu padre sea un mafioso o un terrorista, ¿y sabes por qué no me importa?
Porque solo te veo a ti, quiero darte la protección de mi apellido, que de algo tendrá que servir, y quiero cuidarte siempre —soltó una risa nerviosa—, en todos los aspectos.
—Chico guapo… —susurró ella conmovida y limpiándose el rostro con ambas manos. Las lágrimas parecían un caudal sin visos de agotarse.
Nathan levantó un dedo.
—Por si eso no te convence, quiero decirte que nunca le había dicho a una mujer que la amaba y nunca una mujer me había provocado el deseo de casarme con ella en una iglesia aquí en Las Vegas.
Empieza a ser valiente, hermosa —pronunció en un tono de voz muy íntimo que, ella estaba segura, no usaba con muchas personas.
“¡Dios mío!”. Ella lo estaba considerando, su parte romántica y soñadora lo consideraba.
¿Por qué no? Porque sería una locura. ¿Por qué sí?
Porque estaba enamorada y a diferencia de Nathan, ella sí sabía lo que era estar enamorada, y el amor, cuando es correspondido, es la mejor experiencia de todas.
Una tenue melancolía la invadió. Estaba cansada de acumular sueños rotos y decepciones, cerraría los ojos, podría hacerlo, ser valiente y saltar al abismo, estaba cansada de estar en el maldito borde, merecía más y esa noche lo tomaría.
Mañana ya vería, no podría achacarle la culpa al alcohol y tampoco quería, solo deseaba no pensar más allá de sus promesas, de su amor y del brillo de sus ojos.
—Yo también te amo, chico guapo —dijo, satisfecha, como si hubiera agarrado una estrella entre sus manos. Así fuera fugaz, era su estrella en esos instantes.
—¿Eso es un sí? —preguntó Nathan, nervioso, elevando el tono de voz—. Mira que se me acalambraron las rodillas.
Ella soltó una risa y volvió a limpiarse el rostro, dejó de llorar en ese instante.
—Me casaré con un viejo, ya me estoy aburriendo, Nathan King, será mejor que tengas una buena carta bajo la manga.
—La tengo, hermosa, claro que la tengo.
Se levantó con agilidad y le besó los labios, como ella había visto en las películas románticas, como si el aliento los fuera a abandonar. Le besó los ojos, las mejillas, el cuello y de nuevo la boca, insistente, con hambre, tanto que ella gimió.
—Por más besos como este, vale la pena decirte que sí —dijo ella, tomándolo de la mano y llevándolo a la limosina.
—¿A dónde vamos? —preguntó él, jalándola hacia él.
—A casarnos —dijo ella—. Si un chico quiere casarse conmigo después de ver mi rostro cuando lloro, me tiene en el saco.
Nathan soltó una profunda risa y observó su cabello oscuro y el perfil que lo había vuelto loco meses atrás, y no pudo evitar pensar en su propio pasado, rememoró sus logros laborales y cómo siempre andaba a la pesca de retos, los que fueran.
El dinero y el reconocimiento, ¿qué era de todo ello sin Elizabeth?
En su momento esas cosas le parecieron importantes, los logros de su vida, pero ahora, solo pensaba en una cosa, casarse con Elizabeth Castillo, su mayor reto.
—Mi chica hermosa. —La alzó en brazos y la llevó en volandas al auto.
—¡Qué haces? Te adelantaste, eso lo debes hacer cuando estemos casados y lleguemos a nuestra habitación.
—Lo volveré a hacer, por lo visto, tienes experiencia, ¿te has casado alguna vez?
Ella agachó la mirada y cuando levantó el rostro de nuevo, le regaló una sonrisa.
—Veo películas románticas.
Ya en el auto, Nathan le dio unas indicaciones al chofer. Ella se acomodó sobre sus piernas.
—¿Estamos seguros? —preguntó ella con temor.
—Muy seguros, hermosa, a partir de esta noche serás Elizabeth King.
Ella soltó una fuerte carcajada.
—Hace unos meses no era mi apellido favorito y heme aquí, en brazos de un King, rumbo a la capilla, como imagino se casaban las mujeres en el medioevo cuando sus señores llegaban de la guerra.
Nathan levantó una ceja.
—Creo que en esa época había un poco más de coacción.
Brindaremos porque escogiste bien y te llevas uno de los solteros de oro de Chicago.
—Ella blanqueó los ojos—. Ya quiero disfrutar de los encantos del matrimonio, será bueno escucharte decir: “sí, señor King”, “como diga, señor King”, “¿me la meto ya a la boca, señor King?”.
—Engordaré —amenazó ella.
—No creo, soy libre de gluten y azúcares, puedes probarme y saborearme cuanto quieras.
Ella sonrió, negándose a sentirse asustada, como si fuera a lanzarse de un paracaídas.
—Así lo haré.
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—¿A qué no adivinas lo que acaba de ocurrir? —preguntó John Martínez a Linda Medina.
—Espero que sea algo bueno para que me hayas llamado a las cuatro de la mañana.
—Discúlpame, no tuve en cuenta la diferencia horaria. Tu chica ha estado algo inquieta esta noche y ha acabado por hacer una locura.
La mujer se incorporó en la cama con suavidad para no despertar a su esposo.
—¿Cuál?
—Se acaba de casar con Nathaniel King.
—Pero qué diablos…
—Sí.
—¿Qué diablos le ocurre a esa chica?
—Lleva al pobre tipo de narices.
—De narices va a quedar cuando se sepa todo. ¿Ha habido movimiento de nuestros amigos colombianos?
—No.
—Hay que avisar ya a los de antidrogas.
John encendió un cigarrillo. Las Vegas era su sitio ideal, nada de restricciones para los no fumadores.
El ruido de algunas máquinas tragamonedas se mezclaba con el de brilladoras y aspiradoras manejadas por los empleados de la limpieza.
Las seis de la mañana era una hora tranquila, ya que los juerguistas estaban durmiendo o en vías de hacerlo.
Nathan King y Elizabeth Castillo habían atravesado la puerta del hotel hacía pocos minutos, el hombre la había llevado en brazos hasta el ascensor.
Los había visto besarse antes de que se cerraran las puertas.
En un momento dado, Elizabeth había reparado en él, lo miró como si supiera quién era, pero el joven la distrajo con otro beso y las puertas del ascensor se cerraron.
Linda tenía razón, ya era tiempo de avisar a la agencia antidrogas.
Orjuela nunca vendría por su hija por sus propios medios, el anzuelo llevaba dos semanas en el agua y el pez nada que picaba.
Decidió probar suerte con una de las máquinas antes de volver a su hotel, en una hora sería el relevo.
Estaba impaciente por observar el siguiente paso de Elizabeth.