CAPÍTULO 16 #2
Las manos de Nathan se movieron de la espalda a las caderas y suspiró cuando alcanzó de nuevo su sexo húmedo.
Ella ya estaba lista para recibirlo. La penetró de una estocada y casi se muere de la impresión.
Nunca se había permitido hacerlo sin condón —primera regla del manual de hermano mayor de Brandon, que les había inculcado a él y a su hermano menor con sangre—, luego lo que Elizabeth le estaba brindando era un regalo del cielo.
La fricción no tenía punto de comparación, su sexo se contraía, se dilataba, vibraba, y su pene resbalaba y era devorado como en el ojo de la tormenta, y en medio del delirio, se dijo que no quería ponerse un forro nunca más.
Empezó a empujar con rudeza. Estaba a punto, no quería acabar aún, pero ella lo apremiaba, lo avivaba, lo quemaba, y cuando sintió sus contracciones y escuchó los gemidos en su oído, llegó a un turbulento orgasmo.
Le parecía increíble estar disfrutando de un momento así y se dijo que quería regocijarse todos los días de su vida en ese tipo de pasión que lo empujaba más allá de sí mismo.
Quiso decirle que la amaba, que la adoraba, y lo haría, pero a pesar de los instantes de unión compartida, sabía que no era el momento ni el lugar para decirlo, en medio de la marea de suspiros y gemidos de otras personas.
Se separaron y como pudieron arreglaron sus ropas y salieron de la habitación; un silencio cómodo los invadió en contravía con los ritmos del lugar.
Elizabeth fue al baño, donde se higienizó como pudo y se puso de nuevo su prenda interior, que le había entregado Nathan en la puerta del aseo.
Salieron del lugar un rato después y luego, en la limosina, ella se recostó en su pecho y se dirigieron al hotel.
Al pasar frente a las fuentes del Bellagio, Elizabeth le pidió a Nathan que se bajaran a observar el show, ya que solo lo había visto en las películas.
Caminaron tomados de la mano hasta la baranda de piedra del Strip, donde cientos de turistas esperaban el espectáculo de fuentes danzantes que iniciaba cada pocos minutos.
Nathan alzó a Elizabeth, que se acomodó sobre la piedra, acunada en los brazos del hombre.
El espectáculo inició a los pocos segundos con el tema musical Time to say goodbye.
—Mi padre murió por mi culpa —soltó Nathan en medio de la melodía, que era una de las favoritas del patriarca de la familia.
Elizabeth volteó el rostro enseguida, los ojos de él brillaban con el reflejo de las luces del show.
Ella le acarició el pecho y el rostro—. Casi nunca viajábamos con ellos, pero le insistí tanto a papá, que a regañadientes hicimos parte de la comitiva que llegó a Santorini ese verano.
Yo tenía siete años y estábamos pasándola muy bien, éramos muy unidos, compartíamos el amor por los deportes, hasta mi madre jugaba con nosotros en la playa, y créeme, eso era mucho decir.
Por pocas semanas fuimos una familia normal, feliz, en el yate íbamos de paseo por las demás islas, estaba siendo un buen verano.
El día de su fallecimiento había una carrera de motos acuáticas, mi padre no tenía intenciones de participar, pero le insistí tanto, que al final lo convencí.
Ni siquiera estaba en vehículo cuando ocurrió, sino en el de uno de sus amigos que pernoctaba en otro yate.
Le dije que lo acompañaría, le insistí en que participáramos los dos, pero tuvo el buen tino de no llevarme, y le hice prometer que haría una pequeña acrobacia que habíamos visto el día anterior.
—El corazón de Elizabeth se encogió de pena al notar cómo a Nathan se le quebraba la voz y pasaba saliva para volver a hablar.
Ella más que nadie sabía que hay sucesos en las vidas de las personas que son insuperables y marcan la existencia—.
Y esa maldita acrobacia fue la que lo mató.
A veces siento que fui yo. A veces la culpa me ahoga tanto…
—Shhh, no tuviste la culpa de las decisiones que tomó un adulto. Si él no hubiera querido participar, habría sido firme y hubiera dicho que no.
—Lo sé, pero no dejo de pensar en todo lo que la muerte de mi padre desencadenó.
Elizabeth se dio la vuelta y quedó frente a él.
—Yo creo que tu padre amaba los riesgos, ¿o me equivoco? —Nathan afirmó con un gesto—. Fue su elección, a veces pienso que no es el pasado lo que tenemos que superar, sino la culpa o cualquier otra emoción relacionada a ese hecho en nuestro presente.
Bien sabía ella de lo que hablaba.
—A veces tengo pesadillas con eso.
Ella le acarició el cabello, que era un tono más claro que el de los otros hermanos.
Elizabeth podría quedarse mirándolo todo el rato, Nathan King era un espectáculo igual al de las fuentes, hermoso, vibrante y seductor.
Su gesto vulnerable, una expresión tan ajena a su forma de ser, la conmovió profundamente.
—Por eso asumes riesgos, necesitas expiarlo de alguna forma. Te entiendo más de lo crees, casi todos vivimos presos de nuestras culpas personales.
Él la miró con gesto concentrado.
—Sí, así es… —afirmó, esperando algo más de ella.
Elizabeth no tenía una manera de adornar la tragedia que fue su vida en Colombia y dirigió su mirada a las fuentes. Tendría que mentir de nuevo.
—Salí de mi país hace ocho años y no puedo volver porque —cerró los ojos un momento y cuando los abrió de nuevo, percibió en Nathan un escalofrío, a lo mejor se había percatado de que en esos breves instantes había ido al infierno y vuelto escaldada.
Caviló que él no estaba listo para escucharla, a lo mejor era ella la que no estaba lista para dejar salir su más aterradora pena, tendría que contar una versión blanca de lo ocurrido—, mi padre debía pagar una deuda y yo era el pago, por decirlo de manera suave, mi familia no es una familia corriente, como las que vemos en películas o en la casa de algún amigo, y nos dan un atisbo de que las familias normales sí existen.
Elizabeth soltó un suspiro, Nathan ni siquiera se atrevía a respirar.
Al lado de ellos había un grupo de juerguistas; más allá, viajeros de todo el mundo caminaban o se detenían a observar el espectáculo, la ciudad no dormía y los turistas pululaban a todas horas.
Él quiso callarlos a todos, quiso encerrarse con ella en una burbuja, sabía que no era el lugar, pero la oportunidad estaba servida en bandeja y era el momento de escucharla, de desentrañarla al fin.
—Mi padre es un hombre muy malo. —Se le quebró la voz y la expresión aterrada de su rostro ocasionó una fisura en el corazón de Nathan—.
No quería que sus acciones contaminaran mi vida, sé que suena egoísta, debería estar pensando en el daño que ocasiona él y en cómo remediarlo, y aquí estoy, huyendo como la cobarde que en realidad soy.
La distancia no ha hecho que me sienta mejor.
Nathan la abrazó en cuanto las lágrimas se deslizaron por su rostro.
—No, no haces nada malo, y no eres una cobarde —susurró con firmeza sobre su cabello.
—¿No soy una mala persona por evitar contaminarme de todo lo que lo rodea?
—No lo eres —afirmó categórico, aferrándole las manos.
—¡Mi padre es un maldito hampón y yo no hago nada por detenerlo, porque es mi padre! —Se golpeó el pecho varias veces y agachó la mirada—. Muchas noches he rogado por su muerte o porque lo encierren de por vida.
Esos pensamientos se disolvían en cuanto superaba la angustia y se arrepentía del deseo de ver a su padre tras las rejas, al fin y al cabo, era su padre.
Apenas arañó la superficie, las cosas eran mucho más graves, pero no se atrevía a ir más allá, por vergüenza; no solo lo perdería a él, estaba segura de que también perdería su trabajo y quedaría en la calle otra vez.
—Tranquilízate, no eres responsable de los errores de tu padre, ni siquiera está en tus manos el solucionarlo —susurró él, acariciándole la espalda, al percibir sus sollozos, la mejilla húmeda reposaba contra su pecho, ella se negó a mirarlo a la cara después de su diatriba.
—He hecho cosas de las que no me siento orgullosa, quiero que lo sepas.
—Levantó el rostro, sus ojos estaban hinchados y la nariz se le había puesto roja en tiempo récord—.
He mentido y le he fallado a la gente, mi egoísmo ha causado daños irreparables a personas que eran importantes para mí.
Soy una mala apuesta, Nathan King, y no deberías pensar en mí como algo más que en una follada casual.
Elizabeth se soltó de mala manera, se bajó de la baranda y echó a andar. Nathan la siguió y la aferró del brazo.
—Detente. —Le dio la vuelta y quedaron frente a frente. Nathan la miraba con piedad y ternura, las mismas emociones que experimentó cuando la conoció y su primer impulso fue protegerla—. ¡No puedes poner palabras en mi boca ni manejar lo que siento!
—¡Claro que puedo! Quiero que tengas la opción de correr, después no digas que no te lo advertí —gritó al tiempo que ponía las manos en su pecho.
Nathan la tomó por el cuello para hacerle levantar más la cabeza, iba a besarla y ella no podía permitirlo, ¿qué locura los había atacado? Se resistió con verdadero terror y soltándose, echó a andar otra vez. Él de nuevo la detuvo y la volteó con más firmeza.
—No huyas, maldita sea —dijo en su oído, negándose a dejarla ir—.
¡Ya basta! Me importa una mierda tu pasado, tenía curiosidad por saber de ti, ya que no me dejabas conocerte, siempre ponías un jodido muro, quería ver a la mujer que tengo ahora frente a mí, sin máscaras, soy un maldito retorcido, pero lo necesitaba, y muero por volver a sentir a la amante que tuve hace una hora entre mis brazos.
Te sentí tanto, Elizabeth, a pesar de la oscuridad y de que no era el lugar, te sentí como nunca he sentido una mujer en mi vida, y me importa una mierda de quién seas hija. —Bajó el tono de voz—. Te amo.